Vassily I (relato de supervivencia)

Vassily I

Si te gustan los relatos de supervivencia, en los próximos días, comenzando por hoy, te traigo la historia de Vassily Tashkin, un hombre maduro y tenaz movido por la imperiosa necesidad de obtener dinero. Espero que te guste. Te dejo con la primera parte:

 

Vassily Tashkin se quedó el último, siguiendo las huellas de un alce que vio por la mañana. Un alce grande vale mucho dinero en Murmansk. Así que se marcharon todos con las máquinas y los demás camiones y se quedó Vassily con el suyo, cargado con enormes troncos de abeto, aparcado junto a la pista forestal que se adentraba cientos de kilómetros en aquella taiga inmensa y descorazonadora. Estuvo aguardando al animal junto a las ruinas de un antiguo aserradero, justo donde había visto sus huellas la tarde anterior. A pesar de que iba bien equipado para combatir el intenso frío con un grueso anorak, mono, botas térmicas y los inevitables mitones necesitaba, cada cierto tiempo, levantarse y realizar violentos ejercicios para no quedarse congelado. El fusil estaba protegido por una funda de piel para evitar que el frío atascase cualesquiera de sus mecanismos móviles.

Vassily era un hombre maduro que sobrepasaba la cuarentena, aunque fuera difícil verlo en aquel rostro protegido por el grueso capuchón y las gafas para la nieve. Era también un hombre tenaz movido por la imperiosa necesidad de obtener dinero. La mañana había amanecido calmada y triste, con unas nubes grisáceas que cubrían el horizonte de lado a lado, pero ahora se estaba levantando una ventisca desagradable, acompañada de copos diminutos como arenilla blanca y dura que limitaban la visibilidad y distorsionaban las distancias.

La temperatura había bajado mucho, más de lo esperado, y con el frío no hay que jugar. Cero grados es la temperatura de congelación del agua y en determinados lugares significa mucho frío. Entre diez y veinte grados bajo cero la sensación de frío es intensa, la piel expuesta al aire se enrojece rápidamente y pierde sensibilidad. A treinta bajo cero se solidifica el aliento en la propia cara y se congelan los lacrimales en el ojo por lo que es preciso frotarlos con frecuencia para que no dañen la córnea. Existe riesgo de hipotermia si no se permanece activo. Pero ahora hacía más frío, mucho más, quizá cuarenta y cinco o cincuenta bajo cero. A esa temperatura cualquier parte del cuerpo expuesta al frío tardaría apenas unos minutos en congelarse. Y con viento, el riesgo era aún mayor. Con cincuenta bajo cero no se puede cometer ningún error. Y Vassily no estaba dispuesto a cometerlo: un descuido equivaldría a una muerte segura. Le gustaba decir a los novatos en el oficio que dar un paso en el invierno siberiano era más peligroso que todos los rallyes del mundo juntos. Esta tierra no será para los valientes, sino para los precavidos.

Finalmente, haciendo honor a sus consejos, Vassily desistió de cazar el alce y decidió regresar. Se dirigió al camión andando pesadamente y con gran esfuerzo por la nieve granulada que había caído durante la mañana, intentando orientarse correctamente en el bosque igual de abetos blancos como árboles de navidad mientras pensaba con preocupación que debía haber dejado encendido el motor del camión. Con esta temperatura podía haberse congelado el aceite del motor y necesitaría calentarlo para poder arrancar. Pero quién iba a pensar esta mañana que la temperatura podría bajar tan deprisa.

 

El hombre del tamboril (relatos de realismo social)

El hombre del tamboril (relatos de realismo social)

Cuando me siento a escribir uno de los temas que más me seducen son los relatos de realismo social, sobre todo aquellos relacionados con Hispanoamérica. Así que hoy quiero compartir con vosotros un relato con un protagonista: don Tiburcio, un refugiado de la guerra de El Salvador. Os presento a El hombre del tamboril:

 

Se había refugiado en el campamento de Colomoncagua, huyendo de la guerra, como todos, y era el último que quedaba, según decían, el último que sabía tocar la danza de los negritos con calampo y tamboril, al estilo de Cacaopera.

En las celebraciones culturales que con frecuencia se hacían para entretener a aquella humanidad exiliada, para dar breve tregua a la memoria de la guerra, de las calamidades, siempre había un hueco para él entre los teatrillos, las danzas y las canciones. El hombre se sentaba en un zancudo, con la pierna izquierda apoyada en el travesaño y el tamboril acomodado sobre el muslo, de canto. Con la mano derecha manejaba el palillo y con la izquierda, cuya muñeca descansaba en el tamboril para sujetarlo, sostenía el extremo de una flauta de caña con dos orificios, pintada de azul y blanco.

“Con ustedes, don Tiburcio”, anunciaba por el micrófono el maestro de ceremonias, y el viejillo ajustaba los labios a la embocadura, tomaba aire y empezaba a soplar y tocar una música que venia de muy lejos, que sonaba a frijoles en ollas de barro, a madre tierra, a cosechas de maíz. Había poco aliento en sus pulmones y el maestro de ceremonias acercaba el micrófono a los instrumentos, mientras los jóvenes charlaban de su cosas, las muchachas los miraban y chambreaban entre ellas, riendo y tapándose las bocas, y los mayores, muy serios, escuchaban una vez más aquellos sones ancestrales.

Dicen que la gente de Cacaopera es oscura de piel, descendientes de los kakawira, los últimos indios puros de El Salvador, pero don Tiburcio tenía la color clara, más de mestizo que de lenca, la cara chupada, las orejas grandes y la boca desdentada. Vestía pantalón remendado, botas de cuero, sucias por el inevitable lodo del invierno, sombrerillo de paja con las alas moldeadas a base de tiempo y de paciencia, y camisa de refugiado ─aquella camisa ajustada de sisa, escasa de tela, fabricadas todas iguales en el taller de sastrería, si no era por el color del paño que hubiera en cada momento─, una camisa desgastada por los numerosos lavados que dejaba entrever, tras el último botón, la camiseta interior; porque allí, aunque hiciera calor, las noches eran frías y había poca chicha debajo del escurrido cacaxtle.

Don Tiburcio, desnutrido y seco, voluntarioso, solo, vestigio viviente de un folclore moribundo y amenazado de extinción, murió aquel invierno del ochenta y nueve y se llevó consigo sus danzas al ritmo de la flauta y el tamboril.

 

Espero que os haya gustado esta pequeña historia. En próximas semanas compartiré más relatos de realismos social, refugiados, realismo mágico, relatos históricos… para todos los amantes de La otra literatura.

Reseña cinematográfica de «El nombre de la rosa»

Reseña cinematográfica de «El nombre de la rosa»

Pocas películas he visto, de las que están basadas en un libro, que me hayan resultado más interesantes que la propia obra; lo cual dice muy poco en defensa del cine y mucho en favor de la literatura que, con el uso de simples caracteres sin mayor atractivo, negro sobre blanco, y con el trabajo paciente y solitario, casi siempre, de una sola persona, es capaz de captar la complicidad del lector y llevar su imaginación más allá de las aparatosidad multicolor de la gran pantalla (o de la pantalla doméstica).

A bote pronto, me vienen a la cabeza dos películas que han logrado superar a las novelas que las concibieron: Blade runner y El nombre de la rosa. A la primera no puedo concederle tanto mérito porque el libro es, en mi humilde opinión, un serie B de literatura de ciencia ficción; sin embargo, ponerse a la altura de una novela tan compleja, elogiada (y vendida) como la de Umberto Eco, tiene su mérito. Así pues, quiero hoy compartir con vosotros mi reseña cinematográfica de El nombre de la rosa.

Desde la primera imagen, que nos presenta un paisaje frío, gris, ventoso y desolado, Jean Jacques Annaud es capaz de trasportarnos de golpe a la remota abadía benedictina y  al propio corazón del medioevo.

En poco menos de dos horas, la película logra meternos en el hermético y misterioso ambiente de la abadía, conocer sus muchas dependencias, introducirnos en una vida llena de silencio, hipocresía y secretos, intuir las miserias, enconos y alegrías de aquel retirado grupo de monjes, conocer las diferencias entre el alto clero y el bajo clero y seguir el apasionado debate sobre si Jesucristo “era o no” poseedor de las ropas que vestía. Las imágenes de Annaud nos hacen temer y aborrecer al Santo Oficio, a sus métodos y a su severo guardián, el tenebroso e implacable Bernardo Gui; y nos llevan, a través de los laberínticos vericuetos de la biblioteca, a conocer el ingente tesoro de legajos y manuscritos que allí se custodiaban con fanático fervor y a lamentar la enorme pérdida que provoca el apocalíptico incendio final.

Un buen guión y el sagaz montaje de la cinta consiguen, modificando unos pocos elementos argumentales de la novela, como son la historia de la muchacha y el trágico fin del inquisidor, atraer nuestra atención desde el primer fotograma y desentrañar la complicada trama de la novela sin mayores dificultades.

portada de la novela
portada de la novela

Mención aparte merece la excelente caracterización de los personajes, sin la cual no podría haberse conseguido el resultado final. Cómo olvidar la esperpéntica colección de monjes que desfilan ante nuestros ojos, cuyos rostros y expresiones ayudan a dotar a la película del ambiente propicio: la fealdad de las facciones, las extravagantes tonsuras, los rasgos embrutecedores, zafios o intemperantes, que permiten al espectador leer e interpretar muchas cosas que no se explican.

Confieso que soy un enamorado de la película, que la he visto media docena de veces y que no me desagradaría volver a hacerlo, pues en cada ocasión he hallado nuevos detalles que saborear, elementos que percibir o escenas con las que entretenerme. Y desde luego, la recomiendo a quien no la haya visto aún.

Hasta aquí mi particular reseña cinematográfica de «El nombre de la rosa». ¿Habéis visto la película? ¿Habéis leído el libro? ¿Cuál de los dos os gustó más?

Historias del tuerto: las narvales

hombre_con_pipaEl premio entre los embaucadores de a bordo se lo llevaba Damián Ortiz, un marinero viejo, tuerto del ojo izquierdo, que, si no hubiera sido por su total desconocimiento del arte de escribir, podría haber compuesto novelas más entretenidas que las plumas de los más insignes literatos, pues tenía una facilidad natural para atrapar la atención de los espectadores y llevarlos de la mano, boquiabiertos, a lo largo de los vericuetos de sus enrevesadas historias hasta un desenlace final, por lo general truculento.

Contó en una ocasión que, siendo joven −que era como solía comenzar todos sus relatos−, había estado embarcado en un ballenero y navegado por mares septentrionales en demanda de un banco de ballenas narvales, que son animales rarísimos, la color blanca y moteada, con un cuerno largo y recto, como el de los unicornios, y que buscan las aguas más frías para refrescar los fuegos que llevan dentro. Y siguiendo a estas ballenas pasaron más allá de la isla de Tule, donde los alcanzó un temporal con viento huracanado y mar furiosísima. Las olas eran tan grandes que, cuando estaban en un seno, parecía cercano el averno, y cuando el capricho del temporal los alzaba hasta la cresta, podía divisarse a lo lejos la luz del faro de Hércules. Leer Más

Primer encuentro

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Por ser montañosa, estaba la tierra más lejos de lo que pensábamos y nos llevó todo aquel día alcanzarla. Y una vez en ella, seguimos en paralelo a la costa, que corría en la orientación sureste noroeste, buscando una bahía o ensenada que ofreciese buen puerto. Se veían algunos ríos y una manigua espesa, de un verde profundo, que llegaba hasta la misma orilla y por sobre de ella aparecían algunas columnas de humo. Al cabo de unas horas hallamos un lugar que pareció propicio para surgir y se botó la chalupa con algunos marineros para que lo comprobasen. Leer Más

¿Dónde está mi hijo?

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Entre tanta tarea como tengo, me ha salido una nueva ocupación que me llena más que otras: colaborar con un grupo de mujeres para documentar casos de niños perdidos durante la huida de su país. El asunto surgió espontáneamente, como surge casi todo por aquí, y como es un tema que, desde que supe de él, me ha interesado y me ha tocado el corazón, no me ha costado echar una mano.

Y en eso llevo trabajando desde hace unas semanas, aunque sea a ratos perdidos. Ya hemos documentado al menos once casos de desapariciones de niños, aunque algunos de ellos en realidad no fueran niños perdidos, sino “regalados”; es decir, que durante las largas huidas de la zona de conflicto la situación llegaba a ser tan dramática que hubo madres que dejaron a sus hijos en las casas que encontraron por el camino, con cualquier persona, porque de seguir con ellos seguramente morirían. De hecho, según me cuenta la gente, no es raro entre los campesinos la costumbre de “regalar” niños. Por ejemplo, si una mujer tiene muchos hijos y por el motivo que sea no puede cuidarlos a todos, “regala” uno a quien pueda hacerlo mejor que ella: a su hermana, su comadre, su tía o incluso a su propia madre, y a partir de ese momento el hijo es adoptado por esta madre de acogida, la llama mamá y actúa en todo momento como si de verdad lo fuera.

Pero como digo, eso son sólo unos pocos casos. En los demás, los niños se perdieron de verdad. De todos los que hemos documentado, hay uno que me ha llamado la atención, no porque fuese más terrible que los demás, sino porque la mujer hablaba de la pérdida de su chiquitín con un desconsuelo tal, mostraba una tristeza tan desoladora, que también a mí me dieron ganas de llorar. Dijo que se le perdió cuando cruzaban la frontera, hasta donde una tropa los había estado siguiendo y hostigando. Fue de repente: se le zafó un momento mientras corrían y ya no lo vio más. Y aunque examinó uno a uno los muertos por el ataque, y lo estuvo buscando durante más de una semana, arriesgándose incluso a separarse del grupo, no logró dar con él. Dijo también que un periodista que cubría la llegada de los refugiados le sacó una foto al niño antes de perderlo, que tal vez él tenga alguna información, pero que no sabe como contactarlo. En todo caso, le gustaría conseguir la foto.

La carta

No es fácil escribir esta carta. Le brincan a uno las ideas por la sesera y no hay como ordenarlas con criterio. Me he refugiado en la terraza, que a esta hora de la noche está tranquila y en silencio, a ver si aquí logro concentrarme. Ya van dos días que llevo demorando la tarea y de hoy no puede pasar, aunque me dé la madrugada o se le agote el gas a la lámpara. Aún está el papel en blanco, ni el bolígrafo he agarrado, sólo la cabeza apoyada en las manos y los ojos cerrados buscando la inspiración. Sí que es difícil escribir a alguien que ni siquiera conoces. Que no sabes quién es, qué relación tiene con ella ni por qué clase de lazos afectivos están unidos. Este hombre puede ser nomás un amigo suyo, su novio, su marido, su padre, bueno, su padre no porque tiene los apellidos diferentes. Y, joder –que Dios me perdone–, todavía es peor hacerlo en español. Pero no saber qué voy a decir, eso, eso es lo más difícil de todo.

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Apocalipse Now y El corazón de las tinieblas

el corazon de las tinieblas1El corazón de las tinieblas es una novela breve de Joseph Conrad publicada en 1902 y popularizada ocho décadas después, a raíz del estreno, en 1979, de la película Apocalipse now, que está basada en ella. De hecho, algunas de las ediciones que se hicieron después ilustran la portada del libro con imágenes de la película o le añaden el subtítulo “El río” para identificarla más con ella. El tirón de la fama dio incluso para hacer una adaptación televisiva de la propia novela, en 1993, con Tim Roth y John Malkovich (adivinen quién hace de Kurtz). Leer Más

Salvamos la vida

viejos mesa grande_cortadoSalvamos la vida y allá nos parqueron, en el campamento. Pero el campamento no es para nosotros, los viejos, nos pasamos los días mano sobre mano, contando historias de aquí, recordando, mirando para la frontera, con esa tristeza que le anida a uno adentro, que no lo deja dormir, ni descansar. ¿Qué va a hacer uno lejos de la tierra? Un campesino sin tierra no es nada. De pensar en morirme en el exilio se me va la alegría. Así que mejor me regreso, les dije. No se vaya usted, Misael, me dijeron, que al otro lado matan. Pero no les hice caso y mejor me vine. Leer Más

¿Y tú, en qué fase estás?

