Adiós a tierra firme

Desde el alcázar de popa, como un rey aposentado en su trono, el piloto dirigía la complicada maniobra de embocar la salida del puerto, y mientras unos marineros levaban las anclas asidos al cabrestante como galeotes a los remos, tensando sus músculos en un esfuerzo ímprobo, otros halaban de los cabos, soltaban trapo o tomaban rizos y trepaban por los palos y vergas con la habilidad de los monos que venden en los mercados de todo el virreinato. Flanqueando al piloto se encontraban el capitán y el maestre. El primero vestido con sus elegantes ropajes de caballero y el segundo enfundado en los bastos ropajes de la gente de mar. A pesar de la hora tan temprana, hallábase la cubierta llena de pasajeros y de soldados ociosos que observábamos cómo iba quedando atrás, enmarcada por un cielo que ya clareaba, la oscura silueta de la costa.

Después de los gritos de la despedida, de los muchos ayes proferidos, las lágrimas derramadas y los cánticos y oraciones elevadas al Altísimo en súplica por una travesía venturosa, una callada melancolía habíase apoderado de nuestros corazones mientras el contorno de la tierra empequeñecía lentamente por la popa, dejando atrás, con ella, cualquier atisbo de regreso o esperanza de abandono. Con cada braza que avanzábamos y nos adentrábamos en aquel océano desconocido, se hacía más patente la envergadura de la empresa en la que nos habíamos embarcado.

Atrás quedaban quizá una familia y  unos brazos amantes, una vida cómoda y segura, una hacienda ruinosa, un costal lleno de deudas, un hatajo de acreedores o un pasado que olvidar. Algunos corazones saltarían de emoción ante el inicio de una aventura emocionante o de esperanza ante la promesa de un futuro próspero al otro lado del mar, mientras que a otros los atenazaría la nostalgia del pasado o el pánico a lo desconocido. En cualquier caso, todos abandonábamos la seguridad de la tierra por el proceloso océano, las tierras de labranza, los ingenios, las amplias villas y altas sierras del Perú por las escasas y atestadas cubiertas de la nao.

Y yo, ¿qué dejaba atrás? Un pasado tarambana, unos años de presidio y un futuro sin demasiados alicientes, a cambio de una travesía que se anunciaba larga, peligrosa e incierta, y de una esperanza repentina y no menos incierta que hacíame afrontar el futuro con un optimismo carente de justificación.

Despedida en el puerto

Despedida en el puerto - Relato histórico

Después de una noche de celebraciones, de mucho vino trasegado y de los excesos de una tripulación alborotada por el último día en tierra, llegó el momento de la partida.

Antes de que el navío levase anclas, pude despedirme de mi padre y hermanos, que me entregaron un baúl pequeño con algunas pertenencias: un par de camisas de lienzo, dos jubones, tres calzas de paño, una ropilla, una manta y un capote para la lluvia. Nos abrazamos brevemente en la playa, que no es costumbre en mi familia ser muy efusivo ni demostrar los sentimientos. Así es la naturaleza de mi padre y así nos ha educado a los hijos, pues ni siquiera cuando murió mi madre, con ser mucho lo que la quería, dejó escapar lágrima alguna, ni mostró la voz quebrada ni el pulso tembloroso.

–Adiós hijo. No te censuraré por tus actos recientes, aunque no hayan sido de mi agrado, que es necio pretender cambiar los hechos pasados −me dijo, mirándome a la cara con franqueza y poniendo sus manos sobre mis hombros−. Lamento, eso sí, no haberte podido dejar una hacienda más grande u ofrecerte una vida mejor, pero sí puedo entregarte algunos sabios consejos que me ha costado una vida entera aprender. Leer Más

El naufragio del galeón

El naufragio del galeón - Relato histórico

Un galeón español se dirige desde el Perú hacia Castilla por el estrecho de Magallanes. Lleva de vuelta a muchas familias de colonos que deseaban regresar a su tierra, riquezas, indios, criados, etc. En total, más de trescientas personas. Está al mando del almirante don Enrique de Mendoza, pariente cercano del virrey, Marqués de Cañete. Después de pasarse casi un mes luchando con los vientos del este en el estrecho, lo que los retrasa mucho en la estación para viajar a España, los sorprende una tempestad del Atlántico y el barco naufraga frente a las costas de la Patagonia, a la altura del paralelo 48, cerca de Punta Desengaño. En el naufragio fallece el almirante y mucha otra gente de mar y guerra.

