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Archive for the ‘La guerra civil’ Category

CUBIERTA_SEIS MIL LUNAS_2_CubierrtaSobre el telón de fondo de la revolución salvadoreña, ya pasada pero tan presente y pesada como una losa, Seis mil lunas nos muestra la particular memoria histórica, remota y reciente, de unos personajes estoicos y sufridos pero vitales que nos transmiten su indignación y su amargura sin renunciar a la esperanza, a la alegría ni al humor.
La atmósfera psicológica recreada, el paisaje humano y social, el protagonismo colectivo, la guerra, la pobreza crónica o la violencia contra las mujeres «permiten situar a Julio Alejandre en el ámbito literario del “realismo trágico”, que es la expresión que con menos palabras y mejor –dice Pedro Escobar en el prólogo– explica este libro».
Los catorce relatos que lo componen, premiados todos de ellos en diferentes certámenes nacionales e internacionales, están narrados con un lenguaje mestizo, fluido y llano, un castellano metamorfoseado que funde elementos literarios de ambas orillas del Atlántico.

Diisponible aquí

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Entre tanta tarea como tengo, me ha salido una nueva ocupación que me llena más que otras: colaborar con un grupo de mujeres para documentar casos de niños perdidos durante la huida de su país. El asunto surgió espontáneamente, como surge casi todo por aquí, y como es un tema que, desde que supe de él, me ha interesado y me ha tocado el corazón, no me ha costado echar una mano.

Y en eso llevo trabajando desde hace unas semanas, aunque sea a ratos perdidos. Ya hemos documentado al menos once casos de desapariciones de niños, aunque algunos de ellos en realidad no fueran niños perdidos, sino “regalados”; es decir, que durante las largas huidas de la zona de conflicto la situación llegaba a ser tan dramática que hubo madres que dejaron a sus hijos en las casas que encontraron por el camino, con cualquier persona, porque de seguir con ellos seguramente morirían. De hecho, según me cuenta la gente, no es raro entre los campesinos la costumbre de “regalar” niños. Por ejemplo, si una mujer tiene muchos hijos y por el motivo que sea no puede cuidarlos a todos, “regala” uno a quien pueda hacerlo mejor que ella: a su hermana, su comadre, su tía o incluso a su propia madre, y a partir de ese momento el hijo es adoptado por esta madre de acogida, la llama mamá y actúa en todo momento como si de verdad lo fuera.

Pero como digo, eso son sólo unos pocos casos. En los demás, los niños se perdieron de verdad. De todos los que hemos documentado, hay uno que me ha llamado la atención, no porque fuese más terrible que los demás, sino porque la mujer hablaba de la pérdida de su chiquitín con un desconsuelo tal, mostraba una tristeza tan desoladora, que también a mí me dieron ganas de llorar. Dijo que se le perdió cuando cruzaban la frontera, hasta donde una tropa los había estado siguiendo y hostigando. Fue de repente: se le zafó un momento mientras corrían y ya no lo vio más. Y aunque examinó uno a uno los muertos por el ataque, y lo estuvo buscando durante más de una semana, arriesgándose incluso a separarse del grupo, no logró dar con él. Dijo también que un periodista que cubría la llegada de los refugiados le sacó una foto al niño antes de perderlo, que tal vez él tenga alguna información, pero que no sabe como contactarlo. En todo caso, le gustaría conseguir la foto.

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viejos mesa grande_cortadoSalvamos la vida y allá nos parqueron, en el campamento. Pero el campamento no es para nosotros, los viejos, nos pasamos los días mano sobre mano, contando historias de aquí, recordando, mirando para la frontera, con esa tristeza que le anida a uno adentro, que no lo deja dormir, ni descansar. ¿Qué va a hacer uno lejos de la tierra? Un campesino sin tierra no es nada. De pensar en morirme en el exilio se me va la alegría. Así que mejor me regreso, les dije. No se vaya usted, Misael, me dijeron, que al otro lado matan. Pero no les hice caso y mejor me vine. (más…)

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Se me olvidaron las flores. Era el día tres de mayo, el día de la cruz, y había ido al pueblo a traer gas para los candiles, baterías para el foco, otros volados para el parto. Y unas flores para adornar la cruz. Yo me fui con el hijo mayor, Chambita, que tenía once años, atenida a que estaba embarazada, que me dejarían pasar. Cuando venía de regreso me salió el escuadrón, en una casa que hay al final del pueblo, algo apartada, allí se habían puesto.
─A ver, la documentación. Qué llevás ahí, vos, enseña esa pichinga. Estas baterías son para la guerrilla.
─Para el parto son, por si me toca en la noche.
─Vos sos subversiva, un correo que lleva intendencia.
─No me digan eso, que yo ni sé lo que es.
─No te hagás la desentendida. Mirá, ayer capturamos a un baboso y lo guindamos de aquel palo de ceibo. Y hoy te toca a vos. (más…)

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Se llamaba Chabelo. Quizá no le suene el nombre, señor letrado, ya se ve que es usted de fuera, una persona refinada, y no lo imagino entre sus amistades, que las tenía, y muchas, pues era un hombre popular. Pocos habrá en Santa Bárbara que no lo hayan conocido, y no siempre por cosas buenas, todo sea dicho. Chabelo era el seudónimo que le trabaron durante la guerra y, ahora que ha llegado la paz, la gente ha seguido llamándolo así, que su nombre verdadero, el de bautizo, nunca lo dijo; tampoco es que importe mucho, ¿verdad?, eso no va a cambiar las cosas. (más…)

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