Amigos de La otra literatura: Bicheando, bicheando me he encontrado con esta estupenda viñeta donde se describen con gracia y bastante tino las fases por las que pasa un lector hasta alcanzar la excelencia. ¿Os animáis a contar en qué fase os encontráis? Abriré el fuego yo mismo: creo que estoy metido de lleno en la 9 (y fue muy frustrante pasar por la 5).

La historia apócrifa de Marcos Agras

 

Este Marcos Agras era originario de Fene, un pueblo asentado en la ría de Ferrol, en Galicia. Pese a la mucha intemperie que aguantaban los marineros y lo muy curtida que tenían la piel, no pasaba la suya de tomar una color dorada tirando a rojiza, propia de la gente del norte, su cabello era entre rubio y castaño, según lo quemado que estuviera por el sol, y los ojos de un azul muy claro, como lavados con agua fuerte. Tenía la cabeza grande, con buenas entradas a cada lado, los hombros estrechos y los brazos, largos y sarmentosos, remataban en unas manos que parecían garras por lo fuertes y nervudas que se veían.

Hablaba nuestra lengua apenas sin acento por ser hombre, según me dijo, de noble cuna y mucho mundo. Había estado viviendo un tiempo en tierra de ingleses, adonde había ido en busca de su padre, Pedro o Píter Agras, de Bournemouth, naufragado en las costas gallegas en tiempos del emperador Carlos quinto. Píter fue recogido moribundo por unos pescadores en la playa de Perlío y llevado al pazo de Echevarría, el más cercano, donde vivía una familia tan sobrada de hidalguía como desprovista de talega. Allí curaron sus heridas y lo cuidaron, allí casó con Cipriana Echevarría, y vivió unos años de paz y armonía hasta que dio en largarse tan repentinamente como había aparecido. Leer Más

Era el miedo

─Toda la noche fue de andar y andar, una cadena larga de gente que se movía y daba vueltas igual que las revueltas del propio camino.
─Todos en la misma cadena.
─Todos. El que tenía algo y el que no tenía nada, el que debía como el que no.
─Cabal, es que las bombas no respetaban a nadie.
─Ni tampoco los que vinieron detrás.
─Fue noche de andar huyendo.
─Huyendo por entre los cerros y las sierras, buscando las hondonadas, la oscuridad de los árboles, huyendo por las veredas y las trochas de los animales y los animales. Perseguidos, acosados, atrapados estábamos entre el yunque y el martillo.
─De miedo fue la noche.
─Miedo de que nos descubrieran y nos mataran a todos, que nos mataran como masacraron a tantos. Balaceados. Quemados.
─Botados al río.
─A más de uno lo hicieron así.
─Crucificados en los cercos.
─Peor que a Nuestro Señor.
─Miedo de que nos masacraran a nosotros también.
─Y no había otro ruido que el de los pasos de tanta gente que caminaba en silencio, un silencio tan terrible, tan terrible que todavía lo tengo tallado en la memoria, amasado con miedo y polvo y pasos y con más miedo.
─Un silencio de sí o sí.
─Con la tropa por todos lados, peinando los cerros, los campos, la montaña, peinándola apretaditos, igual a los dientes de un quitaliendres.
─Un silencio de morirse.
─De no oírse ni el llanto de una creatura, porque las madres con trapos les cerraban las bocas, con trapos bien apretados, así se ahogaran, así reventaran de un sofocón.
─Qué brutas que fuimos, verdad.
─Verdad, y yo delante.
─Pero era el miedo, vos, el miedo a morirse.
─Es que era una criatura. ¿Qué debía ella?
─Ya no te atormentes más, comadre. El pobrecito se murió y se murió.

