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Archive for the ‘Textos breves’ Category

Resultado de imagen de camión congelado

Cuando Alexei Kolodin iba a encender una hoguera bajo el motor de su camión, para descongelarlo, la mano izquierda se le quedó adherida, por efecto del intenso frío, a una barra del chasis. Ha perdido un tiempo precioso renegando y recriminándose por el nefasto descuido, hasta que la cruda realidad se ha abierto camino en su conciencia: si no consigue prender la madera de inmediato, tendrá que arrancarse la mano. Literalmente.

Saca la caja de cerillas del bolsillo del anorak, se incorpora todo lo que la estrechez del espacio le permite y se la lleva a la boca. Con la lengua empuja el cajetín deslizante hasta medio recorrido. Los ojos apenas logran enfocar los fósforos y dirigir su mano derecha para coger uno; pero enfundada como está en la manopla, carece de la precisión necesaria para conseguirlo. Tiene que desprenderse de ella y descubrir también esta mano (la otra hace rato que la ha dado por perdida). Así logra coger un fósforo y, mordiendo firmemente la cajetilla, rascarlo en el costado. Los dos primeros los rompe. El tercero consigue prenderlo, pero se le apaga antes de acercarlo a la madera. Está demasiado lejos. Lo intenta varias veces, pero una brisa inestable le impide mantener encendidas las cerillas. Ha gastado la mitad de los fósforos sin conseguir acercar la llama ni siquiera a la mitad del recorrido. (más…)

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100.000 visitas

Este me de agosto de 2017 el blog “La otra literatura” ha alcanzado las 100.000 visitas. Una cifra como cualquier otra que además, y a juzgar por lo que se mueve en la red, no debe ser muy elevada para los años de andadura que lleva este blog. Pero es un cifra redonda y me brinda la oportunidad de dar las gracias a todas aquellas personas que a lo largo de estos años lo han seguido, leído, compartido o comentado.

Aunque la cultura en general, y la literatura en particular, no estén viviendo momentos de gloria en estos tiempos; aunque el dinero y la mercadotecnia pretendan circunscribirla a ámbitos y personas muy concretas; aunque los criterios empresariales pesen más que los artísticos, la cantidad frente a la calidad, la seguridad de lo conocido frente a la incertidumbre de lo por descubrir, la literatura sigue estando viva. Y no me refiero sólo a la que se vende en las grandes superficies, a los best sellers de las librerías de referencia nacional, a los autores consagrados, sino a esa “otra literatura” independiente, invisible para el mundo editorial, que se vende en plataformas digitales a precios más que asequibles, que se mueve en los blog, las web, instagram, facebook e incluso en los 140 caracteres de tuiter, esa que poco a poco va abriéndose un hueco “visible” en el mundo y haciendo comunidad. Gracias repito por leer, por escribir, por estar.

Os dejo, de paso, los links donde podéis encontrarme:

laotraliteratura.com

@JAC_alejandre

https://www.facebook.com/laotraliteratura

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Amante furtiva

A petición de un buen amigo, reblogueo esta entrada

La otra literatura

La fortuna es dama voluble y una noche después de las grandes calabazas que había recibido de mi cruel enamorada, me ocurrió un suceso tan sorprendente que tuvo la virtud de relegar mis pesares a un segundo término.

Al ocultarse el sol tras el horizonte como moneda echada en alcancía, y después de las oraciones, pláticas y diligencias de costumbre, extendí mi esterilla en el rincón habitual del barco y al poco tiempo dormía como los ángeles. Sin embargo, el ligero contacto de una mano sobre mi brazo me hizo abrir los ojos. Habíase ocultado la luna y la noche estaba tan oscura que no podía distinguirse un cuerpo a un palmo de distancia.

Aquella mano, tanteando a ciegas con voluntad acariciadora, fue subiendo por mi brazo hasta alcanzarme el rostro y yo, que me había mantenido inmóvil, simulando estar aún dormido, la atrapé con presteza al sentirla sobre la…

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cartel de la película de 1962

Cuando llegamos a Madrid, mi padre me matriculó en un colegio para hijos de marinos, que se llamaba Virgen del Mar. La filosofía del colegio pretendía recoger los principios de la famosa educación británica y trasladarla a tierras ibéricas, pero su equipo docente, formado por vejestorios y reservistas, no estaba en condiciones de aplicar más pedagogía que la del aburrimiento, el inmovilismo y la mano dura.

Sin embargo, el segundo año que estuve en el colegio, un rayo de modernidad penetró tanto en sus firmes y gruesos muros como en los anquilosados cerebros del director y su claustro. No sé si por voluntad propia o por imposición legal, aquel curso se organizaron unos talleres artísticos en horas extraescolares.

Yo me apunté al curso de cine. Nuestro profesor, don José Luis, pero llamadme sólo Jose, era estudiante de la escuela de arte dramático y había sido seleccionado en una dura pugna entre el resquemor que levantaba su juventud y el respeto que imponían los galones de su padre, que era contralmirante, y que, finalmente, acabaron imponiéndose. Aparte de este pequeño defecto, don José Luis me parecía un buen profesor. A lo largo del curso nos habló de lo que era el cine, de sus orígenes, de los distintos géneros, los recursos de los cineastas para lograr los efectos deseados, los movimientos de las cámaras, etc., etc. A mí todo aquello me parecía fascinante, acostumbrado, como estaba, a pensar que las películas se hacían poniendo un cristal delante de la realidad y filmando. La debilidad de Janfri, que así empezamos a llamarlo, era el cine negro, en especial las películas de su homónimo Humphrey Bogart, y nos animaba a ir al cine cada vez que pudiéramos, para comprobar y aplicar lo aprendido. Nos decía que para ver una película era menester ser objetivo, distanciarse del argumento y valorarla con ojos de profesional. A veces, nos recomendaba alguna en concreto (que el taller, por escasez de presupuesto, no podía proporcionar) y que después comentábamos en una especie de cine fórum arcaico. (más…)

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niña refugiada en el campamento de Mesa Grande, Honduras

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta. (más…)

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La aldea fue un pueblo en su día, y de cierta entidad, porque el casco urbano no es pequeño. Ahora quedarán diez o quince vecinos, viejos reviejos que toman el sol en sillas de anea mientras airean una y otra vez los mismos recuerdos. Aquí no hay alcalde y depende, administrativamente, de otro pueblo. El abandono se nota por todas partes: casas ruinosas, tejados caídos, huertos enmarañados, los huecos oscuros de puertas y ventanas que hace tiempo se pudrieron. La iglesia está cerrada a cal y canto. Hace años que no baja ningún padre a dar misa, me han dicho. En el huerto trasero hay un cementerio : árboles añosos, hiedras, zarzas, una alfombra de hojas muertas. Las tumbas están señaladas por herrumbrosas cruces de hierro o desmoronadas lápidas de piedra y, aún así, algunos ramos de flores, algunas cintas, desafían al olvido. Al fondo, en el rincón más umbrío, hay una lápida con una hornacina de cristal que guarda un libro. Un libro viejo, con la portada gastada por el sol y las inclemencias. No puedo evitar la tentación de abrirla, el candado roñoso no es obstáculo, y sacar el libro. Las páginas, húmedas y amarillentas, se desprenden al pasarlas. Busco el título: Vida y costumbres en Argentina, por un tal Ernesto Portales. La impresión es muy antigua, pero la fecha de edición es ilegible; sin embargo, más arriba puede leerse una dedicatoria: Con todo el cariño, te recuerda esta Navidad: Juan José. Diciembre de 1904.

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La fortuna es dama voluble y una noche después de las grandes calabazas que había recibido de mi cruel enamorada, me ocurrió un suceso tan sorprendente que tuvo la virtud de relegar mis pesares a un segundo término.

Al ocultarse el sol tras el horizonte como moneda echada en alcancía, y después de las oraciones, pláticas y diligencias de costumbre, extendí mi esterilla en el rincón habitual del barco y al poco tiempo dormía como los ángeles. Sin embargo, el ligero contacto de una mano sobre mi brazo me hizo abrir los ojos. Habíase ocultado la luna y la noche estaba tan oscura que no podía distinguirse un cuerpo a un palmo de distancia.

Aquella mano, tanteando a ciegas con voluntad acariciadora, fue subiendo por mi brazo hasta alcanzarme el rostro y yo, que me había mantenido inmóvil, simulando estar aún dormido, la atrapé con presteza al sentirla sobre la mejilla. Pero la otra mano se posó con suavidad sobre mis labios, imponiéndome silencio, y la mujer, pues de una mujer se trataba, se tendió a mi lado y pegó su cuerpo al mío.

Vestía la furtiva con una holgada sayuela de suave tejido, de las que emplean las mujeres para dormir, pero en cuanto estuvo a mi lado, se la recogió hasta la cintura con mucho desembarazo, dejando a merced de a mis caricias muchos palmos de piel desnuda.

Resultado de imagen de silueta furtiva en la oscuridad mujerA partir de ese momento ¿qué voy a decir que no deba callar un caballero? Baste confesar que me hallaba atrapado entre el deseo y la curiosidad, intentando descubrir con los ojos de las manos cuantos detalles pudiera conocer de la geografía de aquel cuerpo: la piel suave y sedosa, las caderas escurridas y firmes las nalgas, la espalda delgada, con el costillar a flor de piel, el pecho regular, ni tan generoso ni muy parvo, y el pelo liso y recogido con una diadema; mas la furtiva no me permitió palparle el rostro, ni tampoco estaba yo para insistir en tales menesteres cuando había otros más acuciantes que reclamaban mi atención. Sin proferir una sola palabra, procurando refrenar los jadeos, la mujer me montó con destreza de amazona y yo no pude evitar abandonarme a su rienda y dejarme llevar por el vaivén con que se movía, semejante a las olas de un mar turbulento, hasta perder toda noción del mundo más allá del propio goce corporal.

Al finalizar la juntura quedéme desmadejado sobre mi esterilla, con la respiración entrecortada y el corazón acelerado, momento que aprovechó ella para morderme con fuerza la oreja derecha, como quien marca una res de su propiedad, y escurrirse entre las sombras antes de que pudiese detenerla.

Cuando recuperé el aliento y volví a poner en marcha el engranaje del pensamiento, intenté adivinar quién sería la que con tanta discreción se había acercado a mi lecho. Mi corazón anhelaba que la visitante hubiera sido la señora de mis desvelos que, ganada por mis ardientes palabras, se hubiera abierto al amor. Pero, por más que lo deseara con toda el alma, la razón me decía que un cambio tan grande en tan breve tiempo no tenía fundamento que lo sustentara.

Mas, si no había sido ella, entonces quién: ¿una dama liviana en busca de pasajero entretenimiento?, ¿alguien que, sin yo saberlo, me debiera un favor? ¿O acaso se trataba de una apuesta entre busconas, donde el mordisco en la oreja sería la marca de la conquista?

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