Diario de Lola (2 de marzo)

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Lola, una cooperante del ACNUR, decide llevar un diario de su experiencia en el campamento de Resurrección. Esta es su primera entrada

Hoy hace un mes que me incorporé a mi puesto en la oficina para Resurrección. Aprovecho la efeméride para estrenar esta libreta nueva que, si mantengo la constancia, se convertirá algún día en diario. Mi primer diario. Nunca antes había sentido la necesidad, o más bien el impulso, de escribirlo. Por qué ahora: ¿para rellenar los ratos perdidos?, ¿para dejar constancia de detalles y anécdotas que no caben en las fotografías?, ¿para hacer introspección?, ¿para no olvidar las vivencias de esta aventura? No lo sé. Un mes. Un mes que se ha pasado en un suspiro. Parece que fue ayer cuando vine desde Tegucigalpa en esa avioneta que debería ser calificada como cometa más que como avión. Leer más

La premonición

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Antonio avisa a su madre para que no se preocupe: «madre, madre, que me voy»

Antonio va a dar un paseo, como hace todos los días después de trabajar. Antes de salir avisa a su madre, para que no se preocupe: madre, madre, que me voy. Debe gritar porque la mujer está mal del oído, vencida por la edad, y le cuesta enterarse. Baja deprisa empinada la calle de fachadas blancas y balcones enrejados, con ese paso desacompasado que tiene y que algunos les resulta un poco cómico. Saluda a un par de viejos que toman el sol de la tarde en el mentidero de la esquina y deja atrás el pueblo por la carretera de abajo. Toma el desvío del camino largo, que está asfaltado unos metros, hasta que gira y se pierde entre el olivar, y entonces se libra de la piel oscura y queda a la vista la tierra reseca y blanquecina. El hombre se cruza con un par de coches, gente que vuelve del tajo, y saluda. Aquí se conocen todos. Es un pueblo pequeño, cada vez más vacío y más solo. Leer más

El primer catequista

Aquel primer catequista abrió la Biblia, se calzó unas lentes mero viejas que traía y se puso a leer unos pasajes para relacionarlos con la realidad que vivíamos, porque a Dios no solo le importa la vida eterna, dijo, también en esta vida terrenal cuida de nosotros. Y leyó que de Dios es la tierra y lo que contiene, y otros pasajes leyó, y yo lo escuchaba, y el esposo lo escuchaba, y los hijos también. Y hasta mi comadre, que vivía en la otra casa, se llegó a escucharlo. Leer más

Huyendo de la guerra

Huyendo de la guerra. Un texto basado en un pasaje sin desarrollar de mi última novela.

Se agotaba el siglo XVI y la guerra seguía su curso. Viejos reyes y viejas rencillas. La historia de siempre. En las Azores, unas islas se habían declarado a favor del español y otras a favor del portugués. La intolerancia crecía cada vez más, las denuncias anónimas menudeaban, se señalaba al vecino, al familiar, y se ajustaban viejas deudas. Se encarcelaba e incluso se mataba a cualquiera por la simple sospecha de simpatizar con el enemigo.

Joao había muerto durante un desembarco. O eso le habían dicho a Blanca. Su recuerdo, que no dejaba de estar presente en su conciencia, con el tiempo dejó de ser doloroso para convertirse en una cicatriz profunda y sensible que de vez en cuando le daba punzadas en el corazón. Y, sin embargo, el camino del norte, el que bordeaba la heredad de la familia de Joao, la llamaba con tanta fuerza que, en ocasiones, enjaezada un caballo y vagaba por él durante horas hasta meterse en lugares poco recomendables para pasear, sobre todo para una joven dama. 

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En marcha el VII certamen literario Entre Pueblos

Como ha venido siendo costumbre los últimos años, la Asociación de escritores Entre Pueblos, radicada en la Campiña sur pacense, pone en marcha el VII certamen literario Entre Pueblos en las modalidades de relato corto y poesía. Los que estéis interesados en participar, o simplemente curiosear, podéis echar un vistazo a las bases pinchando AQUÍ.