El reto de la razón

Nos movemos como muñecos bajo un cielo plomizo, con el agua hasta las rodillas y soportando una lluvia intensa. La llanura que atravesamos está anegada por la nieve del deshielo que la tierra, aún congelada, no es capaz de absorber. Los campos se han convertido en un estero lodoso y marrón jalonado por los montículos sombríos que forman los cadáveres liberados del hielo. Pasamos junto a ellos con una insensibilidad producto de la convivencia cotidiana con la muerte y la barbarie. Sus uniformes rebozados en barro y sus cuerpos entrelazados hacen difícil adivinar si se trata de compañeros o enemigos: son nada más que restos deformes.

El combate se ha trasladado hacia el este y ahora sólo nos inquieta la artillería enemiga, que bate la zona por donde avanzamos. Las granadas levantan columnas de barro como pequeños y breves géiseres oscuros, pero nadie se cuida de protegerse. Para qué. Es preferible reventar de una vez que continuar con esta pesadilla que amenaza con la destrucción del alma, con la anulación de todo juicio y entendimiento.

Llevamos combatiendo tanto tiempo que la memoria no me alcanza para contar los días, semanas y meses de desdichas y penalidades. Primero fue el invierno feroz, fríos extremos que convertían en estatuas de hielo a compañías enteras, hombres congelados que sonaban como porcelana, el miedo, el cansancio y el hambre inclemente; y después lo ha seguido esta primavera raquítica y desolada. Hemos luchado en las circunstancias más espantosas que puedan imaginarse mientras el alto mando insistía en sacar de nuestros cuerpos el último gramo de energía y patriotismo.

Más que un ejército, parecemos una muchedumbre desordenada y caótica: las tropas de infantería se han mezclado con unidades motorizadas, la artillería junto a los pertrechos, se ven grupos de rezagados en los márgenes de las carreteras y vehículos abandonados de cualquier forma, compañías diezmadas y vueltas a fusionar. El único denominador común es el agotamiento extremo. Hay quienes arrastran los fusiles o se apoyan en bastones, los heridos se amontonan en carretas tiradas por mulas. Nos movemos por la delgada línea que separa la razón del desvarío. La confianza se confunde con el desánimo, las lágrimas con las risas, el abatimiento camina entre nosotros y ya no existe nada que pueda considerarse racional.

Un convoy militar pasa junto a la columna. Sus ruedas levantan pequeñas olas achocolatadas que vienen a estrellarse contra el bosque de nuestras piernas. El último vehículo se detiene a nuestro lado y un oficial se asoma por la ventanilla y observa sorprendido, tal vez de vernos vivos, la insignia de nuestra unidad. Pregunta de qué regimiento somos. Me adelanto y le contesto.

–¿Han estado ustedes en Obninsk, en Kozelsk, en Bolhov? —vuelve a preguntarme—. ¿Han luchado en todos esos lugares?

–Sin tregua ni descanso: apenas quedamos veinte combatientes de toda una compañía. Ahora nos han adscrito a este grupo operativo.

El oficial hace un saludo breve y desinflado, se sienta y el vehículo se marcha, dejando tras de sí una estela más de lancha que de coche.

Alcanzamos un pueblo devastado. La mayoría de las casas han ardido y muchos civiles acampan en la calle con los bultos, muebles e iconos rescatados del fuego. Contemplan nuestra llegada mujeres envueltas en ropones oscuros, niños de ojos inflamados y viejos secos y consumidos. Junto al cráter oscuro de un obús hay un amasijo de cadáveres calcinados con los miembros rígidos y las manos crispadas.

La columna se rompe y nos asignan sectores donde apostarnos, defensas que preparar. Las voces de mando vienen acompañadas de empujones, de juramentos y ceños fruncidos que hacen aumentar nuestro malhumor. El cansancio extremo y el desaliento son un caldo de cultivo para la irritación, para la brutalidad más arbitraria.

