La «Armada Invencible». Los irlandeses nos sacan los colores

Los irlandeses nos sacan los colores produciendo una película sobre la Armada Invencible

Es decir, una película sobre nuestra propia historia. Curiosamente, o no, ha sido otro país el que ha producido una película sobre la famosa, controvertida y desconocida historia de la Armada Invencible, que, por cierto, nunca se llamó así, sino Feliz Armada o Gran Armada (lo de «invencible» fue invención inglesa). «Armada 1588: Naufragio y supervivencia» relata la gesta del capitán español Francisco de Cuéllar, cuyo barco encalló frente a las costas de Irlanda tras el fracaso de invadir Inglaterra . La película está disponible en la web: https://www.spanisharmadaireland.com/

«Las islas de Poniente» cumplen 1 año

«Las islas de Poniente» cumplen 1 año desde su publicación. Reseña de Carla lee libros.

Una vez lanzada «al aire», la novela deja de ser propiedad del autor para convertirse patrimonio del crítico y, sobre todo, del lector. Durante estos 12 meses ha cosechado numerosas críticas y reseñas, en general positivas, y he recibido las impresiones de numerosísimos lectores que me ayudarán (que me están ya ayudando) a mejorar como escritor. En este post dejo la reseña de una joven lectora. ¿Quién ha dicho que la novela histórica no es un género literario para las mujeres? ¿Quién ha dicho que la novela histórica no sea un género literario para los jóvenes? Creo que Carla no opina lo mismo. ¡Gracias por tu reseña sobre «Las islas de poniente»!.

Veinticinco años después

Te había conocido una tarde, meses atrás, en una asamblea que hubo frente a la tarima del campamento cinco. El sol caía hacia poniente y el viento levantaba nubecillas de polvo. De pronto, levanté la vista y allí estabas tú, al fondo y un poco a contraluz. Llevabas zapatillas blancas, calcetines amarillos y un vestido verde manzana que el viento pegaba a tu cuerpo y te marcaba las formas. Tenías el pelo largo, muy negro, recogido con dos prendedores y tus ojos oscuros me dirigieron una mirada que tuvo algo de de contacto físico, como un golpe o, al menos, una sacudida. Pero cuando logré reponerme de la impresión, habías desaparecido.

Estuve varias semanas indagando discretamente por “la chica del traje verde manzana”, hasta que te localicé: se llama fulana, me dijeron, vive por allá y quiere aprender inglés. Para poder acercarme a ti, le propuse al comité de educación encargarme de dar las clases de inglés en la escuela nocturna, aunque apenas supiera pronunciar más que hello y goodbye. Así que nos conocimos oficialmente en el aula donde, dos veces por semana, se impartían las clases. Aquella aula se llenaba de zancudos y se oían más las palmadas con que los matábamos que mis torpes lecciones. Pero así es el amor, que no entiende de idiomas, ni de bichos. Leer más

Reseñas y críticas de «Las islas de Poniente»

Reseñas y críticas de "Las islas de Poniente"En marzo ha hecho ya diez meses de la publicación de la novela Las islas de Poniente, con la editorial Pàmies, en la colección de Narrativa Histórica, y ha llegado el momento de detenerse, echar la vista atrás y pasar revista de lo que la novela ha dado de sí. Y qué mejor manera que hacerlo que a través de las opiniones de los demás. Durante estos meses, varios han sido los reseñadores, blogueros y periodistas que han puesto por escrito, o a través de vídeos, sus opiniones sobre la novela. Si estáis interesado en conocerlas, a continuacion os dejo los enlaces:

 

 

PROMOCIÓN KINDLE SEIS MIL LUNAS

seis-mil-lunas-gratis julio alejandre

Autores, blogueros, booktubers, escuelas de escritura e incluso algunas de nuestras editoriales de cabecera han puesto en marcha iniciativas gratuitas para hacer más llevadera la reclusión en casita. “La otra literatura” también quiere aportar su granito de arena ofreciendo la descarga gratuita, desde mañana jueves hasta el lunes 6 de abril, inclusive, del ebook Seis mil lunas, de Julio Alejandre. Se trata de 14 historias de personas concretas, de carne y hueso, sacadas de la América Latina de hoy, que nos transmiten sus derrotas, sus desventuras, sus esperanzas y su búsqueda de una vida mejor.