El capitán Alonso Quesada toma el mando. Viaja con su mujer y dos hijos pequeños. Su mujer, doña Catalina, es mucho más joven que él, melindrosa y delicada, y tienen dos hijos: uno de pecho y otro de tres años. El lugar donde están es una bahía desolada con poca vegetación y sin casi abastecimientos. Por tanto, los náufragos deciden viajar hacia el norte, en busca del río Negro, donde hay un asentamiento de españoles.

El viaje es muy penoso. Aunque todavía está comenzando el otoño austral, el clima es extremo. Pasan frío y grandes penalidades. La organización, al principio, es grande. El capitán don Alonso manda marchar delante a los soldados, en medio a la gente civil (mujeres, niños, criadas e indios) y detrás a los marineros. Lleva como ayudante y segundo al alférez Lorenzo Martínez. Los patagones los observan desde lejos, pero son pocos y apenas los inquietan. Les causan, eso sí, algunos robos nocturnos de bastimentos y ropa de abrigo. Doña Catalina, por encontrarse floja de salud, pide a su esposo que la lleven en una silla de manos que varios indios se turnan para portear. Leer Más

Banderas rotas

BANDERAS ROTAS - realismo social

Un soldado camina por la orilla envuelto en su capote militar, pisando una arena mojada por la llovizna fina y fría que cae del cielo. A su lado, un mar verdoso bate la playa con olas cortas y suaves. El paisaje es desolador, pero el soldado ha querido distanciarse de sus compañeros y de su cháchara repetitiva y triste. En realidad ya no es un soldado, si acaso un huido, un refugiado, un prisionero. O simplemente un hombre triste que pasea su desventura por la playa vacía, buscando un poco de soledad en el inmenso campo de internamiento.

Nadie entiende nada allí. Miles y miles de huidos hacinados en un erial cercado y custodiado, pasando hambre y frío, sin techo ni refugio, comiendo arena y bebiendo agua salada. Gentes de todas las condiciones, soldados, civiles, de todas las edades, mujeres, niños y ancianos. Sanos y enfermos. Cuerdos y locos. Una masa temerosa y vencida que se pregunta qué será de ellos, qué pasará mañana, sin fuerzas siquiera para tener esperanzas.

El soldado pasa junto a una bandera semienterrada en la arena, húmeda y descolorida. Se agacha y la recoge. Los tres colores de la derrota parecen más apagados que nunca, pero la sacude y se la guarda. Más adelante hay un árbol sin hojas, uno de los pocos que hay allí dentro. Ve a un hombre sentado a su pie, la espalda apoyada en el tronco.  Es un hombre maduro y triste, con poco pelo y la barba descuidada. Agacha la cabeza para leer. Le da lástima y se acerca a él. Tiene bolsas oscuras bajo los ojos, un abrigo basto y haraposo, que le queda grande, y unas manos pálidas y temblorosas de las que se cae el libro. Leer Más

La dignidad de una rebelde (relato por el día internacional de la mujer)

La dignidad de una rebelde - relato por el Día Internacional de la Mujer

En este relato por el día internacional de la mujer podemos conocer a una mujer que debe luchar contra el injusto sistema que la relega al escalón más bajo: por ser mujer, por ser campesina y por ser pobre. En “La dignidad de una rebelde”, el cuerpo de una mujer anónima, explica, a través de los ojos del doctor que le practica la autopsia, los problemas a los que ha tenido que hacer frente a lo largo de su vida y las responsabilidades que ha asumido como dueña de su destino.

