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Archive for the ‘Otros relatos’ Category

https://yonosoygente.files.wordpress.com/2014/07/yo-no-soy-gente-quien-tiene-un-peluquero-tiene-un-tesoro-historias-reales-mundo-surrealista-2-6.jpg?w=296&h=327Es una tarde desapacible y extraña en la ciudad. Hace bochorno y la tormenta, que desde hace horas viene amenazando con caer, únicamente deja escapar unos goterones escasos y pesados que ensucian los parabrisas de los coches aparcados, como si estuvieran cargados de barro en lugar de agua. Un viento caprichoso, que sopla a rachas, remueve el aire caliente y cargado de polvo, como puesto a cocer en una marmita, y asfixia a quienes se atreven a respirarlo.
Cruza la calle Amposta una mujer guapetona, vaqueros desgastados y camiseta escasa, y avanza pegada a las deprimentes fachadas de ladrillo de los edificios, que están sucias de pintadas y carteles viejos, descoloridos por el sol y ajados por la lluvia, en los que un Felipe sonriente pide el sí ciudadano. Camina deprisa, con la cabeza agachada, huyendo del agua, del polvo y de la basura que el viento arrastra y desplaza de un lado para otro. Llegando a la esquina con la avenida Simancas, empuja con fuerza la desvencijada cancela del portal y entra. El interior está oscuro, sucias las escaleras y las paredes mohosas y salpicadas de desconchones. En una puerta de la primera planta se ve un cartel escrito con rotulador grueso que dice: Peluquería Purina. La mujer abre la puerta, que está solo encajada, y entra.
¬–Qué tiempo más raro hace, parece de una película de ciencia ficción.
–Es su momento, ¿qué quieres?. Ventarrón, calor y tormenta. Nos quejamos de oficio. Después vendrá el frío, y también nos quejaremos. Con el tiempo nunca estamos conformes.
Pero Reme ya no la atendía. Estaba concentrada, frente al espejo, en arreglarse los mechones de pelo fino y enredado que se le habían escapado de la coleta, y en mirarse las pequeñas pero ciertas estrías que se iban apoderando de los alrededores de sus ojos, de las comisuras de la boca y de la frente ancha. Estiraba la piel con los dedos, regresándola a la tersura de hace una década. Finalmente, se quita el lazo elástico y, mesándose el pelo repetidas veces con ambas manos, vuelve a colocárselo. Observa a su hermana, que está atareada limpiando unos boles y paletas de aplicar tinte, y siente una punzada de remordimiento, débil, apenas una pellizquito inconcreto; y aún así, incómodo. Por eso pregunta:
–¿Todavía aquí? (más…)

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naufragio9El Mar del Norte está fondeado en la bahía, frente a la desembocadura de un gran río, muchas millas al sur de aquí. Sus viejas planchas de acero aguantan estoicas este severo sol tropical, añorando aguas más acordes con su nombre, mientras los troncos descomunales que transportará a su lejano destino bajan por el río en un lento pero constante goteo y serán izados a bordo y estibados en las bodegas en una espesa monotonía de interminables semanas. ¿Cuántos árboles derribados por la mano del hombre habrá transportado el barco y cuál no habrá sido nuestra contribución particular para que, en las coloreadas fotografías de satélite sobre esta región, el amarillo sustituya al verde? Me deprime plantearme estas preguntas toda vez que las respuestas desafían al espíritu más pesimista. Me deprimen también esas semanas vacías, sin más oficio que pasarlo acodado en la borda o sumergiéndome en la vida relajada del poblacho que parasita en la orilla. (más…)

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Firma del Armisticio de Compiègne, en un vagón de tren

No deja de sorprender la facilidad humana para divergir, la diversidad y disparidad de perspectivas desde las que se puede considerar un mismo suceso, especialmente cuando hay una guerra de por medio. Sirva de ilustración un hecho acaecido el once de noviembre de 1914.

Ese día, en un vagón de ferrocarril estacionado en el bosque de Rethondes, muy cerca de Compiegne, la delegación alemana presidida por Erzberger se rendía ante el mariscal Foch, general en jefe de los ejércitos aliados. La firma del armisticio que ponía fin a la Gran Guerra tuvo lugar a las cinco de la madrugada. No obstante, con objeto de dar un margen de tiempo para informar a todas las unidades o por el capricho de redondear una fecha tan singular: once del once, se acordó que hasta las once de la mañana no sería efectivo el alto el fuego. (más…)

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Mary Hammond nació en el seno de una familia presbiteriana, en una granja en las afueras  de Saskatoon, Saskatchewan, y recibió, en consecuencia, una educación fundada en rígidos principios morales y en la lectura cotidiana de las Sagradas Escrituras. Sus padres habrían deseado que se dedicara a la teología, pero lo que despertaron en ella los relatos bíblicos fue el interés por las gentes y lugares mencionadas en el Libro. A menudo se preguntaba cómo sería el pueblo de Nod, del que hablaba el Génesis, los amoritas del libro de Josué o los filisteos a quienes derrotó el rey David. Así, al finalizar el high school, se matriculó en la universidad de Manitoba, Winnipeg, para estudiar antropología. Demostró ser una alumna aplicada, con clara vocación profesional y finalizó la carrera con excelentes calificaciones. Le interesaban especialmente las investigaciones sobre el terreno y, al graduarse, se trasladó a la selva Lacandona para realizar su doctorado sobre la etnia celtal de los mayas. Los pueblos, pensaba, debían ser examinados desde dentro, conviviendo con ellos para conocer sus costumbres, sus mitos, sus prácticas religiosas, su organización familiar y comprender, en fin, la totalidad de su cultura.antropologa (más…)

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En uno de aquellos viajes, por boca de un militar colonial francés, oyó hablar por primera vez de dos pueblos que habitan la región de los montes Far. Recluidos en una faja de territorio abrupto y árido, entre las montañas y el desierto, los zagríes y los harath estaban considerados dos ramas divergentes de una de las razas originales que poblaron la tierra, descendientes directos de la Eva primigenia.

−Según reza una leyenda −le explicó el francés−, los primeros, de carácter más sedentario, son un pueblo honorable y recto, orgullosos de mantener siempre la palabra dada; los otros, sin embargo, zíngaros por naturaleza, tienen fama de alevosos e indignos de confianza.

La antropóloga sintió una fascinación inmediata por estos pueblos, interesándose vivamente por su historia y su cultura, aunque poco fue lo que pudo descubrir escudriñando en archivos y bibliotecas, salvo que estaban organizados en clanes muy dispersos y que su localización era difícil. Se tomó, por tanto, unos meses de descanso sabático para estudiarlos directamente e intentar desentrañar el por qué de tan extraña leyenda. (más…)

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Miss Hammond estuvo hospedada en una casa con ventanas estrechas y alargadas como aspilleras, poco iluminada pero fresca durante el día y cálida por la noche, al cuidado de unas mujeres serviciales y alegres, con una elegancia natural que la dejó impresionada y que cotorreaban sin mesura en un lenguaje barroco, musical y susurrado.
La mujer iba recuperándose deprisa, pero pasaban los días y las semanas y no tenía ganas de abandonar el lugar y seguir buscando otros poblados. Desprovista de su habitual vitalidad, se sentía invadida por una languidez embriagadora, inusual en ella, con ánimo sólo para observar las costumbres locales, la manera como desgranaban el mijo y lo machacaban en molinos artesanales, la forma como se vestían, la escasez de hombres o la estructura matrilineal de las familias, aunque el gran desconocimiento del idioma la hacía dudar de algunas de sus observaciones y la tenía sumida en un limbo de incomunicación. (más…)

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Tim F. Crouse, profesor de historia antigua de la University of Manitoba, Winnipeg, había reservado aquel veintitrés de abril, día del libro, para pasarlo en casa, no con el afán de evadir una jornada lectiva como cualquier otra, pese a lo señalado de la fecha, sino para dedicarse a la tediosa tarea de corregir las tesinas realizadas por los alumnos no presenciales del máster de investigación histórica y cuya lectura y evaluación se habían venido repartiendo a escote, desde hacía años, entre los cuatro colegas del departamento. Este tipo de alumnos resultaban especialmente heterogéneos y, aunque la mayoría solían presentar trabajos superficiales y vacíos de contenido, cuando no evidentes plagios de trabajos anteriores o copias fidelísimas bajadas directamente de la red, a veces aparecían estudios sólidos e interesantes e incluso alguna que otra joya de la investigación histórica.

Entre los trabajos que revisó antes del almuerzo, únicamente uno, dedicado a Trasímaco, el sofista que pretendió desenmascarar los intereses de la justicia, le mereció la calificación de aprobado. Por la tarde y hasta la hora de la cena no encontró pasable más que la primera parte de un breve ensayo sobre la influencia carolingia en los reinos germánicos; pero después del break gastronómico no leyó una sola página de interés hasta que, cerca ya de las nueve de la tarde, más agotado por el tedio y el cansancio que aliviado por la proximidad del final de su tarea, acometió la lectura del último estudio, titulado “Aníbal, el gran desconocido”, por Helen Y. Wozniak.

Detalle del busto de Aníbal Barca

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