Feeds:
Comentarios

Posts Tagged ‘guerra’

niña refugiada en el campamento de Mesa Grande, Honduras

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta. (más…)

Read Full Post »

Amanece un nuevo día. Un día más. Ha estado lloviendo toda la noche, pero los relevos para las guardias discurren con normalidad, sin sobresaltos ni zafarranchos. Un tímido sol se asoma entre nubes veloces y jirones de azul. Desde mi puesto de vigilancia alcanzo a ver el pueblo que tenemos enfrente, ocupado por el enemigo. Se ve el movimiento de alguna gente en las calles, los soldados están dentro de sus refugios y por las chimeneas de las casas salen columnas de humo blanco que dan a la escena un aire bucólico.

De repente, aleteando con torpeza junto a mí, veo una mariposa solitaria con las alas irisadas y brillantes. Quién sabe de dónde ha venido. Me quedo embobado, siguiéndola con los ojos mientras revolotea alrededor de unos arbustos sin hojas, zarandeándose alocada por las rachas de aire, hasta que se aleja llevando consigo el espejismo de la primavera. Su presencia me ha dejado pensativo: su rastro de belleza y fragilidad resulta incongruente con este lugar y esta guerra.

Read Full Post »

La Nacha iba ya preñada de su primer hijo aquella vez, aunque no se le echara de ver, cuando seguía con la mirada baja al mulo medio chúcaro que montaba Cleofas en dirección a su hogar, donde dio a luz aquel hijo y los ocho restantes que parió, año con año, unos medio vivos y otros medio muertos, hasta que se le agotaron las chiches y se le secaron las entrañas. Vivían de colonos en tierras de don Enrique Amaya, en una parcelita minúscula arrancada a golpes de piocha a la ladera del cerro, y cultivaban una o dos manzanas de milpa que gustosamente les cedía el hacendado en la parte más estéril y reseca de su heredad, a cambio de un tercio de la cosecha y de trabajarle veinte jornadas al año, veinte, de sol a sol.

El terreno donde Cleofas y sus hijos se fueron dejando el sudor y las energías a lo largo de los años, y también la piel, estaba recubierto por una alfombra de piedras negras y redondeadas que cayeron allí, según cuentan los ancianos, un día remoto en que se abrió el cielo y llovieron, para penitencia de los hombres, piedras. Aparte de la milpa, criaban en la casa algunas gallinas jaspeadas, unos jolotes cenicientos y uno que dos cuches de secano los años mejores.

Así pasaron los años, entre malos y peores, y la familia nunca salió de pobre, que la cobija no les ajustó ni siquiera para comprar el solar donde estaba la casa, y mucho menos un terreno propio donde cultivar. Los hijos crecieron desnutridos y harapientos, resecos como la tierra y duros como las piedras, con la tenacidad de la semilla que cayó en baldío. A la Nacha la fueron arrugando y encogiendo el trabajo y los hijos, los hijos y el trabajo, y a Cleofas le robó el sol el color del pelo, dejándoselo blanco como las hilachas del algodón; y las innumerables cargas de maíz, cantaradas de agua y sacos de abono que transportó por esos cerros, y los años, breves y duros, le doblaron la espalda y le humillaron la mirada.

(Este relato ha sido publicado en la antología de la V edición del concurso de relatos breves María Moliner)

Leer relato completo aquí

Read Full Post »

El pasado 16 de enero se ha cumplido el vigésimo aniversario de la finalización del conflico armado en El Salvador. Además de una serie de actividades institucionales organizadas por el Gobierno (pinchar aquí), se han editado varios reportajes conmemorativos sobre la guerra civil y los acuerdos de paz, con entrevistas a protagonistas presenciales, afectados e imágenes de archivo, como el vídeo que se adjunta y que forma parte de un reportaje del Canal 12.

