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seventeen-moments-of-springA pesar del título tan poético, se trata de una serie soviética de los años 70 sobre la II Guerra Mundial, bien que dotada de una trama magnífica, una banda sonora excepcional y una originalidad que la hace única.

Dejo, en el enlace que sigue, la excelente crítica de la serie realizada por freelander.es e indicacione sobre dónde verla: 17 momentos de la primavera

 

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Una extraña simbiosis, digo, la de los hermanos Cohen y Spielberg, pero con un buen resultado: el de una película interesante, bien ambientada, humana, sin estridencias, y al límite de lo que la sociedad norteamericana puede permitir, gracias, tal vez, a algunos exabruptos chovinistas. La interpretación de Tom Hanks es magnífica: contenida, creíble, sin la exagerada desproporción del oscarizado Di Carpio, pero dándole al personaje la profundidad y honestidad que la película necesitaba. Pero no es sólo Tom Hanks. El resto, los “secundarios”, también están a la altura, al igual que el ritmo narrativo, el guión, la dirección de actores… Por buscarle alguna pega, diría que resulta pelín melodramática, con una ingenuidad que es, al mismo tiempo, también una virtud: cuando uno va al cine a echar el rato, agradece salir con las pilas recargadas.

el-puente-de-los-espiasEn esta curiosa y heterodoxa cinta de espías, por más objetiva que se nos quiera presentar, los soviéticos (y también los alemanes del este) representan el lado oscuro de la fuerza y los norteamericanos, evidentemente, el luminoso. Mientras los primeros torturan despiadadamente a su prisionero, con técnicas de manual de mercenario, los segundos le hacen un paripé de juicio, y se comportan con su espía, al espía ruso quiero decir, con cierta caballerosidad. Pero no es nada que le quite interés a la película, ni siquiera para los más críticos con el patriotismo norteamericano.

Desgraciadamente, si hacemos una lectura de la película a la luz de la historia, el mensaje que nos deja es pesimista, pues al final ha sido el lado oscuro el que se ha impuesto: medio siglo después, en las guerras del siglo XXI, los norteamericanos maltratan a sus prisioneros, suponiendo que antes no lo hicieran, de la misma manera que, según la cinta, los soviéticos maltrataban a los suyos durante la guerra fría. Si no peor.

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El corazón de las tinieblas es una novela breve de Joseph Conrad publicada en 1902 y popularizada ocho décadas después, a raíz del estreno, en 1979, de la película Apocalipse now, que está basada en ella. De hecho, algunas de las ediciones que se hicieron después ilustran la portada del libro con imágenes de la película o le añaden el subtítulo “El río” para identificarla más con ella. El tirón de la fama dio incluso para hacer una adaptación televisiva de la propia novela, en 1993, con Tim Roth y John Malkovich (adivinen quién hace de Kurtz).

Resulta, pues, casi inevitable buscar semejanzas y establecer comparaciones entre ambas, a pesar de que la película de Francis Ford Coppola es una versión libre, muy libre, de la novela: no sólo traslada la acción en el tiempo (del siglo XIX al XX) y en el espacio (de África a Vietnam), sino que toma del libro poco más que la idea de fondo, es decir, la búsqueda de un hombre, subiendo un río, a través de un territorio salvaje. Y aquí terminan las similitudes, pues en el libro de Conrad, a diferencia de la película, el protagonista no viaja al corazón de una zona de guerra para matar al temible Kurtz, sino al corazón de la selva con objeto de hacerse cargo de una barcaza que bajará marfil por el río Congo. Lo de Kurtz vendrá después. Apocalipse now, de la mano de Coppola, profundiza en los límites del ser humano y en la violencia que anida en él en una situación muy concreta: el caos de una guerra, mientras que Conrad se afana en averiguar cómo afecta la llamada de lo primitivo a un hombre civilizado, y nos presenta para ello a dos personajes en los que esta llamada tendrá resultados opuestos: mientras que Marlow, el narrador de la historia, un marino baqueano y al mismo tiempo idealista, se resiste a dejarse llevar por la fuerza de lo atávico, Kurtz, un hombre del que todos hablan pero al que apenas vislumbramos, es devorado por ella. (más…)

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fuegoHan pasado más de treinta años desde que Jean-Jacques Annaud nos presentara su particular visión de los albores de la humanidad en la película “En busca del fuego”, o “La guerre du feu” como rezaba su título original. Una producción franco-canadiense casi olvidada en las filmotecas y en la filmografía en general, de esas que no aparecen en las tan populares como simplificadoras listas de las 100 mejores películas, pero que en su día cosechó varios premios César, fue nominada al Globo de Oro y obtuvo un Oscar menor.  Sin embargo, ¡qué gran película!, de ese cine épico, con letras mayúsculas, que tan difícil es de encontrar en las carteleras, rara avis que se produce una vez cada muchos años y que es capaz de meternos, desde la primera imagen y con mayor intensidad que cualquier entrega del parque Jurásico de Spielberg, en el corazón de la prehistoria, de un mundo atávico y temible.

