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Archive for the ‘Textos breves’ Category

niña refugiada en el campamento de Mesa Grande, Honduras

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta. (más…)

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La aldea fue un pueblo en su día, y de cierta entidad, porque el casco urbano no es pequeño. Ahora quedarán diez o quince vecinos, viejos reviejos que toman el sol en sillas de anea mientras airean una y otra vez los mismos recuerdos. Aquí no hay alcalde y depende, administrativamente, de otro pueblo. El abandono se nota por todas partes: casas ruinosas, tejados caídos, huertos enmarañados, los huecos oscuros de puertas y ventanas que hace tiempo se pudrieron. La iglesia está cerrada a cal y canto. Hace años que no baja ningún padre a dar misa, me han dicho. En el huerto trasero hay un cementerio : árboles añosos, hiedras, zarzas, una alfombra de hojas muertas. Las tumbas están señaladas por herrumbrosas cruces de hierro o desmoronadas lápidas de piedra y, aún así, algunos ramos de flores, algunas cintas, desafían al olvido. Al fondo, en el rincón más umbrío, hay una lápida con una hornacina de cristal que guarda un libro. Un libro viejo, con la portada gastada por el sol y las inclemencias. No puedo evitar la tentación de abrirla, el candado roñoso no es obstáculo, y sacar el libro. Las páginas, húmedas y amarillentas, se desprenden al pasarlas. Busco el título: Vida y costumbres en Argentina, por un tal Ernesto Portales. La impresión es muy antigua, pero la fecha de edición es ilegible; sin embargo, más arriba puede leerse una dedicatoria: Con todo el cariño, te recuerda esta Navidad: Juan José. Diciembre de 1904.

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Cuando eres mercancía

CCO Foto Pixabay

Cuando un cliente te paga, se siente tu dueño, tu señor. Ha comprado un derecho de propiedad sobre ti, como puta, pero también como mujer, como persona. Sobre tus pensamientos, tus sentimientos, tus pasiones. Tienes que hacer lo que él desee, que bailes, que estés alegre, o cualquier cosa, aunque sea una inmundicia vergonzosa. Me dan miedo los clientes, por lo que puedan pedirme o lo que me quieran exigir. No hay cliente bueno, incluso el que parezca más humilde o más desgraciado. Hay quienes desean cosas pervertidas, obscenas, cosas inconfesables que no harían a sus esposas. Entonces las buscan en nosotras. Una vez fui donde un extranjero que me puso las esposas y, así maniatada, me golpeó con la mano abierta en la cara y en el cuerpo, me golpeó con el puño hasta que perdí el sentido. Después se tranquilizó y me pidió perdón: era como le gustaba hacerlo, me dijo, y se le escapaban las lágrimas. Así lloran los cocodrilos, pensé yo. Me pagó diez pesos, me dio también unas medicinas, pero los cardenales aún los llevo tatuados.

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Si pudieras

Dijo el jorobado: si pudieras hundir tus manos en mi carne, como lo hizo Tomás a través de la llaga, y tocar mi corazón, te quemarías. Dijo el ciego: si pudieras traspasar mis pupilas y zambullirte en ellas como en una laguna, su pureza te deslumbraría.

Pero en vano es soñar, porque la noche del alma no presagia una aurora.

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Tiene gracia

Tiene gracia: trabajas duro, te dejas la piel, te desesperas, haces todo lo posible para marcharte de esta ciudad y, cuando por fin se presenta la oportunidad, encuentras una razón para quedarte.

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Toda tú eras una orgía sangrienta. No sé por qué te ayudé. No lo sé: tantos disgustos que me ocasionaste después. Pero te curé con mis propias manos, las mismas de matar, desgarrando mis ropas a tiras para detener la hemorragia. Cayó un sol rojo aquella tarde, rojo por la sangre y dorado por el amor. Porque allí mismo te amé. Allí, más muerta que viva.

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Amanece un nuevo día. Un día más. Ha estado lloviendo toda la noche, pero los relevos para las guardias discurren con normalidad, sin sobresaltos ni zafarranchos. Un tímido sol se asoma entre nubes veloces y jirones de azul. Desde mi puesto de vigilancia alcanzo a ver el pueblo que tenemos enfrente, ocupado por el enemigo. Se ve el movimiento de alguna gente en las calles, los soldados están dentro de sus refugios y por las chimeneas de las casas salen columnas de humo blanco que dan a la escena un aire bucólico.

De repente, aleteando con torpeza junto a mí, veo una mariposa solitaria con las alas irisadas y brillantes. Quién sabe de dónde ha venido. Me quedo embobado, siguiéndola con los ojos mientras revolotea alrededor de unos arbustos sin hojas, zarandeándose alocada por las rachas de aire, hasta que se aleja llevando consigo el espejismo de la primavera. Su presencia me ha dejado pensativo: su rastro de belleza y fragilidad resulta incongruente con este lugar y esta guerra.

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