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Posts Tagged ‘navegantes’

Me encontraba a la sazón en una taberna muy afamada que había en su puerto, de nombre Las cinco llagas, por donde pasaba lo peor de aquellas tierras: buscavidas, aventureros, mujeres de partido, huidos de la justicia, intrigantes y herejes de todas las Américas; aunque ahora ya no se llama así, pues el Santo Oficio no podía permitir que un lugar de perdición llevase tan sagrado nombre, y porfió hasta que se lo cambiaron. El caso es que llevaba varios días azotando aquellas costas la cola de un huracán y estaban todos los barcos recogidos en la ensenada, sin atreverse a asomar la nariz, y sus tripulaciones abarrotábamos los tugurios de la ciudad, para alegría de sus dueños y desgracia de nuestros bolsillos.

Era mediada la noche y la taberna estaba ya más tranquila, cada vez con menos clientes. Entre ellos me fijé en un marinero tuerto y viejo, con la piel más cuarteada que una charca reseca y la voz ronca por los muchos tragos de aguardiente que llevaba encima, que pugnaba con otros camaradas por entregarles, a cambio de unos maravedíes con que continuar bebiendo, una historiada maravilla que guardaba en su bolsa, por lo demás casi vacía. “¿Qué cosa esconde ahí que vale una ronda de buen vino?”, preguntaban sus acompañantes, que no estaban dispuestos a comprometer un ochavo por la patraña de un borracho. “Mostradla de una vez u olvidaos de seguir bebiendo a nuestras costillas”. Mas no quería ceder el tuerto y pedíales la gracia de refrescarse antes el gaznate con un cuartillo más de vino. “Tengan paciencia que luego les enseñaré el asunto”, les decía. Pero no logró convencerlos, ni mover su caridad, así que optó por sentarse en un rincón y conformarse con mirar las sombras que las llamas de las bujías dibujaban en las paredes.

Al rato fuese el grupo y quedamos en la taberna nada más que unos pocos parroquianos de lo más selecto, además del tuerto, que al pronto me pareció dormido, recostado sobre la mesa y resoplando como un asno. Pero o no dormía o al poco tiempo despertó, porque dio en acercarse al mostrador en demanda del vino cuyo pago habría de ser el saquete de cuero ajado y percudido que antes había ofrecido a los marineros.

Picado por la curiosidad, el tabernero le sirvió un cuartillo bien sobrado del vino más infame que tenía, que en su estado de embriaguez era necedad ofrecerle algo mejor. A cambio, el tuerto le entregó la bolsa, cuyo contenido el otro volcó en el mostrador. Sobre la oscura y maltratada madera bailaron nada más que unos cuantos huesos viejos y amarillentos que, en tiempos, debieron formar parte de alguna mano. El posadero se sintió burlado y al punto, cargado de justa cólera, echó mano a la jarra para retirarla de la tabla, cuando el tuerto le explicó que no era una simple mano. “Ah, no, ¿es acaso una reliquia santa?”, le preguntó el hombre. “No andáis tan desencaminado, mi buen señor: son los huesos de un camarada que sufrió  un martirio peor que el del apóstol San Juan”, le respondió el tuerto. El tabernero, que seguía desconfiando, no se dejó ablandar por tales razones, pero a mí me pudo la curiosidad, me levanté de mi silla y me acerqué a la barra.

−Dadle la jarra, buen tabernero –le dije, pagándole un precio más que sobrado por el vino, al tiempo que le pedía al marinero que continuase con sus historia. (más…)

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