Localizamos una casucha donde resguardarnos. Estamos sucios de barro, empapados y hambrientos; tenemos un aspecto horrible, llenos de piojos y comidos por las pulgas, pero se agradece un techo y un amparo; y la sopa caliente, aunque no sea más que agua con pan migado. Nos acomodamos en la estancia de cualquier forma, arrimados a las paredes, tirados en petates o abatidos en el mismo suelo. Con lo que sea encendemos una hoguera para secar la ropa y desquitarnos del frío acumulado que cargamos. Mientras comemos el rancho miserable, la noche se nos echa encima y la oscuridad oculta por unas horas el espeluznante panorama.

Pero el horror no descansa.

Historias del cole

 

El elenco de profesores con que me encontré a lo largo de mis años de estudios en el “Virgen del Mar” no tenía desperdicio. La mayoría eran hombres mayores, oficiales en la reserva que, rondando la jubilación, habían encontrado una manera de sacarse un sobresueldo, o civiles que habían hecho carrera en el colegio y dado clases a los padres de mis compañeros. De todos ellos, el más que me sorprendió el primer año fue el de matemáticas, el Tuerto. Le habían puesto ese mote porque era, efectivamente, tuerto. Tenía un ojo de vidrio en sustitución del que perdió. Este profesor tenía la costumbre de dejarnos solos durante las clases mientras él se iba a la cafetería a echarse unos chatos con otros compañeros. Pero para que no se desmandase el grupo, dejaba el ojo de vidrio encima de la mesa y nos decía a todos que él, es decir, el ojo, vigilaba en su ausencia. El primer día que lo hizo lo tomamos todos a broma y se armó un escándalo de mil diablos. Hasta se pusieron dos a jugar con el ojo y pasárselo de uno a otro.

Al regresar el Tuerto, estábamos aún alborotados. Con mucha calma entró en el aula, esperó a que nos calmáramos y sentáramos, recogió el ojo de vidrio, limpiándolo con mucho cariño: le echaba vaho y lo frotaba con un pañuelo antes de introducirlo en la cuenca vacía. Entonces pareció como si una visión lo poseyera: nos miró a todos con fijeza y empezó a nombrar a los más alborotadores, sin equivocarse en ninguno. Los llamó a la pizarra y les dio a cada uno un reglazo en las puntas de los dedos puestas en piñón. Dejó para el final a los dos que habían estado jugando con el ojo de vidrio, a los que recetó un castigo ejemplar: los cogió por el cuello e hizo entrechocar sendas cabezas varias veces, con golpes sordos que hasta a mí me dolieron. A partir de aquel día, todos creímos a pies juntillas que el ojo del Tuerto veía por él. Incluso llegó a marcharse en alguna ocasión durante un examen dejando a su “compañero” que hiciera la vigilancia y no había quien se atreviera a copiar. Ni siquiera el Canario. Sin embargo, la táctica del Tuerto tuvo un trágico final.

Fue el año que llegó Callejas, un muchacho que tenía el diablo en el cuerpo. Callejas apareció casi al final del curso y no se creyó ni por un momento que el ojo del Tuerto viera. El primer día que nos dejó solos, nada más salir el profesor incitó a los demás a la sublevación y, ante la negativa general, organizó una muy personal escandalera, llegando al extremo de meterse el ojo en la boca y saborearlo como si se tratara de un caramelo de menta. Al volver el Tuerto y con su lentitud habitual, en parte causada por el exceso de chatos de vino, se colocó el ojo y tuvo la “visión” de lo sucedido: su dedo señaló inequívoco a Callejas, que se ganó una soberbia paliza. No obstante, Cote no se dio por enterado y siguió haciendo de las suyas, que no siempre el “ojo” descubría. Y se guardó la venganza para los últimos días. Estábamos ya en época de exámenes finales. Cuando salió el Tuerto, Callejas cogió el ojo y le aplicó, en la parte de atrás, que estaba un poco amarillenta, una gotita del pegamento que empleaban los mecánicos del taller de armas navales para pegar las piezas difíciles. Cuando el Tuerto volvió se puso el ojo sin darse cuenta del pegamento y aquello le provocó una infección que por poco lo mata. Aquella noche tuvieron que ingresarlo de urgencias en La Paz y le dieron un montón de puntos para lograr sacarle el ojo. Nadie dijo nunca quien había sido, porque para aquel entonces le teníamos más miedo a Callejas que a los castigos de padres y profesores. Pero a partir de entonces, el Tuerto no volvió a dejar el ojo sobre la mesa.

