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Archive for the ‘Relatos centroamericanos’ Category

CUBIERTA_SEIS MIL LUNAS_2_CubierrtaSobre el telón de fondo de la revolución salvadoreña, ya pasada pero tan presente y pesada como una losa, Seis mil lunas nos muestra la particular memoria histórica, remota y reciente, de unos personajes estoicos y sufridos pero vitales que nos transmiten su indignación y su amargura sin renunciar a la esperanza, a la alegría ni al humor.
La atmósfera psicológica recreada, el paisaje humano y social, el protagonismo colectivo, la guerra, la pobreza crónica o la violencia contra las mujeres «permiten situar a Julio Alejandre en el ámbito literario del “realismo trágico”, que es la expresión que con menos palabras y mejor –dice Pedro Escobar en el prólogo– explica este libro».
Los catorce relatos que lo componen, premiados todos de ellos en diferentes certámenes nacionales e internacionales, están narrados con un lenguaje mestizo, fluido y llano, un castellano metamorfoseado que funde elementos literarios de ambas orillas del Atlántico.

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Se llamaba Chabelo. Quizá no le suene el nombre, señor letrado, ya se ve que es usted de fuera, una persona refinada, y no lo imagino entre sus amistades, que las tenía, y muchas, pues era un hombre popular. Pocos habrá en Santa Bárbara que no lo hayan conocido, y no siempre por cosas buenas, todo sea dicho. Chabelo era el seudónimo que le trabaron durante la guerra y, ahora que ha llegado la paz, la gente ha seguido llamándolo así, que su nombre verdadero, el de bautizo, nunca lo dijo; tampoco es que importe mucho, ¿verdad?, eso no va a cambiar las cosas. (más…)

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Dedicado a los jóvenes que estuvieron refugiados en los campamentos de Mesa Grande, Colomoncagua y San Antonio, en Honduras, y que, obligados a ser mayores, perdieron la juventud y a veces también la vida.
jóvenes salvadoreños refugiados en Mesa Grande

jóvenes salvadoreños refugiados en Mesa Grande

Tina fue la más pequeña de cinco hermanos y conserva escasos recuerdos de los años vividos en la casona de adobes de su padre, allá en la frontera norte de la pequeña república de El Salvador, en la América Central, y aún estos seguramente más infundidos que reales, de hecho apenas tiene evocaciones de los primeros días de la revolución, ni de su propio padre, que desapareció y seguramente murió, aunque nunca nadie encontrara el cuerpo. Tampoco recuerda cómo cruzaron el río hacia la hermana república de Honduras, su madre sola con los hijos, en medio de masas que huían, tal que ellos, de la barbarie de los operativos militares; ni cómo, en el término de unas pocas semanas, confinaron a los supervivientes en una mesa pelada, árida y sofocante custodiada por el ejército del país de acogida, que patrullaba los alrededores con la sana intención de evitarle todo contagio a la población colindante.

Así pues, se establecieron en un campamento de refugiados donde se alineaban tiendas y más tiendas de lona verde llenas de una humanidad doliente y desgarrada. Tina vivía en estado semisalvaje, una más entre la horda de inevitables criaturas que lo abarrotaban, aunque andando el tiempo tuvo la oportunidad de estudiar algunos grados elementales en el programa de educación que se puso en marcha y cuyo objetivo era, nada menos, que el de escolarizar a la numerosa población infantil y alfabetizar a los mayores. Las clases se impartían en escuelas esqueléticas y desnutridas, dotadas apenas con una pizarra apoyada en el tronco de un árbol y un círculo de piedras que se movía al ritmo de la sombra del propio árbol; había tal penuria de materiales que la tiza era más preciada que el café y las libretas debían borrarse una y otra vez para reutilizar sus páginas; y no era menor la precariedad del elemento humano, porque los maestros, o mejor dicho maestras, ya que mujeres eran la abrumadora mayoría, apenas habían estudiado hasta segundo o tercero de enseñanza elemental y sabían leer atragantándose, y escribir con torpeza, imagínense lo que sería para ellas el tener que transmitirlo.

En aquel entorno creció Tina, para quien el campamento se convirtió en su idea de lo que la vida es, y quizá nunca haya podido borrar de su mente el pensamiento de que el hogar es una tienda de lona, una clínica un galerón de madera y lámina, que el hacinamiento es consustancial al ser humano, la guerra es el estado natural de las cosas y la muerte un accidente corriente en el cada día. Allí, en el encierro, se le fue espigando el cuerpo, un cuerpo delgaducho y blanco, y al tiempo que se desarrollaban los atributos propios de su sexo también lo fueron haciendo las ideas y los valores que definen la identidad de cada cual, la suya en este caso, fuertemente marcada por el entorno y las circunstancias que le tocaban vivir, con un afilado sentido de la justicia y de la solidaridad. Tuvo que plantearse, y responderse, a singulares e incómodos porqués: ¿por qué vivían en un exilio custodiado y patrullado, en una frágil burbuja al margen de las leyes de los hombres y de las naciones?, ¿por qué no podían cruzar los límites indefinidos pero ciertos del campamento sin un permiso sellado por algún coronel de estado mayor?, ¿por qué ninguna nación soberana les ofrecía los servicios básicos que las declaraciones y convenios internacionales les reconocían a todos?

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familia salvadoreña frente a su casa

familia salvadoreña frente a su casa

Llegaron a media tarde, después del almuerzo, cuando ya estaban lavados los trastes, recogida la mesa y apenas si quedaban unas brasas mortecinas en el comal; eran muchos, muchos, más de cien. Entraron por el portón que da al camino bajo y se disgregaron por todo el huerto, dejaron sus mochilas en el suelo, en cualquier puesto: debajo de los aguacates, entre el cafetal, junto a los mangos, bajo unas matas de huerta, parapetados en el cerco de piedra.

Desde el corredor, la familia asistió a la invasión sistemática de la propiedad. Estaban puestos en fila: la madre, que tenía en sus brazos al más pequeño, y la hija mayor, que les daba las manos a sus dos hermanos menores, y los miraban en silencio, estáticos, observando y sintiéndose observados. Por fin, un grupo como de diez soldados se acercó a la casa y entró en el corredor. Pasaron junto a ellos sin un saludo, sin una explicación, como si fueran figuras de barro, se despojaron de sus mochilas y pertrechos y los dejaron en el suelo. (más…)

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La hermana Meri es mujer de porte otoñal, alta y delgada, con la tez clara y el pelo negro ceniciento recogido en un moño apretado que le estira la piel de la cara, por cuyos rasgos añejos parece no haber pasado nunca una sonrisa. Vive cerca de la iglesia, en un caserón de muros gruesos y techos altos, fresco hasta en los días más calientes, que tiene detrás un amplio corredor con varias pilas para el agua, un patio empedrado y una serie de alpendes más allá de los cuales el extenso huerto arbolado se prolonga en un baldío hasta la calle que va a El Volcán, ya casi en las afueras de Santa Bárbara.

La hermana Meri empezó a interesarse por el arte y los manejos de la hechicería de la mano de una hondureña a la que apodaban la Doña. Ella le enseñó que existían unas energías invisibles y poderosas en el universo, cuyo control requería estudio, práctica, tesón y, sobre todo, cierta calidad del espíritu que no estaba al alcance de cualquiera; le enseñó primero las magias más sencillas, como las que sirven para atrapar los pensamientos ansiosos; pero luego también otras más delicadas, como la mezcla de esencias para combatir los fríos del corazón; y de todas estas artes, le decía la Doña, unas son inofensivas y otras peligrosas, y la sabiduría más importante es aquella que ayuda a vencer la tentación de hacer maleficios cuyo propósito esté animado por el rencor o la ira. (más…)

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La Nacha iba ya preñada de su primer hijo aquella vez, aunque no se le echara de ver, cuando seguía con la mirada baja al mulo medio chúcaro que montaba Cleofas en dirección a su hogar, donde dio a luz aquel hijo y los ocho restantes que parió, año con año, unos medio vivos y otros medio muertos, hasta que se le agotaron las chiches y se le secaron las entrañas. Vivían de colonos en tierras de don Enrique Amaya, en una parcelita minúscula arrancada a golpes de piocha a la ladera del cerro, y cultivaban una o dos manzanas de milpa que gustosamente les cedía el hacendado en la parte más estéril y reseca de su heredad, a cambio de un tercio de la cosecha y de trabajarle veinte jornadas al año, veinte, de sol a sol.

El terreno donde Cleofas y sus hijos se fueron dejando el sudor y las energías a lo largo de los años, y también la piel, estaba recubierto por una alfombra de piedras negras y redondeadas que cayeron allí, según cuentan los ancianos, un día remoto en que se abrió el cielo y llovieron, para penitencia de los hombres, piedras. Aparte de la milpa, criaban en la casa algunas gallinas jaspeadas, unos jolotes cenicientos y uno que dos cuches de secano los años mejores.

Así pasaron los años, entre malos y peores, y la familia nunca salió de pobre, que la cobija no les ajustó ni siquiera para comprar el solar donde estaba la casa, y mucho menos un terreno propio donde cultivar. Los hijos crecieron desnutridos y harapientos, resecos como la tierra y duros como las piedras, con la tenacidad de la semilla que cayó en baldío. A la Nacha la fueron arrugando y encogiendo el trabajo y los hijos, los hijos y el trabajo, y a Cleofas le robó el sol el color del pelo, dejándoselo blanco como las hilachas del algodón; y las innumerables cargas de maíz, cantaradas de agua y sacos de abono que transportó por esos cerros, y los años, breves y duros, le doblaron la espalda y le humillaron la mirada.

(Este relato ha sido publicado en la antología de la V edición del concurso de relatos breves María Moliner)

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Nos fuimos con lo puesto. Los que tuvimos más suerte pudimos salvar apenas lo que cabe en un saco. No es mucho, verdad. Y aun así, vieran lo pesado que se llega a hacer. Cuando hubo que elegir las cosas, a la carrera, no fue fácil decidirse. Nunca se sabe lo que nos puede hacer falta. Yo me llevé un par de cobijas, algo de comida para el camino, un lío de cabulla, una mudada de ropa y la poquita plata que había juntado de la venta del último maíz. Volados útiles. Pero las cosas del corazón, las que sustentan los recuerdos, se quedaron botadas; no nos parecieron lo bastante importantes en aquel momento. Sólo después las echamos en falta, cuando ya hubimos puesto la vida a salvo.

Cuento completo en versión pdf: Aquí

Ha obtenido el primer premio en el V certamen nacional de relatos cortos Zenobia.

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