Apocalipse Now y El corazón de las tinieblas

el corazon de las tinieblas1El corazón de las tinieblas es una novela breve de Joseph Conrad publicada en 1902 y popularizada ocho décadas después, a raíz del estreno, en 1979, de la película Apocalipse now, que está basada en ella. De hecho, algunas de las ediciones que se hicieron después ilustran la portada del libro con imágenes de la película o le añaden el subtítulo “El río” para identificarla más con ella. El tirón de la fama dio incluso para hacer una adaptación televisiva de la propia novela, en 1993, con Tim Roth y John Malkovich (adivinen quién hace de Kurtz). Leer Más

Salvamos la vida

viejos mesa grande_cortadoSalvamos la vida y allá nos parqueron, en el campamento. Pero el campamento no es para nosotros, los viejos, nos pasamos los días mano sobre mano, contando historias de aquí, recordando, mirando para la frontera, con esa tristeza que le anida a uno adentro, que no lo deja dormir, ni descansar. ¿Qué va a hacer uno lejos de la tierra? Un campesino sin tierra no es nada. De pensar en morirme en el exilio se me va la alegría. Así que mejor me regreso, les dije. No se vaya usted, Misael, me dijeron, que al otro lado matan. Pero no les hice caso y mejor me vine. Leer Más

¿Y tú, en qué fase estás?

Amigos de La otra literatura: Bicheando, bicheando me he encontrado con esta estupenda viñeta donde se describen con gracia y bastante tino las fases por las que pasa un lector hasta alcanzar la excelencia. ¿Os animáis a contar en qué fase os encontráis? Abriré el fuego yo mismo: creo que estoy metido de lleno en la 9 (y fue muy frustrante pasar por la 5).

La historia apócrifa de Marcos Agras

 

Este Marcos Agras era originario de Fene, un pueblo asentado en la ría de Ferrol, en Galicia. Pese a la mucha intemperie que aguantaban los marineros y lo muy curtida que tenían la piel, no pasaba la suya de tomar una color dorada tirando a rojiza, propia de la gente del norte, su cabello era entre rubio y castaño, según lo quemado que estuviera por el sol, y los ojos de un azul muy claro, como lavados con agua fuerte. Tenía la cabeza grande, con buenas entradas a cada lado, los hombros estrechos y los brazos, largos y sarmentosos, remataban en unas manos que parecían garras por lo fuertes y nervudas que se veían.

Hablaba nuestra lengua apenas sin acento por ser hombre, según me dijo, de noble cuna y mucho mundo. Había estado viviendo un tiempo en tierra de ingleses, adonde había ido en busca de su padre, Pedro o Píter Agras, de Bournemouth, naufragado en las costas gallegas en tiempos del emperador Carlos quinto. Píter fue recogido moribundo por unos pescadores en la playa de Perlío y llevado al pazo de Echevarría, el más cercano, donde vivía una familia tan sobrada de hidalguía como desprovista de talega. Allí curaron sus heridas y lo cuidaron, allí casó con Cipriana Echevarría, y vivió unos años de paz y armonía hasta que dio en largarse tan repentinamente como había aparecido. Leer Más

Era el miedo

─Toda la noche fue de andar y andar, una cadena larga de gente que se movía y daba vueltas igual que las revueltas del propio camino.
─Todos en la misma cadena.
─Todos. El que tenía algo y el que no tenía nada, el que debía como el que no.
─Cabal, es que las bombas no respetaban a nadie.
─Ni tampoco los que vinieron detrás.
─Fue noche de andar huyendo.
─Huyendo por entre los cerros y las sierras, buscando las hondonadas, la oscuridad de los árboles, huyendo por las veredas y las trochas de los animales y los animales. Perseguidos, acosados, atrapados estábamos entre el yunque y el martillo.
─De miedo fue la noche.
─Miedo de que nos descubrieran y nos mataran a todos, que nos mataran como masacraron a tantos. Balaceados. Quemados.
─Botados al río.
─A más de uno lo hicieron así.
─Crucificados en los cercos.
─Peor que a Nuestro Señor.
─Miedo de que nos masacraran a nosotros también.
─Y no había otro ruido que el de los pasos de tanta gente que caminaba en silencio, un silencio tan terrible, tan terrible que todavía lo tengo tallado en la memoria, amasado con miedo y polvo y pasos y con más miedo.
─Un silencio de sí o sí.
─Con la tropa por todos lados, peinando los cerros, los campos, la montaña, peinándola apretaditos, igual a los dientes de un quitaliendres.
─Un silencio de morirse.
─De no oírse ni el llanto de una creatura, porque las madres con trapos les cerraban las bocas, con trapos bien apretados, así se ahogaran, así reventaran de un sofocón.
─Qué brutas que fuimos, verdad.
─Verdad, y yo delante.
─Pero era el miedo, vos, el miedo a morirse.
─Es que era una criatura. ¿Qué debía ella?
─Ya no te atormentes más, comadre. El pobrecito se murió y se murió.

