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Archive for the ‘Honduras’ Category

Tienes que cavar. La tierra está muy dura, quién lo iba a decir, después de la primera arena suelta que más que cavar apartas con la pala, será un palmo, tal vez ni eso, y después esta costra reseca que te hace resollar y te ampolla las manos. Cada vez que clavas la pala puntiaguda, el golpe repercute por todo tu cuerpo, los huesos lo transmiten de articulación en articulación, como una marea que lo recorre de punta a cabo hasta regresar a la misma tierra en un ciclo cerrado y vicioso, y así se equilibra todo.

Resultado de imagen de cavar hoyoSí, al final todo se equilibra, incluso la sangre, porque el fiel de la balanza, aunque dé bandazos, siempre regresa al centro; y prefieres creer que es una cuestión de equilibrio y no de justicia la que te tiene amarrada a la ingrata tarea: señalaste a otros y ahora vienen a por ti, quien a hierro mata, ya se sabe, siempre lo has sabido, lo que te molesta es el momento tan inoportuno aunque, para esta empresa, ¿cuándo es bueno el momento? (más…)

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Dejó el enlace de un vídeo sobre el primer retorno de Mesa (o el 2º) y una misa de despedida. Espero que les guste porque es un documento histórico.

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Cuando yo estaba pequeña, mi papá trabajaba sólo para el patrón. La manzana de tierra para la milpa vaía 30 colones y si uno no tenía dinero tenía que dar la mitad de la cosecha o, en veces, más. Lo mejor del maíz, o sea las mazorcas más grandes, hasta completar dos anegas de maíz. Una anega hace 800 mazorcas de maíz. De allí tenía que dar anega y media de maicillo y doce días de compromiso, de sol a sol.
En los días de compromiso era de cercar y desyerbar. Y no lo dejaban que hicieran lo de uno primero sino que precisaba más lo del patrón. Y le decían que si no iban a hacer los días, no le volvían a dar para la milpa. Y le repartían la tierra en los cerros, en lo más feo, donde había sólo zacate. El patrón hacía donde se podía arar.
En veces amanecíamos con una tortilla. Mi mámá la tostaba y nos daba un pedacito a cada uno porque éramos 6 hijos. Los dos ellos se quedaban sin comer.
Los días de compromiso no los pagaban. Solamente daban dos tiempos de comida, a lsa 8 y a las 12. Daban frijoles y un pedacito de queso. Y a veces la tortilla no ajustaba.
La gente comenzó a organizarse de uno en uno, al ver que ya no alcanzaba pra comprar de lo básico que se utilizaba en la casa.

Testimonio dado por la Niña Francisca Chicas, de Ita-Maura, y recopilado en el libro “Tiempo de recordar y tiempo de contar” (publicado por el SJD “Pedro Arrupe”, San Salvador, 1994)

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viejos mesa grande_cortadoSalvamos la vida y allá nos parqueron, en el campamento. Pero el campamento no es para nosotros, los viejos, nos pasamos los días mano sobre mano, contando historias de aquí, recordando, mirando para la frontera, con esa tristeza que le anida a uno adentro, que no lo deja dormir, ni descansar. ¿Qué va a hacer uno lejos de la tierra? Un campesino sin tierra no es nada. De pensar en morirme en el exilio se me va la alegría. Así que mejor me regreso, les dije. No se vaya usted, Misael, me dijeron, que al otro lado matan. Pero no les hice caso y mejor me vine. (más…)

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Está avanzada la noche y la luna asoma por encima de las copas de los pinos. Sopla una brisa fresca y agradable que mueve aquellas mismas copas y le da en la cara a Meregildo, que espera fuera de la champa, apúrense se va a hacer demasiado tarde. Ya vamos, pendejo, hay que volver a poner la tapa de madera y dejar parejo el piso. Ese es Andresón, siempre llega tarde a todos lados. La estrella polar está muy baja en el horizonte y muchas veces no se ve, en especial si los cerros caen por aquel lado, pero no importa, Meregildo se conoce el camino de memoria y no necesita estrellas para orientarse. Se ha preparado bien para la caminata, botas de cuero, ropa oscura, una cachucha, sólo le falta el armamento. Son cuatro o cinco horas, si hay suerte, por estos cerros que conducen a la frontera y más allá. Por fin sale Andresón de la champa, es grande, por eso le dicen así, por el tamaño, pero es malo para caminar, tropieza a cada rato, que si las botas, que si la putada del fusil. Subiendo al cerro Chaparrastique se pegó una gran devanada que se oyó como si fuera derrumbe, las talpujas rodando y el ruido que no se detenía, dando tumbos en la noche, y los soldados cerca, pues, toda la columna en suspenso, no se respiraba, ni se pispileaba, hasta el viento se detuvo, milagro fue que no los oyeran, y después otro tanto para subir, y renegando de su mala suerte, el hijo de la gran chingada. Andresón trae tres fusiles en los brazos y los reparte, uno para él, otro para Meregildo, y el tercero para el comandante Adelio. Adelio es pequeño, el bigote bien recortado, va de uniforme, trinchas. Los demás se quedan sin fusil, nomás unas escuadras del nueve largo, o nada, como la mujer. ¿Y ella?, pregunta Meregildo; ella viene. Se la trae. A por eso ha venido, no tenía por qué hacerlo, son dos viajes, primero la venida y ahora el regreso: hay que pensar con la cabeza de arriba, compa, piensa Meregildo, no con la de abajo. ¿Y la Cobriza?; la Cobriza no está para venir: la Cobriza se quedaba. Una mujer los despide desde el quicio de la puerta, qué les vaya bien Meregildo, en un susurro, adentro estaba negro como un pozo, sólo un brillito en la nariz, en el labio, en la mano que cierra y atranca por dentro. (más…)

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embajada española hodurasLo despertaron unos golpes en la puerta. Era la limpiadora, que iba a asear el cuarto. Buena falta le hace, pensó Gerardo.
−Vuelva más tarde −le gritó.
¿Qué hora es? Y miró su reloj, pero aún tenía la hora peninsular: las cinco, o sea las diecisiete, que menos ocho son nueve. Gerardo se pegó una ducha fría que le entonó el cuerpo, se secó con una toalla escasa y desgastada, se afeitó, se vistió deprisa, puso candado a la bolsa y salió afuera. La mañana era soleada y clara y hacía una temperatura agradable, al menos a la sombra. Las puertas de las habitaciones daban a un corredor techado y a un patio ajardinado que terminaba en un muro de bloques color cemento. Más allá se veía un río pequeño y encajonado, con las orillas muy sucias, y un horizonte caótico lleno de patios, fachadas y tejados donde casas de una planta convivían con edificios bajos y con chabolas de lámina y cartón.
El vestíbulo le pareció más grande que por la noche y detrás del mostrador estaba una mujer entrada en carnes con el pelo teñido. Hablaba con el encargado nocturno que, sentado en el banco que había enfrente, sobre las rodillas tenía el machete enfundado en una vaina con muchos flecos. Al ver a gerardo, la mujer le preguntí si se iba a quedar más días y Gerardo le respondió que antes tenía que hacer una llamada, y le señaló el teléfono que había sobre el mostrador.
−No se permiten llamadas internacionales –le dijo la recepcionista.
−Es local.
−Entonces son cincuenta centavos –y destrabó el diminuto candado que fijaba la rueda.
Gerardo marcó el número que le había dado el padre Michael, pero el padre Michael era un hombre muy ocupado y no estaba en Tegucigalpa, le informó una voz femenina, tal vez la misma de la otra vez, así que Gerardo se encontró con todo un día a su disposición. El Excelsior no tiene cocina, pero la mujer del mostrador le dice que en el hotel Maya podrá desayunar bien.
−Está aquí nomás, subiendo la calle. Medardo, explíquele cómo llegar.
Y el vigilante nocturno se levantó del banco, se colgó el machete del hombro y lo acompañó afuera. El hotel está junto a un cruce, subiendo la cuesta, y le señaló hacia la derecha con la barbilla. (más…)

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Era una habitación pequeña, impersonal, con mugre en las esquinas y alicatada hasta media pared como si fuera un cuarto de baño. Tenía un ventilador en el techo y, en un rincón, una ducha de agua fría pero carecía de servicio. Dentro hacía calor, el ventilador hacía un ruido incómodo y la ventana tenía un mecanismo tan complicado que no consiguió abrirla, así que se quede, no le apetecía ir a preguntarle al encargado. Sin ducharse, casi sin desnudarse, Saulo se tumbó en una cama cuyo somier estaba dado de sí, apagó la luz y cerró los ojos esperando la llegada del merecido reposo. la_habitacion_de_van_goghNotaba el cansancio de sus piernas, sus ojos doloridos, el embotamiento de los sentidos, incluso el colchón vencido y el olor a lejía y detergente que desprendían las sábanas, pero no conseguía dormirse: tal vez fueron muchos cafés los que se bebió en el aeropuerto de Guatemala, o tal vez demasiadas impresiones para un solo día. Tras los apretados párpados bullían los pensamientos, los recuerdos y las emociones de lo vivido esos pocos días en los que su vida había tomado un rumbo extraño y vertiginoso. Un pensamiento arrastraba a otro, imágenes, impresiones, vivencias, recuerdos dispersos que estallaban en la oscuridad de su cabeza. Todavía tenía grabadas en la retina las imágenes nocturnas de Tegucigalpa, aquellas luces trepadas a los cerros que la indistinguible línea del horizonte las hacía parecer estrellas varadas, esperando su momento para ascender. Eran las luces de las colonias, le había dicho el taxista. Y esa palabra, conocida a la vez que extraña, le señaló con una intuición precisa, con mayor claridad que los carteles del aeropuerto, que estaba en un país extranjero. (más…)

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