Feeds:
Comentarios

Archive for the ‘Microrrerlatos’ Category

Desde el mismo día de su nacimiento, Carmela inició una particular relación con la muerte, ya que la tarde en que ella nació se mató Juanita, la criada. La historia la había oído contar tantas veces que casi podría asegurar haberla vivido en primera persona.

Aquel verano lo pasaba la familia en el pueblo de Pajareras, en la vieja casa familiar de los abuelos. A su madre le quedaban unos días para salir de cuentas y andaban todos nerviosos a causa de su estado. El mes de julio estaba siendo caluroso, el sol recalentaba las paredes encaladas, las tejas de la cubierta y las piedras del patio, una flama asfixiante se colaba por los resquicios de las persianas acorralando al aire fresco de las habitaciones y su madre había caído en un preocupante estado de languidez. Se pasaba las horas sentada en una butaca de mimbre que había en el comedor, con las piernas en alto y dándose aire con un abanico de filigrana que le había prestado su suegra. (más…)

Anuncios

Read Full Post »

Para herir, pocas palabras bastan. Con ellas se absuelve y se condena, se enaltece y se rebaja, se agravia, se perdona, se premia, se humilla, se deshonra, se burla y se desprecia; tienen el poder de elevarte al cielo o de hundirte en el infierno.

Y unas pocas, muy pocas, me hundieron en él.

Read Full Post »

Otra guerra

La acompañó a la casa y entró detrás de ella. Afuera quedaba la guerra. Dentro, las luces apagadas, su proximidad, el perfume dulzón y obstinado, le producían un vértigo desconocido, una languidez placentera. Ella lo besó, multiplicando las caricias, abrazada a él como guía que se enreda en las ramas, desnudándolo, desnudándose. El cuarto daba vueltas como un tiovivo de feria. Ella se deslizó entre las sábanas y lo reclamó con una mano imperiosa, pero él se retuvo, de pie frente al viejo camastrón. La mujer lo observó con ojos enormemente abiertos, sorprendidos primero y chispeantes después; alargó el brazo y lo tomó de la mano con cálida presión. «¿Eres virgen acaso?», preguntó mirándolo a la cara. Él se envaró ante la pregunta: «He vivido en el peor de los infiernos». «Sí, pero ¿has hecho el amor con una mujer?». «He matado a siete hombres cara a cara, he vencido a dragones y me he comido su corazón». La penumbra cómplice delimitaba un espacio de sombras densas y siluetas palpitantes. «Esta es otra guerra, le dijo ella, arrastrándolo a su lado con firmeza, donde también se muere».

Read Full Post »

¿Qué hacemos?

Una calma engañosa ha invadido el frente, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo para darnos una tregua. Después de tantos combates sin interrupción, de tantas calamidades, por fin podemos disfrutar de un día de respiro y una comida tranquila. Tan poca cosa ayuda a levantar el espíritu. Las charlas son más animadas y los rostros reflejan un optimismo que hace tiempo no se veía.

Por la tarde descubrimos en una enramada, oculto entre la paja, a un soldado enemigo. Por gestos, nos indica que ha huido y está tratando de desertar. Es un muchacho delgaducho y pálido, con el pelo amarillo y unos ojos de un gris desteñido que nos observan con terror. Lo registramos y, como no lleva armamento ninguno, dejo de encañonarlo. Enciendo un pitillo y se lo paso. Mi gesto le ha devuelto un poco de aplomo y se permite esbozar una sonrisa, aunque mantiene una reserva desconfiada. Su uniforme no es mejor que el nuestro ni está menos sucio ni menos harapiento, y parece tan agotado y famélico como el que más.

–¿Qué hacemos con él?, pregunta un compañero.

Me desconcierta la pregunta tan simple, lanzada con una indiferencia que no parece encerrar, en su ambigüedad, aristas tan tenebrosas. ¿Qué hacemos? ¿Le damos otro cigarrillo, lo degollamos? Hay algo bestial dentro de nosotros. ¿Tan profundamente hemos enterrado la humanidad?

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: