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Posts Tagged ‘muerte’

Se ven unas nubes a lo lejos, por el lado de San Pablo, pero no lloverá, aún no es tiempo de agua. Este mes es caliente. Reseco y caliente.
Ya dejé atrás el desvío del Jocote. La montaña es un puro secarral descolorido. Más adelante, en una vuelta, hay un ojo de agua con grandes palos de amate donde se está fresquito y, además, a esta hora está solo. Después de descansar unos momentos para recobrar el hálito, me baño. Me unto el cuerpo con jabón de olor y el agua me la echo a guacaladas por la cabeza, a baldes. Me gusta sentirla que me empape el pelo, la cara, el cuerpo, toda de una vez, que me refresque esta piel vieja y reseca, que de tan caliente como está se desprende vapor. Me quedaría aquí todo el día, en la poza, me da pereza irme, pero no hay tales porque en San Pablo me esperan. (más…)

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Javier Segura es uno de los difuntos más queridos de Carmela, uno de los que con más insistencia pugnan por hacerse presente en su pensamiento, aunque no hubiese tenido con él, en vida, más que un contacto ocasional. Pero la atormenta la intervención  que tuvo en su muerte; indirecta y fortuita, ciertamente, pero lo que hizo y dijo aquel fatídico día fue, sin duda, un hilo más en la telaraña con que lo atrapó la fatalidad.

El episodio tuvo lugar durante el tiempo que pasó en el extranjero. Después de la pérdida de su padre y sin tener más motivo que la inexplicable necesidad y el apremiante deseo de perderse de todo y de todos, Carmela había pedido una excedencia en el trabajo y conseguido un puesto de voluntaria en una oenegé. Con un par de breves charlas por toda preparación, la enviaron a colaborar en un proyecto de educación rural que incluía, entre otras actividades, la construcción de varias bibliotecas. Javier Segura era el arquitecto encargado de la dirección de las obras y había una de ellas, la del caserío de Azacualpa, que le estaba dando más problemas de la cuenta, de forma que no había semana que no se diera una vuelta por el lugar para ver a pie de obra el avance del trabajo. (más…)

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Desde el mismo día de su nacimiento, Carmela inició una particular relación con la muerte, ya que la tarde en que ella nació se mató Juanita, la criada. La historia la había oído contar tantas veces que casi podría asegurar haberla vivido en primera persona.

Aquel verano lo pasaba la familia en el pueblo de Pajareras, en la vieja casa familiar de los abuelos. A su madre le quedaban unos días para salir de cuentas y andaban todos nerviosos a causa de su estado. El mes de julio estaba siendo caluroso, el sol recalentaba las paredes encaladas, las tejas de la cubierta y las piedras del patio, una flama asfixiante se colaba por los resquicios de las persianas acorralando al aire fresco de las habitaciones y su madre había caído en un preocupante estado de languidez. Se pasaba las horas sentada en una butaca de mimbre que había en el comedor, con las piernas en alto y dándose aire con un abanico de filigrana que le había prestado su suegra. (más…)

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