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Archive for the ‘Textos breves’ Category

La aldea fue un pueblo en su día, y de cierta entidad, porque el casco urbano no es pequeño. Ahora quedarán diez o quince vecinos, viejos reviejos que toman el sol en sillas de anea mientras airean una y otra vez los mismos recuerdos. Aquí no hay alcalde y depende, administrativamente, de otro pueblo. El abandono se nota por todas partes: casas ruinosas, tejados caídos, huertos enmarañados, los huecos oscuros de puertas y ventanas que hace tiempo se pudrieron. La iglesia está cerrada a cal y canto. Hace años que no baja ningún padre a dar misa, me han dicho. En el huerto trasero hay un cementerio : árboles añosos, hiedras, zarzas, una alfombra de hojas muertas. Las tumbas están señaladas por herrumbrosas cruces de hierro o desmoronadas lápidas de piedra y, aún así, algunos ramos de flores, algunas cintas, desafían al olvido. Al fondo, en el rincón más umbrío, hay una lápida con una hornacina de cristal que guarda un libro. Un libro viejo, con la portada gastada por el sol y las inclemencias. No puedo evitar la tentación de abrirla, el candado roñoso no es obstáculo, y sacar el libro. Las páginas, húmedas y amarillentas, se desprenden al pasarlas. Busco el título: Vida y costumbres en Argentina, por un tal Ernesto Portales. La impresión es muy antigua, pero la fecha de edición es ilegible; sin embargo, más arriba puede leerse una dedicatoria: Con todo el cariño, te recuerda esta Navidad: Juan José. Diciembre de 1904.

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Cuando eres mercancía

CCO Foto Pixabay

Cuando un cliente te paga, se siente tu dueño, tu señor. Ha comprado un derecho de propiedad sobre ti, como puta, pero también como mujer, como persona. Sobre tus pensamientos, tus sentimientos, tus pasiones. Tienes que hacer lo que él desee, que bailes, que estés alegre, o cualquier cosa, aunque sea una inmundicia vergonzosa. Me dan miedo los clientes, por lo que puedan pedirme o lo que me quieran exigir. No hay cliente bueno, incluso el que parezca más humilde o más desgraciado. Hay quienes desean cosas pervertidas, obscenas, cosas inconfesables que no harían a sus esposas. Entonces las buscan en nosotras. Una vez fui donde un extranjero que me puso las esposas y, así maniatada, me golpeó con la mano abierta en la cara y en el cuerpo, me golpeó con el puño hasta que perdí el sentido. Después se tranquilizó y me pidió perdón: era como le gustaba hacerlo, me dijo, y se le escapaban las lágrimas. Así lloran los cocodrilos, pensé yo. Me pagó diez pesos, me dio también unas medicinas, pero los cardenales aún los llevo tatuados.

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Si pudieras

Dijo el jorobado: si pudieras hundir tus manos en mi carne, como lo hizo Tomás a través de la llaga, y tocar mi corazón, te quemarías. Dijo el ciego: si pudieras traspasar mis pupilas y zambullirte en ellas como en una laguna, su pureza te deslumbraría.

Pero en vano es soñar, porque la noche del alma no presagia una aurora.

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Tiene gracia

Tiene gracia: trabajas duro, te dejas la piel, te desesperas, haces todo lo posible para marcharte de esta ciudad y, cuando por fin se presenta la oportunidad, encuentras una razón para quedarte.

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Toda tú eras una orgía sangrienta. No sé por qué te ayudé. No lo sé: tantos disgustos que me ocasionaste después. Pero te curé con mis propias manos, las mismas de matar, desgarrando mis ropas a tiras para detener la hemorragia. Cayó un sol rojo aquella tarde, rojo por la sangre y dorado por el amor. Porque allí mismo te amé. Allí, más muerta que viva.

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Amanece un nuevo día. Un día más. Ha estado lloviendo toda la noche, pero los relevos para las guardias discurren con normalidad, sin sobresaltos ni zafarranchos. Un tímido sol se asoma entre nubes veloces y jirones de azul. Desde mi puesto de vigilancia alcanzo a ver el pueblo que tenemos enfrente, ocupado por el enemigo. Se ve el movimiento de alguna gente en las calles, los soldados están dentro de sus refugios y por las chimeneas de las casas salen columnas de humo blanco que dan a la escena un aire bucólico.