La película empieza con un paisaje nocturno donde brilla un minúsculo puntito de luz que oscila y se debate por sobrevivir en medio de la tiniebla circundante. La cámara se acerca y la débil llamita crece y crece hasta convertirse en un enorme fuego encendido a la entrada en una cueva que un tosco antepasado vigila mientras el resto de la horda duerme tranquilamente en el interior. El sagrado fuego de la vida, al que alimentan constantemente porque no saben cómo se fabrica, el fuego protector que espanta a las alimañas de la espesura y hace acogedora la noche desapacible e ingrata. Junto a él viven, en él asan sus presas y a su amor se calientan. Todos lo contemplan con ojos reverentes, con devota veneración, como se idolatra a un dios poderoso y temible.

Accidentalmente, el benefactor fuego se apaga, y el clan, que se ha refugiado en una ciénaga desapacible y fría, decide enviar a una partida de tres hombres para recuperar el fuego. A través de una geografía majestuosa, de paisajes tan espléndidos como desolados, el grupito se dirige hacia el sur, siempre hacia el sur. Los tres protagonistas pasan por una serie de peripecias a veces simpáticas, a veces dramáticas, más o menos apegadas a la ortodoxia antropológica, pero siempre tratadas con una profundidad que nos mete constantemente en la pantalla.

Por fin, en un sur más o menos lejano y ubicuo, entran en contacto con un pueblo más avanzado que captura a uno de ellos, lo encierra en una jaula y lo trata como a un animal, sorprendiéndose de su aspecto y burlándose de él por su atraso y barbarie; aunque también le enseña cómo se hace el fuego. De entre las muchas diferencias culturales que hay entre ambos pueblos, Annaud pone su curiosa mirada en el comportamiento sexual y nos lo muestra en una escena tratada con sutil maestría: es de noche y los hombres del sur, en una especie de ritual de fertilidad, ofrecen a uno de los prisioneros una Eva rolliza para que la cubra y la fecunde con su semilla. La matrona entra en la jaula y se tumba boca arriba para recibirlo, pero el hombre la ignora y sigue comiendo, y ella no consigue excitarlo hasta que se pone a gatas y le muestra unas nalgas orondas.

Sin duda, el atrevimiento de Annaud magistral ya que nos cuenta esta historia sin echar mano del francés, el inglés o cualquier idioma moderno, y hace hablar a sus protagonistas en un lenguaje primitivo y escueto, una mezcla elegante y muy cuidada de monosílabos, gestos y gruñidos que no necesita de ningún subtítulo para hacerse entender. Basta con conocer una sola palabra: “ahtr”, fuego.

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Pocas películas he visto, de las que están basadas en un libro, que me hayan resultado más interesantes que la propia obra; lo cual dice muy poco en defensa del cine y mucho en favor de la literatura que, con el uso de simples caracteres sin mayor atractivo, negro sobre blanco, y con el trabajo paciente y solitario, casi siempre, de una sola persona, es capaz de captar la complicidad del lector y llevar su imaginación más allá de las aparatosidad multicolor de la gran pantalla (o de la pantalla doméstica).

A bote pronto, me vienen a la cabeza dos películas que han logrado superar a las novelas que las concibieron: Blade runner y El nombre de la rosa. A la primera no puedo concederle tanto mérito porque el libro es, en mi humilde opinión, un serie B de literatura de ciencia ficción; sin embargo, ponerse a la altura de una novela tan compleja, elogiada (y vendida) como la de Umberto Eco, tiene su mérito.

cartel anunciador de la película

cartel anunciador de la película

Desde la primera imagen, que nos presenta un paisaje frío, gris, ventoso y desolado, Jean Jacques Annaud es capaz de trasportarnos de golpe a la remota abadía benedictina y  al propio corazón del medioevo.

En poco menos de dos horas, la película logra meternos en el hermético y misterioso ambiente de la abadía, conocer sus muchas dependencias, introducirnos en una vida llena de silencio, hipocresía y secretos, intuir las miserias, enconos y alegrías de aquel retirado grupo de monjes, conocer las diferencias entre el alto clero y el bajo clero y seguir el apasionado debate sobre si Jesucristo “era o no” poseedor de las ropas que vestía. Las imágenes de Annaud nos hacen temer y aborrecer al Santo Oficio, a sus métodos y a su severo guardián, el tenebroso e implacable Bernardo Gui; y nos llevan, a través de los laberínticos vericuetos de la biblioteca, a conocer el ingente tesoro de legajos y manuscritos que allí se custodiaban con fanático fervor y a lamentar la enorme pérdida que provoca el apocalíptico incendio final.

Un buen guión y el sagaz montaje de la cinta consiguen, modificando unos pocos elementos argumentales de la novela, como son la historia de la muchacha y el trágico fin del inquisidor, atraer nuestra atención desde el primer fotograma y desentrañar la complicada trama de la novela sin mayores dificultades.

portada de la novela

portada de la novela

Mención aparte merece la excelente caracterización de los personajes, sin la cual no podría haberse conseguido el resultado final. Cómo olvidar la esperpéntica colección de monjes que desfilan ante nuestros ojos, cuyos rostros y expresiones ayudan a dotar a la película del ambiente propicio: la fealdad de las facciones, las extravagantes tonsuras, los rasgos embrutecedores, zafios o intemperantes, que permiten al espectador leer e interpretar muchas cosas que no se explican.

Confieso que soy un enamorado de la película, que la he visto media docena de veces y que no me desagradaría volver a hacerlo, pues en cada ocasión he hallado nuevos detalles que saborear, elementos que percibir o escenas con las que entretenerme. Y desde luego, la recomiendo a quien no la haya visto aún.

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