El reto de la razón

Nos movemos como muñecos bajo un cielo plomizo, con el agua hasta las rodillas y soportando una lluvia intensa. La llanura que atravesamos está anegada por la nieve del deshielo que la tierra, aún congelada, no es capaz de absorber. Los campos se han convertido en un estero lodoso y marrón jalonado por los montículos sombríos que forman los cadáveres liberados del hielo. Pasamos junto a ellos con una insensibilidad producto de la convivencia cotidiana con la muerte y la barbarie. Sus uniformes rebozados en barro y sus cuerpos entrelazados hacen difícil adivinar si se trata de compañeros o enemigos: son nada más que restos deformes.

El combate se ha trasladado hacia el este y ahora sólo nos inquieta la artillería enemiga, que bate la zona por donde avanzamos. Las granadas levantan columnas de barro como pequeños y breves géiseres oscuros, pero nadie se cuida de protegerse. Para qué. Es preferible reventar de una vez que continuar con esta pesadilla que amenaza con la destrucción del alma, con la anulación de todo juicio y entendimiento.

Llevamos combatiendo tanto tiempo que la memoria no me alcanza para contar los días, semanas y meses de desdichas y penalidades. Primero fue el invierno feroz, fríos extremos que convertían en estatuas de hielo a compañías enteras, hombres congelados que sonaban como porcelana, el miedo, el cansancio y el hambre inclemente; y después lo ha seguido esta primavera raquítica y desolada. Hemos luchado en las circunstancias más espantosas que puedan imaginarse mientras el alto mando insistía en sacar de nuestros cuerpos el último gramo de energía y patriotismo.

Más que un ejército, parecemos una muchedumbre desordenada y caótica: las tropas de infantería se han mezclado con unidades motorizadas, la artillería junto a los pertrechos, se ven grupos de rezagados en los márgenes de las carreteras y vehículos abandonados de cualquier forma, compañías diezmadas y vueltas a fusionar. El único denominador común es el agotamiento extremo. Hay quienes arrastran los fusiles o se apoyan en bastones, los heridos se amontonan en carretas tiradas por mulas. Nos movemos por la delgada línea que separa la razón del desvarío. La confianza se confunde con el desánimo, las lágrimas con las risas, el abatimiento camina entre nosotros y ya no existe nada que pueda considerarse racional.

Un convoy militar pasa junto a la columna. Sus ruedas levantan pequeñas olas achocolatadas que vienen a estrellarse contra el bosque de nuestras piernas. El último vehículo se detiene a nuestro lado y un oficial se asoma por la ventanilla y observa sorprendido, tal vez de vernos vivos, la insignia de nuestra unidad. Pregunta de qué regimiento somos. Me adelanto y le contesto.

–¿Han estado ustedes en Obninsk, en Kozelsk, en Bolhov? —vuelve a preguntarme—. ¿Han luchado en todos esos lugares?

–Sin tregua ni descanso: apenas quedamos veinte combatientes de toda una compañía. Ahora nos han adscrito a este grupo operativo.

El oficial hace un saludo breve y desinflado, se sienta y el vehículo se marcha, dejando tras de sí una estela más de lancha que de coche.

Alcanzamos un pueblo devastado. La mayoría de las casas han ardido y muchos civiles acampan en la calle con los bultos, muebles e iconos rescatados del fuego. Contemplan nuestra llegada mujeres envueltas en ropones oscuros, niños de ojos inflamados y viejos secos y consumidos. Junto al cráter oscuro de un obús hay un amasijo de cadáveres calcinados con los miembros rígidos y las manos crispadas.

La columna se rompe y nos asignan sectores donde apostarnos, defensas que preparar. Las voces de mando vienen acompañadas de empujones, de juramentos y ceños fruncidos que hacen aumentar nuestro malhumor. El cansancio extremo y el desaliento son un caldo de cultivo para la irritación, para la brutalidad más arbitraria.

