El olor (microrrelato de misterio)

 

Alguien la había desenterrado diez minutos antes. Luego le perdió la pista.

Tenía miedo. Hacía frio. La oscuridad la cubría como una mortaja y se encontraba completamente desorientada. Pero el viento le trajo el rastro de un olor.

Se puso en movimiento, dejándose guiar por su nariz, a la caza de aquel olor apenas perceptible, el eco de un eco, moléculas perdidas en hectómetros cúbicos de insípido aire. Avanzaba casi a tientas. Cruzó el descampado lleno de sepulturas anónimas, sin pasado y sin historia, tropezando, alucinada aún, hasta que sus pies tocaron el áspero asfalto de una calle en un polígono industrial, fantasmal a aquellas horas.

El olor aumentaba en intensidad, doblaba esquinas, saltaba vallas e incluso cruzaba callejones, y la mujer continuaba, fiando en su olfato, en su instinto, hasta que por fin vio una luz lejana que iluminaba su inevitable pedazo de calle. Y en la calle el ruido, y los vehículos, faros que la deslumbraban, otra calle, más luces, calles vacías, luces vanas. Y por fin una sombra fugaz, apenas entrevista, penetrando en un portal.

Es ella, piensa. Es ella, se repite como un mantra, para convencerse. Y avanza decidida, rodea una rotonda, se cruza con un grupo trasnochador que observa sorprendido su patético aspecto. Pero a la mujer no le importa y se pega a las fachadas y avanza también ella como una sombra hasta llegar al portal. Está cerrado. Llama a todos los botones del portero automático. Voces metálicas, robóticas, sacuden el silencio: gritos, enojo, algarabía. Pero una madre preocupada, un alma caritativa o un amante impaciente le abren la puerta.

El olor está dentro del vestíbulo, más fuerte, le llena la cabeza, cruza el vestíbulo ―el olor―, la lleva, tira de ella, y ella asciende la escalera izquierda, sube dos pisos, se detiene en el descansillo y llega hasta la puerta 24 C.

Luego llama al timbre.

El vórtice

 

Al  marinero Damián Ortiz, el Tuerto, el dolor de cabeza le provocaba unas alucinaciones que no podía callar y que enlazaba en un relato inconexo y sin sentido. Alucinaciones, pero no delirio, ya que su voz era pausada y tranquila, mantenía abierto su único ojo y sólo se callaba cuando dormía. Lo trastornado era el hilo de su platica, la concatenación desordenada, revoltosa y mutilada de acontecimientos, leyendas, nombres, anécdotas e historias, todas ellas referidas a la mar, pues no debía haber en su pasado más vida que los barcos, y todas ellas terribles y truculentas, narradas con voz ronca y grave.

Entre todas, una se me quedó grabada en la memoria. Contó el Tuerto de un viaje que había hecho a los mares más septentrionales, no sé si persiguiendo a ballenas narvales o a algún otro tipo de leviatanes porque, como ya he dicho, el marinero mezclaba y confundía los sucesos unos con otros. Para atrapar lo que quiera que estuvieran cazando, todos los días se arriaban del barco varios esquifes que, una vez en el agua, se desplegaban en abanico y se alejaban para faenar, como ovejas paciendo bajo la atenta mirada del pastor; y, al terminar la jornada, regresaban junto al navío y eran izados a bordo. Aquellos esquifes iban tripulados en su mayoría por hombres del norte, altos, de ojos azules y cabellos rubios, que al parecer eran muy duchos en el manejo de los arpones.

Un día amaneció la mar cubierta de una bruma tan cerrada que algunos de los arponeros se negaron a salir, pero el capitán, que según entendí debía ser más fiero que todas las furias del océano desatadas, a golpe de rebenque los obligó a hacerse a la mar y pronto se perdieron de vista. El barco navegó a ciegas varias horas, con apenas el velacho desplegado, dirigiéndose hacia donde se suponía que faenaban las barcas; mas cuando por fin se levantó la niebla no se veía ninguna de ellas en toda la amplitud del océano. Rectificó el capitán el rumbo y, por aquellas aguas tan calmas como frías, recorrieron varias leguas sin que alcanzasen a ver ninguno de los esquifes, hasta que al doblar el cabo de una península muy alargada, se encontraron con un aterrador espectáculo.

