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Archive for the ‘Producción literaria’ Category

Resultado de imagen de camión congelado

Cuando Alexei Kolodin iba a encender una hoguera bajo el motor de su camión, para descongelarlo, la mano izquierda se le quedó adherida, por efecto del intenso frío, a una barra del chasis. Ha perdido un tiempo precioso renegando y recriminándose por el nefasto descuido, hasta que la cruda realidad se ha abierto camino en su conciencia: si no consigue prender la madera de inmediato, tendrá que arrancarse la mano. Literalmente.

Saca la caja de cerillas del bolsillo del anorak, se incorpora todo lo que la estrechez del espacio le permite y se la lleva a la boca. Con la lengua empuja el cajetín deslizante hasta medio recorrido. Los ojos apenas logran enfocar los fósforos y dirigir su mano derecha para coger uno; pero enfundada como está en la manopla, carece de la precisión necesaria para conseguirlo. Tiene que desprenderse de ella y descubrir también esta mano (la otra hace rato que la ha dado por perdida). Así logra coger un fósforo y, mordiendo firmemente la cajetilla, rascarlo en el costado. Los dos primeros los rompe. El tercero consigue prenderlo, pero se le apaga antes de acercarlo a la madera. Está demasiado lejos. Lo intenta varias veces, pero una brisa inestable le impide mantener encendidas las cerillas. Ha gastado la mitad de los fósforos sin conseguir acercar la llama ni siquiera a la mitad del recorrido. (más…)

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https://yonosoygente.files.wordpress.com/2014/07/yo-no-soy-gente-quien-tiene-un-peluquero-tiene-un-tesoro-historias-reales-mundo-surrealista-2-6.jpg?w=296&h=327Es una tarde desapacible y extraña en la ciudad. Hace bochorno y la tormenta, que desde hace horas viene amenazando con caer, únicamente deja escapar unos goterones escasos y pesados que ensucian los parabrisas de los coches aparcados, como si estuvieran cargados de barro en lugar de agua. Un viento caprichoso, que sopla a rachas, remueve el aire caliente y cargado de polvo, como puesto a cocer en una marmita, y asfixia a quienes se atreven a respirarlo.
Cruza la calle Amposta una mujer guapetona, vaqueros desgastados y camiseta escasa, y avanza pegada a las deprimentes fachadas de ladrillo de los edificios, que están sucias de pintadas y carteles viejos, descoloridos por el sol y ajados por la lluvia, en los que un Felipe sonriente pide el sí ciudadano. Camina deprisa, con la cabeza agachada, huyendo del agua, del polvo y de la basura que el viento arrastra y desplaza de un lado para otro. Llegando a la esquina con la avenida Simancas, empuja con fuerza la desvencijada cancela del portal y entra. El interior está oscuro, sucias las escaleras y las paredes mohosas y salpicadas de desconchones. En una puerta de la primera planta se ve un cartel escrito con rotulador grueso que dice: Peluquería Purina. La mujer abre la puerta, que está solo encajada, y entra.
¬–Qué tiempo más raro hace, parece de una película de ciencia ficción.
–Es su momento, ¿qué quieres?. Ventarrón, calor y tormenta. Nos quejamos de oficio. Después vendrá el frío, y también nos quejaremos. Con el tiempo nunca estamos conformes.
Pero Reme ya no la atendía. Estaba concentrada, frente al espejo, en arreglarse los mechones de pelo fino y enredado que se le habían escapado de la coleta, y en mirarse las pequeñas pero ciertas estrías que se iban apoderando de los alrededores de sus ojos, de las comisuras de la boca y de la frente ancha. Estiraba la piel con los dedos, regresándola a la tersura de hace una década. Finalmente, se quita el lazo elástico y, mesándose el pelo repetidas veces con ambas manos, vuelve a colocárselo. Observa a su hermana, que está atareada limpiando unos boles y paletas de aplicar tinte, y siente una punzada de remordimiento, débil, apenas una pellizquito inconcreto; y aún así, incómodo. Por eso pregunta:
–¿Todavía aquí? (más…)