Localizamos una casucha donde resguardarnos. Estamos sucios de barro, empapados y hambrientos; tenemos un aspecto horrible, llenos de piojos y comidos por las pulgas, pero se agradece un techo y un amparo; y la sopa caliente, aunque no sea más que agua con pan migado. Nos acomodamos en la estancia de cualquier forma, arrimados a las paredes, tirados en petates o abatidos en el mismo suelo. Con lo que sea encendemos una hoguera para secar la ropa y desquitarnos del frío acumulado que cargamos. Mientras comemos el rancho miserable, la noche se nos echa encima y la oscuridad oculta por unas horas el espeluznante panorama.

Pero el horror no descansa.

Historias del cole

 

El elenco de profesores con que me encontré a lo largo de mis años de estudios en el “Virgen del Mar” no tenía desperdicio. La mayoría eran hombres mayores, oficiales en la reserva que, rondando la jubilación, habían encontrado una manera de sacarse un sobresueldo, o civiles que habían hecho carrera en el colegio y dado clases a los padres de mis compañeros. De todos ellos, el más que me sorprendió el primer año fue el de matemáticas, el Tuerto. Le habían puesto ese mote porque era, efectivamente, tuerto. Tenía un ojo de vidrio en sustitución del que perdió. Este profesor tenía la costumbre de dejarnos solos durante las clases mientras él se iba a la cafetería a echarse unos chatos con otros compañeros. Pero para que no se desmandase el grupo, dejaba el ojo de vidrio encima de la mesa y nos decía a todos que él, es decir, el ojo, vigilaba en su ausencia. El primer día que lo hizo lo tomamos todos a broma y se armó un escándalo de mil diablos. Hasta se pusieron dos a jugar con el ojo y pasárselo de uno a otro.

Al regresar el Tuerto, estábamos aún alborotados. Con mucha calma entró en el aula, esperó a que nos calmáramos y sentáramos, recogió el ojo de vidrio, limpiándolo con mucho cariño: le echaba vaho y lo frotaba con un pañuelo antes de introducirlo en la cuenca vacía. Entonces pareció como si una visión lo poseyera: nos miró a todos con fijeza y empezó a nombrar a los más alborotadores, sin equivocarse en ninguno. Los llamó a la pizarra y les dio a cada uno un reglazo en las puntas de los dedos puestas en piñón. Dejó para el final a los dos que habían estado jugando con el ojo de vidrio, a los que recetó un castigo ejemplar: los cogió por el cuello e hizo entrechocar sendas cabezas varias veces, con golpes sordos que hasta a mí me dolieron. A partir de aquel día, todos creímos a pies juntillas que el ojo del Tuerto veía por él. Incluso llegó a marcharse en alguna ocasión durante un examen dejando a su “compañero” que hiciera la vigilancia y no había quien se atreviera a copiar. Ni siquiera el Canario. Sin embargo, la táctica del Tuerto tuvo un trágico final.

Fue el año que llegó Callejas, un muchacho que tenía el diablo en el cuerpo. Callejas apareció casi al final del curso y no se creyó ni por un momento que el ojo del Tuerto viera. El primer día que nos dejó solos, nada más salir el profesor incitó a los demás a la sublevación y, ante la negativa general, organizó una muy personal escandalera, llegando al extremo de meterse el ojo en la boca y saborearlo como si se tratara de un caramelo de menta. Al volver el Tuerto y con su lentitud habitual, en parte causada por el exceso de chatos de vino, se colocó el ojo y tuvo la “visión” de lo sucedido: su dedo señaló inequívoco a Callejas, que se ganó una soberbia paliza. No obstante, Cote no se dio por enterado y siguió haciendo de las suyas, que no siempre el “ojo” descubría. Y se guardó la venganza para los últimos días. Estábamos ya en época de exámenes finales. Cuando salió el Tuerto, Callejas cogió el ojo y le aplicó, en la parte de atrás, que estaba un poco amarillenta, una gotita del pegamento que empleaban los mecánicos del taller de armas navales para pegar las piezas difíciles. Cuando el Tuerto volvió se puso el ojo sin darse cuenta del pegamento y aquello le provocó una infección que por poco lo mata. Aquella noche tuvieron que ingresarlo de urgencias en La Paz y le dieron un montón de puntos para lograr sacarle el ojo. Nadie dijo nunca quien había sido, porque para aquel entonces le teníamos más miedo a Callejas que a los castigos de padres y profesores. Pero a partir de entonces, el Tuerto no volvió a dejar el ojo sobre la mesa.

Hambre (y 2)

 

Un carraspeo a sus espaldas le recordó al húsar la presencia de sus soldados, un cuarteto de esperpentos enfundados en desgastados capotes. La huida, el hambre y la necesidad había destruido hacía semanas la marcialidad del ejército imperial. Nada quedaba de los gallardos uniformes, de los chalecos azules llenos de ribetes y brillantes botonaduras, de las botas de fieltro, de los morriones de lana, orgullo del cuerpo de caballería, ahora todo era descuido, trapos, remiendos y jirones de tela para calentar cada centímetro de humanidad.

Los soldados se acercaron a Des Moines y, como sincronizados por algún instinto elemental, bajaron todos a una las cabezas para apreciar el contenido de la olla. Sobre la superficie del caldo se había formado una telilla opaca que cubría promontorios prometedores. El húsar calculó con avaricia el contenido del recipiente, después se acercó a la mujer, que lo miraba horrorizada, fijos en los suyos sus ojos descoloridos, y le quitó el cucharón con un tirón firme. Lo lanzó hacia atrás y procedió a quitarles las escudillas a los niños.

Entonces la madre saltó sobre Des Moines gritando y golpeándolo para separarlo de los pequeños. La violencia e imprevisibilidad de su acción sorprendió a todos y estuvo a punto de derramar el caldo de las escudillas. El húsar forcejeó con ella durante unos momentos. Pese a su cuerpo consumido, la mujer tenía una fuerza inusitada, se movía con agilidad y destreza y no fue posible dominarla hasta que un soldado la golpeó con la culata de su fusil. Cayó al suelo desmañada y, como si la violenta acción hubiera consumido sus últimas fuerzas, allí permaneció inmóvil y quejosa, consolada por sus hijos, que se habían sentado a su vera y la abrazaban mientras Des Moines y los suyos daban cuenta de la sopa que, aunque clara y casi fría, era un caldo sabroso y nutritivo, con suculentos tropezones de carne nadando en él.

Al finalizar la última cucharada, los hombres se levantaron del suelo, recogieron sus fusiles y procedieron a explorar minuciosamente la casa en busca de la oculta despensa donde, sin duda, habían de guardarse más provisiones. La familia no se había movido del sitio. Ninguno de ellos pareció reaccionar al registro de la casa, ni siquiera darse cuenta, y continuaron abrazados en silencio en un rincón de la estancia.

Al poco, uno de los soldados apareció en el vano oscuro de una puerta con el rostro pálido y desencajado, convocando por gestos a los demás. Siguiéndolo, bajaron todos a un sótano gélido y débilmente iluminado. Al fondo, en el recodo más lóbrego y alejado, había un ataúd de madera cerrado y vuelto a desclavar en cuyo interior reposaba el cadáver congelado y parcialmente descuartizado de otro niño. A pesar de la terrible campaña que llevaban a cuestas y de los horrores vividos, no estaban preparados para lo que acababan de ver. Des Moines sintió una súbita repugnancia y un espasmo de náusea que lo hizo vomitar la comida ingerida.

Cuando volvieron arriba, no había rastro de la mujer ni de los niños. Los soldados, asqueados por el hallazgo, querían perseguirlos y ahorcar a la mujer, pero Des Moines se negó y salió afuera arrastrando consigo su frío, su ayuno y su estupor.

−¿Quiénes somos nosotros –les preguntó– para juzgar a una madre?

El principio del principio

Ls islas de poniente Julio Alejandre - amigos leales

Los hechos de la vida, bien que regidos por Nuestro Señor desde los cielos, para nosotros los mortales, que los vemos y padecemos en la tierra, se asemejan en su desarrollo y concatenación a la tela que fabrican las arañas, con hilos tan leves e invisibles que no se siente su peso ni se sospecha su existencia hasta que estamos presos en ella, sin posibilidad ni manera de escapar. Pareciera, pues, que la suerte de cada cual no se forja golpe a golpe, como consecuencia de los actos y decisiones presentes y pasadas, sino que hilo a hilo es tejida por una caprichosa providencia desde el mismo momento en que nacemos.

Siendo así, para hallar el cabo de la madeja de mi destino habría de remontarme a un día, ya lejano, del año setenta y tantos, cuando el siglo andaba más que maduro.

Fue mi madre Luisa Huillac, hija de una de las damas de compañía de la princesa Cuxirimay y de un soldado de las huestes de Francisco Pizarro, a quien le fue entregada como botín de guerra en reparación, al parecer, por unas joyas de hermosa filigrana y mucha pedrería que mi abuelo había obtenido en el expolio de un palacio y que el conquistador le requisó para enviarlas como presente personal al emperador don Carlos. Pese al origen tan arbitrario de tal unión y a lo poco que duró, pues mi abuelo casó después con una dama de blanca piel y rancio abolengo, mi madre juntó en su persona todos los dones de ambas razas, nobleza y bondad, encanto, ligereza, valor y resistencia, y una belleza que es difícil encontrar ni en una tierra ni en la otra, por lo que mi padre se se enamoró de ella y la mimó y adoró hasta que el buen Dios tuvo a bien llamarla a su lado.

Diego Torres, mi padre, fue de los llegados de Castilla después de la primera conquista, cuando ya estaba hecha la ocupación, como soldado para pacificar el Perú después del alzamiento de Gonzalo Pizarro. Al terminar aquel periodo de guerras civiles y revueltas, mi señor padre dejó la pica y el arcabuz, asentó la cabeza y, aunque nunca tuvo ni recibió encomienda, consiguió licencia para establecer hacienda en el valle de Zaña, donde fundó familia junto a mi madre y salió adelante con ella, pues era hombre esforzado, diligente e ingenioso.

Así pues, si bien legítimo e inscrito como español, soy lo que en estas tierras llaman castizo, o cuarterón, término que anuncia el cuarto de sangre india que corre por mis venas. Lejos de amilanarme, yo siempre me he enorgullecido de mi linaje y jamás he hecho mayor cosa por ocultarlo, pero es bien sabido que en este Nuevo Mundo la mezcla de las sangres, y aún la proporción de dicha mezcla, es estigma que lo persigue a uno desde la cuna hasta la tumba, y, por más que se pretenda ignorar, tiene su inevitable peso, como más adelante se verá, en el devenir de nuestras vidas.

(Capítulo 1. Las islas de Poniente)

Hambre (1)

Des Moines, húsar del ejército imperial, tuvo una vida azarosa, repleta de aventuras y hechos violentos, fue herido cuatro veces en combate, perdió varios dedos de una mano a causa del frío y un ojo por una esquirla de granada. Bonapartista hasta la médula, siguió al Emperador hasta la derrota final de Waterloo, donde fue capturado y expulsado de por vida de la carrera militar. Aún así, la fortuna no le fue adversa. Al volver a la Provenza, su tierra natal, se casó con Fabienne Arceneau, una mujer mucho más joven que él, hija única de una familia aristocrática, con quien disfrutó de dos décadas de vida acomodada y familiar. Cuando murió, fue enterrado en el cementerio de la mansión de los Arceneau, bajo la sombra apacible de un tilo centenario. Su esposa e hijos guardaron su memoria con perenne devoción.

Al revisar su gabinete, encontraron entre sus documentos un diario con las cubiertas bellamente decoradas y rodeado por una delgada cadenita de oro que cerraba un diminuto candado. Observaron con extrañeza que estaban en blanco casi todas las hojas, numeradas en el margen derecho, excepto unas pocas páginas interiores escritas de su puño y letra, como si hubiera querido ocultarlas a cualquier averiguación e incluso hurtarlas a su propio recuerdo.

En ellas se relataba con descarnada sobriedad un episodio ocurrido durante la desastrosa retirada de la campaña de Rusia, en el invierno de 1812. Se refería a la ocupación de la pequeña localidad de Varásitov, que las famélicas tropas del emperador sometieron a riguroso saqueo en busca de comida y ropa de abrigo.

Des Moines cuenta cómo entró, acompañado de varios de sus soldados, en una casa medio derruida cuyo interior parecía más cueva que vivienda. Los muebles y las puertas habían sido convertidos en leña, las paredes estaban ennegrecidas por un humo añejo y el frío exterior se colaba por los huecos de los ventanucos. En el centro de la estancia se encontró a una madre y a sus dos hijos sentados en el suelo alrededor de una olla de caldo, tan concentrados en el ritual del reparto de comida, que no se percataron de la llegada de los invasores hasta que no los tuvieron delante. Entonces se levantaron lentamente, con desgana, como si cada centímetro que los alejase de la olla les costase un esfuerzo colosal. Formaban los tres una estampa desoladora, de pie, alineados frente a los soldados, observándolos en silencio. La mujer sostenía la cazuela en la mano y estaba envuelta en unos ropones miserables que apenas alcanzaban a cubrirla. Tenía la mirada delirante y el rostro consumido y parecía la viva imagen de la muerte. A su lado, un niño y una niña, pálidos y ateridos de frío, pero sanos y bien nutridos, aferraban contra el pecho sendas escudillas de madera llenas de sopa.