Disponible en el siguiente enlace:

https://amzn.to/3dhoXSm

El instinto de vivir (2): un relato de supervivencia

El instinto de vivir

Era tarde. Había caminado durante horas a través del bosque, quizá no había hecho más que dar vueltas en un cuadrilátero, como un boxeador, sin llegar a ninguna parte. Pero ya no se movía. Estaba recostado sobre el tronco de un árbol, desfallecido. No veía absolutamente nada, ni siquiera su propio fusil, que a intervalos irregulares montaba y disparaba al aire. El fogonazo lo cegaba y durante unos momentos no había nada más que una claridad deslumbrante, como cuando de pequeño intentaba mirar al sol, pero después venían a sus ojos, en negativo, las imágenes de los troncos que lo rodeaban, de su propio cuerpo, de la nieve amontonada. No lo hacía, lo de disparar, porque tuviera esperanza en que alguien fuera a responder, sino para no reconocerse definitivamente vencido.

La tormenta había aflojado un poco, nevaba con menos intensidad y la temperatura seguía cayendo; sin embargo, cada vez sentía menos la fiereza del frío. Su cuerpo estaba tan aterido que sólo tenía conciencia de un malestar desapacible, de un dolor romo que le entumecía los nervios. Sabía que estaba empezando a congelarse, pero no tenía fuerzas ni ánimos para continuar marchando: “La desesperanza te ha ganado”, le habría dicho el sargento Patiño. Montalvo hizo un esfuerzo, con movimientos torpes cargó el fusil y lo disparó. Otro destello deslumbrante. Esta vez la luz se mantuvo durante un momento a su alrededor, hipnótica, iluminando rincones interiores que no eran de este presente.

Los pensamientos perdían claridad, deslizándose entre ellos un carrusel alocado de recuerdos: la fotografía de su novia, la que le había obsequiado a pie de andén y perdió durante el viaje; las manos sonrosadas y las uñas largas y pintadas de rojo oscuro de la mujer que tomaba sus datos en el campamento, la sala llena con banderas e insignias; se acordaba del padre Esteban, el profesor de latín en el internado de Don Benito, ¿de qué le había servido el latín?, que se levantaba la sotana y jugaba con ellos al fútbol en el descampado de la Avenida como si fuera un alumno más; de Martín Navas, su compañero de pupitre; de su hermano, que cayó en Teruel, lo veía cargando costales de aceitunas en las bestias sin ayuda de nadie, del hogar grande que había en la casa familiar, donde se quemaban enormes troncos de olivo que llenaban la cocina de humo picante, todos sus hermanos sentados alrededor del fuego, en sillas de anea, su madre, con el pañuelo anudado en la cabeza, preparando la matanza, su padre, liando cigarros y contando chascarrillos, otra vez su novia llorando en la estación de Atocha, con su vestido de color negro, como si fuera ya una viuda, el tren que se alejaba hacia la frontera, un paisaje desolado y llano, las mujeres agachadas sobre la tierra en las planicies sin fin, y el caos de la guerra, con nieve, con barro, con calor, los compañeros caídos, despanzurrados, rotos, los medio vivos y los medio muertos, el olor a podredumbre de los heridos, amontonados a la espera de una evacuación que siempre llegaba demasiado tarde, el zumbido de los obuses, el estruendo de la explosión, el tableteo de las ametralladoras, la desbandada y la derrota, y su única elección en esta tormenta, aunque elegir, lo que se dice elegir, no lo había hecho nunca, su única elección que era la supervivencia, había que joderse, extraños caminos para lograrlo.

Y debía ser ese instinto de vivir, mecánico y testarudo, el que tiraba de vez en cuando de un pensamiento redentor, rescatándolo del olvido: no te rindas, no te rindas, ¡no te rindas! Y el hombre volvía a cargar el fusil, pero no le quedaban fuerzas para halar del cerrojo. No te rindas, repetía el pensamiento. “La última vez”, se dijo él, no porque no le quedase munición, que tenía veinte o treinta cartuchos aún, sino porque no le quedaba voluntad. Pero con todo y eso tiró del cerrojo y montó el arma. Vio el fulgor poderoso que se apagaba gradualmente en una oscuridad total. Y también el destello que lo siguió, más pequeño y rojizo, como un eco lejano. No he sido yo, pensó de golpe, en un chispazo de entendimiento de su mente aturdida.

No he sido yo.

