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Posts Tagged ‘desplazados de guerra’

niña refugiada en el campamento de Mesa Grande, Honduras

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta. (más…)

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Entre tanta tarea como tengo, me ha salido una nueva ocupación que me llena más que otras: colaborar con un grupo de mujeres para documentar casos de niños perdidos durante la huida de su país. El asunto surgió espontáneamente, como surge casi todo por aquí, y como es un tema que, desde que supe de él, me ha interesado y me ha tocado el corazón, no me ha costado echar una mano.

Y en eso llevo trabajando desde hace unas semanas, aunque sea a ratos perdidos. Ya hemos documentado al menos once casos de desapariciones de niños, aunque algunos de ellos en realidad no fueran niños perdidos, sino “regalados”; es decir, que durante las largas huidas de la zona de conflicto la situación llegaba a ser tan dramática que hubo madres que dejaron a sus hijos en las casas que encontraron por el camino, con cualquier persona, porque de seguir con ellos seguramente morirían. De hecho, según me cuenta la gente, no es raro entre los campesinos la costumbre de “regalar” niños. Por ejemplo, si una mujer tiene muchos hijos y por el motivo que sea no puede cuidarlos a todos, “regala” uno a quien pueda hacerlo mejor que ella: a su hermana, su comadre, su tía o incluso a su propia madre, y a partir de ese momento el hijo es adoptado por esta madre de acogida, la llama mamá y actúa en todo momento como si de verdad lo fuera.

Pero como digo, eso son sólo unos pocos casos. En los demás, los niños se perdieron de verdad. De todos los que hemos documentado, hay uno que me ha llamado la atención, no porque fuese más terrible que los demás, sino porque la mujer hablaba de la pérdida de su chiquitín con un desconsuelo tal, mostraba una tristeza tan desoladora, que también a mí me dieron ganas de llorar. Dijo que se le perdió cuando cruzaban la frontera, hasta donde una tropa los había estado siguiendo y hostigando. Fue de repente: se le zafó un momento mientras corrían y ya no lo vio más. Y aunque examinó uno a uno los muertos por el ataque, y lo estuvo buscando durante más de una semana, arriesgándose incluso a separarse del grupo, no logró dar con él. Dijo también que un periodista que cubría la llegada de los refugiados le sacó una foto al niño antes de perderlo, que tal vez él tenga alguna información, pero que no sabe como contactarlo. En todo caso, le gustaría conseguir la foto.

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El hombre que repartió las tortillas tenía dos galones triangulares en la manga. Después de repartirlas y comerlas tranquilamente, por primera vez reparó en la familia y se acercó a ella. Se dirigió a la madre y las preguntas no se hicieron esperar, ásperas y peligrosas: que si dónde está su marido, que si su marido es un revoltoso, que si ustedes también lo son, que si las tortillas para quiénes eran, que si dónde guardan las armas.
Los labios de la mujer se movieron para formar unas frases, en voz baja y neutra, pero con una firmeza que la sorprendió a ella misma.
–Mi marido no está, salió a traer unas reses y no volverá en dos días.
El hombre de los dos galones no se conformó con la respuesta; al contrario, la impasibilidad de la mujer despertó su ira, sabiamente alimentada durante meses y años de especializada instrucción.
– Sabemos bien que tu marido anda por ahí, encharralado en la montaña -le dijo-, y si regresa lo vamos a agarrar y la va a pagar bien pagada. Y si no, la van a pagar ustedes.
Y desenfundó de su cintura un enorme yatagán que clavó varias veces sobre la mesa de madera basta, pulimentada por el uso, donde hacía apenas una hora había estado comiendo la familia.
– Este cuchillo ha comido carne guerrillera –continuó-, le ha gustado y está hambriento de más. Igual le da que sea de hombre o de mujer, y si es de niño mejor, que estará más tiernecita.
Alzó el yatagán y se lo acercó, moviéndolo con parsimonia delante de la mujer y de los hijos, cuyos ojos observaban con ese asombro con que sólo es capaz de mirar un niño, como ante la primera tormenta, el primer camión, el primer caballo, con caras que eran todo ojos, con cuerpos que eran todo mirada.
– Vamos a registrar la casa, doña, para ver qué escondés en ella, porque vos sos una guerrillera y en estos tus chigüines está sembrada la semilla de la subversión. (más…)

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Llegaron a media tarde, después del almuerzo, cuando ya estaban lavados los trastes, recogida la mesa y apenas si quedaban unas brasas mortecinas en el comal; eran muchos, muchos, más de cien. Entraron por el portón que da al camino bajo y se disgregaron por todo el huerto, dejaron sus mochilas en el suelo, en cualquier puesto: debajo de los aguacates, entre el cafetal, junto a los mangos, bajo unas matas de huerta, parapetados en el cerco de piedra.

Desde el corredor, la familia asistió a la invasión sistemática de la propiedad. Estaban puestos en fila: la madre, que tenía en sus brazos al más pequeño, y la hija mayor, que les daba las manos a sus dos hermanos menores, y los miraban en silencio, estáticos, observando y sintiéndose observados. Por fin, un grupo como de diez soldados se acercó a la casa y entró en el corredor. Pasaron junto a ellos sin un saludo, sin una explicación, como si fueran figuras de barro, se despojaron de sus mochilas y pertrechos y los dejaron en el suelo.

La tarde era calurosa y se agradecían las sombras. Vestían trajes y gorras de camuflaje, botas negras con parches de tela verde, una gran mochila a la espalda, que tiraba de ella hacia atrás y la dejaba anormalmente recta, y un fusil en bandolera, con la boquilla apuntando hacia adelante. Un soldado alzó el fusil con un solo brazo y disparó una ráfaga, dos, varios camaradas corearon los disparos con gritos y aullidos. Las descargas mordían el silencio de la tarde, hacían temblar el suelo como pequeñas sacudidas sísmicas. El niño de pecho rompió a llorar y la madre lo meció suavemente hasta que se calmó.

Los rostros de los soldados estaban curtidos y desfigurados por las pinturas de camuflaje. Los ojos miraban con dureza y encono, o simplemente evitaban mirar. Se movían por el corredor con confianza y soltura, ignorando por completo a la familia, filtrando su presencia: destaparon el cántaro de barro que había sobre la mesa, metieron el huacal y bebieron, bebió uno, le ofreció al camarada, al otro camarada, se acercaron al comal, todavía caliente, a cuyo costado había una manta con tortillas, revolvieron el ella y agarraron un buen rimero, de una bolsita de plástico sacaron unos puñados de sal y los extendieron encima de las tortillas, sin una palabra de cortesía, sin un ademán de permiso.

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