Des Moines avanzó lentamente hacia ellos, haciéndolos retroceder con el solo porte de su humanidad, con la fiereza del tupido mostacho y de una barba descuidada. A cada paso que daba, la familia retrocedía otro, y otro más, hasta topar con una pared. Sin perderlos de vista, el húsar se aproximó a la olla. Su hambrienta pituitaria captó el olor inefable de la sopa sustanciosa, del añorado alimento que llevaban días sin probar. Notó cómo su estómago se removía inquieto y sintió un agudo dolor en la boca al activarse de pronto las glándulas salivares.

Relato ganador del VI certamen literario “Juan de Castellanos”, Alanís (Sevilla)

Continuará…

Las islas de poniente, novela histórica de Julio Alejandre

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‘Las islas de Poniente’ está inspirada en el segundo viaje que realizó, en 1595, el navegante español Álvaro de Mendaña, descubridor de las Islas Salomón y las Islas Marquesas, junto a su esposa Isabel Barreto, la primera mujer española que gobernó un territorio y dirigió una flota.

La novela narra la odisea de uno de los barcos de la expedición, la Santa Ysabel, que poco antes de tocar tierra se separó de la flota y se perdió en el Pacífico austral a causa de un motín. Esta historia de ficción tiene como protagonista a un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, que se enrola en este navío para escapar de su condena.

‘Las islas de Poniente’, editada por Pámies, es una novela de viajes y descubrimientos, entre ellos, el del continente australiano, pero también una historia marcada por el amor, las traiciones, los crímenes, las penurias y las aventuras de un puñado de expedicionarios.

«Finalista del último premio de Novela Histórica Ciudad de Úbeda nos llega esta impresionante novela histórica sobre la expedición de Álvaro de Mendaña. Una historia de aventuras marítimas, descubridores, emociones, marcadas por una historia no demasiado conocida (aunque ya ha sido tratada por la literatura) y por un estilo y un dominio del lenguaje impresionantes. Muy recomendable.» (David Yagüe. 20minutos)

Álvaro de Mendaña parte del Perú a la conquista de las islas Salomón y el descubrimiento de las Regiones Australes al mando de una flota de 4 barcos. Un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, para escapar a su condena se enrola en uno de los navíos: la nao Santa Ysabel. A bordo también viajan la dama por cuyo amor había sido apresado; un marinero fanático que, iluminado por una visión, confecciona una lista de los bienaventurados que se habrán de salvar en la travesía, y una tripulación de soldados y marineros, mujeres recatadas, atrevidas busconas, hidalgos aventureros y familias de colonos, todos en busca de fama, fortuna y una vida mejor en el otro confín del mundo. Pero en medio del Pacífico una sublevación contra el capitán hace que la nao cambie el rumbo, se separe de la flota e inicie un viaje tan incierto como apasionante por mares y tierras desconocidos.

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La cota 314 (microrrelato histórico)

 

El once de noviembre de 1918, en un vagón de ferrocarril estacionado en el bosque de Rethondes, muy cerca de Compiegne, la delegación alemana presidida por Erzberger se rendía ante el mariscal Foch, general en jefe de los ejércitos aliados. La firma del armisticio que ponía fin a la Gran Guerra tuvo lugar a las cinco de la madrugada. No obstante, con objeto de dar un margen de tiempo para informar a todas las unidades o por el capricho de redondear una fecha tan singular: once del once, se acordó que hasta las once de la mañana no sería efectivo el alto el fuego.

En la mayoría de frentes y trincheras, esas seis horas finales discurrieron en una pausa contenida y expectante. Los unos, radiantes de alegría por la victoria final; los otros, con el consuelo de poner fin a las penalidades de una campaña calamitosa; y todos, vencedores y vencidos, inundados por la dicha íntima de haber sobrevivido y la esperanza del pronto regreso al hogar. Sin embargo, hubo algunos puntos en los que, inexplicablemente, las hostilidades se mantuvieron hasta el último minuto, con su carga de estériles muertes, más estériles si cabe que cualesquiera de las anteriores.

