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La partera

Yo hacía de partera allá, antes de venirnos. Iba a las casas y ayudaba a las mujeres en el trance. Me estaba unos días en las casas, dos, tres, y me daban algo de pistillo. Las que lo tenían. Poco, pero algo era. Cuando entraron los primeros operativos y la cosa se puso fea, nos fuimos a vivir varias familias a unas cuevas de un puesto que le decían la Peña Blanca, cuevas grandes, en unos barrancos enormes que allí había, entre cerros filudos. Tan escarpados eran que un chino se desgració saltando entre las peñas, un chino travieso, vea, pero dispuesto, el hijo de la María, se desbarrancó y se quebró la mollera. Como animales vivíamos en aquellas cuevas, con miedo de hacer fuego, de que los chuchos latieran duro, de que nos vieran, de que nos hallaran, con miedo del miedo, usted. Tapadas habíamos hecho las bocas de las cuevas, con matojos secos, con chirivisco, con ramas de árboles, de modo que no se vieran desde lejos. De noche, los hombres salían a recorrer la tierra para cazar un garrobo, un cusuco, lo que fuera, cualquier fruta, zapotes, anonas, guayabas, cualquier raíz. Hasta se llegaban a las casas abandonadas, a las que estaban destruidas, para ver si había quedado en ellas algo que sirviese, una cabuya, un candil, una gallina, piñas de piñal. Y las mujeres de noche bajábamos a la quebrada para traer agua, para traer leña seca, seca, seca, de la que no levanta humo. Seguir leyendo »

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Vídeo del retorno

A lo largo de este año no ha dejado de aparecer en los medios de comunicación, aunque esporádicamente, la tragedia de los refugiados. Aprovecho para recordar con este vídeo el primer retorno de los refugiados de Mesa Grande a El Salvador, hace ahora 30 años.

 

Cuando Alexei Kolodin iba a encender una hoguera bajo el motor de su camión, para descongelarlo, la mano izquierda se le quedó adherida, por efecto del intenso frío, a una barra del chasis. Ha perdido un tiempo precioso renegando y recriminándose por el nefasto descuido, hasta que la cruda realidad se ha abierto camino en su conciencia: si no consigue prender la madera de inmediato, tendrá que arrancarse la mano. Literalmente.

Saca la caja de cerillas del bolsillo del anorak, se incorpora todo lo que la estrechez del espacio le permite y se la lleva a la boca. Con la lengua empuja el cajetín deslizante hasta medio recorrido. Los ojos apenas logran enfocar los fósforos y dirigir su mano derecha para coger uno; pero enfundada como está en la manopla, carece de la precisión necesaria para conseguirlo. Tiene que desprenderse de ella y descubrir también esta mano (la otra hace rato que la ha dado por perdida). Así logra coger un fósforo y, mordiendo firmemente la cajetilla, rascarlo en el costado. Los dos primeros los rompe. El tercero consigue prenderlo, pero se le apaga antes de acercarlo a la madera. Está demasiado lejos. Lo intenta varias veces, pero una brisa inestable le impide mantener encendidas las cerillas. Ha gastado la mitad de los fósforos sin conseguir acercar la llama ni siquiera a la mitad del recorrido. Seguir leyendo »

Dejó el enlace de un vídeo sobre el primer retorno de Mesa (o el 2º) y una misa de despedida. Espero que les guste porque es un documento histórico.

100.000 visitas

Este me de agosto de 2017 el blog “La otra literatura” ha alcanzado las 100.000 visitas. Una cifra como cualquier otra que además, y a juzgar por lo que se mueve en la red, no debe ser muy elevada para los años de andadura que lleva este blog. Pero es un cifra redonda y me brinda la oportunidad de dar las gracias a todas aquellas personas que a lo largo de estos años lo han seguido, leído, compartido o comentado.

Aunque la cultura en general, y la literatura en particular, no estén viviendo momentos de gloria en estos tiempos; aunque el dinero y la mercadotecnia pretendan circunscribirla a ámbitos y personas muy concretas; aunque los criterios empresariales pesen más que los artísticos, la cantidad frente a la calidad, la seguridad de lo conocido frente a la incertidumbre de lo por descubrir, la literatura sigue estando viva. Y no me refiero sólo a la que se vende en las grandes superficies, a los best sellers de las librerías de referencia nacional, a los autores consagrados, sino a esa “otra literatura” independiente, invisible para el mundo editorial, que se vende en plataformas digitales a precios más que asequibles, que se mueve en los blog, las web, instagram, facebook e incluso en los 140 caracteres de tuiter, esa que poco a poco va abriéndose un hueco “visible” en el mundo y haciendo comunidad. Gracias repito por leer, por escribir, por estar.

Os dejo, de paso, los links donde podéis encontrarme:

laotraliteratura.com

@JAC_alejandre

https://www.facebook.com/laotraliteratura

Amante furtiva

A petición de un buen amigo, reblogueo esta entrada

La otra literatura

La fortuna es dama voluble y una noche después de las grandes calabazas que había recibido de mi cruel enamorada, me ocurrió un suceso tan sorprendente que tuvo la virtud de relegar mis pesares a un segundo término.

Al ocultarse el sol tras el horizonte como moneda echada en alcancía, y después de las oraciones, pláticas y diligencias de costumbre, extendí mi esterilla en el rincón habitual del barco y al poco tiempo dormía como los ángeles. Sin embargo, el ligero contacto de una mano sobre mi brazo me hizo abrir los ojos. Habíase ocultado la luna y la noche estaba tan oscura que no podía distinguirse un cuerpo a un palmo de distancia.

Aquella mano, tanteando a ciegas con voluntad acariciadora, fue subiendo por mi brazo hasta alcanzarme el rostro y yo, que me había mantenido inmóvil, simulando estar aún dormido, la atrapé con presteza al sentirla sobre la…

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Omotenashi

Comparto esta curiosísima anécdota sobre la hospitalidad de un restaurante en el Japón más profundo. Tomado del blog “freelander.es”

En realidad el episodio no pudo ser más simple; y si tuviera que atribuirlo a algún factor ajeno a sus protagonistas inmediatos buscaría quizá la causa en la disparidad entre mis hábitos de comida y los de los japoneses. Allí, los restaurantes son más bien cosa de la cena, y la mayoría -salvo quizá en las ciudades- no abren hasta las cinco o las seis de la tarde; pero aquéllos que sirven también almuerzos suelen hacer una larga pausa a eso del mediodía, que es poco más o menos cuando yo vengo levantándomeme; así que para cuando me entra el hambre, a eso de las tres o las cuatro, ya no encuentro dónde me den de comer. Por eso aquel día tuve que vencer mi escrúpulo respecto a los pequeños baretos y superar ese embarazo de sentirme un ignorante extranjero entre a una concurrencia que estará, sin duda, sólo pendiente de mí, para meterme en ese cuchitril -el único que encontré abierto- al reclamo de su pequeño, polvoriento y descuidado escaparate, donde se aburrían -desde hace años, me atrevo a decir- las réplicas en plástico (que tan habituales son en Japón) de dos o tres platos diferentes, marcados con sus precios respectivos. Seguir leyendo »

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