Jamás, en todos sus años de marear los océanos, contaba el Tuerto, había conocido nada semejante: como a cinco cables por la amura de estribor, un enorme remolino del tamaño de diez navíos agitaba las aguas y las hacía removerse sobre sí mismas en un torbellino enloquecido. El límite de aquella sima lo marcaba un cerco de espuma rabiosa, como la que produce el restallar del oleaje contra el arrecife, y hacía rebullir las aguas, y saltar y agitarse con la efervescencia de una caldera. Y en su interior, el torbellino giraba con ímpetu imparable, removiendo las aguas de un color verde oscuro, más oscuro y siniestro cuanto más descendían por el ominoso embudo hasta el vórtice final.
−El mundo se acababa allí –sentenció Damián Ortiz−, pues todo lo que entraba en el monstruoso remolino y llegaba hasta su vórtice, era engullido hacia dentro con un eructo siniestro, para ser llevado ante el mismísimo Satanás.
El caso es que al día siguiente, pretendiendo burlarme de el Tuerto, comenté la anécdota con el piloto de la nao y, para mi sorpresa, me aseguró que los tales remolinos existen, que son producidos por las corrientes y el reflujo de las mareas y que el cartógrafo Mercator había situado uno de ellos en sus cartas.

No hay salida

No hay salidaSólo nosotros quedamos de tantos como éramos, Melchor, si es que me dejas nombrarte. Bien sé que he renegado de ti y que en tu nombre he blasfemado con pesados juramentos porque, sin tú quererlo, me estás amargando las horas finales.

La tarde se apagó de golpe y la noche se ilumina con el resplandor del fuego. Se alza una columna de humo negro y encrespado que se diluye en la negrura y se lleva el último resquicio de salvación. Ya no quedan escondrijos donde ocultarse, ni hay marcha atrás en esta carrera alocada hacia el fin ni, aunque hubiéramos recuperado el barco cuyas llamas alumbran el cielo, quedaría puerto que nos recibiera ni tierra cristiana donde morar sino estas islas de salvajes en los confines del océano. Hemos mancillado todo principio y violado cualquier ley, humana o divina, cometiendo excesos para los que no existen nombres. Nos hemos degradado en la escala de la creación hasta más abajo que los gusanos de la podredumbre y no subsiste en nosotros un ápice de humanidad en donde reconocernos. Juntos hemos abierto un camino de sangre y cruzado la frontera donde los hombres se transforman en bestias.

Y yo ya estoy cansado, Melchor, cansado de correr y de luchar, acorralado en esta cueva infecta. Nada resta sino esperar la primera claridad del alba para morir.

Ha sido una huída larga y desesperada que nos ha devuelto casi al punto de partida. Cuán difícil de recorrer la geografía comprimida de la isla, marcada por las sierras escabrosas que bajan del volcán y se suceden una tras otra con acantilados a pique, barrancos imponentes y laderas cubiertas de cantos oscuros y redondos que agotan los pies y rompen los tobillos. La hemos atravesado palmo a palmo, salvando junglas malsanas y bosques fríos, hundiéndonos en las ciénagas y despeñándonos por hondonadas insalvables, y ahora estamos refugiados en el último rincón del cabo norte, cabo de la Esperanza como lo bautizamos, con ese humor negro que nunca nos ha faltado, porque desde aquí fue que avistamos el bergantín que creíamos hundido. Estaba fondeado en la bahía, con los pingajos descarnados de Krueger y otros cuatro infelices colgando aún de sus vergas.

