El principio del principio

Ls islas de poniente Julio Alejandre - amigos leales

Los hechos de la vida, bien que regidos por Nuestro Señor desde los cielos, para nosotros los mortales, que los vemos y padecemos en la tierra, se asemejan en su desarrollo y concatenación a la tela que fabrican las arañas, con hilos tan leves e invisibles que no se siente su peso ni se sospecha su existencia hasta que estamos presos en ella, sin posibilidad ni manera de escapar. Pareciera, pues, que la suerte de cada cual no se forja golpe a golpe, como consecuencia de los actos y decisiones presentes y pasadas, sino que hilo a hilo es tejida por una caprichosa providencia desde el mismo momento en que nacemos.

Siendo así, para hallar el cabo de la madeja de mi destino habría de remontarme a un día, ya lejano, del año setenta y tantos, cuando el siglo andaba más que maduro.

Fue mi madre Luisa Huillac, hija de una de las damas de compañía de la princesa Cuxirimay y de un soldado de las huestes de Francisco Pizarro, a quien le fue entregada como botín de guerra en reparación, al parecer, por unas joyas de hermosa filigrana y mucha pedrería que mi abuelo había obtenido en el expolio de un palacio y que el conquistador le requisó para enviarlas como presente personal al emperador don Carlos. Pese al origen tan arbitrario de tal unión y a lo poco que duró, pues mi abuelo casó después con una dama de blanca piel y rancio abolengo, mi madre juntó en su persona todos los dones de ambas razas, nobleza y bondad, encanto, ligereza, valor y resistencia, y una belleza que es difícil encontrar ni en una tierra ni en la otra, por lo que mi padre se se enamoró de ella y la mimó y adoró hasta que el buen Dios tuvo a bien llamarla a su lado.

Diego Torres, mi padre, fue de los llegados de Castilla después de la primera conquista, cuando ya estaba hecha la ocupación, como soldado para pacificar el Perú después del alzamiento de Gonzalo Pizarro. Al terminar aquel periodo de guerras civiles y revueltas, mi señor padre dejó la pica y el arcabuz, asentó la cabeza y, aunque nunca tuvo ni recibió encomienda, consiguió licencia para establecer hacienda en el valle de Zaña, donde fundó familia junto a mi madre y salió adelante con ella, pues era hombre esforzado, diligente e ingenioso.

Así pues, si bien legítimo e inscrito como español, soy lo que en estas tierras llaman castizo, o cuarterón, término que anuncia el cuarto de sangre india que corre por mis venas. Lejos de amilanarme, yo siempre me he enorgullecido de mi linaje y jamás he hecho mayor cosa por ocultarlo, pero es bien sabido que en este Nuevo Mundo la mezcla de las sangres, y aún la proporción de dicha mezcla, es estigma que lo persigue a uno desde la cuna hasta la tumba, y, por más que se pretenda ignorar, tiene su inevitable peso, como más adelante se verá, en el devenir de nuestras vidas.

(Capítulo 1. Las islas de Poniente)

Hambre (1)

Des Moines, húsar del ejército imperial, tuvo una vida azarosa, repleta de aventuras y hechos violentos, fue herido cuatro veces en combate, perdió varios dedos de una mano a causa del frío y un ojo por una esquirla de granada. Bonapartista hasta la médula, siguió al Emperador hasta la derrota final de Waterloo, donde fue capturado y expulsado de por vida de la carrera militar. Aún así, la fortuna no le fue adversa. Al volver a la Provenza, su tierra natal, se casó con Fabienne Arceneau, una mujer mucho más joven que él, hija única de una familia aristocrática, con quien disfrutó de dos décadas de vida acomodada y familiar. Cuando murió, fue enterrado en el cementerio de la mansión de los Arceneau, bajo la sombra apacible de un tilo centenario. Su esposa e hijos guardaron su memoria con perenne devoción.

Al revisar su gabinete, encontraron entre sus documentos un diario con las cubiertas bellamente decoradas y rodeado por una delgada cadenita de oro que cerraba un diminuto candado. Observaron con extrañeza que estaban en blanco casi todas las hojas, numeradas en el margen derecho, excepto unas pocas páginas interiores escritas de su puño y letra, como si hubiera querido ocultarlas a cualquier averiguación e incluso hurtarlas a su propio recuerdo.

En ellas se relataba con descarnada sobriedad un episodio ocurrido durante la desastrosa retirada de la campaña de Rusia, en el invierno de 1812. Se refería a la ocupación de la pequeña localidad de Varásitov, que las famélicas tropas del emperador sometieron a riguroso saqueo en busca de comida y ropa de abrigo.