Read Full Post »

16 de marzo de 1981

Está amaneciendo. Hace dos días que bombardean el caserío. Por el día sobre todo, pero también por la noche. No hace mucho cayó un motero ahí nomás, directo al palo de zapote. Lo hizo astillas. Mi padre con mi hermano Chemo han cavado un agujero al otro lado del cerco, entre los palos de café, y lo han tapado con maderas y tierra. Nos metemos todos dentro, pero apenas ajusta. El agujero es pachito y el terrizo que lo cubre no garantiza.

Estoy sentada junto a mi mamá, y la ayudo a chinear a mi hermanito. Se me ven las rodillas, que están sucias y algo terrosas. Estiro la falda, pero es demasiado corta y no alcanza a cubrirlas. Toda la ropa se me está quedando pequeña. Mi mamá dice que estoy creciendo muy aprisa, que me va a cortar un par de vestidos en cuanto pueda comprar la tela. Estamos todos callados, nadie se anima a platicar. Mis hermanos no lloran ni gritan, están como temblorosos, con mucho miedo. Yo también tengo miedo pero estoy tranquila, no sé por qué.

Me fijo en una hormiga negra, de esas que les dicen guerreadoras, que va trepándose por el pie y después por la canilla. Pican duro, pero si te mantienes quieta, sin respirar, entonces no hacen nada. Está algo perdida, igual que nosotros. Se mueve deprisa, con sus patitas delgadas y largas, y apenas la noto sobre la piel. A don Peto, mi padrino, se le metió una hormiga en la oreja mientras dormía la borrachera, en medio del monte. Llegó a casa tambaleándose y gritando del dolor, agarrándose la cara con las dos manos. Se devanaba por el suelo y brincaba y se daba cabezazos contra los horcones del corredor. Tuvieron que sujetarlo entre varios hombres para intentar sacarle la hormiga. Le hurgaron en el hueco de la oreja con una ramita y, como no salía, llamaron a la Licha, que tiene las uñas largas. Pero tampoco. Al final fue mi abuela quien dijo: échenle agua caliente, no sean brutos, y así salió.

Se oyen venir las granadas. Zumban antes de estallar igual que los zancudos cuando se te acercan a la oreja, pero más fuerte. Entonces cierro los ojos y encojo los hombros. Pienso que si nos cae una encima nos vamos a morir todos. Pero revienta y aún seguimos aquí, vivos. Algunas caen bien cerca y la tierra se sacude con un temblorcito. Y le corre a una como un escalofrío por la espalda. Por ratos vienen más seguidas, bum, bum, bum, y después se calma un momento.

Leer relato completo

 

Read Full Post »

El delator

No fue sino hasta mucho después, cuando acabó la guerra, que Meregildo contaría a un grupo de reporteros, ávidos de hechos sangrientos, la historia del delator. Meregildo hablaba como el niño que recuerda una travesura, salpicando el relato de sonrisas abiertas que le iluminaban la cara y pasándose la mano con frecuencia por un pelo oscuro que empezaba a ralear. Sin embargo, sus ojos de mirada dura y fría desmentían las palabras ligeras.
El delator era un mal hombre, advertía a la audiencia, y su dedo estaba tan manchado de sangre ajena que no le bastarían dos eternidades para limpiarlo; aunque sus razones debía tener para hacer lo que hacía, aclaraba, porque la conciencia, a lo que parece, la tenía despejada.
Una tarde calurosa y húmeda, Meregildo había ido a sacarlo de la estructura de lámina y madera que hacía las veces de cárcel: Ya es hora de que trabaje y se gane la comida que le estamos dando. El delator estaba acuclillado en un rincón, tapándose los ojos con las manos atadas y parpadeando por la súbita invasión de la luz. Tenía el cuerpo entumecido y le costó dar los primeros pasos, pero observaba el campamento con la mirada de un niño: el sombrajo donde torteaban las mujeres, la clínica improvisada donde un médico intentaba coser una mano, un árbol frondoso bajo el cual una maestra-niña enseñaba las letras a torpes aprendices, champitas improvisadas entre las sombras.

Leer relato completo

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: