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El hilo de Ariadna

foto libre de pixabay.com

Dónde quedó el pequeño llorón que se sentaba en la puerta de la cocina con el estómago en carne viva, esperando que su madre lo llamase para comer; y la madre, qué fue de ella, de sus tiernas manos, sus manos cariñosas que espantaban los fantasmas más pertinaces y los monstruos de pesadilla con una sola caricia, sus manos protectoras, más fuertes que una coraza y más eficaces que un chaleco antibalas, ¿dónde están? ¿Acaso se quedaron atrás, perdidas en las lagunas de la memoria, en los brazos del olvido y de la nostalgia más antigua y más angustiosa?

¿Nunca te preguntas qué fue de aquellos juegos infantiles de los días de verano, del caballo de escoba que amarrabas a los barrotes de la ventana, de la espada de palo con que matabas las malvas del corral, del belén de navidad que ponías sobre la mesa tocinera, con musgo, papel de plata y palmeras de retama, de las cartas del abuelo, de las tardes de siesta, o las otras de tormenta, en que retumbaba la casa con cada trueno, y se iba la luz, y los hermanos, refugiados tras los cristales, veían el torrente achocolatado que bajaba por el centro de la calle? Seguir leyendo »

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Paredes carcelarias

A los otras reclusas les gustan mis dibujos. Los hago sobre las paredes, desconchadas y feas, como las de todas las prisiones del mundo. Me pinto los labios con carmín, los embadurno abundantemente hasta que quedan espesos y tentadores. Después beso la pared y dejo impresa una marca roja y estriada que se convierte en boca, y alrededor de ella, con el lápiz de ojos, esbozo la forma de una cara, trazo el pelo, los brazos; todo el cuerpo va saliendo de la punta oscura, con esmero y paciencia. Finalmente, cuando está completo el dibujo de una mujer, escribo debajo su nombre y cuento su historia.

Gloria Fuertes, poeta olvidada o, como mucho, recordada en los colegios por su poesía infantil.

Hoy es un buen día para reivindicar a esta mujer y sacarla del olvido, como ella sacó a la calle la poesía, la hizo fácil, accesible y la abrió a la cotidianidad, a cuestiones sociales y a personajes sin voz en la España de entonces. Su poesía, más allá de esa superficie ingenua, encierra un fuerte compromiso social.

Gloria Fuertes sentía las presiones de la sociedad patriarcal sobre las mujeres, y no dejó de señalar la desigualdad en el trato a hombres y mujeres. Aunque ella siempre fue una mujer fuerte e independiente, que no necesitaba a los hombres y luchaba por hacerse un hueco como poeta en una sociedad y una cultura machistas (por eso consideraba peyorativa y rechazaba la denominación “poetisa”).

Las derrotas

Ha caído en el olvido Gonzalo Torrente Ballester, don Gonzalo. Lejos queda el gran éxito que tuvo su trilogía Los gozos y las sombras, llevada a la televisión en forma de serie, la excelente crítica de La saga/fuga de JB o la Crónica del rey pasmado, que fue llevada al cine y obtuvo ocho premios Goya. Fuera de estos libros, su obra es poco conocida. ¿Quién ha leído Off-sideLa isla de los jacintos cortados o Filomeno a mi pesar, que, por cierto, recibió el premio Planeta? Y si don Gonzalo ha caído en un olvido mediático y editorial (cada vez es más difícil encontrar sus títulos en las librerías), no digamos sus novelas menos conocidas.

Por eso quiero dedicar este comentario a una de ellas. Una novela que, fuera de un reducido círculo de apasionados de su obra, a nadie he oído mencionar. Se trata de Quizá nos lleve el viento al infinito. Alguna vez, hablando de literatura con amigos, compañeros o contertulios, he preguntado sobre ella y la respuesta, aunque variable, podría resumirse en un sorprendido: ni idea.

Pero yo, infatigable en mi labor divulgativa, la recomiendo. Hace poco, un sobrino me pidió que le dejase algo para leer. Como ese día estaba nostálgico, rebusqué entre las estanterías donde almaceno los libros más viejos hasta encontrar el ejemplar que conservo, en formato bolsillo, algo estropeado por el uso, y se lo di: a ver que te parece este. Y para mi sorpresa, le encantó. Y es que la buena literatura permanece aunque las generaciones cambien.

Quizá nos lleve el viento al infinito es una pequeña joya, un libro atípico incluso dentro de la variopinta bibliografía de su autor. A primera vista, se trata de una novela sobre la guerra fría −de la que se burla con sutil sarcasmo−, en pleno auge de la amenaza nuclear y el teléfono rojo, pero en un escenario de agentes secretos, organizaciones militares y telón de acero, se desarrolla una historia de amor imposible o, como le gustaba decir a don Gonzalo, inverosímil. Los protagonistas de esta historia no pueden ser más opuestos, pues se ubican, no ya en ambos extremos del espectro humano, sino en puntos opuestos de la propia ficción literaria. Y sin embargo, se enamoran. Quizá nos lleve el viento al infinito lleva a su máxima expresión, de manera muy hermosa, sin grandes pretensiones ni romanticismos empalagosos, el dicho de que, en el amor, los extremos se tocan y los contrarios se complementan: si dos seres como los protagonistas de esta historia pueden enamorarse, es que el amor, en verdad, no tiene límites.

Para finalizar, no obstante, una advertencia: el libro tiene trampa. Consciente quizá don Gonzalo del valor de la joya que estaba creando, quiso ocultarla de miradas indiscretas y lectores impacientes, de esos que necesitan engancharse a la historia desde la página uno, y, antes de penetrar en la verdadero corazón de la novela, presenta al lector una curiosa prueba de confianza: las primeras cincuenta páginas son, de entrada, casi incomprensibles, sólo la fe en el autor y la aspiración por alcanzar el tesoro prometido nos animarán a continuar.

Que ustedes lo disfruten.

Treinta años después

Había acompañado a mi hija a la escuela de música, a clase de piano, la acompañé hasta la entrada y me volví a casa dando un paseo. La noche madrileña estaba fría, con ese frío pesado que acompaña a la niebla. Me abrigué bien y eché a andar. A la vuelta de la esquina me encontré con la verja metálica pintada de rojo, la entrada de piedras y la puerta acristalada de la parroquia. Estaba abierta y dentro se veía luz.

Hacía muchos, muchísimos años que había cruzado por última aquellas mismas puertas, después de haber oído una homilía de Luis, un cura prematuramente encanecido que llevaba la fe como un cilicio. La claridad de la iglesia parecía llamarme. Empujé las puertas y entré.

El altar y el crucifijo

La iglesia estaba igual: la característica forma de arco circular, las mismas paredes de ladrillo oscuro, los mismos bancos de madera clara, puestos en arcos concéntricos, las paredes apenas vestidas con las catorce cruces de los pasos, unas cruces pequeñas, de madera oscura, sencillas y humildes. Y delante, al fondo, en el vértice del arco, el altar de ladrillo oscuro, y un atril también de ladrillo, desde el que algunas veces había leído las lecturas y desde donde Luis nos largó muchas de sus homilías ingenuas y apasionadas. Entre el grupo de confirmación muchos pensábamos que a Luis lo había llevado al sacerdocio un amor contrariado. Quién sabe. Seguir leyendo »

Camino de San Pablo

Se ven unas nubes a lo lejos, por el lado de San Pablo, pero no lloverá, aún no es tiempo de agua. Este mes es caliente. Reseco y caliente.
Ya dejé atrás el desvío del Jocote. La montaña es un puro secarral descolorido. Más adelante, en una vuelta, hay un ojo de agua con grandes palos de amate donde se está fresquito y, además, a esta hora está solo. Después de descansar unos momentos para recobrar el hálito, me baño. Me unto el cuerpo con jabón de olor y el agua me la echo a guacaladas por la cabeza, a baldes. Me gusta sentirla que me empape el pelo, la cara, el cuerpo, toda de una vez, que me refresque esta piel vieja y reseca, que de tan caliente como está se desprende vapor. Me quedaría aquí todo el día, en la poza, me da pereza irme, pero no hay tales porque en San Pablo me esperan. Seguir leyendo »

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