El riesgo valía la pena

En cierta ocasión el capitán De Jonquiere llevó a Branca a una recepción que había organizado el gobernador Fonseca para agasajar a los oficiales del navío inglés que había llegado a las Azores con armamento y hombres. Aparte de la marinería, había traído consigo sesenta arcabuceros, jóvenes de piel muy blanca que apenas conocían cuatro palabras de portugués, y aún esas cuatro, más adecuadas para denostar que para comunicarse.

La recepción, a la que acudieron medio centenar de gentilhombres y principales de la ciudad de Praia, se celebró en la casa del gobernador, que era grande y lujosa y tenía un gran patio donde se habían dispuesto sillas para comodidad de los invitados. La mayoría de ellos llegaron solos, pero a unos pocos los acompañaban sus queridas y a otros tantos sus esposas, matronas respetables que miraban a las otras con ojos envidiosos. Un capitán inglés, de nombre Maynarde, acudió solo, pero uno de sus oficiales iba acompañado de una dama de trágica belleza. Era un día caluroso de junio y al atardecer cuatro músicos subieron a una pequeña tarima y tocaron unas pavanas para que los invitados pudiesen bailar. Las mujeres, al ser pocas, estaban muy solicitadas y Branca más que ninguna. En uno de los bailes, su compañero fue el capitán inglés, y en el siguiente bailó con el oficial que acompañaba a la mujer del triste semblante, un hombre duro y taciturno, de ojos claros y llorosos, que dijo llamarse Jameson.

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EL DUELO

En una playa remota del Caribe, hombres salvajes se retan a duelo por la propiedad de una mujer.

 

Entre el mar y la selva, en la playa del Desaguadero, Hernando tuvo una disputa con el Renegado.

Los corsarios buscaban los favores de las mujeres de los alrededores, pese a su aspecto tan salvaje. Algunas se los concedían de buen grado y otras a cambio de adornos o baratijas, pero hubo quienes prefirieron comprárselas a sus familias para tenerlas a su entera disposición, como siervas y concubinas. Entre ellos, el Renegado, que le daba a la suya un trato inhumano y vejatorio. La golpeaba, abusaba de ella o revendía su cuerpo a quien quisiera gozarlo, como un rufián de mancebía, y hasta le escatimaba la comida y el agua, de modo que en dos semanas la mujer había perdido la mitad de su peso.

En una ocasión en que se hallaban en la orilla, a la sombra de unos cocoteros para huir del bochorno del mediodía, la india cogió la cantimplora del Renegado y tomó unos sorbos de agua. Cuando este se dio cuenta, le soltó un manotazo que la derribó y lanzó la cantimplora por los aires.

—Si tienes sed, allí está el río —le gritó enfurecido, señalando hacia la desembocadura. La lengua se le trababa y se notaba que había bebido.

Indignado, Hernando se acercó a ella y le ofreció agua de su propia cantimplora.

—¿Qué hacéis, puto cabrón? Dejad en paz a mi perra —le reclamó el Renegado. Leer más

la batalla de salga

Este 25 de julio, día del apóstol Santiago, se cumplen 440 años del “desastre de Salga”, un olvidado —y fracasado— desembarco español en la isla de Terceira, en el archipiélago de las Azores.

Batalla de Salga
lugar del desembarco y de la batalla

En pleno conflicto por la sucesión al trono portugués, Felipe II envió una armada al mando del almirante Pedro de Valdés para proteger las Flotas de Indias de la rapacidad de los corsarios que mareaban aquellas aguas, consolidar su dominio sobre las islas que le eran leales e intentar un acercamiento con las “rebeldes”. Pero el almirante Valdés, ávido de gloria y fama, intentó conquistar por su cuenta la isla de Terceira, que estaba controlada por los seguidores de Antonio de Avis (el otro pretendiente al trono luso), y la madrugada del 25 de julio desembarcó tres compañías de infantería en la bahía de Salga, al sureste de la isla, cerca de la actual localidad de San Sebastián. Las tropas hispanoportuguesas (había también portugueses en el bando de Felipe II) vencieron la resistencia inicial de un baluarte costero y se hicieron con una cabeza de playa en la que desplegarse, pero la población de la isla reaccionó con presteza. Las campanas de las iglesias dieron la voz de alerta y las milicias locales y voluntarios de los pueblos y caseríos aledaños acudieron a Salga para combatir a los invasores. Durante la mañana la contienda estuvo igualada, pues las tropas de Valdés, aunque menores en número, estaban mejor disciplinadas y formaban un cerrado cuadro de piqueros y arcabuceros que resistía con firmeza los embates de los defensores. Así las cosas, a un sacerdote que acompañaba a la milicia de Terceira se le ocurrió la idea de reunir un gran hato de vacas y lanzarlo contra los felipistas. La estratagema desordenó el cuadro y dejó a los soldados a merced de una nutrida e irritada hueste que los barrió del campo. Los vencedores se ensañaron con los vencidos e hicieron una carnicería que los diezmó. Una carabela de la armada recogió a los escasos sobrevivientes que consiguieron alcanzar la playa de Salga.

sello portugués alusivo a la batalla
sello portugués alusivo a la batalla

Según las crónicas, en el campo de batalla quedaron más de trescientos soldados con todos sus capitanes. Uno de ellos era el hijo de Pedro de Valdés y otro un sobrino de Álvaro de Bazán, quien, dos años después, precisamente otro 25 de julio, acabaría haciéndose con la isla.

Entrevista en el blog «Un lector indiscreto»

Estimados seguidores de La otra literatura, esta semana os traigo una entrevista realizada por Francisco Portela, por si os apetece profundizar entre bastidores en Las islas de Poniente o conocer este blog, que vale la pena.

El blog literario «Un lector indiscreto», de Francisco J. Portela, que publicó el paso mes de abril una estupenda reseña de la novela «Las islas de Poniente» (muchas gracias Paco), ha publicado en este mes una larga e interesante (es una opinión) entrevista que me ha realizado vía email, y que podéis leer picando en la siguiente imagen:

Tienes que cavar

Tienes que cavar 1

Tienes que cavar. La tierra está muy dura, quién lo iba a decir, después de la primera arena suelta que más que cavar apartas con la pala, será un palmo, tal vez ni eso, y después esta costra reseca que te hace resollar y te ampolla las manos. Cada vez que clavas la pala puntiaguda, el golpe repercute por todo tu cuerpo, los huesos lo transmiten de articulación en articulación, como una marea que lo recorre de punta a cabo hasta regresar a la misma tierra en un ciclo cerrado y vicioso, y así se equilibra todo.

Sí, al final todo se equilibra, incluso la sangre, porque el fiel de la balanza, aunque dé bandazos, siempre regresa al centro; y prefieres creer que es una cuestión de equilibrio y no de justicia la que te tiene amarrada a la ingrata tarea: señalaste a otros y ahora vienen a por ti, quien a hierro mata, ya se sabe, siempre lo has sabido, lo que te molesta es el momento tan inoportuno aunque, para esta empresa, ¿cuándo es bueno el momento?

Sigues avanzando en la tarea, cada vez más despacio, la verdad, porque a medida que se profundiza, la tierra está más dura y las fuerzas flaquean. La zanja te llega ahora por la cintura y eso empieza a ser fatal. No tienes muchas preguntas que hacerte porque, en general, conoces las respuestas, pero te preocupa que empiezas a no controlar tus propios pensamientos que bullen ansiosos en el interior de la cabeza: se dislocan y confunden, chocan entre sí como las moléculas de un gas puesto a calentar, la presión interior aumenta y la cabeza te empieza a doler. Ves rostros que están muertos desde hace tiempo, quizá no enterrados pero desde luego muertos, no por tu mano, ninguno de ellos, aunque sí por tu dedo índice, el mismo que contribuye a sujetar la pala, impulsarla y cavar un hoyo que ya alcanza tu pecho.

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Fallado el V certamen literario Entre Pueblos

La Asociación de escritores Entre Pueblos, informa en su blog que, finalizado el estado de alarma, por fin se falló el V certamen literario Entre Pueblos en las modalidades de poesía y relato corto.

En la modalidad de poesía, el fallo ha sido el siguiente:
Ganador: Juan Molina Guerra, de Ubrique, Cádiz.
Finalistas: Juan Lorenzo Collado Gómez, de Albacete, y Juan Manuel Saiz Rodríguez de Avezia, de Álava.