Uno de los casos más notables se produjo en las colinas que circundan Florennes, al sur de Charleroi, en territorio belga. Por parte aliada, las tropas allí destacadas pertenecían al quinto regimiento de las fuerzas expedicionarias norteamericanas, al mando del coronel Martin Evans, un hombre rígido, ambicioso y algo amargado. A pesar de haber sido uno de los primeros oficiales en alistarse voluntario, cuando su país aún mantenía la neutralidad, había pasado casi dos años en destinos administrativos y puestos subordinados, a las órdenes de generales ingleses y franceses, y privado, por tanto, de conseguir gloria y renombre militar. Y cuando finalmente obtuvo el mando de una unidad en primera línea de combate, donde demostrar su valía y acelerar su carrera, la guerra se terminaba. Desde que tuvo conocimiento de las intenciones claudicatorias del enemigo, el coronel Evans había escrito varios despachos al alto mando insistiendo en la conveniencia de no dar tregua a los prusianos hasta haberlos arrinconado en Berlín.

La noticia de la rendición no le hizo, por tanto, ninguna gracia. Máxime cuando llevaba unos días intentando desalojar a los alemanes de la cota 314, una altura estratégica desde la que se dominaba la localidad de Florennes y todo el valle del río Mosa. Las líneas de su regimiento se extendían a lo largo de más de un kilómetro por una pequeña llanura a los pies de las colinas que obstruían su avance, y al coronel Evans le parecía una cuestión de amor propio y dignidad tomar esa posición: no estaba dispuesto a celebrar el momento de la victoria mirando a sus enemigos desde abajo. Ya que no podía llegar a Florennes, tenía al menos la intención de brindar con champán francés, a las once en punto de la mañana, desde la cima de la cota 314, observando a sus pies a las tropas alemanas en franca retirada.

Efecto mariposa en Madrid (2)

 

10:57 Avelino
El dueño del puesto firma el albarán de entrega y el empleado de La Serrana, s.l. lo pone en una carpeta, junto a los demás, sujetándolo con la pinza metálica. Después, sale del mercado de abastos andando a paso ligero y se dirige hacia la furgoneta, que estaba aparcada en doble fila e impedía la salida a un seat Ibiza en el que una señora toca la vocina con indignación. Ignorando los pitidos, el empleado abre la puerta, se sube a la cabina, se toma su tiempo para verificar en una lista la próxima entrega y deja la carpeta sobre el asiento del copiloto. Los pitidos arrecian y el empleado de La Serrana, s.l., arranca el motor, baja la ventanilla para gritarle a la señora: ¡que te den vejestorio!, y sale a la calle Colombia en dirección Príncipe de Vergara. Cinco, se dice, ya van cinco, y con uno más estamos en la mitad.

11:00 Mari Paz
En la séptima planta de un edifico de oficinas, en un escaso pero agradable despacho, con vistas a la Avenida de América, acaba de finalizar una reunión de trabajo. Varias personas abandonan la sala en animada conversación, portando abultados cartapacios en las manos. Sobre la mesa ovalada de color nogal queda tan sólo una pila de documentos. La mujer que está sentada frente a ellos activa su móvil y encuentra un mensaje nuevo. Sonríe levemente mientras lo lee: la propuesta de almuerzo es muy sugestiva, a las dos y media, en La Bodega. Juguetea unos momentos con el teléfono, mientras piensa la contestación y finalmente escribe un breve texto, en correcto castellano, aceptando la invitación.

11:02 don Rodrigo
Un hombre maduro sale de la sucursal de la Caja. Tiene porte de caballero decimonónico y andares majestuosos. El pelo, un poco escaso, peinado hacia detrás, la ropa bien conjuntada y un bastón elegante que apenas apoya en el suelo. Se acerca a la terraza del bar y se sienta en una ubicación policial desde donde domina una amplia panorámica. El camarero lo atiende con consideración y toma nota de la bebida que desea su cliente: un martini negro, con sifón y pelín de ginebra, London, por supuesto, acompañado de un plato de brillantes, gordas y apetitosas aceitunas. Cuando se acomoda en el sillón ve a una hermosa mujer que avanza a buen paso calle arriba.