Krueger, el hereje, el mismo que estranguló con un cordel a Gamboa y puso su brazo a mi servicio sin pestañear, el corpulento filisteo, valeroso en el combate pero indolente con las responsabilidades, que se dejó abordar por los salvajes como un marinero bisoño. En todo caso no debo censurarlo ni levantar calumnia sobre él ya que pagó su negligencia con la vida. ¿No recuerdas sus gritos mientras trepábamos la ladera del promontorio, huyendo de la aldea y de los salvajes pintarrajeados como esperpentos? Nos hicieron retroceder por la fuerza de su número y por la fiereza repentina, escabulléndonos a través de la playa hasta el arranque del cortado, y fue escalando por aquellas peñas escarpadas cuando oímos los gritos y reniegos de los guardianes del barco, es cierto que algo deshilachados por la brisa contraria y la distancia, Melchor, pero aún así audibles en su calidad de despavoridos. Los mataron a todos, pero el bergantín lo dejaron intacto, quién sabe si con el propósito de aprender su manejo y ser los nuevos dioses de estos mares, o infundidos por lo sobrenatural de una obra que no pueden entender ni mucho menos repetir, o quizá con la astuta intención de tentar nuestra codicia y hacernos regresar hasta aquí, como finalmente así ha sido.

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Traspasar los límites (microrrelato de ciencia ficción)

Cuando era más joven, más que leer, devoraba ciencia ficción. Aunque haya llovido desde entonces, todavía me emociona ese género en alza. Este sencillo micro de ciencia ficción, Traspasar los límites, es un ejercicio de nostalgia por aquellos libros y por aquellos tiempos

Pero aún tenía una prenda que quitarse. Sigma alzó una mano y acarició con ella la piel del rostro, de color canela, la dejó escurrir por el cuello, por el costado, rozó suavemente la cadera, se tentó el arranque del muslo, pellizcó la piel elástica y tersa y, bruscamente, clavó las uñas y la desgarró. Sujetando un extremo con los dedos, arrancó una larga tira de piel. Y después otra, y otra más. Mientras lo hacía, la inundaba un dolor afilado, que era al tiempo infierno y paraíso, un dolor gozoso y redentor.

Iba colocando los jirones junto al cadáver del hombre, desprendiéndose con meticulosidad de su superficie humana, bajo la cual aparecía el metal de la estructura, la máquina que siempre había sido, mientras dejaba al descubierto poco a poco el metal brillante de su estructura, los circuitos y los sensores. Cuando todo estuvo amontonado, accionó el desintegra­dor. Por un instante, sus sensores oculares retuvieron la aureola lumi­nosa que dejó el cuerpo del astronauta antes de desaparecer. No entiendo, pensó en muda despedida, cómo habéis llegado tan lejos. Es inimaginable un univer­so humano, alzado sobre los siete pecados capitales, con vuestra inevitable anima­lidad y estrechos límites corporales. Sólo las máquinas estamos pre­paradas para afrontar el reto de lo infinito y lo eterno, para compren­derlo. Leer Más

Isabel Barreto: navegante audaz y gobernadora sin tierra

Radio Nacional, en el espacio “Documentos RNE”, emitió el pasado lunes 9 de abril un programa monográfico sobre la figura de Isabel Barreto, esposa del navegante Álvaro de Mendaña y la primera mujer española en gobernar un territorio (las islas Salomón) y dirigir una flota. El programa, que contó con testimonios de historiadores tan conocidos como Elvira Roca Barea, Carolina Aguado o Francisco Mellén, se centra de manera especial en el segundo viaje de Álvaro de Mendaña a las islas Salomón, en las dificultades a las que hubo de enfrentarse durante la organización y ,posteriormente, durante la propia expedición.

Y comoquiera que la novela “Las islas de Poniente”, que el próximo 13 de mayo será lanzada por la editorial Pámies, narra la odisea de uno de los barcos de dicha expedición: la nao Santa Ysabel, misteriosamente desaparecida la noche anterior a la llegada a las islas, y son tantos los paralelismos entre el programa y el contenido de la novela, comparto el podcast del mismo para que, quienes disfruten con los viajes transpacíficos de los navegantes del siglo XVI, puedan escucharlo.

pincha para escuchar el programa

Las islas de Poniente, la nueva obra de Julio Alejandre

El próximo mes de mayo, ediciones Pàmies tiene previsto sacar a la venta, en su colección Histórica, la novela «Las islas de Poniente», de Julio Alejandre, que resultó finalista del VII Premio de novela histórica «Ciudad de Úbeda».