Des Moines cuenta cómo entró, acompañado de varios de sus soldados, en una casa medio derruida cuyo interior parecía más cueva que vivienda. Los muebles y las puertas habían sido convertidos en leña, las paredes estaban ennegrecidas por un humo añejo y el frío exterior se colaba por los huecos de los ventanucos. En el centro de la estancia se encontró a una madre y a sus dos hijos sentados en el suelo alrededor de una olla de caldo, tan concentrados en el ritual del reparto de comida, que no se percataron de la llegada de los invasores hasta que no los tuvieron delante. Entonces se levantaron lentamente, con desgana, como si cada centímetro que los alejase de la olla les costase un esfuerzo colosal. Formaban los tres una estampa desoladora, de pie, alineados frente a los soldados, observándolos en silencio. La mujer sostenía la cazuela en la mano y estaba envuelta en unos ropones miserables que apenas alcanzaban a cubrirla. Tenía la mirada delirante y el rostro consumido y parecía la viva imagen de la muerte. A su lado, un niño y una niña, pálidos y ateridos de frío, pero sanos y bien nutridos, aferraban contra el pecho sendas escudillas de madera llenas de sopa.

Des Moines avanzó lentamente hacia ellos, haciéndolos retroceder con el solo porte de su humanidad, con la fiereza del tupido mostacho y de una barba descuidada. A cada paso que daba, la familia retrocedía otro, y otro más, hasta topar con una pared. Sin perderlos de vista, el húsar se aproximó a la olla. Su hambrienta pituitaria captó el olor inefable de la sopa sustanciosa, del añorado alimento que llevaban días sin probar. Notó cómo su estómago se removía inquieto y sintió un agudo dolor en la boca al activarse de pronto las glándulas salivares.

Relato ganador del VI certamen literario “Juan de Castellanos”, Alanís (Sevilla)

Continuará…

Las islas de poniente, novela histórica de Julio Alejandre

LAS-ISLAS-DE-PONIENTE-JULIO-ALEJANDRE-BLOG

‘Las islas de Poniente’ está inspirada en el segundo viaje que realizó, en 1595, el navegante español Álvaro de Mendaña, descubridor de las Islas Salomón y las Islas Marquesas, junto a su esposa Isabel Barreto, la primera mujer española que gobernó un territorio y dirigió una flota.

La novela narra la odisea de uno de los barcos de la expedición, la Santa Ysabel, que poco antes de tocar tierra se separó de la flota y se perdió en el Pacífico austral a causa de un motín. Esta historia de ficción tiene como protagonista a un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, que se enrola en este navío para escapar de su condena.

‘Las islas de Poniente’, editada por Pámies, es una novela de viajes y descubrimientos, entre ellos, el del continente australiano, pero también una historia marcada por el amor, las traiciones, los crímenes, las penurias y las aventuras de un puñado de expedicionarios.

«Finalista del último premio de Novela Histórica Ciudad de Úbeda nos llega esta impresionante novela histórica sobre la expedición de Álvaro de Mendaña. Una historia de aventuras marítimas, descubridores, emociones, marcadas por una historia no demasiado conocida (aunque ya ha sido tratada por la literatura) y por un estilo y un dominio del lenguaje impresionantes. Muy recomendable.» (David Yagüe. 20minutos)

Álvaro de Mendaña parte del Perú a la conquista de las islas Salomón y el descubrimiento de las Regiones Australes al mando de una flota de 4 barcos. Un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, para escapar a su condena se enrola en uno de los navíos: la nao Santa Ysabel. A bordo también viajan la dama por cuyo amor había sido apresado; un marinero fanático que, iluminado por una visión, confecciona una lista de los bienaventurados que se habrán de salvar en la travesía, y una tripulación de soldados y marineros, mujeres recatadas, atrevidas busconas, hidalgos aventureros y familias de colonos, todos en busca de fama, fortuna y una vida mejor en el otro confín del mundo. Pero en medio del Pacífico una sublevación contra el capitán hace que la nao cambie el rumbo, se separe de la flota e inicie un viaje tan incierto como apasionante por mares y tierras desconocidos.

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La cota 314 (microrrelato histórico)

 

El once de noviembre de 1918, en un vagón de ferrocarril estacionado en el bosque de Rethondes, muy cerca de Compiegne, la delegación alemana presidida por Erzberger se rendía ante el mariscal Foch, general en jefe de los ejércitos aliados. La firma del armisticio que ponía fin a la Gran Guerra tuvo lugar a las cinco de la madrugada. No obstante, con objeto de dar un margen de tiempo para informar a todas las unidades o por el capricho de redondear una fecha tan singular: once del once, se acordó que hasta las once de la mañana no sería efectivo el alto el fuego.

