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Archive for the ‘Honduras, año cero’ Category

Dejó el enlace de un vídeo sobre el primer retorno de Mesa (o el 2º) y una misa de despedida. Espero que les guste porque es un documento histórico.

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niña refugiada en el campamento de Mesa Grande, Honduras

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta. (más…)

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Resultado de imagen de mesa grande repatriacion oct 87

https://www.youtube.com/watch?v=pJVPW9176Hk
Varios fueron los retornos de Mesa Grande: el primero en el año 87, el segundo en el 88 y así, poco a poco, el campamento se fue quedando vacío hasta que el último grupo abandonó el lugar en el año 92 ó 93, dejando un páramo vacío, lleno de los huecos apisonados que dejaban las champas, de callejones fantasmas y de recuerdos imborrables en diez mil cabezas.

En el enlace de arriba pueden ver una colección de fotos de una de aquellas reptriaciones.

 

 

 

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No es fácil escribir esta carta. Le brincan a uno las ideas por la sesera y no hay como ordenarlas con criterio. Me he refugiado en la terraza, que a esta hora de la noche está tranquila y en silencio, a ver si aquí logro concentrarme. Ya van dos días que llevo demorando la tarea y de hoy no puede pasar, aunque me dé la madrugada o se le agote el gas a la lámpara. Aún está el papel en blanco, ni el bolígrafo he agarrado, sólo la cabeza apoyada en las manos y los ojos cerrados buscando la inspiración. Sí que es difícil escribir a alguien que ni siquiera conoces. Que no sabes quién es, qué relación tiene con ella ni por qué clase de lazos afectivos están unidos. Este hombre puede ser nomás un amigo suyo, su novio, su marido, su padre, bueno, su padre no porque tiene los apellidos diferentes. Y, joder –que Dios me perdone–, todavía es peor hacerlo en español. Pero no saber qué voy a decir, eso, eso es lo más difícil de todo.

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En la mañana neblinosa vaga una mujer, atraviesa el potrero y sale a la calle casi a la altura del puente. En la garita, dos soldados se frotan las manos, fuman y se ríen por lo bajito, sin ponerle cuidado a la mujer que chinea un tiernito. Cruza el puente sin que nadie le haga caso, y sube la calle y se aleja del río. Hace frío aún, y la neblina persiste hasta que sube la ladera y queda abajo la nube. Alguna gente en el camino la mira raro, sucia y desgreñada como va, desharrapada, churretosa, con la mirada perdida, y ella deja la calle y busca las veredas, el amparo de la montaña más frondosa. Cuando está sola le canturrea a la criatura que arropa bajo la camisa, la carita contra su cuello, la nuca hacia fuera. A veces le mete el pezón en la boquita, a la fuerza se lo mete, pero es que le duelen las chiches. No sabe dónde está, no sabe adónde va, no sabe quién es, pero no quiere que la gente la vea, prefiere esconderse, volverse furtiva. (más…)

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Está avanzada la noche y la luna asoma por encima de las copas de los pinos. Sopla una brisa fresca y agradable que mueve aquellas mismas copas y le da en la cara a Meregildo, que espera fuera de la champa, apúrense se va a hacer demasiado tarde. Ya vamos, pendejo, hay que volver a poner la tapa de madera y dejar parejo el piso. Ese es Andresón, siempre llega tarde a todos lados. La estrella polar está muy baja en el horizonte y muchas veces no se ve, en especial si los cerros caen por aquel lado, pero no importa, Meregildo se conoce el camino de memoria y no necesita estrellas para orientarse. Se ha preparado bien para la caminata, botas de cuero, ropa oscura, una cachucha, sólo le falta el armamento. Son cuatro o cinco horas, si hay suerte, por estos cerros que conducen a la frontera y más allá. Por fin sale Andresón de la champa, es grande, por eso le dicen así, por el tamaño, pero es malo para caminar, tropieza a cada rato, que si las botas, que si la putada del fusil. Subiendo al cerro Chaparrastique se pegó una gran devanada que se oyó como si fuera derrumbe, las talpujas rodando y el ruido que no se detenía, dando tumbos en la noche, y los soldados cerca, pues, toda la columna en suspenso, no se respiraba, ni se pispileaba, hasta el viento se detuvo, milagro fue que no los oyeran, y después otro tanto para subir, y renegando de su mala suerte, el hijo de la gran chingada. Andresón trae tres fusiles en los brazos y los reparte, uno para él, otro para Meregildo, y el tercero para el comandante Adelio. Adelio es pequeño, el bigote bien recortado, va de uniforme, trinchas. Los demás se quedan sin fusil, nomás unas escuadras del nueve largo, o nada, como la mujer. ¿Y ella?, pregunta Meregildo; ella viene. Se la trae. A por eso ha venido, no tenía por qué hacerlo, son dos viajes, primero la venida y ahora el regreso: hay que pensar con la cabeza de arriba, compa, piensa Meregildo, no con la de abajo. ¿Y la Cobriza?; la Cobriza no está para venir: la Cobriza se quedaba. Una mujer los despide desde el quicio de la puerta, qué les vaya bien Meregildo, en un susurro, adentro estaba negro como un pozo, sólo un brillito en la nariz, en el labio, en la mano que cierra y atranca por dentro. (más…)

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embajada española hodurasLo despertaron unos golpes en la puerta. Era la limpiadora, que iba a asear el cuarto. Buena falta le hace, pensó Gerardo.
−Vuelva más tarde −le gritó.
¿Qué hora es? Y miró su reloj, pero aún tenía la hora peninsular: las cinco, o sea las diecisiete, que menos ocho son nueve. Gerardo se pegó una ducha fría que le entonó el cuerpo, se secó con una toalla escasa y desgastada, se afeitó, se vistió deprisa, puso candado a la bolsa y salió afuera. La mañana era soleada y clara y hacía una temperatura agradable, al menos a la sombra. Las puertas de las habitaciones daban a un corredor techado y a un patio ajardinado que terminaba en un muro de bloques color cemento. Más allá se veía un río pequeño y encajonado, con las orillas muy sucias, y un horizonte caótico lleno de patios, fachadas y tejados donde casas de una planta convivían con edificios bajos y con chabolas de lámina y cartón.
El vestíbulo le pareció más grande que por la noche y detrás del mostrador estaba una mujer entrada en carnes con el pelo teñido. Hablaba con el encargado nocturno que, sentado en el banco que había enfrente, sobre las rodillas tenía el machete enfundado en una vaina con muchos flecos. Al ver a gerardo, la mujer le preguntí si se iba a quedar más días y Gerardo le respondió que antes tenía que hacer una llamada, y le señaló el teléfono que había sobre el mostrador.
−No se permiten llamadas internacionales –le dijo la recepcionista.
−Es local.
−Entonces son cincuenta centavos –y destrabó el diminuto candado que fijaba la rueda.
Gerardo marcó el número que le había dado el padre Michael, pero el padre Michael era un hombre muy ocupado y no estaba en Tegucigalpa, le informó una voz femenina, tal vez la misma de la otra vez, así que Gerardo se encontró con todo un día a su disposición. El Excelsior no tiene cocina, pero la mujer del mostrador le dice que en el hotel Maya podrá desayunar bien.
−Está aquí nomás, subiendo la calle. Medardo, explíquele cómo llegar.
Y el vigilante nocturno se levantó del banco, se colgó el machete del hombro y lo acompañó afuera. El hotel está junto a un cruce, subiendo la cuesta, y le señaló hacia la derecha con la barbilla. (más…)

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