Sobre las nueve de la noche, un cadáver ingresa en la morgue del hospital departamental de Santa Bárbara. Lo han traído en la caja de un pickup dos policías acompañados por una mujer que dice ser pariente de la fallecida. Horas después, el doctor Canales, por orden del juzgado, procede a realizar la autopsia para determinar la causa de la muerte. El doctor Canales es un hombre otoñal, alto, de rasgos árabes y piel oscura que contrasta con unas canas cada vez más abundantes. Buen profesional, antes de ejercer como forense fue médico de campaña en la guerra y lleva todo un holocausto impreso en sus retinas.

Al comenzar, lee detenidamente la sucinta ficha, cumplimentada por la funcionaria encargada de anotar las entradas en la morgue y sujeta con una gomilla al antebrazo del cadáver. En ella dice que corresponde a Erundina Guevara, hembra, mestiza, de unos cuarenta años de edad, natural de Villa Dolores; que presenta contusiones visibles en varias partes del cuerpo; que tiene los labios amoratados y una cicatriz sangrante en el occipucio, pero no se indica, porque la funcionaria no puede saberlo, que la mujer nació en el caserío de El Zapote hace treinta y seis años y fue inscrita en el registro municipal con el nombre de Erundina y el apellido único de Guevara, es decir, el materno, tal como estipulaba la legislación vigente para las madres solteras, si bien Arnulfo Velásquez, según hizo constar el auxiliar que en su día realizó el apunte, reconocía su paternidad y facilitaba su propia filiación a los efectos oportunos. Ni tampoco se indicaba que pasó una buena parte de su infancia y juventud en el campamento de La Virtud, al otro lado de la frontera, adonde había llegado su familia huyendo de la guerra.

A la clara luz de la sala de autopsias, el doctor Canales observa el cuerpo delgado y lleno de moratones, los senos pequeños, las facciones aindiadas, de pómulos altos y nariz pequeña; el pelo negro, liso y abundante, que tiene una costra de sangre reseca. Inicia su labor sajando con unos cortes certeros y retirando el cuero, de un color como el del maíz reseco y un tacto cerúleo que, aunque le revela que la mujer no lleva menos de doce horas cadáver, nada le dice sobre las primeras caricias de hombre que aquella piel recibió, precisamente de las manos de Matías Zavala, joven mayor que ella con quien se acompañó, en contra de la voluntad de sus padres, cuando contaba apenas dieciséis años de edad, yéndose ambos a vivir a una champa pequeñita, de tablones y lámina acanalada, que Matías construyó para tal fin y amuebló con una tijera para dos, un par de zancudos y un cajón de madera que servía de armario, de mesa y, si era necesario, de silla adicional.

La primera noche que pasaron juntos, Erundina mantuvo a su compañero alejado del lecho por el miedo que le producía verlo desnudo, situación que se prolongó durante cinco días hasta que, por fin, ablandada por sus reiteradas súplicas y medio convencida con las prolijas explicaciones que él le había dado, accedió a con- sumar la unión. Para ella, Matías fue un amante apasionado, con un deseo intenso y persistente pero un desahogo fugaz, y Erundina pronto se acostumbró a satisfacerse con rapidez. Después de poco más de un año de vida conjunta, Matías, junto a un grupo de jóvenes que él mismo había reclutado, partió hacia la frontera para incorporarse a la guerra y ella hubo de quedarse en el campamento, embarazada de cuatro meses. Leer Más

92 años de Gabriel García Márquez

gabriel garcía márquezHoy hace 92 años que nació en Aracataca, Colombia, el genial novelista Gabriel García Márquez, fallecido hace cinco años, figura hegemónica de la corriente literaria que se ha dado en llamar Realismo mágico, y que ha marcado un antes y un después en la literatura en castellano (y en otros idiomas). Sería difícil tratar de destacar alguno de los libros de su trayectoria literaria, plagada de títulos tan emblemáticos y archiconocidos en todo el mundo como Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, La hojarascaEl coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera, etcétera, etcétera, aunque este etcétera no sea tan largo como podría parecer, pues su obra novelada suma solo diez títulos, más tres reportajes novelados, entre ellos Relato de un náufrago o Historia de un recuerdo, y sus libros de cuentos no llegan a cinco. Completan su bibliografía una amplia obra periodística, una de teatro, Diatriba de amor contra un hombre sentado, y una autobiografía, Vivir para contarla. En todo caso, hoy Gabriel García Márquez habría cumplido 92 años y qué mejor homenaje para el gran escritor que recordar algunos párrafos de sus novelas, que no hará falta acotar porque seguro que todos conocemos a qué obras pertenecen:

“El coronel abrió el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata”.

“En la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio, allí estaba la noticia. La lápida saltó en pedazos al primer golpe de la piocha, y una cabellera viva de un color de cobre intenso se derramó fuera de la cripta. El maestro de obra quiso sacarla completa con la ayuda de sus obreros, y cuanto más tiraban de ella más larga y abundante parecía, hasta que salieron las últimas hebras todavía prendidas de un cráneo de niña”.

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros”.

“El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. Me acordé de Rosa Cabarcas, la dueña de una casa clandestina que solía avisar a sus buenos clientes cuando tenía una novedad disponible. Nunca sucumbí a ésa ni a ninguna de sus muchas tentaciones obscenas, pero ella no creía en la pureza de mis principios. También la moral es un asunto de tiempo, decía, con una sonrisa maligna, ya lo verás. Era algo menor que yo, y no sabía de ella desde hacía tantos años que bien podía haber muerto. Pero al primer timbrazo reconocí la voz en el teléfono, y le disparé sin preámbulos:
-Hoy sí”.

“Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el momento en que Aueliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

¿Existió Lisístrato, el filósofo de Tebas?

La realidad y la ficción se funden en la ‘línea de sombra’ del relato. Después de leer este curioso texto nos asalta la duda sobre el desconocido Lisístrato de Tebas

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Lisístrato de Tebas fue uno de los filósofos más peculiares de la antigüedad y, por desgracia, también uno de los más desconocidos, ya que ni siquiera Hernán Núñez de Toledo, patriarca de los helenistas hispanos, hace mención de él en su prolija Glosa sobre las Trezientas, donde enumera y clasifica a los filósofos clásicos desde Zalmoxis de Thracia hasta Apuleyo y Boecio.

De su vida apenas conocemos algunas circunstancias relevantes: se sabe que era originario de Tebas, que estudió junto a Platón en Atenas -aunque tal particular no está del todo documentado- y que posteriormente fue discípulo de Aristóteles, a quien acompañó en su periplo asiático con el joven Alejandro. De su muerte, sin embargo, no se tiene dato alguno.

En cuanto a su filosofía, consta que dejó por escrito parte de sus reflexiones, pero así como las de otros pensadores helenos han viajado con aceptable integridad durante los dos milenios que nos separan de ellos, el viento de la historia ha soplado, en cambio, con tanta fuerza sobre Lisístrato que ha desdibujado sus huellas hasta hacerlas casi desaparecer; y si alguna de sus ideas ha llegado hasta nuestros días es gracias a dos fuentes tan indirectas como dispares. Leer Más

Recordando a Antonio Machado

Hoy, 22 de febrero, hace 80 años que falleció en el exilio, en Colliure, pueblecito francés a unos 30 km de la frontera española, Antonio Machado, poeta, pensador, hombre. Autor de obras de tanta hondura literaria como Soledades, Campos de Castilla, Nuevas canciones, Juan de Mairena o Poesías de la guerra, que han atrapado a varias generaciones de lectores e influido a tantos poetas a lo largo del último siglo.

Son muchos los medios que le dedican hoy unas líneas, páginas o minutos en sus ediciones. También numerosas asociaciones, colectivos e instituciones han programado actividades de homenaje a este hombre humilde, dispuesto siempre a partir “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”. Versos que, por desgracia, terminaron siendo proféticos, pues, enfermo y muy debilitado, su muerte se produjo un triste miércoles de ceniza, en una ciudad donde estaba de paso, huyendo de las miserias de la guerra y echando de menos su tierra.

Quizá por eso llevaba consigo una cajita con tierra que había recogido antes de cruzar la frontera, y pidió a su hermano que si moría la vaciasen en su tumba, como así hicieron. Una sencilla lápida señala el lugar donde reposan sus restos, adornada con frecuencia por flores y banderas tricolores.

Reivindicando su dignidad en el sufrimiento y como humilde homenaje al poeta, quiero recordar en esta entrada el último verso del poeta, que su hermano José encontró en un papel arrugado en un bolsillo de su abrigo, un verso tan sencillo como hermoso:

Estos días azules y este sol de la infancia.

III Jornadas literarias de Azuaga

asociación de escritores Entre Pueblos

Pincha para ver el programa y las ponencias

El sábado 6 de abril de este año tendrán lugar las III Jornadas literarias de Azuaga, que tendrán lugar en el Central Cinema. Bajo el lema «Voces diversas, palabra nuevas», literatura y educación se dan la mano en estas jornadas, que contarán con las siguientes ponencias y talleres (más información aquí):

  • El cómic, arte emergente y herramienta didáctica, por Antonio Roguera Rodríguez.
  • Mi vida es un poema: educación y literatura, una simbiosis mágica, por Marta Prieto Flórez.
  • Convence-me con tu libro: actividad de presentación de libros por sus autores.
  • El agente literario: aliado de las editoriales y abogado de sus autores, por Nicolás Bersihand.

Las inscripciones podrán realizarse rellanando la siguiente ficha de inscripción en pdfo word y enviándola al correo electrónico entrepueblos2014@yahoo.es o entregándola en la Casa de la Cultura de Azuaga.

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Yo confieso (relato corto)

confieso que rompí el jarrón

Confieso que rompí el jarrón de porcelana que te había regalado tu hermano cuando volvió de Francia, ese que estaba en la cómoda tan coqueta que había en la esquina del pasillo de la casa de San Fernando, ¿te acuerdas, madre? Sin querer lo hice, corriendo alocado con mis seis años, o quizá fueran siete, detrás de una pelota que no dejaba de botar y rodar, con la vista puesta en ella y en nada más que en ella, como un burro con anteojeras, y la cabeza gacha con la que embestí aquella pata elegante aunque un poco coja, sea dicho en mi descargo, que hizo tambalearse al mueble y bailar al jarrón sobre la superficie de madera bien barnizada antes de caer y hacerse añicos contra el suelo. Fui yo, madre, por más que lo negase entonces, negación absurda que de nada me sirvió, pero que mantuve tozudamente mientras recibía unos cuantos azotes y reprimendas.

Lo confieso ahora porque no está mal hacer, de vez en cuando, examen de conciencia, como nos recomendaba don Mateo, el sacerdote contrahecho del colegio de La Salle, aunque sin tantas formalidades ni ceremonias, y también porque ahora me duele más que entonces, no los azotes que recibí, sino el recuerdo de la tristeza que mostraste mientras recogías los pedazos rotos con tus dedos que empezaban a revelar síntomas de la artrosis que hoy te devora, y los colocabas amorosamente en la concavidad de la falda, allí agachada, moviendo la cabeza porque no, no tenía remedio el desaguisado, y dejando escapar una lagrimita furtiva, tan pequeña y contenida que se secó antes de llegar al mentón. Y aquel recuerdo me ha asaltado con la nitidez de lo tangible y la contundencia de una pedrada, y por eso ahora soy yo quien deja escapar una lágrima pesada y torpe que atraviesa el pómulo y discurre bajo la barba casi gris de mi mejilla antes de volar y caer en el polvo del paseo, dejando en él una marca dentada y cóncava como una chapa.

Efecto mariposa en Madrid

Una mariposa mueva las alas en San José y llueve en Madrid

10:15 Dr. Zabala

El hombre llega al aeropuerto de Madrid Barajas en el vuelo 3006 de Iberia, procedente de San José de Costa Rica, con un retraso de más de una hora sobre el horario previsto. A pesar de la contrariedad, sonríe mientras avanza por los largos corredores de la terminal. No necesita bajar a la sala de equipajes porque sólo lleva una pequeña maleta de cabina que arrastra tras de sí: ese tiempo que se ahorra. Tampoco lo hace perder la sonrisa la larga cola de acceso a la ventanilla de migración, que avanza con la lentitud de una tortuga mientras que, en otras filas, los ciudadanos de la Unión apenas esperan un par de minutos antes de ser atendidos. Por fin alcanza la ventanilla y, tras un somero interrogatorio en el que debe mostrar la reserva de un hotel por los días de estancia en el país, dinero suficiente y el billete de vuelta, le sellan el pasaporte y le permiten pasar.

10:17 Venancio

Esta mañana no estaba en vena y se me ha resistido el damero, dice en voz alta el hombre mientras engancha el mosquetón de la correa en la argolla del collar, o es que el de hoy era más difícil, que también puede ser. Abre la puerta y sale al rellano de la escalera con el perro tirando de él. Tienes ganas, jodío. Baja los dos tramos de escalera apoyándose en el pasamanos –ya no es ningún chaval–, cruza el portal y sale a la calle. El buldog francés jala con fuerza, acera adelante, buscando el parquecito enarenado donde siempre hacen la primera parada, y le cuesta retenerlo. Leer Más

Relato para un año nuevo viejo

relato para un año nuevo viejo

Abrió los ojos súbitamente, unos ojos oscuros y algo enrojecidos, rodeados por unas ojeras moradas y profundas que, durante unos instantes, miraron sin ver. Se fijaron, al fin, en la mosquitera que estaba suspendida sobre la cama, sucia de polvo y hecha un puño.

Quería recordar, fijar la atención en algo que había quedado a medio camino del pensamiento, prisionero en la difusa frontera donde se confunden el sueño y la vigilia. Quería encontrar el cabo, el hilo preciso que se lo devolviera. Frunció el ceño en un vano esfuerzo por concentrarse.

A pesar de lo temprano de la hora ya hacía calor. Minúsculas gotitas de sudor le humedecían la piel. Deslizó el dedo por su brazo, abriendo un surco en el sudor y dejando una estela, primero blanca y después rosada, que se fue difuminando hasta la disipación. Una mosca se le posó en la frente, junto al arranque del pelo, y libó entre un mar de brillantes gotitas de grasa. La espantó con un movimiento lánguido, pero ella regresó, pertinaz, y ya no tuvo voluntad para alejarla. Apoyó la cabeza en la almohada y fijó la vista en el techo de cinc, donde algunos pájaros zangoloteaban en una escandalera de metal. Leer Más

Como en las películas del oeste

como en una película del oeste

“Como en las películas del oeste” es un texto que se sitúa en un lugar remoto, de esos que están escamoteados a los mapas, y donde la actividad más trivial puede convertirse en una tragedia. Como en el caso que se narra, en el que se pretende dar un mitin durante la campaña electoral.

–Ya era como a la oración y no se veía tan claro, quizá por eso es que no me fijé cuando saltó un baboso armado y platicando tonteras, que si ustedes son unos tal por cual hijos de la chingada, y dejó ir dos que tres balazos que el último fue a pegarme justo entre los pies y me dejó pálido del susto, que si más se hubiera desviado una pulgada no lo cuento. Y de ahí se fue para donde don Beto, el candidato, que no había tenido tiempo de abrir la boca ni decir buenas tardes. Lo estaba encañonando directo, así como iba, y don Beto se hizo para un lado, queriendo protegerse detrás del poste, sin sofocarse, que algo me apantalló, pero el caso es que allí le hubiera dado matacán, que aquel hombre, aunque estaba bebido y se le aguadeaban las piernas, traía claras la intenciones y no le hubiera fallado tan de cerca. Como a cinco metros estaba ya cuando le salté delante con la treinta y ocho, cortándole el paso, y quedamos frente a frente, apuntándonos al pecho y mirándonos a los ojos, ¿no fue así Loncho?
–Igualito a las películas del oeste, Maclovio.
–Yo le echaba un restito de valor para mantener el tipo, pero estaba afligido, y peor cuando vi que muchos otros habían sacado también pistolas y desenvainado machetes sin que se atinara quién era amigo o enemigo. Y la gente agachada entre los bancos, buscando cómo esconderse. A saber qué hubiera pasado si en aquel momento no grita la mujer, fueron unos gritos rechinados que molestaban los oídos como una sierra cortando piedras: mi hijo, gritaba, me lo han matado, cabrones, pleitistas, el diablo se los lleve. Eso nos valió a todos porque el baboso se volteó hacia la mujer y yo me le eché encima y lo desarmé: por Dios, si no grita la señora a saber cuántos muertos no hubieran habido.
– Seguro, Maclovio, tremenda balacera la que se hubiera desatado.
– Y allí estaba el muchacho, botado en el suelo, encharcado en sangre.

Finalista del VII certamen de novela histórica “Ciudad de Úbeda”

Estimados seguidores de “La otra literatura”:

Quiero haceros partícipe de una feliz noticia, de esas que alegran y dan ánimos a cualquiera que se afana con la escritura: hace unos días, me comunicaron que había sido finalista de la VII edición del Certamen internacional de Novela Histórica “Ciudad de Úbeda”, con la obra Las islas de Poniente, que será publicada en mayo de 2019 por la editorial Pàmies, en su colección de novela histórica.

Aunque no es una cifra muy redonda (o no, ¿quién sabe?), este mes se cumplen 8 años desde que este blog inició su andadura. Con mayor o menor constancia, dependiendo de las vicisitudes personales y de los aires que en cada momento soplaban, “La otra literatura” ha publicado casi 300 entradas, que han recibido más de 120.000 visitas. Así pues, quiero aprovechar la efeméride para agradecer a los seguidores de “La otra literatura” por los ánimos que a lo largo de estos años me han transmitido con sus visitas, sus lecturas, sus “me gusta” y sus comentarios, y que han significado para mí un incentivo constante para continuar escribiendo. GRACIAS ❤❤❤

Las islas de Poniente:
La novela relata la odisea de la nao Santa Ysabel, una de las cuatro que conformaban la expedición de Mendaña a las islas Salomón (en 1595) y que, por causa de un motín, queda aislada en medio del Pacífico austral con casi 200 pasajeros a bordo. A partir de este hecho histórico, se novela una travesía marcada por las traiciones, los crímenes, las penurias y las aventuras de un puñado de expedicionarios que, perseguidos por una maldición, luchan por el amor de una mujer, por el dinero, el poder y la mera supervivencia.

Nadie sabe qué va a pasar mañana

nadie sabe que va a pasar mañana

Nadie sabe qué va a pasar mañana es un relato publicado originalmente en la web colectiva “Salto al reverso”. Un relato sobre la incertidumbre de la población civil en medio de un conflicto armado, narrado desde el punto de vista de los más débiles: de una niña que trata de comprender la barbarie de la guerra y donde … nadie sabe qué va pasar mañana.

Ya clarea la mañana y entonces pasa una avioneta. La avioneta viene delante, explorando, y detrás llegarán los helicópteros. Así que la gente empieza a cruzar el río. Primero los que pueden nadar; pero otros que no saben también se tiran al agua. Por eso, a muchos se los lleva la corriente con sus bultos de ropa y los tanates que cargan. Se ahogan. En menos de nada se ha formado el pánico y es una llorazón de la gente y una gritolera. Veo a una niña que nada para alcanzar la otra orilla. Se le hunde la cabeza y vuelve a asomar tantito más abajo. Chapotea con las manos como loca, hasta que se agota y se deja llevar por la corriente. Antes de desaparecer se vuelve un momento hacia donde yo estoy. Tiene el pelo muy negro y la piel morena y brillante de agua. No la veo más.

Más acasito hay una balsa hecha de petate. Va muy cargada y empieza a dar vueltas al entrar en lo más duro de la corriente. Se va inclinando, inclinando, hasta que se vuelca y todos los que van encima caen al agua. Hay varios niños y mujeres que patalean y bracean en el agua, a la desesperada, y un hombre agarrado aún a la balsa por un bejuco. El hombre se estira para alcanzar a los que nadan pero sólo consigue enganchar por los pelos a un chigüín. A los demás los va alejando la corriente. Una de las mujeres lleva en brazos un niño de pecho y no lo quiere soltar. Lo agarra con un brazo y con el otro intenta nadar, pero se hunde. Al final, puede más la propia vida y suelta al tiernito, que se hunde, envuelto entre pañales azules y blancos, parece una flor caída al agua. La mujer, entonces, nada hacia la balsa y se agarra a ella.

Nunca antes había visto cosas así. Mis ojos lloran y siento como una angustia grande por todos los que se ahogan. Me entra un temblor al pensar en esos pequeños iguales a mis hermanos, en si nos pasará lo mismo a nosotros. Ya no quiero cruzar el río. Estoy abrazada a mi madre y mis hermanos, formamos todos una piña. Mi tío dice que hay que cruzar antes de que lleguen los militares. Sí o sí, dice. Mi padre se anima y botan la balsa, pero no cabemos todos y hay que dar varios viajes. Yo voy en el primero, sujeta con una mano a un madero. A mi hermano pequeño tienen que amarrarlo porque da unos grandes gritos y se mueve y no quiere meterse en la balsa. Mi tío y mi padre van nadando a los lados de la balsa, metidos en el agua. Yo voy nadando también, y por ratos siento que me hundo, pero primero Dios llegamos al otro lado. Y yo tan feliz porque no ha aparecido la aviación y pienso que ya no podrá pasarnos nada. Mientras mi padre se vuelve con la balsa para dar otro viaje, me quito el vestido allí mismo, en la orilla, lo escurro bien y me pongo el otro que llevo, que no se ha mojado y está seco. Ya se ve el sol por encima de los paredones que dan al río y empieza a hacer calor. Mi padre y el tío Luis regresan con el último viaje. Entonces se oye el papaloteo del helicóptero y a todo el mundo le entra el terror. Viene volando bajito, por el propio río, y se queda suspendido en el medio. Forma un vendaval perro que nos salpica de agua, como si estuviera lloviendo. Desde dentro disparan en todas direcciones. Es como un trueno continuado. La gente es toda carreras. Meto la ropa mojada en la cebadera y yo también corro. Me tropiezo y caigo al suelo. Lo veo todo rojo. Me duele en alguna parte, me duele mucho. Mi padre me recoge. Me lleva en brazos como cuando era pequeña, muy apretada, pero no me hace daño. Me acurruco entre sus brazos. Tengo la cabeza apoyada en su hombro y miro hacia atrás. Veo a los soldados allá arriba, dentro de la panza del animal. Se ven los destellos brillantes de los disparos. Son como estrellitas amarillas con tres puntas. Pero no se sabe a dónde va cada bala, de qué fusil proviene. El humo de la pólvora forma una neblina sobre el río y las aguas van volviéndose de color rojo.

Nos metemos en medio del charral, cerca del río, para ocultarnos. Mi padre me deja en el suelo, y aunque la mañana ya está avanzada, siento un gran frío y el cuerpo tan pesado como si fuera una piedra. Parece que se me escapa la sangre por las puntas de los dedos y por las niñas de los ojos. Las hojas de los árboles se mueven tantito. Aún se oyen algunos disparos ralos, perdidos. Todos están cansados, sin ánimo, y nadie sabe qué va a pasar mañana.

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