En la mayoría de frentes y trincheras, esas seis horas finales discurrieron en una pausa contenida y expectante. Los unos, radiantes de alegría por la victoria final; los otros, con el consuelo de poner fin a las penalidades de una campaña calamitosa; y todos, vencedores y vencidos, inundados por la dicha íntima de haber sobrevivido y la esperanza del pronto regreso al hogar. Sin embargo, hubo algunos puntos en los que, inexplicablemente, las hostilidades se mantuvieron hasta el último minuto, con su carga de estériles muertes, más estériles si cabe que cualesquiera de las anteriores.

Uno de los casos más notables se produjo en las colinas que circundan Florennes, al sur de Charleroi, en territorio belga. Por parte aliada, las tropas allí destacadas pertenecían al quinto regimiento de las fuerzas expedicionarias norteamericanas, al mando del coronel Martin Evans, un hombre rígido, ambicioso y algo amargado. A pesar de haber sido uno de los primeros oficiales en alistarse voluntario, cuando su país aún mantenía la neutralidad, había pasado casi dos años en destinos administrativos y puestos subordinados, a las órdenes de generales ingleses y franceses, y privado, por tanto, de conseguir gloria y renombre militar. Y cuando finalmente obtuvo el mando de una unidad en primera línea de combate, donde demostrar su valía y acelerar su carrera, la guerra se terminaba. Desde que tuvo conocimiento de las intenciones claudicatorias del enemigo, el coronel Evans había escrito varios despachos al alto mando insistiendo en la conveniencia de no dar tregua a los prusianos hasta haberlos arrinconado en Berlín.

La noticia de la rendición no le hizo, por tanto, ninguna gracia. Máxime cuando llevaba unos días intentando desalojar a los alemanes de la cota 314, una altura estratégica desde la que se dominaba la localidad de Florennes y todo el valle del río Mosa. Las líneas de su regimiento se extendían a lo largo de más de un kilómetro por una pequeña llanura a los pies de las colinas que obstruían su avance, y al coronel Evans le parecía una cuestión de amor propio y dignidad tomar esa posición: no estaba dispuesto a celebrar el momento de la victoria mirando a sus enemigos desde abajo. Ya que no podía llegar a Florennes, tenía al menos la intención de brindar con champán francés, a las once en punto de la mañana, desde la cima de la cota 314, observando a sus pies a las tropas alemanas en franca retirada.

Efecto mariposa en Madrid (2)

 

10:57 Avelino
El dueño del puesto firma el albarán de entrega y el empleado de La Serrana, s.l. lo pone en una carpeta, junto a los demás, sujetándolo con la pinza metálica. Después, sale del mercado de abastos andando a paso ligero y se dirige hacia la furgoneta, que estaba aparcada en doble fila e impedía la salida a un seat Ibiza en el que una señora toca la vocina con indignación. Ignorando los pitidos, el empleado abre la puerta, se sube a la cabina, se toma su tiempo para verificar en una lista la próxima entrega y deja la carpeta sobre el asiento del copiloto. Los pitidos arrecian y el empleado de La Serrana, s.l., arranca el motor, baja la ventanilla para gritarle a la señora: ¡que te den vejestorio!, y sale a la calle Colombia en dirección Príncipe de Vergara. Cinco, se dice, ya van cinco, y con uno más estamos en la mitad.

11:00 Mari Paz
En la séptima planta de un edifico de oficinas, en un escaso pero agradable despacho, con vistas a la Avenida de América, acaba de finalizar una reunión de trabajo. Varias personas abandonan la sala en animada conversación, portando abultados cartapacios en las manos. Sobre la mesa ovalada de color nogal queda tan sólo una pila de documentos. La mujer que está sentada frente a ellos activa su móvil y encuentra un mensaje nuevo. Sonríe levemente mientras lo lee: la propuesta de almuerzo es muy sugestiva, a las dos y media, en La Bodega. Juguetea unos momentos con el teléfono, mientras piensa la contestación y finalmente escribe un breve texto, en correcto castellano, aceptando la invitación.