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naufragio9El Mar del Norte está fondeado en la bahía, frente a la desembocadura de un gran río, muchas millas al sur de aquí. Sus viejas planchas de acero aguantan estoicas este severo sol tropical, añorando aguas más acordes con su nombre, mientras los troncos descomunales que transportará a su lejano destino bajan por el río en un lento pero constante goteo y serán izados a bordo y estibados en las bodegas en una espesa monotonía de interminables semanas. ¿Cuántos árboles derribados por la mano del hombre habrá transportado el barco y cuál no habrá sido nuestra contribución particular para que, en las coloreadas fotografías de satélite sobre esta región, el amarillo sustituya al verde? Me deprime plantearme estas preguntas toda vez que las respuestas desafían al espíritu más pesimista. Me deprimen también esas semanas vacías, sin más oficio que pasarlo acodado en la borda o sumergiéndome en la vida relajada del poblacho que parasita en la orilla. (más…)

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Míchel se convirtió pronto en mi mejor amigo. Ambos teníamos la misma edad y nos compenetrábamos bastante bien en casi todas las cosas. No le gustaban las discusiones estériles ni era de los más se aprovechaban de los pequeños. Era el capitán del equipo y uno de los más antiguos en los Bloques y, por tanto, el líder indiscutible. Para cualquier juego que realizáramos, era siempre de los que disponían y, sin su aquiescencia y participación, era difícil ponerse de acuerdo para nada. Cuando Míchel se sentaba, aburrido de un juego, aunque no dijera nada a los demás, era poco lo que tardaba en deshacerse el grupo para ir a sentarse donde él estaba. Cuando jugábamos al fútbol, nos gustaba coincidir en el mismo equipo y, si no podía ser, éramos los encargados de elegir a los jugadores.

Tenía un montón de hermanos y hermanas que vivían casi amontonados porque, al ser su padre sargento de máquinas, el piso que les correspondía era de los más pequeños. Con frecuencia me invitaba a su casa. Las primeras veces fue para hacer la alineación del equipo, pero después, como él era un mal estudiante, iba allí con la excusa de ayudarlo a estudiar matemáticas. El caso es que mis visitas se convirtieron en una práctica corriente, habida cuenta de que en su casa me veían como una buena influencia para él. Nos encerrábamos para estudiar en su habitación, un cuarto pequeño que compartía con su hermano Furia, con una litera y un pequeño escritorio, pero al cabo de unos minutos los libros quedaban relegados al olvido y nos poníamos a charlar de un montón de cosas. Y así se nos pasaban las horas, charla que te charla, y sin apenas estudiar. (más…)

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https://julioalejandre.files.wordpress.com/2016/06/52d9d-encuentro1.jpg?w=500

Por ser montañosa, estaba la tierra más lejos de lo que pensábamos y nos llevó todo aquel día alcanzarla. Y una vez en ella, seguimos en paralelo a la costa, que corría en la orientación sureste noroeste, buscando una bahía o ensenada que ofreciese buen puerto. Se veían algunos ríos y una manigua espesa, de un verde profundo, que llegaba hasta la misma orilla y por sobre de ella aparecían algunas columnas de humo. Al cabo de unas horas hallamos un lugar que pareció propicio para surgir y se botó la chalupa con algunos marineros para que lo comprobasen. (más…)

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Viajando por las sierras del interior de Nicaragua, el carro se me quedó tirado en un camino de cabras, lejos de cualquier lugar civilizado. Un campesino me indicó que más adelante vivía don Moisés, un señor que sabía de mecánica, y fui a buscarlo. Encontré su casa en un claro en la espesura, en medio de los cerros, una casa grande, desangelada, de ladrillo rojo. Don Moisés era un hombre alto y delgado, de pelo escaso, largo y algo colocho, que le daba aspecto de demiurgo. Le conté mi problema y accedió a ayudarme. (más…)

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