11:09 Margaret
La mujer del maletín, al girar la cabeza para cruzar la calle Claudio Coello, ve que el caballero le hace señas para que se acerque. Viste una chaqueta esport sobre una camisa de marca y lleva un pañuelo de seda al cuello. Le devuelve el saludo con una sonrisa artificial y mira rápidamente el reloj antes de tomar la decisión de sentarse junto a él. Vuelve a salir el camarero trayéndole un maritini negro, en una copa cónica de largo pie. Al ponerla sobre la mesa, se le escurre y vuelca el líquido sobre la mesa. Parte de él se derrama por el borde de la mesa manchándole la falda a la mujer. El camarero se deshace en disculpas mientras el caballero intenta minimizar la mancha con un pañuelo blanco inmaculado que ha sacado del bolsillo. Le hace una seña al camarero para que limpie la mesa. La mancha, no obstante, permanece con terquedad en la parte delantera del pantalón y parece justo como si se hubiera orinado. Leer Más

“Las islas de Poniente” entre las novelas históricas que llegan a las librerías en mayo de 2019

David Yagüe, en 20minutos.es, hace un repaso a las novelas históricas que se presentarán durante este mes de mayo, y, entre ellas, le ha dedicado un huequecito a “Las islas de Poniente“. Pero os dejo con su artículo:

“¡Saludos lectores! Tras pasar el Día del Libro, llega mayo, el de las ferias del libro y un mes tradicionalmente lleno de novedades. Y este año tampoco decepciona en cuestión de novela histórica. Autores de renombre, temas y épocas muy variados y premios literarios se dan cita en mi selección mensual de novedades. ¿Me acompañáis en mi repaso? Nos llevará desde la época de Homero hasta el siglo XX y desde Japón hasta Islandia.”   seguir leyendo.

 

 

Tal como lo cuento

 

Entre trago y charla se iba deslizando la noche. Hablaban de mujeres, de zumbas y pillerías, y de corazones heridos. De pronto, se agotaron los temas y se hizo el silencio. El Chele Mauricio clavaba la mirada en uno de los farolitos amarillos que alumbraban el corredor, donde se estrellaban los escarabajos que había sacado la lluvia; Tito Alfaro daba unas chupadas de un puro recién liado y dejaba salir el humo con pereza, retorciéndose en el aire de la noche; y Mincho Uribe se mojaba los labios en el trago. Les voy a contar una pasada, cheros, dijo Tito Alfaro, que era el más entero de los tres:

El otro día, a buena mañana, viajamos Santos y yo a San Vicente para cerrar el trato con la orquesta que iba a amenizar su boda. El mánager del conjunto nos invitó a unos tragos para sellar el acuerdo y ahí nos demoramos un rato, que no serían menos de las doce cuando por fin nos dejó marchar. Camino de la terminal de buses si más nos atropella el camioncito de don Chungo Bejarano, el del Minisúper Marita, que viaja todos los viernes para reponer mercancías. Yo tuve que darme una devanada para esquivarlo y lo estuve puteando hasta que me di cuenta de quién era. A la puta, don, póngale cuidado a lo que hace, le dije, pero don Chungo no se ofendió y nos ofreció aventón para Sensunte: yo los llevo, súbanse.

A la salida de San Vicente nos detuvimos para almorzar en un comedor donde preparaban una crema de camarón para chuparse los dedos, espesa, caliente, que nos sacó los sudores y el bigote con olor a marisco. Para acompañar la crema era obligado tomarse unas cervezas bien heladas y ya puestos pedimos también unas boquitas de ceviche acompañadas más cerveza, y así nos entretuvimos hasta pasadas las tres, cuando ya se habían ido todos los clientes. Vean que tenemos que cerrar, nos dijo la mesera, pero don Chungo se había picado con los tragos: otro más, rogaba, no sea mala, y ella si no veía que desde la madrugada llevaban de pie. El último, doña, hágame el favorcito, ¿sí?

Nos tenía aburridos con la plática tan necia: démosle ya, hombre, le dijo Santos, que en otro puesto nos tomaremos la última. Y con este argumento lo sacamos afuera. Iba a manejar Santos, que el hombre estaba peor que nosotros, pero ese don Chungo es porfiado y caprichoso y no quiso: huevos, Santillo, si yo estoy bueno. El baboso manejaba volcado sobre el timón, la cachucha volteada para un lado, una espumita blanca en la boca, mirando hipnotizado la línea amarilla, unas veces encima de ella, otras a la izquierda, que suerte fue que no chocáramos. A un lado de la calle, metiéndose por un camino entre palos de fuego y maquilishuat, hay un mesón de una mentada Chabela.

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