11:02 don Rodrigo
Un hombre maduro sale de la sucursal de la Caja. Tiene porte de caballero decimonónico y andares majestuosos. El pelo, un poco escaso, peinado hacia detrás, la ropa bien conjuntada y un bastón elegante que apenas apoya en el suelo. Se acerca a la terraza del bar y se sienta en una ubicación policial desde donde domina una amplia panorámica. El camarero lo atiende con consideración y toma nota de la bebida que desea su cliente: un martini negro, con sifón y pelín de ginebra, London, por supuesto, acompañado de un plato de brillantes, gordas y apetitosas aceitunas. Cuando se acomoda en el sillón ve a una hermosa mujer que avanza a buen paso calle arriba.

11:09 Margaret
La mujer del maletín, al girar la cabeza para cruzar la calle Claudio Coello, ve que el caballero le hace señas para que se acerque. Viste una chaqueta esport sobre una camisa de marca y lleva un pañuelo de seda al cuello. Le devuelve el saludo con una sonrisa artificial y mira rápidamente el reloj antes de tomar la decisión de sentarse junto a él. Vuelve a salir el camarero trayéndole un maritini negro, en una copa cónica de largo pie. Al ponerla sobre la mesa, se le escurre y vuelca el líquido sobre la mesa. Parte de él se derrama por el borde de la mesa manchándole la falda a la mujer. El camarero se deshace en disculpas mientras el caballero intenta minimizar la mancha con un pañuelo blanco inmaculado que ha sacado del bolsillo. Le hace una seña al camarero para que limpie la mesa. La mancha, no obstante, permanece con terquedad en la parte delantera del pantalón y parece justo como si se hubiera orinado. Leer Más

“Las islas de Poniente” entre las novelas históricas que llegan a las librerías en mayo de 2019

David Yagüe, en 20minutos.es, hace un repaso a las novelas históricas que se presentarán durante este mes de mayo, y, entre ellas, le ha dedicado un huequecito a “Las islas de Poniente“. Pero os dejo con su artículo:

“¡Saludos lectores! Tras pasar el Día del Libro, llega mayo, el de las ferias del libro y un mes tradicionalmente lleno de novedades. Y este año tampoco decepciona en cuestión de novela histórica. Autores de renombre, temas y épocas muy variados y premios literarios se dan cita en mi selección mensual de novedades. ¿Me acompañáis en mi repaso? Nos llevará desde la época de Homero hasta el siglo XX y desde Japón hasta Islandia.”   seguir leyendo.

 

 

Tal como lo cuento

 

Entre trago y charla se iba deslizando la noche. Hablaban de mujeres, de zumbas y pillerías, y de corazones heridos. De pronto, se agotaron los temas y se hizo el silencio. El Chele Mauricio clavaba la mirada en uno de los farolitos amarillos que alumbraban el corredor, donde se estrellaban los escarabajos que había sacado la lluvia; Tito Alfaro daba unas chupadas de un puro recién liado y dejaba salir el humo con pereza, retorciéndose en el aire de la noche; y Mincho Uribe se mojaba los labios en el trago. Les voy a contar una pasada, cheros, dijo Tito Alfaro, que era el más entero de los tres:

El otro día, a buena mañana, viajamos Santos y yo a San Vicente para cerrar el trato con la orquesta que iba a amenizar su boda. El mánager del conjunto nos invitó a unos tragos para sellar el acuerdo y ahí nos demoramos un rato, que no serían menos de las doce cuando por fin nos dejó marchar. Camino de la terminal de buses si más nos atropella el camioncito de don Chungo Bejarano, el del Minisúper Marita, que viaja todos los viernes para reponer mercancías. Yo tuve que darme una devanada para esquivarlo y lo estuve puteando hasta que me di cuenta de quién era. A la puta, don, póngale cuidado a lo que hace, le dije, pero don Chungo no se ofendió y nos ofreció aventón para Sensunte: yo los llevo, súbanse.

A la salida de San Vicente nos detuvimos para almorzar en un comedor donde preparaban una crema de camarón para chuparse los dedos, espesa, caliente, que nos sacó los sudores y el bigote con olor a marisco. Para acompañar la crema era obligado tomarse unas cervezas bien heladas y ya puestos pedimos también unas boquitas de ceviche acompañadas más cerveza, y así nos entretuvimos hasta pasadas las tres, cuando ya se habían ido todos los clientes. Vean que tenemos que cerrar, nos dijo la mesera, pero don Chungo se había picado con los tragos: otro más, rogaba, no sea mala, y ella si no veía que desde la madrugada llevaban de pie. El último, doña, hágame el favorcito, ¿sí?