Hambre (y 2)

 

Un carraspeo a sus espaldas le recordó al húsar la presencia de sus soldados, un cuarteto de esperpentos enfundados en desgastados capotes. La huida, el hambre y la necesidad había destruido hacía semanas la marcialidad del ejército imperial. Nada quedaba de los gallardos uniformes, de los chalecos azules llenos de ribetes y brillantes botonaduras, de las botas de fieltro, de los morriones de lana, orgullo del cuerpo de caballería, ahora todo era descuido, trapos, remiendos y jirones de tela para calentar cada centímetro de humanidad.

Los soldados se acercaron a Des Moines y, como sincronizados por algún instinto elemental, bajaron todos a una las cabezas para apreciar el contenido de la olla. Sobre la superficie del caldo se había formado una telilla opaca que cubría promontorios prometedores. El húsar calculó con avaricia el contenido del recipiente, después se acercó a la mujer, que lo miraba horrorizada, fijos en los suyos sus ojos descoloridos, y le quitó el cucharón con un tirón firme. Lo lanzó hacia atrás y procedió a quitarles las escudillas a los niños.

Entonces la madre saltó sobre Des Moines gritando y golpeándolo para separarlo de los pequeños. La violencia e imprevisibilidad de su acción sorprendió a todos y estuvo a punto de derramar el caldo de las escudillas. El húsar forcejeó con ella durante unos momentos. Pese a su cuerpo consumido, la mujer tenía una fuerza inusitada, se movía con agilidad y destreza y no fue posible dominarla hasta que un soldado la golpeó con la culata de su fusil. Cayó al suelo desmañada y, como si la violenta acción hubiera consumido sus últimas fuerzas, allí permaneció inmóvil y quejosa, consolada por sus hijos, que se habían sentado a su vera y la abrazaban mientras Des Moines y los suyos daban cuenta de la sopa que, aunque clara y casi fría, era un caldo sabroso y nutritivo, con suculentos tropezones de carne nadando en él.

Al finalizar la última cucharada, los hombres se levantaron del suelo, recogieron sus fusiles y procedieron a explorar minuciosamente la casa en busca de la oculta despensa donde, sin duda, habían de guardarse más provisiones. La familia no se había movido del sitio. Ninguno de ellos pareció reaccionar al registro de la casa, ni siquiera darse cuenta, y continuaron abrazados en silencio en un rincón de la estancia.

Al poco, uno de los soldados apareció en el vano oscuro de una puerta con el rostro pálido y desencajado, convocando por gestos a los demás. Siguiéndolo, bajaron todos a un sótano gélido y débilmente iluminado. Al fondo, en el recodo más lóbrego y alejado, había un ataúd de madera cerrado y vuelto a desclavar en cuyo interior reposaba el cadáver congelado y parcialmente descuartizado de otro niño. A pesar de la terrible campaña que llevaban a cuestas y de los horrores vividos, no estaban preparados para lo que acababan de ver. Des Moines sintió una súbita repugnancia y un espasmo de náusea que lo hizo vomitar la comida ingerida.

Cuando volvieron arriba, no había rastro de la mujer ni de los niños. Los soldados, asqueados por el hallazgo, querían perseguirlos y ahorcar a la mujer, pero Des Moines se negó y salió afuera arrastrando consigo su frío, su ayuno y su estupor.

−¿Quiénes somos nosotros –les preguntó– para juzgar a una madre?

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