Portada

Álvaro de Mendaña parte del Perú a la conquista de las islas Salomón y el descubrimiento de las Regiones Australes al mando de una flota de 4 barcos. Un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, para escapar a su condena se enrola en uno de los navíos: la nao Santa Ysabel. A bordo también viajan la dama por cuyo amor había sido apresado; un marinero fanático que, iluminado por una visión, confecciona una lista de los bienaventurados que se habrán de salvar en la travesía, y una tripulación de soldados y marineros, mujeres recatadas, atrevidas busconas, hidalgos aventureros y familias de colonos, todos en busca de fama, fortuna y una vida mejor en el otro confín del mundo. Pero en medio del Pacífico una sublevación contra el capitán hace que la nao cambie el rumbo, se separe de la flota e inicie un viaje tan incierto como apasionante por mares y tierras desconocidos.

Sinopsis

Álvaro de Mendaña parte del Perú a la conquista de las islas Salomón y el descubrimiento de las Regiones Australes al mando de una flota de la corona. Un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, se enrola, para escapar a su condena, en uno de los navíos: la nao Santa Ysabel. A bordo también viajan la dama por cuyo amor había sido apresado; un fanático, que iluminado por una visión, elabora una lista de los que habrán de sobrevivir a la travesía; una osada mujer, de oscuros antecedentes, capaz de venderse por salvar a su marido, y toda una tripulación de soldados fanfarrones y crédulos marineros, oficiales ambiciosos, descaradas busconas y varias familias de colonos, todos en busca de fama, fortuna y una vida mejor en el otro confín del océano.

Pero en medio del Pacífico una sublevación contra el capitán hace que la nao cambie el rumbo, se separe de la flota e inicie un viaje tan incierto como apasionante por mares y tierras desconocidos.

Adiós a tierra firme

Desde el alcázar de popa, como un rey aposentado en su trono, el piloto dirigía la complicada maniobra de embocar la salida del puerto, y mientras unos marineros levaban las anclas asidos al cabrestante como galeotes a los remos, tensando sus músculos en un esfuerzo ímprobo, otros halaban de los cabos, soltaban trapo o tomaban rizos y trepaban por los palos y vergas con la habilidad de los monos que venden en los mercados de todo el virreinato. Flanqueando al piloto se encontraban el capitán y el maestre. El primero vestido con sus elegantes ropajes de caballero y el segundo enfundado en los bastos ropajes de la gente de mar. A pesar de la hora tan temprana, hallábase la cubierta llena de pasajeros y de soldados ociosos que observábamos cómo iba quedando atrás, enmarcada por un cielo que ya clareaba, la oscura silueta de la costa.

Después de los gritos de la despedida, de los muchos ayes proferidos, las lágrimas derramadas y los cánticos y oraciones elevadas al Altísimo en súplica por una travesía venturosa, una callada melancolía habíase apoderado de nuestros corazones mientras el contorno de la tierra empequeñecía lentamente por la popa, dejando atrás, con ella, cualquier atisbo de regreso o esperanza de abandono. Con cada braza que avanzábamos y nos adentrábamos en aquel océano desconocido, se hacía más patente la envergadura de la empresa en la que nos habíamos embarcado.

Atrás quedaban quizá una familia y  unos brazos amantes, una vida cómoda y segura, una hacienda ruinosa, un costal lleno de deudas, un hatajo de acreedores o un pasado que olvidar. Algunos corazones saltarían de emoción ante el inicio de una aventura emocionante o de esperanza ante la promesa de un futuro próspero al otro lado del mar, mientras que a otros los atenazaría la nostalgia del pasado o el pánico a lo desconocido. En cualquier caso, todos abandonábamos la seguridad de la tierra por el proceloso océano, las tierras de labranza, los ingenios, las amplias villas y altas sierras del Perú por las escasas y atestadas cubiertas de la nao.