Nos tenía aburridos con la plática tan necia: démosle ya, hombre, le dijo Santos, que en otro puesto nos tomaremos la última. Y con este argumento lo sacamos afuera. Iba a manejar Santos, que el hombre estaba peor que nosotros, pero ese don Chungo es porfiado y caprichoso y no quiso: huevos, Santillo, si yo estoy bueno. El baboso manejaba volcado sobre el timón, la cachucha volteada para un lado, una espumita blanca en la boca, mirando hipnotizado la línea amarilla, unas veces encima de ella, otras a la izquierda, que suerte fue que no chocáramos. A un lado de la calle, metiéndose por un camino entre palos de fuego y maquilishuat, hay un mesón de una mentada Chabela.

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El olor (microrrelato de misterio)

 

Alguien la había desenterrado diez minutos antes. Luego le perdió la pista.

Tenía miedo. Hacía frio. La oscuridad la cubría como una mortaja y se encontraba completamente desorientada. Pero el viento le trajo el rastro de un olor.

Se puso en movimiento, dejándose guiar por su nariz, a la caza de aquel olor apenas perceptible, el eco de un eco, moléculas perdidas en hectómetros cúbicos de insípido aire. Avanzaba casi a tientas. Cruzó el descampado lleno de sepulturas anónimas, sin pasado y sin historia, tropezando, alucinada aún, hasta que sus pies tocaron el áspero asfalto de una calle en un polígono industrial, fantasmal a aquellas horas.

El olor aumentaba en intensidad, doblaba esquinas, saltaba vallas e incluso cruzaba callejones, y la mujer continuaba, fiando en su olfato, en su instinto, hasta que por fin vio una luz lejana que iluminaba su inevitable pedazo de calle. Y en la calle el ruido, y los vehículos, faros que la deslumbraban, otra calle, más luces, calles vacías, luces vanas. Y por fin una sombra fugaz, apenas entrevista, penetrando en un portal.

Es ella, piensa. Es ella, se repite como un mantra, para convencerse. Y avanza decidida, rodea una rotonda, se cruza con un grupo trasnochador que observa sorprendido su patético aspecto. Pero a la mujer no le importa y se pega a las fachadas y avanza también ella como una sombra hasta llegar al portal. Está cerrado. Llama a todos los botones del portero automático. Voces metálicas, robóticas, sacuden el silencio: gritos, enojo, algarabía. Pero una madre preocupada, un alma caritativa o un amante impaciente le abren la puerta.

El olor está dentro del vestíbulo, más fuerte, le llena la cabeza, cruza el vestíbulo ―el olor―, la lleva, tira de ella, y ella asciende la escalera izquierda, sube dos pisos, se detiene en el descansillo y llega hasta la puerta 24 C.

Luego llama al timbre.

El vórtice

 

Al  marinero Damián Ortiz, el Tuerto, el dolor de cabeza le provocaba unas alucinaciones que no podía callar y que enlazaba en un relato inconexo y sin sentido. Alucinaciones, pero no delirio, ya que su voz era pausada y tranquila, mantenía abierto su único ojo y sólo se callaba cuando dormía. Lo trastornado era el hilo de su platica, la concatenación desordenada, revoltosa y mutilada de acontecimientos, leyendas, nombres, anécdotas e historias, todas ellas referidas a la mar, pues no debía haber en su pasado más vida que los barcos, y todas ellas terribles y truculentas, narradas con voz ronca y grave.

Entre todas, una se me quedó grabada en la memoria. Contó el Tuerto de un viaje que había hecho a los mares más septentrionales, no sé si persiguiendo a ballenas narvales o a algún otro tipo de leviatanes porque, como ya he dicho, el marinero mezclaba y confundía los sucesos unos con otros. Para atrapar lo que quiera que estuvieran cazando, todos los días se arriaban del barco varios esquifes que, una vez en el agua, se desplegaban en abanico y se alejaban para faenar, como ovejas paciendo bajo la atenta mirada del pastor; y, al terminar la jornada, regresaban junto al navío y eran izados a bordo. Aquellos esquifes iban tripulados en su mayoría por hombres del norte, altos, de ojos azules y cabellos rubios, que al parecer eran muy duchos en el manejo de los arpones.

Un día amaneció la mar cubierta de una bruma tan cerrada que algunos de los arponeros se negaron a salir, pero el capitán, que según entendí debía ser más fiero que todas las furias del océano desatadas, a golpe de rebenque los obligó a hacerse a la mar y pronto se perdieron de vista. El barco navegó a ciegas varias horas, con apenas el velacho desplegado, dirigiéndose hacia donde se suponía que faenaban las barcas; mas cuando por fin se levantó la niebla no se veía ninguna de ellas en toda la amplitud del océano. Rectificó el capitán el rumbo y, por aquellas aguas tan calmas como frías, recorrieron varias leguas sin que alcanzasen a ver ninguno de los esquifes, hasta que al doblar el cabo de una península muy alargada, se encontraron con un aterrador espectáculo.

