La casa verde (Mario Vargas Llosa)

Ahora que ha recibido el premio nobel es un buen momento para acordarse de esta novela, no sólo la mejor del autor, en mi humilde opinión, claro, sino una de las mejores novelas de la literatura castellana. Un puzzle desordenado y magistral donde una multitud de personajes nos cuentan historias cruzadas en el tiempo y en el espacio, donde, por cruzarse, hasta se cruzan las conversaciones. Uno, en un principio, se siente perdido en medio de esa selva de piezas y personajes, de espacios, ambientes y tiempos, sin saber adónde mirar ni a qué hilo aferrarse para poder seguir las distintas tramas, hasta que te empiezas a ubicar, a identificar a cada cual, a la Selvática, a Fushía, a los inconquistbles, a Lituma, etc., y a disfrutar de la escritura.

Sólo me embrocaba a llorar

“Me llamo Rufina Amaya, nací en el cantón La Guacamaya, del caserío El Mozote. El once de diciembre del año 1981 llegaron una gran cantidad de soldados del ejército. Entraron como a las seis de la tarde y nos encerraron. A otros los sacaron de las casas y los tendieron en las calles boca abajo, incluso a los niños, y les quitaron todo: los collares, el dinero. A las siete de la noche nos volvieron a sacar y comenzaron a matar a algunas personas. A las cinco de la mañana pusiseron en la plaza una fila de mujeres y otra de hombres, frente a la casa de Alfredo Márquez. Así nos tuvieron en la calle hasta las siete. Los niños lloraban de hambre y de frío porque no andábamos con qué cobijarnos…”

Así comienza el testimonio de Rufina Amaya, sobreviviente de la masacre de El Mozote, recogida en el libro “Luciérnagas en El Mozote”, escrito por Mark Donner y Carlos Enríquez Consalvi, Ediciones Museo de la palabra, 1996.

Lo mejor para el patrón

Niña Francisca Chicas, de Ita-Maura, 1994

Cuando yo estaba pequeña, mi papá trabajaba sólo para el patrón. La manzana de tierra para la milpa vaía 30 colones y si uno no tenía dinero tenía que dar la mitad de la cosecha o, en veces, más. Lo mejor del maíz, o sea las mazorcas más grandes, hasta completar dos anegas de maíz. Una anega hace 800 mazorcas de maíz. De allí tenía que dar anega y media de maicillo y doce días de compromiso, de sol a sol.
En los días de compromiso era de cercar y desyerbar. Y no lo dejaban que hicieran lo de uno primero sino que precisaba más lo del patrón. Y le decían que si no iban a hacer los días, no le volvían a dar para la milpa. Y le repartían la tierra en los cerros, en lo más feo, donde había sólo zacate. El patrón hacía donde se podía arar.
En veces amanecíamos con una tortilla. Mi mámá la tostaba y nos daba un pedacito a cada uno porque éramos 6 hijos. Los dos ellos se quedaban sin comer.
Los días de compromiso no los pagaban. Solamente daban dos tiempos de comida, a lsa 8 y a las 12. Daban frijoles y un pedacito de queso. Y a veces la tortilla no ajustaba.
La gente comenzó a organizarse de uno en uno, al ver que ya no alcanzaba pra comprar de lo básico que se utilizaba en la casa.

Recopilado en “Tiempo de recordar y tiempo de contar”

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