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Posts Tagged ‘relato corto’

Resultado de imagen de camión congelado

Cuando Alexei Kolodin iba a encender una hoguera bajo el motor de su camión, para descongelarlo, la mano izquierda se le quedó adherida, por efecto del intenso frío, a una barra del chasis. Ha perdido un tiempo precioso renegando y recriminándose por el nefasto descuido, hasta que la cruda realidad se ha abierto camino en su conciencia: si no consigue prender la madera de inmediato, tendrá que arrancarse la mano. Literalmente.

Saca la caja de cerillas del bolsillo del anorak, se incorpora todo lo que la estrechez del espacio le permite y se la lleva a la boca. Con la lengua empuja el cajetín deslizante hasta medio recorrido. Los ojos apenas logran enfocar los fósforos y dirigir su mano derecha para coger uno; pero enfundada como está en la manopla, carece de la precisión necesaria para conseguirlo. Tiene que desprenderse de ella y descubrir también esta mano (la otra hace rato que la ha dado por perdida). Así logra coger un fósforo y, mordiendo firmemente la cajetilla, rascarlo en el costado. Los dos primeros los rompe. El tercero consigue prenderlo, pero se le apaga antes de acercarlo a la madera. Está demasiado lejos. Lo intenta varias veces, pero una brisa inestable le impide mantener encendidas las cerillas. Ha gastado la mitad de los fósforos sin conseguir acercar la llama ni siquiera a la mitad del recorrido. (más…)

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piedra-angularHay un pequeño lugar envuelto en brumas, allá en el corazón más recóndito del lugar más secreto, no tiene nombre ni emplazamiento, es desconocido aún por la ciencia, la tecnología y, lo que es más extraño, también por el mercado. No lo busquéis, pues, en los libros de física, ni en los atlas de anatomía, ni en los cultivos de los laboratorios, ni en la Quinta Avenida, ni siquiera en el rincón del gourmet del Corte Inglés, porque es personal e intransferible. Y en ese lugar existe una piedra de rayo, diminuta, trasparente, de la dureza de la roca y en apariencia indestructible, pero con la fragilidad del diamante, sobre la que descansan, reunidos en un haz, todos los cimientos del ser. Si esa piedra se quiebra, la construcción se desmorona como una torre de palillos… y todo se viene abajo.

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El capitán pasa la noche en un duermevela febril, danzando entre la vida y la muerte. Tampoco el médico puede dormir, preguntándose qué será de ella. Por la mañana quiere salir del barracón del capitán para interesarse por la mujer, pero no lo dejan. Ahí, a su lado, le dice el sargento, velando por su vida. Al día siguiente el capitán despierta un poco mejor y despacha con los suboficiales. Voy a ajecutarla, les dice, vigiladla bien, que no coma, que no beba, que pene en silencio.
─¿Ahora?, pregunta el sargento.
─No, ahora no, más adelante, cuando pueda disfrutarlo.
El médico ya puede moverse con más libertad e intenta ayudarla, curarla, llevarle un mendrugo de pan siquiera, un sorbo de agua, pero no lo dejan. Habla con sus compañeros, para que medien, pero nadie quiere arriesgarse. No por ella, no por esa mujer. Pero el médico porfía, ruega, explica, presiona, soborna, y por la noche consigue verla un momento.
─Por qué lo hiciste, pregunta él, por qué.
Ella no responde. Apenas hay luz en el calabozo, pero en sus ojos aún brillan los reproches: no viniste, cobarde, no viniste.
─No pude, se excusa él.
Ella no lo cree, pero le cuenta por qué intentó matar al capitán: por venganza.
─¿Qué venganza?
─Él asesinó a mi esposo.
─¿Cómo lo sabes?
─Lo sé.
─Pues ahora quiere matarte a ti también.
─Me da igual.
Y aunque no ella no se lo pide, el médico le promete que no la dejará morir.

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Mary Hammond nació en el seno de una familia presbiteriana, en una granja en las afueras  de Saskatoon, Saskatchewan, y recibió, en consecuencia, una educación fundada en rígidos principios morales y en la lectura cotidiana de las Sagradas Escrituras. Sus padres habrían deseado que se dedicara a la teología, pero lo que despertaron en ella los relatos bíblicos fue el interés por las gentes y lugares mencionadas en el Libro. A menudo se preguntaba cómo sería el pueblo de Nod, del que hablaba el Génesis, los amoritas del libro de Josué o los filisteos a quienes derrotó el rey David. Así, al finalizar el high school, se matriculó en la universidad de Manitoba, Winnipeg, para estudiar antropología. Demostró ser una alumna aplicada, con clara vocación profesional y finalizó la carrera con excelentes calificaciones. Le interesaban especialmente las investigaciones sobre el terreno y, al graduarse, se trasladó a la selva Lacandona para realizar su doctorado sobre la etnia celtal de los mayas. Los pueblos, pensaba, debían ser examinados desde dentro, conviviendo con ellos para conocer sus costumbres, sus mitos, sus prácticas religiosas, su organización familiar y comprender, en fin, la totalidad de su cultura.antropologa (más…)

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Miss Hammond estuvo hospedada en una casa con ventanas estrechas y alargadas como aspilleras, poco iluminada pero fresca durante el día y cálida por la noche, al cuidado de unas mujeres serviciales y alegres, con una elegancia natural que la dejó impresionada y que cotorreaban sin mesura en un lenguaje barroco, musical y susurrado.
La mujer iba recuperándose deprisa, pero pasaban los días y las semanas y no tenía ganas de abandonar el lugar y seguir buscando otros poblados. Desprovista de su habitual vitalidad, se sentía invadida por una languidez embriagadora, inusual en ella, con ánimo sólo para observar las costumbres locales, la manera como desgranaban el mijo y lo machacaban en molinos artesanales, la forma como se vestían, la escasez de hombres o la estructura matrilineal de las familias, aunque el gran desconocimiento del idioma la hacía dudar de algunas de sus observaciones y la tenía sumida en un limbo de incomunicación. (más…)

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