Jamás, en todos sus años de marear los océanos, contaba el Tuerto, había conocido nada semejante: como a cinco cables por la amura de estribor, un enorme remolino del tamaño de diez navíos agitaba las aguas y las hacía removerse sobre sí mismas en un torbellino enloquecido. El límite de aquella sima lo marcaba un cerco de espuma rabiosa, como la que produce el restallar del oleaje contra el arrecife, y hacía rebullir las aguas, y saltar y agitarse con la efervescencia de una caldera. Y en su interior, el torbellino giraba con ímpetu imparable, removiendo las aguas de un color verde oscuro, más oscuro y siniestro cuanto más descendían por el ominoso embudo hasta el vórtice final.
−El mundo se acababa allí –sentenció Damián Ortiz−, pues todo lo que entraba en el monstruoso remolino y llegaba hasta su vórtice, era engullido hacia dentro con un eructo siniestro, para ser llevado ante el mismísimo Satanás.
El caso es que al día siguiente, pretendiendo burlarme de el Tuerto, comenté la anécdota con el piloto de la nao y, para mi sorpresa, me aseguró que los tales remolinos existen, que son producidos por las corrientes y el reflujo de las mareas y que el cartógrafo Mercator había situado uno de ellos en sus cartas.

No hay salida

No hay salidaSólo nosotros quedamos de tantos como éramos, Melchor, si es que me dejas nombrarte. Bien sé que he renegado de ti y que en tu nombre he blasfemado con pesados juramentos porque, sin tú quererlo, me estás amargando las horas finales.

La tarde se apagó de golpe y la noche se ilumina con el resplandor del fuego. Se alza una columna de humo negro y encrespado que se diluye en la negrura y se lleva el último resquicio de salvación. Ya no quedan escondrijos donde ocultarse, ni hay marcha atrás en esta carrera alocada hacia el fin ni, aunque hubiéramos recuperado el barco cuyas llamas alumbran el cielo, quedaría puerto que nos recibiera ni tierra cristiana donde morar sino estas islas de salvajes en los confines del océano. Hemos mancillado todo principio y violado cualquier ley, humana o divina, cometiendo excesos para los que no existen nombres. Nos hemos degradado en la escala de la creación hasta más abajo que los gusanos de la podredumbre y no subsiste en nosotros un ápice de humanidad en donde reconocernos. Juntos hemos abierto un camino de sangre y cruzado la frontera donde los hombres se transforman en bestias.

Y yo ya estoy cansado, Melchor, cansado de correr y de luchar, acorralado en esta cueva infecta. Nada resta sino esperar la primera claridad del alba para morir.

Ha sido una huída larga y desesperada que nos ha devuelto casi al punto de partida. Cuán difícil de recorrer la geografía comprimida de la isla, marcada por las sierras escabrosas que bajan del volcán y se suceden una tras otra con acantilados a pique, barrancos imponentes y laderas cubiertas de cantos oscuros y redondos que agotan los pies y rompen los tobillos. La hemos atravesado palmo a palmo, salvando junglas malsanas y bosques fríos, hundiéndonos en las ciénagas y despeñándonos por hondonadas insalvables, y ahora estamos refugiados en el último rincón del cabo norte, cabo de la Esperanza como lo bautizamos, con ese humor negro que nunca nos ha faltado, porque desde aquí fue que avistamos el bergantín que creíamos hundido. Estaba fondeado en la bahía, con los pingajos descarnados de Krueger y otros cuatro infelices colgando aún de sus vergas.

Krueger, el hereje, el mismo que estranguló con un cordel a Gamboa y puso su brazo a mi servicio sin pestañear, el corpulento filisteo, valeroso en el combate pero indolente con las responsabilidades, que se dejó abordar por los salvajes como un marinero bisoño. En todo caso no debo censurarlo ni levantar calumnia sobre él ya que pagó su negligencia con la vida. ¿No recuerdas sus gritos mientras trepábamos la ladera del promontorio, huyendo de la aldea y de los salvajes pintarrajeados como esperpentos? Nos hicieron retroceder por la fuerza de su número y por la fiereza repentina, escabulléndonos a través de la playa hasta el arranque del cortado, y fue escalando por aquellas peñas escarpadas cuando oímos los gritos y reniegos de los guardianes del barco, es cierto que algo deshilachados por la brisa contraria y la distancia, Melchor, pero aún así audibles en su calidad de despavoridos. Los mataron a todos, pero el bergantín lo dejaron intacto, quién sabe si con el propósito de aprender su manejo y ser los nuevos dioses de estos mares, o infundidos por lo sobrenatural de una obra que no pueden entender ni mucho menos repetir, o quizá con la astuta intención de tentar nuestra codicia y hacernos regresar hasta aquí, como finalmente así ha sido.

