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Portada de ‘Sueños de otoño’

En estos días de materialismo salvaje y mercadotecnia, en donde el arte se ha convertido en una mercancía más con la que traficar y especular, en donde las editoriales apuestan por la cantidad frente a la calidad, en estos tiempos en los que la marca es la que establece el valor, en donde la fama reemplaza al ingenio, el aplauso usurpa a la inventiva, la notoriedad se confunde con el talento y el talento se mide en cifras; en esta posmodernidad indiferente y liviana, donde prima la cultura de la imagen y no hay lugar para compromisos, Antonio López Garijo, como un vate a la vieja usanza, haciendo un ejercicio de sencillez y formalidad, se atreve a someter al lenguaje a la disciplina de la métrica y escribir poesía.

Según la definición de la Real Academia, la poesía es la manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, y añade más adelante la RAE que tiene que ver con el lirismo, cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza; cosa que Bécquer, que era poeta y no académico, lo expresó con más acierto y menos palabras: ¿qué es poesía?, poesía eres tú. Y Antonio hace suya la definición y, sea cual sea ese “tú” suyo, esa musa inspiradora que se encuentra detrás de cada poema, una musa sin duda llena de formas y matices, el resultado es una galería plena que nos muestra un mundo, su mundo lírico, que, partiendo de lo cotidiano, lo trasciende, lo ilumina y lo llena de armonía y de belleza. Seguir leyendo »

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Era el día tres de mayo, el día de la cruz, y había ido al pueblo a traer gas para los candiles, baterías para el foco, otras cuestiones para el parto y unas flores para adornar la cruz. Yo me fui con el hijo mayor, Saúl, que tenía nueve añitos, atenida a que estaba embarazada y que me dejarían pasar. Cuando venía de regreso me salió el escuadrón, en una casa que hay al final del pueblo, algo apartada, allí se habían puesto.
─A ver, la documentación. Qué llevas ahí, tú, enseña esa garrafa. Estas baterías son para los revoltosos.
─Para el parto son, por si me toca en la noche.
─Tú eres subversiva, un correo que lleva intendencia.
─No me digan eso, que yo ni sé lo que es.
─No te hagas la desentendida. Mira, ayer capturamos a un guerrillero y lo colgamos de aquel árbol de ceibo. Y hoy te toca a vos.
─Yo no debo nada. Es verdad que necesito las cosas, no ven que estoy preñada, pues.
─Ya vamos a ver las listas.
Y sacaron una libreta con muchos nombres escritos y pasaron varias páginas.
─Aquí estás, ¿ves que eres revoltosa? Te vamos a sacar el niño que tienes en la panza, que también él va ser guerrillero.
Pues yo ya estaba resignada a que me iba a morir. Entonces mi hijo se puso a hablar sin que le preguntara nadie.
─Mi mamá no es guerrillera. En casa no hay guerrilleros.
─Cómo no, y tú vas a ser el primero que vamos a matar.
─Ustedes no creen en Dios ─les dijo el niño─, porque ustedes matan y Dios dice que no matarás.
─Ah, ya te estás delatando chino, ¿quién te ha enseñado esas babosadas? Un cura comunista, ¿verdad?
─Los diez mandamientos lo dicen.
─Tu madre te lo ha de haber enseñado.
─Ustedes es que no creen en Dios y no cumplen los mandamientos.
Yo me estaba poniendo muy nerviosa porque también al niño me lo iban a matar, pensaba, o a llevárselo con ellos o a saber qué. Pero no, quizá lo que les dijo los rebajó un poco y nos dejaron ir.
─Te tenemos fichada, eh. A la próxima vez que te veamos no te vas a escapar.
No se me olvida, un tres de mayo. ¿Y las flores?, me dijeron al llegar.

Hoy se celebra el día del maestro, coincidiendo con la festividad de Sto. Tomás de Aquino. El IES Ategua, de Castro del Río, Córdoba, organiza, como otros años, el 29º certamen de literatura “Primavera 2018” en las modalidades de novela corta y relato. El plazo de presentación finaliza el próximo 30 de enero.
En estos tiempos en los que tanto se oye hablar de concursos amañados, este certamen hace gala de una limpieza y objetividad ejemplares.
Anímate y participa.
Las bases aquí

Nacimiento y muerte

Desde el mismo día de su nacimiento, Carmela inició una particular relación con la muerte, ya que la tarde en que ella nació se mató Juanita, la criada. La historia la había oído contar tantas veces que casi podría asegurar haberla vivido en primera persona.

Aquel verano lo pasaba la familia en el pueblo de Pajareras, en la vieja casa familiar de los abuelos. A su madre le quedaban unos días para salir de cuentas y andaban todos nerviosos a causa de su estado. El mes de julio estaba siendo caluroso, el sol recalentaba las paredes encaladas, las tejas de la cubierta y las piedras del patio, una flama asfixiante se colaba por los resquicios de las persianas acorralando al aire fresco de las habitaciones y su madre había caído en un preocupante estado de languidez. Se pasaba las horas sentada en una butaca de mimbre que había en el comedor, con las piernas en alto y dándose aire con un abanico de filigrana que le había prestado su suegra. Seguir leyendo »

Dichos I

Feliz año nuevo

Música para un relato

Es una noche desapacible y extraña en la ciudad. Hace bochorno y la tormenta, que desde hace horas viene amenazando con caer, únicamente deja escapar unos goterones escasos y pesados que ensucian los parabrisas de los coches aparcados, como si estuvieran cargados de barro en lugar de agua. Un viento caprichoso, que sopla a rachas, remueve el aire caliente y cargado de polvo, como puesto a cocer en una marmita, y asfixia a quienes se atreven a respirarlo. Las farolas del alumbrado público lucen como cálidas y lejanas luciérnagas en la oscuridad huérfana.

Una mujer guapetona, vaqueros desgastados, camiseta negra y bolso pequeño, avanza pegada a las deprimentes fachadas de ladrillo de los edificios, que están sucias de pintadas y carteles viejos, descoloridos por el sol y ajados por la lluvia. Camina deprisa, con la cabeza agachada, huyendo del agua, del polvo y de la basura que el viento arrastra y desplaza de un lado para otro. Al llegar a la esquina, hay un local que parece abandonado, pero la mujer empuja con fuerza la desvencijada cancela del portal y entra. El interior está oscuro y las paredes mohosas y salpicadas de desconchones.

Las escaleras son estrechas, con pasamanos de obra y peldaños de terrazo. En el rellano del segundo se detiene ante la última puerta y, casi a tientas, intenta meter las llaves en la cerradura. Lo consigue al tercer intento, guiando la punta de la llave con la yema del dedo índice. Enciende la luz y echa un vistazo pero hay nadie. El piso es pequeño: pasillo estrecho, salita, dormitorio, cocina y retrete. En el fregadero están los platos sin lavar de la cena del jueves. La cama está deshecha, como siempre que ella no se la hace. La mujer se mueve con lentitud por el reducido espacio, observando cada detalle con ojo policial. Muebles de escombrera, náufragos de contenedor, amenazan con comerse el espacio libre. En una estantería atiborrada de libros, revistas y viejas casetes reina un caos irreversible. Hay una radio sobre un pequeño anaquel, la enciende y sintoniza una emisora. Suena la voz de Manolo García, El último de la fila, cantando su Insurrección. La mujer se sienta en el sillón de la salita, que tiene la tapicería curtida por el uso, y apaga la lámpara. Se recuesta sobre el respaldo del sillón, cierra los ojos intentando concentrarse y tamborilea con los dedos sobre el reposabrazos, siguiendo el ritmo de la música, “barras de bar, vertederos de amor”. Quiere pensar con claridad sobre todo lo que ha sucedido esa tarde, pero no puede. Él tiene que llegar, lo ha citado allí y sabe que vendrá, y que vendrá antes de la hora. Pero ¿y después?, ¿le faltará el valor?, ¿será como otras veces? dí, mujer, tendrás coraje. Así que deja que la inunde la rabia, una rabia  sorda que crece en su interior, y sigue creciendo y se hincha y la va llenando como si fuera un globo. Seguir leyendo »

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