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Archive for the ‘Textos breves’ Category

 

La fortuna es dama voluble y una noche después de las grandes calabazas que había recibido de mi cruel enamorada, me ocurrió un suceso tan sorprendente que tuvo la virtud de relegar mis pesares a un segundo término.

Al ocultarse el sol tras el horizonte como moneda echada en alcancía, y después de las oraciones, pláticas y diligencias de costumbre, extendí mi esterilla en el rincón habitual del barco y al poco tiempo dormía como los ángeles. Sin embargo, el ligero contacto de una mano sobre mi brazo me hizo abrir los ojos. Habíase ocultado la luna y la noche estaba tan oscura que no podía distinguirse un cuerpo a un palmo de distancia.

Aquella mano, tanteando a ciegas con voluntad acariciadora, fue subiendo por mi brazo hasta alcanzarme el rostro y yo, que me había mantenido inmóvil, simulando estar aún dormido, la atrapé con presteza al sentirla sobre la mejilla. Pero la otra mano se posó con suavidad sobre mis labios, imponiéndome silencio, y la mujer, pues de una mujer se trataba, se tendió a mi lado y pegó su cuerpo al mío.

Vestía la furtiva con una holgada sayuela de suave tejido, de las que emplean las mujeres para dormir, pero en cuanto estuvo a mi lado, se la recogió hasta la cintura con mucho desembarazo, dejando a merced de a mis caricias muchos palmos de piel desnuda.

Resultado de imagen de silueta furtiva en la oscuridad mujerA partir de ese momento ¿qué voy a decir que no deba callar un caballero? Baste confesar que me hallaba atrapado entre el deseo y la curiosidad, intentando descubrir con los ojos de las manos cuantos detalles pudiera conocer de la geografía de aquel cuerpo: la piel suave y sedosa, las caderas escurridas y firmes las nalgas, la espalda delgada, con el costillar a flor de piel, el pecho regular, ni tan generoso ni muy parvo, y el pelo liso y recogido con una diadema; mas la furtiva no me permitió palparle el rostro, ni tampoco estaba yo para insistir en tales menesteres cuando había otros más acuciantes que reclamaban mi atención. Sin proferir una sola palabra, procurando refrenar los jadeos, la mujer me montó con destreza de amazona y yo no pude evitar abandonarme a su rienda y dejarme llevar por el vaivén con que se movía, semejante a las olas de un mar turbulento, hasta perder toda noción del mundo más allá del propio goce corporal.

Al finalizar la juntura quedéme desmadejado sobre mi esterilla, con la respiración entrecortada y el corazón acelerado, momento que aprovechó ella para morderme con fuerza la oreja derecha, como quien marca una res de su propiedad, y escurrirse entre las sombras antes de que pudiese detenerla.

Cuando recuperé el aliento y volví a poner en marcha el engranaje del pensamiento, intenté adivinar quién sería la que con tanta discreción se había acercado a mi lecho. Mi corazón anhelaba que la visitante hubiera sido la señora de mis desvelos que, ganada por mis ardientes palabras, se hubiera abierto al amor. Pero, por más que lo deseara con toda el alma, la razón me decía que un cambio tan grande en tan breve tiempo no tenía fundamento que lo sustentara.

Mas, si no había sido ella, entonces quién: ¿una dama liviana en busca de pasajero entretenimiento?, ¿alguien que, sin yo saberlo, me debiera un favor? ¿O acaso se trataba de una apuesta entre busconas, donde el mordisco en la oreja sería la marca de la conquista?

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10:15 Dr. Zabala

El hombre llega al aeropuerto de Madrid Barajas en el vuelo 3006 de Iberia, procedente de San José, con un retraso de más de una hora sobre el horario previsto. A pesar de la contrariedad, sonríe mientras avanza por los largos corredores de la terminal. No necesita bajar a la sala de equipajes porque sólo lleva una pequeña maleta de cabina que arrastra tras de sí: ese tiempo que se ahorra. Tampoco lo hace perder la sonrisa la larga cola de acceso a la ventanilla de migración, que avanza con la lentitud de una tortuga mientras que, en otras filas, los ciudadanos de la Unión apenas esperan un par de minutos antes de ser atendidos. Por fin alcanza la ventanilla y, tras un somero interrogatorio en el que debe mostrar la reserva de un hotel por los días de estancia en el país, dinero suficiente y el billete de vuelta, le sellan el pasaporte y le permiten pasar.