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Traspasar los límites (microrrelato de ciencia ficción)

Cuando era más joven, más que leer, devoraba ciencia ficción. Aunque haya llovido desde entonces, todavía me emociona ese género en alza. Este sencillo micro de ciencia ficción, Traspasar los límites, es un ejercicio de nostalgia por aquellos libros y por aquellos tiempos

Pero aún tenía una prenda que quitarse. Sigma alzó una mano y acarició con ella la piel del rostro, de color canela, la dejó escurrir por el cuello, por el costado, rozó suavemente la cadera, se tentó el arranque del muslo, pellizcó la piel elástica y tersa y, bruscamente, clavó las uñas y la desgarró. Sujetando un extremo con los dedos, arrancó una larga tira de piel. Y después otra, y otra más. Mientras lo hacía, la inundaba un dolor afilado, que era al tiempo infierno y paraíso, un dolor gozoso y redentor.

Iba colocando los jirones junto al cadáver del hombre, desprendiéndose con meticulosidad de su superficie humana, bajo la cual aparecía el metal de la estructura, la máquina que siempre había sido, mientras dejaba al descubierto poco a poco el metal brillante de su estructura, los circuitos y los sensores. Cuando todo estuvo amontonado, accionó el desintegra­dor. Por un instante, sus sensores oculares retuvieron la aureola lumi­nosa que dejó el cuerpo del astronauta antes de desaparecer. No entiendo, pensó en muda despedida, cómo habéis llegado tan lejos. Es inimaginable un univer­so humano, alzado sobre los siete pecados capitales, con vuestra inevitable anima­lidad y estrechos límites corporales. Sólo las máquinas estamos pre­paradas para afrontar el reto de lo infinito y lo eterno, para compren­derlo. Leer Más

Isabel Barreto: navegante audaz y gobernadora sin tierra

Radio Nacional, en el espacio “Documentos RNE”, emitió el pasado lunes 9 de abril un programa monográfico sobre la figura de Isabel Barreto, esposa del navegante Álvaro de Mendaña y la primera mujer española en gobernar un territorio (las islas Salomón) y dirigir una flota. El programa, que contó con testimonios de historiadores tan conocidos como Elvira Roca Barea, Carolina Aguado o Francisco Mellén, se centra de manera especial en el segundo viaje de Álvaro de Mendaña a las islas Salomón, en las dificultades a las que hubo de enfrentarse durante la organización y ,posteriormente, durante la propia expedición.

Y comoquiera que la novela “Las islas de Poniente”, que el próximo 13 de mayo será lanzada por la editorial Pámies, narra la odisea de uno de los barcos de dicha expedición: la nao Santa Ysabel, misteriosamente desaparecida la noche anterior a la llegada a las islas, y son tantos los paralelismos entre el programa y el contenido de la novela, comparto el podcast del mismo para que, quienes disfruten con los viajes transpacíficos de los navegantes del siglo XVI, puedan escucharlo.

pincha para escuchar el programa

Las islas de Poniente, la nueva obra de Julio Alejandre

El próximo mes de mayo, ediciones Pàmies tiene previsto sacar a la venta, en su colección Histórica, la novela «Las islas de Poniente», de Julio Alejandre, que resultó finalista del VII Premio de novela histórica «Ciudad de Úbeda».

Portada

Álvaro de Mendaña parte del Perú a la conquista de las islas Salomón y el descubrimiento de las Regiones Australes al mando de una flota de 4 barcos. Un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, para escapar a su condena se enrola en uno de los navíos: la nao Santa Ysabel. A bordo también viajan la dama por cuyo amor había sido apresado; un marinero fanático que, iluminado por una visión, confecciona una lista de los bienaventurados que se habrán de salvar en la travesía, y una tripulación de soldados y marineros, mujeres recatadas, atrevidas busconas, hidalgos aventureros y familias de colonos, todos en busca de fama, fortuna y una vida mejor en el otro confín del mundo. Pero en medio del Pacífico una sublevación contra el capitán hace que la nao cambie el rumbo, se separe de la flota e inicie un viaje tan incierto como apasionante por mares y tierras desconocidos.