De repente, aleteando con torpeza junto a mí, veo una mariposa solitaria con las alas irisadas y brillantes. Quién sabe de dónde ha venido. Me quedo embobado, siguiéndola con los ojos mientras revolotea alrededor de unos arbustos sin hojas, zarandeándose alocada por las rachas de aire, hasta que se aleja llevando consigo el espejismo de la primavera. Su presencia me ha dejado pensativo: su rastro de belleza y fragilidad resulta incongruente con este lugar y esta guerra.

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La fortuna es dama voluble y una noche después de las grandes calabazas que había recibido de mi cruel enamorada, me ocurrió un suceso tan sorprendente que tuvo la virtud de relegar mis pesares a un segundo término.

Al ocultarse el sol tras el horizonte como moneda echada en alcancía, y después de las oraciones, pláticas y diligencias de costumbre, extendí mi esterilla en el rincón habitual del barco y al poco tiempo dormía como los ángeles. Sin embargo, el ligero contacto de una mano sobre mi brazo me hizo abrir los ojos. Habíase ocultado la luna y la noche estaba tan oscura que no podía distinguirse un cuerpo a un palmo de distancia.

Aquella mano, tanteando a ciegas con voluntad acariciadora, fue subiendo por mi brazo hasta alcanzarme el rostro y yo, que me había mantenido inmóvil, simulando estar aún dormido, la atrapé con presteza al sentirla sobre la mejilla. Pero la otra mano se posó con suavidad sobre mis labios, imponiéndome silencio, y la mujer, pues de una mujer se trataba, se tendió a mi lado y pegó su cuerpo al mío.

Vestía la furtiva con una holgada sayuela de suave tejido, de las que emplean las mujeres para dormir, pero en cuanto estuvo a mi lado, se la recogió hasta la cintura con mucho desembarazo, dejando a merced de a mis caricias muchos palmos de piel desnuda.

Resultado de imagen de silueta furtiva en la oscuridad mujerA partir de ese momento ¿qué voy a decir que no deba callar un caballero? Baste confesar que me hallaba atrapado entre el deseo y la curiosidad, intentando descubrir con los ojos de las manos cuantos detalles pudiera conocer de la geografía de aquel cuerpo: la piel suave y sedosa, las caderas escurridas y firmes las nalgas, la espalda delgada, con el costillar a flor de piel, el pecho regular, ni tan generoso ni muy parvo, y el pelo liso y recogido con una diadema; mas la furtiva no me permitió palparle el rostro, ni tampoco estaba yo para insistir en tales menesteres cuando había otros más acuciantes que reclamaban mi atención. Sin proferir una sola palabra, procurando refrenar los jadeos, la mujer me montó con destreza de amazona y yo no pude evitar abandonarme a su rienda y dejarme llevar por el vaivén con que se movía, semejante a las olas de un mar turbulento, hasta perder toda noción del mundo más allá del propio goce corporal.

Al finalizar la juntura quedéme desmadejado sobre mi esterilla, con la respiración entrecortada y el corazón acelerado, momento que aprovechó ella para morderme con fuerza la oreja derecha, como quien marca una res de su propiedad, y escurrirse entre las sombras antes de que pudiese detenerla.

Cuando recuperé el aliento y volví a poner en marcha el engranaje del pensamiento, intenté adivinar quién sería la que con tanta discreción se había acercado a mi lecho. Mi corazón anhelaba que la visitante hubiera sido la señora de mis desvelos que, ganada por mis ardientes palabras, se hubiera abierto al amor. Pero, por más que lo deseara con toda el alma, la razón me decía que un cambio tan grande en tan breve tiempo no tenía fundamento que lo sustentara.

Mas, si no había sido ella, entonces quién: ¿una dama liviana en busca de pasajero entretenimiento?, ¿alguien que, sin yo saberlo, me debiera un favor? ¿O acaso se trataba de una apuesta entre busconas, donde el mordisco en la oreja sería la marca de la conquista?

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