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Posts Tagged ‘años 80’

Es una noche desapacible y extraña en la ciudad. Hace bochorno y la tormenta, que desde hace horas viene amenazando con caer, únicamente deja escapar unos goterones escasos y pesados que ensucian los parabrisas de los coches aparcados, como si estuvieran cargados de barro en lugar de agua. Un viento caprichoso, que sopla a rachas, remueve el aire caliente y cargado de polvo, como puesto a cocer en una marmita, y asfixia a quienes se atreven a respirarlo. Las farolas del alumbrado público lucen como cálidas y lejanas luciérnagas en la oscuridad huérfana.

Una mujer guapetona, vaqueros desgastados, camiseta negra y bolso pequeño, avanza pegada a las deprimentes fachadas de ladrillo de los edificios, que están sucias de pintadas y carteles viejos, descoloridos por el sol y ajados por la lluvia. Camina deprisa, con la cabeza agachada, huyendo del agua, del polvo y de la basura que el viento arrastra y desplaza de un lado para otro. Al llegar a la esquina, hay un local que parece abandonado, pero la mujer empuja con fuerza la desvencijada cancela del portal y entra. El interior está oscuro y las paredes mohosas y salpicadas de desconchones.

Las escaleras son estrechas, con pasamanos de obra y peldaños de terrazo. En el rellano del segundo se detiene ante la última puerta y, casi a tientas, intenta meter las llaves en la cerradura. Lo consigue al tercer intento, guiando la punta de la llave con la yema del dedo índice. Enciende la luz y echa un vistazo pero hay nadie. El piso es pequeño: pasillo estrecho, salita, dormitorio, cocina y retrete. En el fregadero están los platos sin lavar de la cena del jueves. La cama está deshecha, como siempre que ella no se la hace. La mujer se mueve con lentitud por el reducido espacio, observando cada detalle con ojo policial. Muebles de escombrera, náufragos de contenedor, amenazan con comerse el espacio libre. En una estantería atiborrada de libros, revistas y viejas casetes reina un caos irreversible. Hay una radio sobre un pequeño anaquel, la enciende y sintoniza una emisora. Suena la voz de Manolo García, El último de la fila, cantando su Insurrección. La mujer se sienta en el sillón de la salita, que tiene la tapicería curtida por el uso, y apaga la lámpara. Se recuesta sobre el respaldo del sillón, cierra los ojos intentando concentrarse y tamborilea con los dedos sobre el reposabrazos, siguiendo el ritmo de la música, “barras de bar, vertederos de amor”. Quiere pensar con claridad sobre todo lo que ha sucedido esa tarde, pero no puede. Él tiene que llegar, lo ha citado allí y sabe que vendrá, y que vendrá antes de la hora. Pero ¿y después?, ¿le faltará el valor?, ¿será como otras veces? dí, mujer, tendrás coraje. Así que deja que la inunde la rabia, una rabia  sorda que crece en su interior, y sigue creciendo y se hincha y la va llenando como si fuera un globo. (más…)

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Míchel se convirtió pronto en mi mejor amigo. Ambos teníamos la misma edad y nos compenetrábamos bastante bien en casi todas las cosas. No le gustaban las discusiones estériles ni era de los más se aprovechaban de los pequeños. Era el capitán del equipo y uno de los más antiguos en los Bloques y, por tanto, el líder indiscutible. Para cualquier juego que realizáramos, era siempre de los que disponían y, sin su aquiescencia y participación, era difícil ponerse de acuerdo para nada. Cuando Míchel se sentaba, aburrido de un juego, aunque no dijera nada a los demás, era poco lo que tardaba en deshacerse el grupo para ir a sentarse donde él estaba. Cuando jugábamos al fútbol, nos gustaba coincidir en el mismo equipo y, si no podía ser, éramos los encargados de elegir a los jugadores.

Tenía un montón de hermanos y hermanas que vivían casi amontonados porque, al ser su padre sargento de máquinas, el piso que les correspondía era de los más pequeños. Con frecuencia me invitaba a su casa. Las primeras veces fue para hacer la alineación del equipo, pero después, como él era un mal estudiante, iba allí con la excusa de ayudarlo a estudiar matemáticas. El caso es que mis visitas se convirtieron en una práctica corriente, habida cuenta de que en su casa me veían como una buena influencia para él. Nos encerrábamos para estudiar en su habitación, un cuarto pequeño que compartía con su hermano Furia, con una litera y un pequeño escritorio, pero al cabo de unos minutos los libros quedaban relegados al olvido y nos poníamos a charlar de un montón de cosas. Y así se nos pasaban las horas, charla que te charla, y sin apenas estudiar. (más…)

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