Sinopsis

Álvaro de Mendaña parte del Perú a la conquista de las islas Salomón y el descubrimiento de las Regiones Australes al mando de una flota de la corona. Un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, se enrola, para escapar a su condena, en uno de los navíos: la nao Santa Ysabel. A bordo también viajan la dama por cuyo amor había sido apresado; un fanático, que iluminado por una visión, elabora una lista de los que habrán de sobrevivir a la travesía; una osada mujer, de oscuros antecedentes, capaz de venderse por salvar a su marido, y toda una tripulación de soldados fanfarrones y crédulos marineros, oficiales ambiciosos, descaradas busconas y varias familias de colonos, todos en busca de fama, fortuna y una vida mejor en el otro confín del océano.

Pero en medio del Pacífico una sublevación contra el capitán hace que la nao cambie el rumbo, se separe de la flota e inicie un viaje tan incierto como apasionante por mares y tierras desconocidos.

Adiós a tierra firme

Desde el alcázar de popa, como un rey aposentado en su trono, el piloto dirigía la complicada maniobra de embocar la salida del puerto, y mientras unos marineros levaban las anclas asidos al cabrestante como galeotes a los remos, tensando sus músculos en un esfuerzo ímprobo, otros halaban de los cabos, soltaban trapo o tomaban rizos y trepaban por los palos y vergas con la habilidad de los monos que venden en los mercados de todo el virreinato. Flanqueando al piloto se encontraban el capitán y el maestre. El primero vestido con sus elegantes ropajes de caballero y el segundo enfundado en los bastos ropajes de la gente de mar. A pesar de la hora tan temprana, hallábase la cubierta llena de pasajeros y de soldados ociosos que observábamos cómo iba quedando atrás, enmarcada por un cielo que ya clareaba, la oscura silueta de la costa.

Después de los gritos de la despedida, de los muchos ayes proferidos, las lágrimas derramadas y los cánticos y oraciones elevadas al Altísimo en súplica por una travesía venturosa, una callada melancolía habíase apoderado de nuestros corazones mientras el contorno de la tierra empequeñecía lentamente por la popa, dejando atrás, con ella, cualquier atisbo de regreso o esperanza de abandono. Con cada braza que avanzábamos y nos adentrábamos en aquel océano desconocido, se hacía más patente la envergadura de la empresa en la que nos habíamos embarcado.

Atrás quedaban quizá una familia y  unos brazos amantes, una vida cómoda y segura, una hacienda ruinosa, un costal lleno de deudas, un hatajo de acreedores o un pasado que olvidar. Algunos corazones saltarían de emoción ante el inicio de una aventura emocionante o de esperanza ante la promesa de un futuro próspero al otro lado del mar, mientras que a otros los atenazaría la nostalgia del pasado o el pánico a lo desconocido. En cualquier caso, todos abandonábamos la seguridad de la tierra por el proceloso océano, las tierras de labranza, los ingenios, las amplias villas y altas sierras del Perú por las escasas y atestadas cubiertas de la nao.

Y yo, ¿qué dejaba atrás? Un pasado tarambana, unos años de presidio y un futuro sin demasiados alicientes, a cambio de una travesía que se anunciaba larga, peligrosa e incierta, y de una esperanza repentina y no menos incierta que hacíame afrontar el futuro con un optimismo carente de justificación.

Despedida en el puerto

Despedida en el puerto - Relato histórico

Después de una noche de celebraciones, de mucho vino trasegado y de los excesos de una tripulación alborotada por el último día en tierra, llegó el momento de la partida.

Antes de que el navío levase anclas, pude despedirme de mi padre y hermanos, que me entregaron un baúl pequeño con algunas pertenencias: un par de camisas de lienzo, dos jubones, tres calzas de paño, una ropilla, una manta y un capote para la lluvia. Nos abrazamos brevemente en la playa, que no es costumbre en mi familia ser muy efusivo ni demostrar los sentimientos. Así es la naturaleza de mi padre y así nos ha educado a los hijos, pues ni siquiera cuando murió mi madre, con ser mucho lo que la quería, dejó escapar lágrima alguna, ni mostró la voz quebrada ni el pulso tembloroso.

–Adiós hijo. No te censuraré por tus actos recientes, aunque no hayan sido de mi agrado, que es necio pretender cambiar los hechos pasados −me dijo, mirándome a la cara con franqueza y poniendo sus manos sobre mis hombros−. Lamento, eso sí, no haberte podido dejar una hacienda más grande u ofrecerte una vida mejor, pero sí puedo entregarte algunos sabios consejos que me ha costado una vida entera aprender. Leer Más

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