En la modalidad de relato corto:
Ganadora: Pilar Arijo Andrade, de Málaga.
Finalistas: Luis Miguel Morán Bregel, de Benidorm, Alicante, y José Ignacio Tamayo Pérez, de Getxo, Vizcaya.

Damos una especial enhorabuena a los ganadores y finalistas, pues este año el número de trabajos recibidos ha sido superior a las anteriores ediciones y, dada su excelente calidad, ambos jurados han tenido que hilar muy fino para dar el fallo.

El acto de entrega de premios se realizará, si no lo impide ningún imponderable, el sábado 19 de septiembre, por la tarde, en Azuaga, donde se les entregará a los ganadores el premio en metálico y un trofeo, y a los finalistas un diploma acreditativo. Las obras ganadoras serán publicadas por la revista de ferias del Ayuntamiento de Azuaga de 2021, ya que este verano no se editará.

Tres días de marzo

16 de marzo de 1981

Está amaneciendo. Hace dos días que bombardean el caserío. Por el día sobre todo, pero también por la noche. No hace mucho cayó un motero ahí nomás, directo al palo de zapote. Lo hizo astillas. Mi padre con mi hermano Chemo han cavado un agujero al otro lado del cerco, entre los palos de café, y lo han tapado con maderas y tierra. Nos metemos todos dentro, pero apenas ajusta. El agujero es pachito y el terrizo que lo cubre no garantiza.

Estoy sentada junto a mi mamá, y la ayudo a chinear a mi hermanito. Se me ven las rodillas, que están sucias y algo terrosas. Estiro la falda, pero es demasiado corta y no alcanza a cubrirlas. Toda la ropa se me está quedando pequeña. Mi mamá dice que estoy creciendo muy aprisa, que me va a cortar un par de vestidos en cuanto pueda comprar la tela. Estamos todos callados, nadie se anima a platicar. Mis hermanos no lloran ni gritan, están como temblorosos, con mucho miedo. Yo también tengo miedo pero estoy tranquila, no sé por qué.

Me fijo en una hormiga negra, de esas que les dicen guerreadoras, que va trepándose por el pie y después por la canilla. Pican duro, pero si te mantienes quieta, sin respirar, entonces no hacen nada. Está algo perdida, igual que nosotros. Se mueve deprisa, con sus patitas delgadas y largas, y apenas la noto sobre la piel. A don Peto, mi padrino, se le metió una hormiga en la oreja mientras dormía la borrachera, en medio del monte. Llegó a casa tambaleándose y gritando del dolor, agarrándose la cara con las dos manos. Se devanaba por el suelo y brincaba y se daba cabezazos contra los horcones del corredor. Tuvieron que sujetarlo entre varios hombres para intentar sacarle la hormiga. Le hurgaron en el hueco de la oreja con una ramita y, como no salía, llamaron a la Licha, que tiene las uñas largas. Pero tampoco. Al final fue mi abuela quien dijo: échenle agua caliente, no sean brutos, y así salió.

Se oyen venir las granadas. Zumban antes de estallar igual que los zancudos cuando se te acercan a la oreja, pero más fuerte. Entonces cierro los ojos y encojo los hombros. Pienso que si nos cae una encima nos vamos a morir todos. Pero revienta y aún seguimos aquí, vivos. Algunas caen bien cerca y la tierra se sacude con un temblorcito. Y le corre a una como un escalofrío por la espalda. Por ratos vienen más seguidas, bum, bum, bum, y después se calma un momento.

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«Las islas de Poniente» cumple 1 año (III)

«Puede que mis palabras al final se queden cortas para describir todo lo que Las islas de Poniente contiene«

Una de las reseñas sobre la novela se publicó en el blog literario y cinéfilo «Libros en el petate». Fernando, el autor de la reseña, escribe: «Puede que mis palabras al final se queden cortas para describir todo lo que Las islas de Poniente contiene y puede ofrecer al lector, pero un viaje de semejantes características, con aquellas condiciones y el misterio que envuelve a lo que ocurrió con aquellos aventureros, tiene mucho que contar pero mientras más se diga menos capacidad a la sorpresa deja uno a los futuros lectores».

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