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Archive for the ‘Producción literaria’ Category

Al otro lado de la campana de cristal en que vivimos, la lluvia arreciaba. Al verdugo se le mojaba la delgada camisa, desgastada por mil lavados, los jirones de pantalón, las botas de medio uso. El delator aprovechó que el agua le domaba el pelo para peinárselo someramente con los dedos. Ya dentro del hoyo, se quitó un ajado crucifijo de caña que llevaba al cuello y lo colocó sobre la tierra del borde; a continuación, se desabrochó la camisa y se la lanzó al verdugo, y lo mismo hizo con los pantalones: Te harán falta, le dijo, y no quiero que después vayas a registrar el cadáver. Estaba muy delgado y las costillas se le marcaban con fuerza en el pellejo tostado. Se quitó también las botas, que dejó al borde de la zanja, sin un temblor, sin un solo parpadeo, y se tendió casi desnudo en el fondo de la fosa. El verdugo recogió la ropa mojada y sucia, olorosa a sudor agrio, no mucho mejor que la suya, pero al menos entera.

Estaba de pie a un lado de la sepultura, empuñando el fusil con ambas manos, frente al valle que apenas distinguía tras la cortina de lluvia. Irremisiblemente mojado.

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Era noche cerrada. La vela que había encendido sobre la tapa del baúl, a la cabecera de la cama, se había consumido por completo y el pábilo había naufragado en un charco de cera reseca. Aguzó el oído y percibió múltiples ruidos. El contraerse de la chapa, el canto de un batallón de grillos, el croar de las ranas y el sonido del viento eran como un rumor de fondo. Pero había otros ruidos más cercanos, inquietantes, goterones gruesos, pesados, que caían sobre el techo, el removerse de algún animal, unos resoplidos, un chillido, patitas que se movían nerviosas, que sonaban dentro de la estancia, junto a su camastro. El hombre buscó la lámpara que había dejado bajo la almohada y alumbró las paredes. El débil haz de luz, el círculo amarillento, apenas descubría las sombras grotescas de los objetos, los tablones, la estantería, la cómoda, el suelo. No había nada. Alumbró hacia el techo y vio dos grandes ratas oscuras que se movían por las costaneras que lo sostenían, las mantuvo iluminadas un rato, pero no hicieron caso, les chistó y tampoco, así que apagó el foco, se arropó con la cobija y trató de olvidar sus movimientos, sus patitas rascando la madera, y dormir.

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Cuando Alexei Kolodin iba a encender una hoguera bajo el motor de su camión, para descongelarlo, la mano izquierda se le quedó adherida, por efecto del intenso frío, a una barra del chasis. Ha perdido un tiempo precioso renegando y recriminándose por el nefasto descuido, hasta que la cruda realidad se ha abierto camino en su conciencia: si no consigue prender la madera de inmediato, tendrá que arrancarse la mano. Literalmente.

Saca la caja de cerillas del bolsillo del anorak, se incorpora todo lo que la estrechez del espacio le permite y se la lleva a la boca. Con la lengua empuja el cajetín deslizante hasta medio recorrido. Los ojos apenas logran enfocar los fósforos y dirigir su mano derecha para coger uno; pero enfundada como está en la manopla, carece de la precisión necesaria para conseguirlo. Tiene que desprenderse de ella y descubrir también esta mano (la otra hace rato que la ha dado por perdida). Así logra coger un fósforo y, mordiendo firmemente la cajetilla, rascarlo en el costado. Los dos primeros los rompe. El tercero consigue prenderlo, pero se le apaga antes de acercarlo a la madera. Está demasiado lejos. Lo intenta varias veces, pero una brisa inestable le impide mantener encendidas las cerillas. Ha gastado la mitad de los fósforos sin conseguir acercar la llama ni siquiera a la mitad del recorrido. (más…)

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100.000 visitas

Este me de agosto de 2017 el blog “La otra literatura” ha alcanzado las 100.000 visitas. Una cifra como cualquier otra que además, y a juzgar por lo que se mueve en la red, no debe ser muy elevada para los años de andadura que lleva este blog. Pero es un cifra redonda y me brinda la oportunidad de dar las gracias a todas aquellas personas que a lo largo de estos años lo han seguido, leído, compartido o comentado.

Aunque la cultura en general, y la literatura en particular, no estén viviendo momentos de gloria en estos tiempos; aunque el dinero y la mercadotecnia pretendan circunscribirla a ámbitos y personas muy concretas; aunque los criterios empresariales pesen más que los artísticos, la cantidad frente a la calidad, la seguridad de lo conocido frente a la incertidumbre de lo por descubrir, la literatura sigue estando viva. Y no me refiero sólo a la que se vende en las grandes superficies, a los best sellers de las librerías de referencia nacional, a los autores consagrados, sino a esa “otra literatura” independiente, invisible para el mundo editorial, que se vende en plataformas digitales a precios más que asequibles, que se mueve en los blog, las web, instagram, facebook e incluso en los 140 caracteres de tuiter, esa que poco a poco va abriéndose un hueco “visible” en el mundo y haciendo comunidad. Gracias repito por leer, por escribir, por estar.

Os dejo, de paso, los links donde podéis encontrarme:

laotraliteratura.com

@JAC_alejandre

https://www.facebook.com/laotraliteratura

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Amante furtiva

A petición de un buen amigo, reblogueo esta entrada

La otra literatura

La fortuna es dama voluble y una noche después de las grandes calabazas que había recibido de mi cruel enamorada, me ocurrió un suceso tan sorprendente que tuvo la virtud de relegar mis pesares a un segundo término.

Al ocultarse el sol tras el horizonte como moneda echada en alcancía, y después de las oraciones, pláticas y diligencias de costumbre, extendí mi esterilla en el rincón habitual del barco y al poco tiempo dormía como los ángeles. Sin embargo, el ligero contacto de una mano sobre mi brazo me hizo abrir los ojos. Habíase ocultado la luna y la noche estaba tan oscura que no podía distinguirse un cuerpo a un palmo de distancia.

Aquella mano, tanteando a ciegas con voluntad acariciadora, fue subiendo por mi brazo hasta alcanzarme el rostro y yo, que me había mantenido inmóvil, simulando estar aún dormido, la atrapé con presteza al sentirla sobre la…

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Me encontraba a la sazón en una taberna muy afamada que había en su puerto, de nombre Las cinco llagas, por donde pasaba lo peor de aquellas tierras: buscavidas, aventureros, mujeres de partido, huidos de la justicia, intrigantes y herejes de todas las Américas; aunque ahora ya no se llama así, pues el Santo Oficio no podía permitir que un lugar de perdición llevase tan sagrado nombre, y porfió hasta que se lo cambiaron. El caso es que llevaba varios días azotando aquellas costas la cola de un huracán y estaban todos los barcos recogidos en la ensenada, sin atreverse a asomar la nariz, y sus tripulaciones abarrotábamos los tugurios de la ciudad, para alegría de sus dueños y desgracia de nuestros bolsillos.

Era mediada la noche y la taberna estaba ya más tranquila, cada vez con menos clientes. Entre ellos me fijé en un marinero tuerto y viejo, con la piel más cuarteada que una charca reseca y la voz ronca por los muchos tragos de aguardiente que llevaba encima, que pugnaba con otros camaradas por entregarles, a cambio de unos maravedíes con que continuar bebiendo, una historiada maravilla que guardaba en su bolsa, por lo demás casi vacía. “¿Qué cosa esconde ahí que vale una ronda de buen vino?”, preguntaban sus acompañantes, que no estaban dispuestos a comprometer un ochavo por la patraña de un borracho. “Mostradla de una vez u olvidaos de seguir bebiendo a nuestras costillas”. Mas no quería ceder el tuerto y pedíales la gracia de refrescarse antes el gaznate con un cuartillo más de vino. “Tengan paciencia que luego les enseñaré el asunto”, les decía. Pero no logró convencerlos, ni mover su caridad, así que optó por sentarse en un rincón y conformarse con mirar las sombras que las llamas de las bujías dibujaban en las paredes.

Al rato fuese el grupo y quedamos en la taberna nada más que unos pocos parroquianos de lo más selecto, además del tuerto, que al pronto me pareció dormido, recostado sobre la mesa y resoplando como un asno. Pero o no dormía o al poco tiempo despertó, porque dio en acercarse al mostrador en demanda del vino cuyo pago habría de ser el saquete de cuero ajado y percudido que antes había ofrecido a los marineros.