El instinto de vivir (1): un relato de superviviencia

El instinto de vivir

No pudo dejarlo a la intemperie: había visto demasiados cadáveres jalonando la llanura, anónimos bultos oscuros petrificados por el frío, y no quería que el de su compañero fuera uno más. Así que se tomó su tiempo para cubrir el cuerpo con una capa de nieve, siquiera fuese someramente, y unas ramas secas: ya se encargará la borrasca de rematar el trabajo, pensó. Mientras se aplicaba en la faena se percató de que el frío aumentaba y se apropió de la bufanda y del capote del fallecido. Finalizado el enterramiento clavó una estaca vertical, colocó el casco sobre ella, en solitaria señal de su paso por el mundo, y echó a andar sin volver la cabeza, alejándose del túmulo blanco en la inmensidad igual.

Pudo guiarse durante un trecho por las marcas de sus propias huellas, hasta que la nevada cada vez más copiosa las ocultó por completo. Se detuvo. Miró hacia atrás y hacia delante calculando la hipotética línea que estaba siguiendo y tomó la referencia de un árbol, pero a los veinte pasos ya la había perdido. Todos los troncos eran semejantes y la nieve se había convertido en una espesa cortina blanca que cerraba su horizonte más allá de unos pocos metros.

Comenzó a sudar y sintió cómo un cosquilleo nervioso se extendía por su piel. Respiró profundamente el aire helado, tan helado que hacía daño, una, dos, tres veces. Necesitaba tranquilizarse, expulsar de su cabeza cualquier pensamiento inútil y calibrar la situación con objetividad: debía estar más o menos donde se había separado de su compañía. Buscó en el suelo alguna huella delatora del paso de las tropas, pero la nieve había borrado cualquier indicio revelador. En todo caso, tenía que avanzar hacia el este, intentando encontrar el límite del bosque.

El este. ¿Cuál era el este? En todo caso, el hombre tenía la certeza de estar cerca del límite del bosque y echó a andar con determinación. Se fijaba en un tronco cercano, mirándolo casi sin pestañear, para no perderlo de vista, hasta que le rabiaban los ojos, y caminaba hacia él. Después elegía otro que estuviera justo al frente y repetía la operación. Era consciente de la escasa fiabilidad de su sistema, pero no tenía otro. Tampoco necesitaba alcanzar un punto exacto, ni recorrer una distancia enorme, sino salvar unos cientos de metros hasta salir del bosque, una vez allí no sería tan difícil orientarse con las casas. Las recordaba de los días pasados, formaban un conjunto de cuatro o cinco edificaciones casi destruidas por el intenso fuego artillero, con el techo quemado, las paredes agujereadas y las ventanas sin marcos ni postigos.

Un escalofrío le hizo caer en la cuenta de que la temperatura seguía descendiendo. ¿Cuánto haría, treinta bajo cero? ¿Cuarenta? Desde que empezó el invierno no recordaba haber sentido un helor semejante. Cierto que les había hecho pasar penalidades enormes, sobre todo al principio, cuando aún no les habían proporcionado los pertrechos apropiados: la ropa interior de lana, las botas forradas y los gruesos capotes con sus capuchones. Habían pasado lo suyo y a muchos compañeros tuvieron que amputarles manos y pies congelados. Leer más

Qué tiempos aquellos: un relato de añoranza

Qué tiempos aquellos

Esta tarde comparto con vosotros  Qué tiempos aquellos, un relato de añoranza que me contó «el Jose», sobre aquella época en la que aún te paraban cuando hacías autoestop y el agradecimiento era la norma y no la excepción.

El Jose ya tiene sus años. Es alto, deslavazado de cuerpo y quemado por el sol. Es un ganadero en pequeño, que para salir adelante en estos tiempos de crisis anda con sus trapicheos, vendiendo leche cruda de casa en casa, quesos sin envasar, requesón casero, de casa en casa con su coche que huele a majada. El día que me trinquen se me cae el pelo, ¡chacho!, suele decir con cierto gracejo y esa voz chillona del que está acostumbrado a vender en la calle.

Tiene gracia contando historias, y los viernes a mediodía, cuando termina su recorrido callejero de venta al por menor, se acerca al bar de la esquina a echarse unos vinos con los amigos y nos entretiene con sus anécdotas.

La semana pasada la cosa iba de la mili. Y el Jose contó que le había tocado un cuartel en Móstoles donde «hice más guardias que un tonto, ¡chacho!». Te voy a ascender a cabo primero, le dijo el sargento, pero no, contestaba el Jose, si lo que yo quiero es que me quiten estos galones de cabo para no hacer tantas guardias. Cuando conseguía librar un fin de semana, o le daban un permiso de unos días, se venía haciendo dedo desde Móstoles hasta aquí. Menos mal que en aquella época la gente no era tan desconfiada y cogían a los que hacían autoestop, y más si eras quinto, ¡chacho! Pero aun así, algunas noches le tocó pasarlas al raso, tirado debajo de una encina con el petate de soldado.

Una tarde, cuando ya se iba a poner a buscar una buena encina para pasar la noche, lo recogió un matrimonio a la salida de Talavera de la Reina y lo llevaron hasta una finquita antes de Navalmoral de la Mata, que era donde vivían.

Como ya había anochecido, el matrimonio le ofreció que se quedara en la casa y continuara por la mañana. No, hombre, cómo me voy a quedar aquí, les dijo el Jose, si ustedes ni me conocen, podría ser un maleante y desvalijarles la casa. Pero la pareja no le vio pinta de maleante e insistieron en que se quedase. Déjenme que me quede fuera, en el establo, que allí me apaño bien. Pero la pareja que no, que se quedara en la casa, y le arreglaron una cama en una habitación «y dormí como los ángeles, ¡chacho!».

Desde entonces, cada vez que pasaba por allí, se acercaba a visitar al matrimonio y le llevaba chorizos de matanza, quesos de oveja y cosillas por el estilo. Incluso sus padres fueron a ver al matrimonio para agradecerles que le hubieran dado posada a su hijo.

Después cambió el terció de la charla y otro cogió el testigo y se puso a contar otra batallita de la mili, el caso es que yo me quedé absorto, meditando sobre lo que había contado el Jose: el paso del tiempo, el cambio de la gente y de las costumbres, tan radical, en tan pocos años.

¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué educación! Que sus padres hubieran ido hasta Navalmoral nada más que para agradecer un favor. ¡Quién nos ha visto y quién nos ve!

Cuestionario exhaustivo a julioalejandre

Entre las muchas y originales iniciativas del blog literario Inquilinas Netherfield, a cargo de Miss Hurst & Miss Bingley, destaca la de pasar un cuestionario a los autores a los que reseñan, bautizado por ellas como «cuestionario Proust-Netherfield«, por estar inspirado en el cuestionario realizado por el escritor Marcel Proust y que se puso de moda a finales del siglo XIX.

Así, de la mano con la reseña de la novela Las islas de Poniente, las Inquilinas de Netherfield me han pedido rellenar el mencionado cuestionario, que, después de una simpática peripecia, ha quedado publicado de esta manera:

cuestionario proust-netherfield
Haz clic para leer el cuestionario

Microrrelato «Los gladiadores» (2)

microrrelato "los gladiadores"

El público jalea los mejores golpes, los lances más difíciles. Montescos y capuletos no ponían más ardor en sus disputas, ni bejaranos y portugaleses. Y siguen los gritos desde la grada, animando cada cual a su favorito para que dé de sí un poco más, exigiéndoles el esfuerzo extra, supremo, que les dé la victoria definitiva. Abajo, en la arena ardiente, los luchadores lo dan todo por complacer a sus seguidores, abajo, en la arena, los contendientes agradecen cada palabra de aliento, cada grito de ánimo.

A las voces suceden silencios tensos en que se oye un roce, un suspiro. El aire parece estancado y denso, un fluido extraño que se prolonga en el sudor que deshidrata a los antagonistas, resbala por sus frentes e irrita los ojos, el sudor que corre por las sienes, baja a lo largo de las mejillas y deja caer brillantes gotas a la arena del circo. Este sol no da cuartel, calienta las cabezas y derrite las ideas.

El hombre rubio lanza ahora un porrazo casi vertical, que su oponente contrarresta con un latigazo brusco a la altura de la cadera. Con cada golpe se va un resto de energía y un pedazo de corazón.

En los intervalos de tregua que se dan, resoplando sofocados, cada uno vigila al otro, lo estudia detenidamente, calibra su cansancio, calcula dónde podrá fallar y, una vez más, se lanza a la lid. El brazo se suelta con violencia, buscando hacer daño al enemigo.

La liza se acerca a su fin, ya no puede prolongarse mucho. Las fuerzas están mermadas, el cansancio es extremo. Qué fácil es ahora cometer un error. Sin embargo, a uno de ellos le quedan unos gramos más de entereza y está acometiendo con más bríos y voluntad. Finalmente logra un golpe preciso, triunfador, que su rival no puede parar.

El gladiador derrotado ha caído en el intento y está rebozado en la tierra batida, con la raqueta a sus pies, mientras la pelota ganadora se pierde por el fondo de la pista.§

Microrrelato «los gladiadores» (1)

microrrelato los gladiadores

El sol de mediodía azota con saña la arena, a los contendientes, las graderías y a una humanidad vocinglera que se desgañita por sus favoritos. A esta hora ingrata no hay tregua con quienes se han atrevido a dejar el frescor de sus casas por venir a presenciar el espectáculo de lucha y fortaleza que enfrenta a los dos mejores hombres, a los más capaces y laureados. Queman los yerros, queman las piedras, los asientos y las tribunas. Queman las voces y el duelo está servido en la palestra de este circo.

Uno es rubio y lleva los dorados rizos recogidos en una coleta; el otro es moreno y una vincha somete sus cabellos rebeldes. Uno ha llegado del frío norte y el sol meridional le hace daño. Tiene la piel enrojecida allá donde está expuesta al sol implacable, quemada e irritada por el sudor. Otro proviene del ardiente sur y el calor es lo suyo Pero es más menudo, más sarmentoso, no posee las piernas ni los brazos hercúleos de su oponente, su talla ni su corpulencia. Ambos saben que están allí porque son buenos púgiles, seguramente los mejores; ambos saben que deben batirse utilizando cada cual sus fuerzas y su experiencia para doblegar al otro y obtener la victoria. Sólo uno alcanzará la gloria, a uno sólo le reservan los dioses sus gracias. El todo será para él, para el otro la nada.

Comienza la lid. Golpea uno y contesta el otro. A un aldabonazo sigue una tarascada, a un leñazo sucede un voleo, a una mochada responde un mandoble. Ahora este le endilga un tornavirón, pero aquel se desquita con un mochazo. Y otra vez vuelta a empezar. Empuña la caña y viaje va. El impacto ha ido a la arena, desviándose por muy poco. Su adversario mueve el asta y descarga un revés con contundencia. Así una vez y otra y otra más. Hace tiempo que comenzó el duelo sobre el palenque y aún les quedan fuerzas para lanzar golpes durísimos, aunque los vergajazos ya no sean tan demoledores ni tan precisos.

La fatiga hace mella en ambos adversarios, sus movimientos son más torpes, sus reflejos pierden eficacia y sus acometidas fiereza. Han derrochado energía con generosidad y el cuerpo les está pasando la inevitable factura. Es necesario dosificar las fuerzas cuando se pueda para ser agresivos cuando sea preciso, la virtud está en caminar por esa cuerda floja sin caerse. No hay que perder la concentración. Se mueven por la arena atentos al rival, afianzan los pies, tensan las canillas: la lucha no admite errores, un resbalón, un mal paso, pueden costar caros.

Reseña de Las islas de Poniente

Reseña de Las islas de Poniente.

 

El blog Las Inquilinas de Netherfield viene haciendo, desde 2015, reseñas literarias y cinematográficas, además de retos lectores, sorteos y una suerte de actividades relacionadas con la literatura.

Este mes de enero le ha tocado el turno a «Las islas de Poniente«, con una muy positiva que ha superado mis mejores expectativas. Podéis leerla picando en la imagen.

Álvaro de Mendaña parte del Perú a la conquista de las islas Salomón y el descubrimiento de las Regiones Australes al mando de una flota de 4 barcos. Un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, para escapar a su condena se enrola en uno de los navíos: la nao Santa Ysabel. A bordo también viajan la dama por cuyo amor había sido apresado; un marinero fanático que, iluminado por una visión, confecciona una lista de los bienaventurados que se habrán de salvar en la travesía, y una tripulación de soldados y marineros, mujeres recatadas, atrevidas busconas, hidalgos aventureros y familias de colonos, todos en busca de fama, fortuna y una vida mejor en el otro confín del mundo. Pero en medio del Pacífico una sublevación contra el capitán hace que la nao cambie el rumbo, se separe de la flota e inicie un viaje tan incierto como apasionante por mares y tierras desconocidos.

A %d blogueros les gusta esto: