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Posts Tagged ‘microrrelato’

Al otro lado de la campana de cristal en que vivimos, la lluvia arreciaba. Al verdugo se le mojaba la delgada camisa, desgastada por mil lavados, los jirones de pantalón, las botas de medio uso. El delator aprovechó que el agua le domaba el pelo para peinárselo someramente con los dedos. Ya dentro del hoyo, se quitó un ajado crucifijo de caña que llevaba al cuello y lo colocó sobre la tierra del borde; a continuación, se desabrochó la camisa y se la lanzó al verdugo, y lo mismo hizo con los pantalones: Te harán falta, le dijo, y no quiero que después vayas a registrar el cadáver. Estaba muy delgado y las costillas se le marcaban con fuerza en el pellejo tostado. Se quitó también las botas, que dejó al borde de la zanja, sin un temblor, sin un solo parpadeo, y se tendió casi desnudo en el fondo de la fosa. El verdugo recogió la ropa mojada y sucia, olorosa a sudor agrio, no mucho mejor que la suya, pero al menos entera.

Estaba de pie a un lado de la sepultura, empuñando el fusil con ambas manos, frente al valle que apenas distinguía tras la cortina de lluvia. Irremisiblemente mojado.

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La fortuna es dama voluble y una noche después de las grandes calabazas que había recibido de mi cruel enamorada, me ocurrió un suceso tan sorprendente que tuvo la virtud de relegar mis pesares a un segundo término.

Al ocultarse el sol tras el horizonte como moneda echada en alcancía, y después de las oraciones, pláticas y diligencias de costumbre, extendí mi esterilla en el rincón habitual del barco y al poco tiempo dormía como los ángeles. Sin embargo, el ligero contacto de una mano sobre mi brazo me hizo abrir los ojos. Habíase ocultado la luna y la noche estaba tan oscura que no podía distinguirse un cuerpo a un palmo de distancia.

Aquella mano, tanteando a ciegas con voluntad acariciadora, fue subiendo por mi brazo hasta alcanzarme el rostro y yo, que me había mantenido inmóvil, simulando estar aún dormido, la atrapé con presteza al sentirla sobre la mejilla. Pero la otra mano se posó con suavidad sobre mis labios, imponiéndome silencio, y la mujer, pues de una mujer se trataba, se tendió a mi lado y pegó su cuerpo al mío.

Vestía la furtiva con una holgada sayuela de suave tejido, de las que emplean las mujeres para dormir, pero en cuanto estuvo a mi lado, se la recogió hasta la cintura con mucho desembarazo, dejando a merced de a mis caricias muchos palmos de piel desnuda.

Resultado de imagen de silueta furtiva en la oscuridad mujerA partir de ese momento ¿qué voy a decir que no deba callar un caballero? Baste confesar que me hallaba atrapado entre el deseo y la curiosidad, intentando descubrir con los ojos de las manos cuantos detalles pudiera conocer de la geografía de aquel cuerpo: la piel suave y sedosa, las caderas escurridas y firmes las nalgas, la espalda delgada, con el costillar a flor de piel, el pecho regular, ni tan generoso ni muy parvo, y el pelo liso y recogido con una diadema; mas la furtiva no me permitió palparle el rostro, ni tampoco estaba yo para insistir en tales menesteres cuando había otros más acuciantes que reclamaban mi atención. Sin proferir una sola palabra, procurando refrenar los jadeos, la mujer me montó con destreza de amazona y yo no pude evitar abandonarme a su rienda y dejarme llevar por el vaivén con que se movía, semejante a las olas de un mar turbulento, hasta perder toda noción del mundo más allá del propio goce corporal.

Al finalizar la juntura quedéme desmadejado sobre mi esterilla, con la respiración entrecortada y el corazón acelerado, momento que aprovechó ella para morderme con fuerza la oreja derecha, como quien marca una res de su propiedad, y escurrirse entre las sombras antes de que pudiese detenerla.

Cuando recuperé el aliento y volví a poner en marcha el engranaje del pensamiento, intenté adivinar quién sería la que con tanta discreción se había acercado a mi lecho. Mi corazón anhelaba que la visitante hubiera sido la señora de mis desvelos que, ganada por mis ardientes palabras, se hubiera abierto al amor. Pero, por más que lo deseara con toda el alma, la razón me decía que un cambio tan grande en tan breve tiempo no tenía fundamento que lo sustentara.

Mas, si no había sido ella, entonces quién: ¿una dama liviana en busca de pasajero entretenimiento?, ¿alguien que, sin yo saberlo, me debiera un favor? ¿O acaso se trataba de una apuesta entre busconas, donde el mordisco en la oreja sería la marca de la conquista?

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Tiene gracia

Tiene gracia: trabajas duro, te dejas la piel, te desesperas, haces todo lo posible para marcharte de esta ciudad y, cuando por fin se presenta la oportunidad, encuentras una razón para quedarte.

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Para herir, pocas palabras bastan. Con ellas se absuelve y se condena, se enaltece y se rebaja, se agravia, se perdona, se premia, se humilla, se deshonra, se burla y se desprecia; tienen el poder de elevarte al cielo o de hundirte en el infierno.

Y unas pocas, muy pocas, me hundieron en él.

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Amanece un nuevo día. Un día más. Ha estado lloviendo toda la noche, pero los relevos para las guardias discurren con normalidad, sin sobresaltos ni zafarranchos. Un tímido sol se asoma entre nubes veloces y jirones de azul. Desde mi puesto de vigilancia alcanzo a ver el pueblo que tenemos enfrente, ocupado por el enemigo. Se ve el movimiento de alguna gente en las calles, los soldados están dentro de sus refugios y por las chimeneas de las casas salen columnas de humo blanco que dan a la escena un aire bucólico.

De repente, aleteando con torpeza junto a mí, veo una mariposa solitaria con las alas irisadas y brillantes. Quién sabe de dónde ha venido. Me quedo embobado, siguiéndola con los ojos mientras revolotea alrededor de unos arbustos sin hojas, zarandeándose alocada por las rachas de aire, hasta que se aleja llevando consigo el espejismo de la primavera. Su presencia me ha dejado pensativo: su rastro de belleza y fragilidad resulta incongruente con este lugar y esta guerra.

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Astrología

─¿Qué haces tú en la cárcel?

─Me echaron las cartas.

─¿Y?

─Acertaron.

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A veces

A veces (sólo a veces) los días y las noches se suceden en la volátil simplicidad de una huida hacia adelante, de una búsqueda en espiral y sin resultados aparentes, de un caminar cuyo objetivo no es otro que transitar el propio camino.

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