Picado por la curiosidad, el tabernero le sirvió un cuartillo bien sobrado del vino más infame que tenía, que en su estado de embriaguez era necedad ofrecerle algo mejor. A cambio, el tuerto le entregó la bolsa, cuyo contenido el otro volcó en el mostrador. Sobre la oscura y maltratada madera bailaron nada más que unos cuantos huesos viejos y amarillentos que, en tiempos, debieron formar parte de alguna mano. El posadero se sintió burlado y al punto, cargado de justa cólera, echó mano a la jarra para retirarla de la tabla, cuando el tuerto le explicó que no era una simple mano. “Ah, no, ¿es acaso una reliquia santa?”, le preguntó el hombre. “No andáis tan desencaminado, mi buen señor: son los huesos de un camarada que sufrió  un martirio peor que el del apóstol San Juan”, le respondió el tuerto. El tabernero, que seguía desconfiando, no se dejó ablandar por tales razones, pero a mí me pudo la curiosidad, me levanté de mi silla y me acerqué a la barra.

−Dadle la jarra, buen tabernero –le dije, pagándole un precio más que sobrado por el vino, al tiempo que le pedía al marinero que continuase con sus historia. (más…)

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Antes de que la parca me lleve consigo de cualquiera de las infinitas formas y maneras en que sabe hacerlo, tócame coger la pluma y dar cuenta a su madre, si es que acaso aún vive, de la historia de su hijo Gabriel Martín.

Lo conocí en Veracruz. Apenas había cumplido yo los dieciséis años cuando me embarqué en una escuadra de cuatro barcos, fletada por banqueros alemanes, que pretendía ir a Cartagena de Indias y subir el río Magdalena en busca de las riquezas de El Dorado.

Yo viajaba de grumete en la Remilgada, una carabela de tres palos, algo vieja y calamitosa para navegar con el viento de cola, motivo por el que el viaje estuvo lleno de penurias y calamidades. La carabela, con todo el trapo desplegado, cabeceaba más de la cuenta y amenazaba con hundirse, de modo que nos fuimos retrasando del resto de navíos poco a poco. Una semana después de haber doblado la punta de Yucatán y perdido de vista la isla de las Mujeres, nos hallábamos solos en el anchuroso mar, pues ninguno de los otros navíos había querido esperarnos, temerosos de ser atacados por los corsarios franceses que infestaban aquellas aguas.

No nos quedó, por tanto, otro remedio que encomendarnos al Señor y navegar con poco trapo. Mas a perro flaco, todo son pulgas, y a la Remilgada que, salvando las distancias, algo tenía de perro flaco, un pequeño aguacero la dejó tan descuadernada que el capitán, para tratar de evitar una desgracia mayor, ordenó cambiar el rumbo y poner proa a La Habana, pese a la obstinada resistencia de la mayoría de la tripulación, que habían invertido en la jornada de El Dorado todos sus ahorros y puesto en ella muchas ilusiones.

Pero ante los hechos, de nada sirven lamentos. El casco de la carabela hacía agua a más y mejor, y todos los hombres útiles habíamos de servir en las bombas de achique en agotadores relevos. Para colmo de males, tuvimos días de calor y bochorno. El aire inmóvil pesaba como una columna de agua caliente y se hacía casi imposible de respirar. Con el calor y la sed, trabajar en las bombas de achique resultaba una tortura bárbara, que hombres hubo que se desvanecieron mientras bombeaban.

Yo tuve la mala suerte de caer en el turno de medianoche, el más incómodo de todos, pues obliga a partir el sueño en dos. Y a la misma bomba que yo asignó el contramaestre a Gabriel Martín, marinero gallego al que hasta entonces había tratado poco, pero con el que alcancé a tener bastante cercanía merced a los sufrimientos compartidos. A lo largo de las numerosos noches pasadas en la cubierta de la Remilgada, aprisionados al astil de la palanca como dos tristes galeotes, el marinero me fue contando su historia, tan curiosa y llena de aventuras que no puedo evitar tenerla como suma y compendio de la vida marinera, ni dejar de recordarla en estas páginas, pues no querría que quien por ventura las leyere se equivocase con el hombre. (más…)

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