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Archive for the ‘Textos breves’ Category

Míchel se convirtió pronto en mi mejor amigo. Ambos teníamos la misma edad y nos compenetrábamos bastante bien en casi todas las cosas. No le gustaban las discusiones estériles ni era de los más se aprovechaban de los pequeños. Era el capitán del equipo y uno de los más antiguos en los Bloques y, por tanto, el líder indiscutible. Para cualquier juego que realizáramos, era siempre de los que disponían y, sin su aquiescencia y participación, era difícil ponerse de acuerdo para nada. Cuando Míchel se sentaba, aburrido de un juego, aunque no dijera nada a los demás, era poco lo que tardaba en deshacerse el grupo para ir a sentarse donde él estaba. Cuando jugábamos al fútbol, nos gustaba coincidir en el mismo equipo y, si no podía ser, éramos los encargados de elegir a los jugadores.

Tenía un montón de hermanos y hermanas que vivían casi amontonados porque, al ser su padre sargento de máquinas, el piso que les correspondía era de los más pequeños. Con frecuencia me invitaba a su casa. Las primeras veces fue para hacer la alineación del equipo, pero después, como él era un mal estudiante, iba allí con la excusa de ayudarlo a estudiar matemáticas. El caso es que mis visitas se convirtieron en una práctica corriente, habida cuenta de que en su casa me veían como una buena influencia para él. Nos encerrábamos para estudiar en su habitación, un cuarto pequeño que compartía con su hermano Furia, con una litera y un pequeño escritorio, pero al cabo de unos minutos los libros quedaban relegados al olvido y nos poníamos a charlar de un montón de cosas. Y así se nos pasaban las horas, charla que te charla, y sin apenas estudiar. (más…)

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Por ser montañosa, estaba la tierra más lejos de lo que pensábamos y nos llevó todo aquel día alcanzarla. Y una vez en ella, seguimos en paralelo a la costa, que corría en la orientación sureste noroeste, buscando una bahía o ensenada que ofreciese buen puerto. Se veían algunos ríos y una manigua espesa, de un verde profundo, que llegaba hasta la misma orilla y por sobre de ella aparecían algunas columnas de humo. Al cabo de unas horas hallamos un lugar que pareció propicio para surgir y se botó la chalupa con algunos marineros para que lo comprobasen. (más…)

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Viajando por las sierras del interior de Nicaragua, el carro se me quedó tirado en un camino de cabras, lejos de cualquier lugar civilizado. Un campesino me indicó que más adelante vivía don Moisés, un señor que sabía de mecánica, y fui a buscarlo. Encontré su casa en un claro en la espesura, en medio de los cerros, una casa grande, desangelada, de ladrillo rojo. Don Moisés era un hombre alto y delgado, de pelo escaso, largo y algo colocho, que le daba aspecto de demiurgo. Le conté mi problema y accedió a ayudarme. (más…)

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Se me olvidaron las flores. Era el día tres de mayo, el día de la cruz, y había ido al pueblo a traer gas para los candiles, baterías para el foco, otros volados para el parto. Y unas flores para adornar la cruz. Yo me fui con el hijo mayor, Chambita, que tenía once años, atenida a que estaba embarazada, que me dejarían pasar. Cuando venía de regreso me salió el escuadrón, en una casa que hay al final del pueblo, algo apartada, allí se habían puesto.
─A ver, la documentación. Qué llevás ahí, vos, enseña esa pichinga. Estas baterías son para la guerrilla.
─Para el parto son, por si me toca en la noche.
─Vos sos subversiva, un correo que lleva intendencia.
─No me digan eso, que yo ni sé lo que es.
─No te hagás la desentendida. Mirá, ayer capturamos a un baboso y lo guindamos de aquel palo de ceibo. Y hoy te toca a vos. (más…)

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No es fácil escribir esta carta. Le brincan a uno las ideas por la sesera y no hay como ordenarlas con criterio. Me he refugiado en la terraza, que a esta hora de la noche está tranquila y en silencio, a ver si aquí logro concentrarme. Ya van dos días que llevo demorando la tarea y de hoy no puede pasar, aunque me dé la madrugada o se le agote el gas a la lámpara. Aún está el papel en blanco, ni el bolígrafo he agarrado, sólo la cabeza apoyada en las manos y los ojos cerrados buscando la inspiración. Sí que es difícil escribir a alguien que ni siquiera conoces. Que no sabes quién es, qué relación tiene con ella ni por qué clase de lazos afectivos están unidos. Este hombre puede ser nomás un amigo suyo, su novio, su marido, su padre, bueno, su padre no porque tiene los apellidos diferentes. Y, joder –que Dios me perdone–, todavía es peor hacerlo en español. Pero no saber qué voy a decir, eso, eso es lo más difícil de todo.

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En la mañana neblinosa vaga una mujer, atraviesa el potrero y sale a la calle casi a la altura del puente. En la garita, dos soldados se frotan las manos, fuman y se ríen por lo bajito, sin ponerle cuidado a la mujer que chinea un tiernito. Cruza el puente sin que nadie le haga caso, y sube la calle y se aleja del río. Hace frío aún, y la neblina persiste hasta que sube la ladera y queda abajo la nube. Alguna gente en el camino la mira raro, sucia y desgreñada como va, desharrapada, churretosa, con la mirada perdida, y ella deja la calle y busca las veredas, el amparo de la montaña más frondosa. Cuando está sola le canturrea a la criatura que arropa bajo la camisa, la carita contra su cuello, la nuca hacia fuera. A veces le mete el pezón en la boquita, a la fuerza se lo mete, pero es que le duelen las chiches. No sabe dónde está, no sabe adónde va, no sabe quién es, pero no quiere que la gente la vea, prefiere esconderse, volverse furtiva. (más…)

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