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Posts Tagged ‘guerra’

Al otro lado de la campana de cristal en que vivimos, la lluvia arreciaba. Al verdugo se le mojaba la delgada camisa, desgastada por mil lavados, los jirones de pantalón, las botas de medio uso. El delator aprovechó que el agua le domaba el pelo para peinárselo someramente con los dedos. Ya dentro del hoyo, se quitó un ajado crucifijo de caña que llevaba al cuello y lo colocó sobre la tierra del borde; a continuación, se desabrochó la camisa y se la lanzó al verdugo, y lo mismo hizo con los pantalones: Te harán falta, le dijo, y no quiero que después vayas a registrar el cadáver. Estaba muy delgado y las costillas se le marcaban con fuerza en el pellejo tostado. Se quitó también las botas, que dejó al borde de la zanja, sin un temblor, sin un solo parpadeo, y se tendió casi desnudo en el fondo de la fosa. El verdugo recogió la ropa mojada y sucia, olorosa a sudor agrio, no mucho mejor que la suya, pero al menos entera.

Estaba de pie a un lado de la sepultura, empuñando el fusil con ambas manos, frente al valle que apenas distinguía tras la cortina de lluvia. Irremisiblemente mojado.

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Yo hacía de partera allá, antes de venirnos. Iba a las casas y ayudaba a las mujeres en el trance. Me estaba unos días en las casas, dos, tres, y me daban algo de pistillo. Las que lo tenían. Poco, pero algo era. Cuando entraron los primeros operativos y la cosa se puso fea, nos fuimos a vivir varias familias a unas cuevas de un puesto que le decían la Peña Blanca, cuevas grandes, en unos barrancos enormes que allí había, entre cerros filudos. Tan escarpados eran que un chino se desgració saltando entre las peñas, un chino travieso, vea, pero dispuesto, el hijo de la María, se desbarrancó y se quebró la mollera. Como animales vivíamos en aquellas cuevas, con miedo de hacer fuego, de que los chuchos latieran duro, de que nos vieran, de que nos hallaran, con miedo del miedo, usted. Tapadas habíamos hecho las bocas de las cuevas, con matojos secos, con chirivisco, con ramas de árboles, de modo que no se vieran desde lejos. De noche, los hombres salían a recorrer la tierra para cazar un garrobo, un cusuco, lo que fuera, cualquier fruta, zapotes, anonas, guayabas, cualquier raíz. Hasta se llegaban a las casas abandonadas, a las que estaban destruidas, para ver si había quedado en ellas algo que sirviese, una cabuya, un candil, una gallina, piñas de piñal. Y las mujeres de noche bajábamos a la quebrada para traer agua, para traer leña seca, seca, seca, de la que no levanta humo. (más…)

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niña refugiada en el campamento de Mesa Grande, Honduras

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta. (más…)

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Amanece un nuevo día. Un día más. Ha estado lloviendo toda la noche, pero los relevos para las guardias discurren con normalidad, sin sobresaltos ni zafarranchos. Un tímido sol se asoma entre nubes veloces y jirones de azul. Desde mi puesto de vigilancia alcanzo a ver el pueblo que tenemos enfrente, ocupado por el enemigo. Se ve el movimiento de alguna gente en las calles, los soldados están dentro de sus refugios y por las chimeneas de las casas salen columnas de humo blanco que dan a la escena un aire bucólico.

De repente, aleteando con torpeza junto a mí, veo una mariposa solitaria con las alas irisadas y brillantes. Quién sabe de dónde ha venido. Me quedo embobado, siguiéndola con los ojos mientras revolotea alrededor de unos arbustos sin hojas, zarandeándose alocada por las rachas de aire, hasta que se aleja llevando consigo el espejismo de la primavera. Su presencia me ha dejado pensativo: su rastro de belleza y fragilidad resulta incongruente con este lugar y esta guerra.

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La Nacha iba ya preñada de su primer hijo aquella vez, aunque no se le echara de ver, cuando seguía con la mirada baja al mulo medio chúcaro que montaba Cleofas en dirección a su hogar, donde dio a luz aquel hijo y los ocho restantes que parió, año con año, unos medio vivos y otros medio muertos, hasta que se le agotaron las chiches y se le secaron las entrañas. Vivían de colonos en tierras de don Enrique Amaya, en una parcelita minúscula arrancada a golpes de piocha a la ladera del cerro, y cultivaban una o dos manzanas de milpa que gustosamente les cedía el hacendado en la parte más estéril y reseca de su heredad, a cambio de un tercio de la cosecha y de trabajarle veinte jornadas al año, veinte, de sol a sol.

El terreno donde Cleofas y sus hijos se fueron dejando el sudor y las energías a lo largo de los años, y también la piel, estaba recubierto por una alfombra de piedras negras y redondeadas que cayeron allí, según cuentan los ancianos, un día remoto en que se abrió el cielo y llovieron, para penitencia de los hombres, piedras. Aparte de la milpa, criaban en la casa algunas gallinas jaspeadas, unos jolotes cenicientos y uno que dos cuches de secano los años mejores.

Así pasaron los años, entre malos y peores, y la familia nunca salió de pobre, que la cobija no les ajustó ni siquiera para comprar el solar donde estaba la casa, y mucho menos un terreno propio donde cultivar. Los hijos crecieron desnutridos y harapientos, resecos como la tierra y duros como las piedras, con la tenacidad de la semilla que cayó en baldío. A la Nacha la fueron arrugando y encogiendo el trabajo y los hijos, los hijos y el trabajo, y a Cleofas le robó el sol el color del pelo, dejándoselo blanco como las hilachas del algodón; y las innumerables cargas de maíz, cantaradas de agua y sacos de abono que transportó por esos cerros, y los años, breves y duros, le doblaron la espalda y le humillaron la mirada.

(Este relato ha sido publicado en la antología de la V edición del concurso de relatos breves María Moliner)

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El pasado 16 de enero se ha cumplido el vigésimo aniversario de la finalización del conflico armado en El Salvador. Además de una serie de actividades institucionales organizadas por el Gobierno (pinchar aquí), se han editado varios reportajes conmemorativos sobre la guerra civil y los acuerdos de paz, con entrevistas a protagonistas presenciales, afectados e imágenes de archivo, como el vídeo que se adjunta y que forma parte de un reportaje del Canal 12.

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