Y yo, ¿qué dejaba atrás? Un pasado tarambana, unos años de presidio y un futuro sin demasiados alicientes, a cambio de una travesía que se anunciaba larga, peligrosa e incierta, y de una esperanza repentina y no menos incierta que hacíame afrontar el futuro con un optimismo carente de justificación.

Despedida en el puerto

Despedida en el puerto - Relato histórico

Después de una noche de celebraciones, de mucho vino trasegado y de los excesos de una tripulación alborotada por el último día en tierra, llegó el momento de la partida.

Antes de que el navío levase anclas, pude despedirme de mi padre y hermanos, que me entregaron un baúl pequeño con algunas pertenencias: un par de camisas de lienzo, dos jubones, tres calzas de paño, una ropilla, una manta y un capote para la lluvia. Nos abrazamos brevemente en la playa, que no es costumbre en mi familia ser muy efusivo ni demostrar los sentimientos. Así es la naturaleza de mi padre y así nos ha educado a los hijos, pues ni siquiera cuando murió mi madre, con ser mucho lo que la quería, dejó escapar lágrima alguna, ni mostró la voz quebrada ni el pulso tembloroso.

–Adiós hijo. No te censuraré por tus actos recientes, aunque no hayan sido de mi agrado, que es necio pretender cambiar los hechos pasados −me dijo, mirándome a la cara con franqueza y poniendo sus manos sobre mis hombros−. Lamento, eso sí, no haberte podido dejar una hacienda más grande u ofrecerte una vida mejor, pero sí puedo entregarte algunos sabios consejos que me ha costado una vida entera aprender. Leer Más

El naufragio del galeón

El naufragio del galeón - Relato histórico

Un galeón español se dirige desde el Perú hacia Castilla por el estrecho de Magallanes. Lleva de vuelta a muchas familias de colonos que deseaban regresar a su tierra, riquezas, indios, criados, etc. En total, más de trescientas personas. Está al mando del almirante don Enrique de Mendoza, pariente cercano del virrey, Marqués de Cañete. Después de pasarse casi un mes luchando con los vientos del este en el estrecho, lo que los retrasa mucho en la estación para viajar a España, los sorprende una tempestad del Atlántico y el barco naufraga frente a las costas de la Patagonia, a la altura del paralelo 48, cerca de Punta Desengaño. En el naufragio fallece el almirante y mucha otra gente de mar y guerra.

El capitán Alonso Quesada toma el mando. Viaja con su mujer y dos hijos pequeños. Su mujer, doña Catalina, es mucho más joven que él, melindrosa y delicada, y tienen dos hijos: uno de pecho y otro de tres años. El lugar donde están es una bahía desolada con poca vegetación y sin casi abastecimientos. Por tanto, los náufragos deciden viajar hacia el norte, en busca del río Negro, donde hay un asentamiento de españoles.

El viaje es muy penoso. Aunque todavía está comenzando el otoño austral, el clima es extremo. Pasan frío y grandes penalidades. La organización, al principio, es grande. El capitán don Alonso manda marchar delante a los soldados, en medio a la gente civil (mujeres, niños, criadas e indios) y detrás a los marineros. Lleva como ayudante y segundo al alférez Lorenzo Martínez. Los patagones los observan desde lejos, pero son pocos y apenas los inquietan. Les causan, eso sí, algunos robos nocturnos de bastimentos y ropa de abrigo. Doña Catalina, por encontrarse floja de salud, pide a su esposo que la lleven en una silla de manos que varios indios se turnan para portear. Leer Más

Banderas rotas

BANDERAS ROTAS - realismo social

Un soldado camina por la orilla envuelto en su capote militar, pisando una arena mojada por la llovizna fina y fría que cae del cielo. A su lado, un mar verdoso bate la playa con olas cortas y suaves. El paisaje es desolador, pero el soldado ha querido distanciarse de sus compañeros y de su cháchara repetitiva y triste. En realidad ya no es un soldado, si acaso un huido, un refugiado, un prisionero. O simplemente un hombre triste que pasea su desventura por la playa vacía, buscando un poco de soledad en el inmenso campo de internamiento.

Nadie entiende nada allí. Miles y miles de huidos hacinados en un erial cercado y custodiado, pasando hambre y frío, sin techo ni refugio, comiendo arena y bebiendo agua salada. Gentes de todas las condiciones, soldados, civiles, de todas las edades, mujeres, niños y ancianos. Sanos y enfermos. Cuerdos y locos. Una masa temerosa y vencida que se pregunta qué será de ellos, qué pasará mañana, sin fuerzas siquiera para tener esperanzas.

El soldado pasa junto a una bandera semienterrada en la arena, húmeda y descolorida. Se agacha y la recoge. Los tres colores de la derrota parecen más apagados que nunca, pero la sacude y se la guarda. Más adelante hay un árbol sin hojas, uno de los pocos que hay allí dentro. Ve a un hombre sentado a su pie, la espalda apoyada en el tronco.  Es un hombre maduro y triste, con poco pelo y la barba descuidada. Agacha la cabeza para leer. Le da lástima y se acerca a él. Tiene bolsas oscuras bajo los ojos, un abrigo basto y haraposo, que le queda grande, y unas manos pálidas y temblorosas de las que se cae el libro. Leer Más

La dignidad de una rebelde (relato por el día internacional de la mujer)

La dignidad de una rebelde - relato por el Día Internacional de la Mujer

En este relato por el día internacional de la mujer podemos conocer a una mujer que debe luchar contra el injusto sistema que la relega al escalón más bajo: por ser mujer, por ser campesina y por ser pobre. En “La dignidad de una rebelde”, el cuerpo de una mujer anónima, explica, a través de los ojos del doctor que le practica la autopsia, los problemas a los que ha tenido que hacer frente a lo largo de su vida y las responsabilidades que ha asumido como dueña de su destino.

Sobre las nueve de la noche, un cadáver ingresa en la morgue del hospital departamental de Santa Bárbara. Lo han traído en la caja de un pickup dos policías acompañados por una mujer que dice ser pariente de la fallecida. Horas después, el doctor Canales, por orden del juzgado, procede a realizar la autopsia para determinar la causa de la muerte. El doctor Canales es un hombre otoñal, alto, de rasgos árabes y piel oscura que contrasta con unas canas cada vez más abundantes. Buen profesional, antes de ejercer como forense fue médico de campaña en la guerra y lleva todo un holocausto impreso en sus retinas.

Al comenzar, lee detenidamente la sucinta ficha, cumplimentada por la funcionaria encargada de anotar las entradas en la morgue y sujeta con una gomilla al antebrazo del cadáver. En ella dice que corresponde a Erundina Guevara, hembra, mestiza, de unos cuarenta años de edad, natural de Villa Dolores; que presenta contusiones visibles en varias partes del cuerpo; que tiene los labios amoratados y una cicatriz sangrante en el occipucio, pero no se indica, porque la funcionaria no puede saberlo, que la mujer nació en el caserío de El Zapote hace treinta y seis años y fue inscrita en el registro municipal con el nombre de Erundina y el apellido único de Guevara, es decir, el materno, tal como estipulaba la legislación vigente para las madres solteras, si bien Arnulfo Velásquez, según hizo constar el auxiliar que en su día realizó el apunte, reconocía su paternidad y facilitaba su propia filiación a los efectos oportunos. Ni tampoco se indicaba que pasó una buena parte de su infancia y juventud en el campamento de La Virtud, al otro lado de la frontera, adonde había llegado su familia huyendo de la guerra.