10:17 don Benigno

Esta mañana no estaba en vena y se me ha resistido el damero, dice en voz alta el hombre mientras engancha el mosquetón de la correa en la argolla del collar, o es que el de hoy era más difícil, que también puede ser. Abre la puerta y sale al rellano de la escalera con el perro tirando de él. Tienes ganas, jodío. Baja los dos tramos de escalera apoyándose en el pasamanos –ya no es ningún chaval–, cruza el portal y sale a la calle. El buldog francés jala con fuerza, acera adelante, buscando el parquecito enarenado donde siempre hacen la primera parada, y le cuesta retenerlo. (más…)

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Entre tanta tarea como tengo, me ha salido una nueva ocupación que me llena más que otras: colaborar con un grupo de mujeres para documentar casos de niños perdidos durante la huida de su país. El asunto surgió espontáneamente, como surge casi todo por aquí, y como es un tema que, desde que supe de él, me ha interesado y me ha tocado el corazón, no me ha costado echar una mano.

Y en eso llevo trabajando desde hace unas semanas, aunque sea a ratos perdidos. Ya hemos documentado al menos once casos de desapariciones de niños, aunque algunos de ellos en realidad no fueran niños perdidos, sino “regalados”; es decir, que durante las largas huidas de la zona de conflicto la situación llegaba a ser tan dramática que hubo madres que dejaron a sus hijos en las casas que encontraron por el camino, con cualquier persona, porque de seguir con ellos seguramente morirían. De hecho, según me cuenta la gente, no es raro entre los campesinos la costumbre de “regalar” niños. Por ejemplo, si una mujer tiene muchos hijos y por el motivo que sea no puede cuidarlos a todos, “regala” uno a quien pueda hacerlo mejor que ella: a su hermana, su comadre, su tía o incluso a su propia madre, y a partir de ese momento el hijo es adoptado por esta madre de acogida, la llama mamá y actúa en todo momento como si de verdad lo fuera.

Pero como digo, eso son sólo unos pocos casos. En los demás, los niños se perdieron de verdad. De todos los que hemos documentado, hay uno que me ha llamado la atención, no porque fuese más terrible que los demás, sino porque la mujer hablaba de la pérdida de su chiquitín con un desconsuelo tal, mostraba una tristeza tan desoladora, que también a mí me dieron ganas de llorar. Dijo que se le perdió cuando cruzaban la frontera, hasta donde una tropa los había estado siguiendo y hostigando. Fue de repente: se le zafó un momento mientras corrían y ya no lo vio más. Y aunque examinó uno a uno los muertos por el ataque, y lo estuvo buscando durante más de una semana, arriesgándose incluso a separarse del grupo, no logró dar con él. Dijo también que un periodista que cubría la llegada de los refugiados le sacó una foto al niño antes de perderlo, que tal vez él tenga alguna información, pero que no sabe como contactarlo. En todo caso, le gustaría conseguir la foto.

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la-marrana1_cartel El otro día repusieron en TVE la película de José Luis Cuerda, “La Marrana”, con la participación de Antonio Resines, de un amplio elenco de viejos conocidos del cine español, algunos más brillantes, Agustín González, Manuel Alexandre, Fernando Rey, y otros menos, Cayetana Guillén Cuervo o el Gran Wyoming, que tiene un discreto papel (mejor así). Y con la participación estelar (pido disculpas por la repetición, pero el énfasis es necesario) de Alfredo Landa.
La película trata de un par de pícaros que, a finales del siglo XV, arrean una marrana camino de Portugal. Uno de ellos es un desertor que la ha apañado en algún lugar y el otro un excautivo de Túnez que se muere por meterle el diente. Y qué bien hace esto el amigo Landa, con unas miradas, unos suspiros y unos gestos y ademanes que sólo de verlos le entra hambre a uno. En fin, una película muy en el estilo de nuestro cine de ayer y hoy, con mucha ambientación histórica made in Spain, con castillos, calles y monasterios destrozados, ruinas ruinosas, harapos, mucha vida alegre en ventas y prostíbulos, y mucho pecho al descubierto (hay uno que, aunque no venga mucho a cuento en el guión, el cámara nos muestra en estático durante un par de minutos, recreándose en los detalles de su geografía lunar).
Pero lo mejor de la película son, sin duda, los diálogos, sobre todo los que corren a cargo del personaje que interpreta Alfredo Landa (¿casualidad?). No sé si serán cosecha propia del guionista o si estarán sacados de alguna obra de la época. El caso es que no tienen desperdicio, pues consiguen amalgamar, en difícil equilibrio, la picaresca con la sabiduría popular. De muestra, rescato dos: «Los hombres somos como el plomo y el oro, que una libra de uno pesa lo mismo que una libra del otro, pero no se les tiene el mismo aprecio». Y el otro: «Convéncete, hombre, el pobre siempre está en tierra ajena».

 

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piedra-angularHay un pequeño lugar envuelto en brumas, allá en el corazón más recóndito del lugar más secreto, no tiene nombre ni emplazamiento, es desconocido aún por la ciencia, la tecnología y, lo que es más extraño, también por el mercado. No lo busquéis, pues, en los libros de física, ni en los atlas de anatomía, ni en los cultivos de los laboratorios, ni en la Quinta Avenida, ni siquiera en el rincón del gourmet del Corte Inglés, porque es personal e intransferible. Y en ese lugar existe una piedra de rayo, diminuta, trasparente, de la dureza de la roca y en apariencia indestructible, pero con la fragilidad del diamante, sobre la que descansan, reunidos en un haz, todos los cimientos del ser. Si esa piedra se quiebra, la construcción se desmorona como una torre de palillos… y todo se viene abajo.

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La filosofía y la ficción se funden en la ‘línea de sombra’ del relato

Resultado de imagen de filosofia griega

Lisístrato de Tebas fue uno de los filósofos más peculiares de la antigüedad y, por desgracia, también uno de los más desconocidos, ya que ni siquiera Hernán Núñez de Toledo, patriarca de los helenistas hispanos, hace mención de él en su prolija Glosa sobre las Trezientas, donde enumera y clasifica a los filósofos clásicos desde Zalmoxis de Thracia hasta Apuleyo y Boecio.

De su vida apenas conocemos algunas circunstancias relevantes: se sabe que era originario de Tebas, que estudió junto a Platón en Atenas -aunque tal particular no está del todo documentado- y que posteriormente fue discípulo de Aristóteles, a quien acompañó en su periplo asiático con el joven Alejandro. De su muerte, sin embargo, no se tiene dato alguno.

En cuanto a su filosofía, consta que dejó por escrito parte de sus reflexiones, pero así como las de otros pensadores helenos han viajado con aceptable integridad durante los dos milenios que nos separan de ellos, el viento de la historia ha soplado, en cambio, con tanta fuerza sobre Lisístrato que ha desdibujado sus huellas hasta hacerlas casi desaparecer; y si alguna de sus ideas ha llegado hasta nuestros días es gracias a dos fuentes tan indirectas como dispares. (más…)

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¿Adónde vamos?

Resultado de imagen de sacerdotisaUnos seres adoran a un dios peligroso y ceñudo, hermanados en el sudor, genuflexos, humillados en el polvo; la sacerdotisa pone los ojos en blanco mientras es inundada por la luz del saber; hay un viejo agorero que escupe sobre la piedra los posos del vino y lee los símbolos invisibles de un futuro ya añejo, de un futuro que alguien cree, ¿adónde vamos?, pregunta, pero nadie responde.

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