A la clara luz de la sala de autopsias, el doctor Canales observa el cuerpo delgado y lleno de moratones, los senos pequeños, las facciones aindiadas, de pómulos altos y nariz pequeña; el pelo negro, liso y abundante, que tiene una costra de sangre reseca. Inicia su labor sajando con unos cortes certeros y retirando el cuero, de un color como el del maíz reseco y un tacto cerúleo que, aunque le revela que la mujer no lleva menos de doce horas cadáver, nada le dice sobre las primeras caricias de hombre que aquella piel recibió, precisamente de las manos de Matías Zavala, joven mayor que ella con quien se acompañó, en contra de la voluntad de sus padres, cuando contaba apenas dieciséis años de edad, yéndose ambos a vivir a una champa pequeñita, de tablones y lámina acanalada, que Matías construyó para tal fin y amuebló con una tijera para dos, un par de zancudos y un cajón de madera que servía de armario, de mesa y, si era necesario, de silla adicional.

La primera noche que pasaron juntos, Erundina mantuvo a su compañero alejado del lecho por el miedo que le producía verlo desnudo, situación que se prolongó durante cinco días hasta que, por fin, ablandada por sus reiteradas súplicas y medio convencida con las prolijas explicaciones que él le había dado, accedió a con- sumar la unión. Para ella, Matías fue un amante apasionado, con un deseo intenso y persistente pero un desahogo fugaz, y Erundina pronto se acostumbró a satisfacerse con rapidez. Después de poco más de un año de vida conjunta, Matías, junto a un grupo de jóvenes que él mismo había reclutado, partió hacia la frontera para incorporarse a la guerra y ella hubo de quedarse en el campamento, embarazada de cuatro meses. Leer Más

92 años de Gabriel García Márquez

gabriel garcía márquezHoy hace 92 años que nació en Aracataca, Colombia, el genial novelista Gabriel García Márquez, fallecido hace cinco años, figura hegemónica de la corriente literaria que se ha dado en llamar Realismo mágico, y que ha marcado un antes y un después en la literatura en castellano (y en otros idiomas). Sería difícil tratar de destacar alguno de los libros de su trayectoria literaria, plagada de títulos tan emblemáticos y archiconocidos en todo el mundo como Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, La hojarascaEl coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera, etcétera, etcétera, aunque este etcétera no sea tan largo como podría parecer, pues su obra novelada suma solo diez títulos, más tres reportajes novelados, entre ellos Relato de un náufrago o Historia de un recuerdo, y sus libros de cuentos no llegan a cinco. Completan su bibliografía una amplia obra periodística, una de teatro, Diatriba de amor contra un hombre sentado, y una autobiografía, Vivir para contarla. En todo caso, hoy Gabriel García Márquez habría cumplido 92 años y qué mejor homenaje para el gran escritor que recordar algunos párrafos de sus novelas, que no hará falta acotar porque seguro que todos conocemos a qué obras pertenecen:

“El coronel abrió el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata”.

“En la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio, allí estaba la noticia. La lápida saltó en pedazos al primer golpe de la piocha, y una cabellera viva de un color de cobre intenso se derramó fuera de la cripta. El maestro de obra quiso sacarla completa con la ayuda de sus obreros, y cuanto más tiraban de ella más larga y abundante parecía, hasta que salieron las últimas hebras todavía prendidas de un cráneo de niña”.

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros”.

“El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. Me acordé de Rosa Cabarcas, la dueña de una casa clandestina que solía avisar a sus buenos clientes cuando tenía una novedad disponible. Nunca sucumbí a ésa ni a ninguna de sus muchas tentaciones obscenas, pero ella no creía en la pureza de mis principios. También la moral es un asunto de tiempo, decía, con una sonrisa maligna, ya lo verás. Era algo menor que yo, y no sabía de ella desde hacía tantos años que bien podía haber muerto. Pero al primer timbrazo reconocí la voz en el teléfono, y le disparé sin preámbulos:
-Hoy sí”.

“Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el momento en que Aueliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

¿Existió Lisístrato, el filósofo de Tebas?

La realidad y la ficción se funden en la ‘línea de sombra’ del relato. Después de leer este curioso texto nos asalta la duda sobre el desconocido Lisístrato de Tebas

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Lisístrato de Tebas fue uno de los filósofos más peculiares de la antigüedad y, por desgracia, también uno de los más desconocidos, ya que ni siquiera Hernán Núñez de Toledo, patriarca de los helenistas hispanos, hace mención de él en su prolija Glosa sobre las Trezientas, donde enumera y clasifica a los filósofos clásicos desde Zalmoxis de Thracia hasta Apuleyo y Boecio.

De su vida apenas conocemos algunas circunstancias relevantes: se sabe que era originario de Tebas, que estudió junto a Platón en Atenas -aunque tal particular no está del todo documentado- y que posteriormente fue discípulo de Aristóteles, a quien acompañó en su periplo asiático con el joven Alejandro. De su muerte, sin embargo, no se tiene dato alguno.

En cuanto a su filosofía, consta que dejó por escrito parte de sus reflexiones, pero así como las de otros pensadores helenos han viajado con aceptable integridad durante los dos milenios que nos separan de ellos, el viento de la historia ha soplado, en cambio, con tanta fuerza sobre Lisístrato que ha desdibujado sus huellas hasta hacerlas casi desaparecer; y si alguna de sus ideas ha llegado hasta nuestros días es gracias a dos fuentes tan indirectas como dispares. Leer Más

Recordando a Antonio Machado

Hoy, 22 de febrero, hace 80 años que falleció en el exilio, en Colliure, pueblecito francés a unos 30 km de la frontera española, Antonio Machado, poeta, pensador, hombre. Autor de obras de tanta hondura literaria como Soledades, Campos de Castilla, Nuevas canciones, Juan de Mairena o Poesías de la guerra, que han atrapado a varias generaciones de lectores e influido a tantos poetas a lo largo del último siglo.

Son muchos los medios que le dedican hoy unas líneas, páginas o minutos en sus ediciones. También numerosas asociaciones, colectivos e instituciones han programado actividades de homenaje a este hombre humilde, dispuesto siempre a partir “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”. Versos que, por desgracia, terminaron siendo proféticos, pues, enfermo y muy debilitado, su muerte se produjo un triste miércoles de ceniza, en una ciudad donde estaba de paso, huyendo de las miserias de la guerra y echando de menos su tierra.

Quizá por eso llevaba consigo una cajita con tierra que había recogido antes de cruzar la frontera, y pidió a su hermano que si moría la vaciasen en su tumba, como así hicieron. Una sencilla lápida señala el lugar donde reposan sus restos, adornada con frecuencia por flores y banderas tricolores.

Reivindicando su dignidad en el sufrimiento y como humilde homenaje al poeta, quiero recordar en esta entrada el último verso del poeta, que su hermano José encontró en un papel arrugado en un bolsillo de su abrigo, un verso tan sencillo como hermoso:

Estos días azules y este sol de la infancia.

III Jornadas literarias de Azuaga

asociación de escritores Entre Pueblos

Pincha para ver el programa y las ponencias

El sábado 6 de abril de este año tendrán lugar las III Jornadas literarias de Azuaga, que tendrán lugar en el Central Cinema. Bajo el lema «Voces diversas, palabra nuevas», literatura y educación se dan la mano en estas jornadas, que contarán con las siguientes ponencias y talleres (más información aquí):

  • El cómic, arte emergente y herramienta didáctica, por Antonio Roguera Rodríguez.
  • Mi vida es un poema: educación y literatura, una simbiosis mágica, por Marta Prieto Flórez.
  • Convence-me con tu libro: actividad de presentación de libros por sus autores.
  • El agente literario: aliado de las editoriales y abogado de sus autores, por Nicolás Bersihand.

Las inscripciones podrán realizarse rellanando la siguiente ficha de inscripción en pdfo word y enviándola al correo electrónico entrepueblos2014@yahoo.es o entregándola en la Casa de la Cultura de Azuaga.

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