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Archive for the ‘Anecdotario’ Category

refugiados colorLa comunidad Santa Marta (municipio de Victoria, Cabañas, El Salvador), tuvo la iniciativa de establecer,  a principios de los años noventa, una guardería para que las madres trabajadoras pudieran dejar en ella a sus niños y decidarse a otras tareas, como enfermeras en el centro de salud, maestas en la escuela, microempresarias o aprendices en los talleres de cerámica, cestería, etc.

Ahora, vista en retrospectiva, la “guardería”, con la simplicidad de la contrucción, los niños churretosos y pobremente vestidos y la valla de alambre porvisional para evitar el paso de animales, parece casi un campo de concentración. Pero no, era una guardería: la guardería.

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Viajando por las sierras del interior de Nicaragua, el carro se me quedó tirado en un camino de cabras, lejos de cualquier lugar civilizado. Un campesino me indicó que más adelante vivía don Moisés, un señor que sabía de mecánica, y fui a buscarlo. Encontré su casa en un claro en la espesura, en medio de los cerros, una casa grande, desangelada, de ladrillo rojo. Don Moisés era un hombre alto y delgado, de pelo escaso, largo y algo colocho, que le daba aspecto de demiurgo. Le conté mi problema y accedió a ayudarme. (más…)

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Se me olvidaron las flores. Era el día tres de mayo, el día de la cruz, y había ido al pueblo a traer gas para los candiles, baterías para el foco, otros volados para el parto. Y unas flores para adornar la cruz. Yo me fui con el hijo mayor, Chambita, que tenía once años, atenida a que estaba embarazada, que me dejarían pasar. Cuando venía de regreso me salió el escuadrón, en una casa que hay al final del pueblo, algo apartada, allí se habían puesto.
─A ver, la documentación. Qué llevás ahí, vos, enseña esa pichinga. Estas baterías son para la guerrilla.
─Para el parto son, por si me toca en la noche.
─Vos sos subversiva, un correo que lleva intendencia.
─No me digan eso, que yo ni sé lo que es.
─No te hagás la desentendida. Mirá, ayer capturamos a un baboso y lo guindamos de aquel palo de ceibo. Y hoy te toca a vos. (más…)

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Una-velaCasi a oscuras queda la habitación, sólo el resto de la candela que aún da su puchito de luz parece que quiere pelearle el terreno a las sombras. Galán se está con esta mujer que me ha encontrado sin yo buscarla. La piel le luce de un trigueño intenso con la claridad de la vela. Voy a apagarla, porque los de la vigilancia no tardan y a ella no le gustaría que nos hallaran. Ni a mi tampoco. No es fácil que vayan a encontrar este nido tan clandestino, en el almacén viejo. Está a trasmano de todo y nos podemos quedar hasta la amanecida casi, a pesar del olor raro que se respira aquí, con tantos venenos y abonos y herbicidas. Ella duerme ahorita, pero hace un momento me quería descuajeringar del todo. Es chocante que una campesina de una aldea perdida del todo, refundida en la mera frontera, sea tan sensual y desinhibida. Y exigente, que quiere que uno le cumpla bien cumplidito, pero en eso no va tener queja. (más…)

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Entre trago y charla se iba deslizando la noche. Hablaban de mujeres, de zumbas y pillerías, y de corazones heridos. De pronto, se agotaron los temas y se hizo el silencio. El Chele Mauricio clavaba la mirada en uno de los farolitos amarillos que alumbraban el corredor, donde se estrellaban los escarabajos que había sacado la lluvia; Tito Alfaro daba unas chupadas de un puro recién liado y dejaba salir el humo con pereza, retorciéndose en el aire de la noche; y Mincho Uribe se mojaba los labios en el trago. Les voy a contar una pasada, cheros, dijo Tito Alfaro, que era el más entero de los tres:

El otro día, a buena mañana, viajamos Santos y yo a San Vicente para cerrar el trato con la orquesta que iba a amenizar su boda. El mánager del conjunto nos invitó a unos tragos para sellar el acuerdo y ahí nos demoramos un rato, que no serían menos de las doce cuando por fin nos dejó marchar. Camino de la terminal de buses si más nos atropella el camioncito de don Chungo Bejarano, el del Minisúper Marita, que viaja todos los viernes para reponer mercancías. Yo tuve que darme una devanada para esquivarlo y lo estuve puteando hasta que me di cuenta de quién era. A la puta, don, póngale cuidado a lo que hace, le dije, pero don Chungo no se ofendió y nos ofreció aventón para Sensunte: yo los llevo, súbanse.  (más…)

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tamagas_2Inevitable personaje de la América rural, prototipo de hombre pícaro y licencioso: Tamagás. Ahí lo veréis, plantoso como ninguno, aunque hace años que cumplió los cincuenta, con su sombrero de fieltro adornado con cintillo de plata vieja, la camisa remangada, al hombro un machete con funda de cuero repujada, flecos trenzados, borlas y remaches brillantes. A los pantalones vaqueros los ciñe un cinturón ancho, de hebilla de media libra, y los lleva arremangados con premeditado descuido, para que luzcan las botas de charro.

La sonrisa amplia, para enseñar una dentadura enmarcada por coronas de oro, que prodiga y no escatima, incluso a su peor enemigo le sonríe y le ofrece la mano seca, callosa, que aprieta con fuerza: ¿Qué hubo compadre, no me haga esas caras, que lo pasado, pasado? ¿va?

Para las mujeres es rastra y no perdona ocasión, lo mismo feas que bonitas. “Ajá, niña Lupe, está usted más joven que nunca, oiga, ¿y cómo le hace para mantenerse así de rechula?” No le importa que estén casadas, porque no es celoso con la hembra ajena ─con la suya es otro pisto─ “y probar hay que probar, quién sabe y se deja…”

Le gusta el juego y la chupa, que a los dos le entra fuerte, si gana lo disfruta y si pierde…, si pierde lo paga con la vieja: un par de planazos, tres vergazos bien dados y así se descarga la mala leche. Eso sí, por la mañana la legítima lo trata a cuerpo de rey, para sosegarle el ánimo: los mejores bocados para él, y los demás que arreen. Y si no hay plata se saca de fiado, que a la mujer hasta vergüenza le da ir a por comida a las tiendas.

Cuando le parece duerme fuera, que para eso es macho sin dueño y a nadie da cuenta de a dónde va ni con quién se junta, sean negocios, jodarria o amores.. ¿Hijos tenés? “Siete son los legítimos; por fuera del matrimonio Dios sabrá, que estas viejas son mentirosas, te descuidas y te cuelgan el pollo de otro gallo.”

¿Y la milpa, Tamagás? “Ahí mañana haré por desyerbarla, que hoy ando ocupado”. ¿Ocupado? Robando quería decir, porque cuando no tiene y necesita echa mano de las reses ajenas. Estás hecho un ladrón Tamagás. Bueno, ladronzuelo al por menor: hoy una, al siguiente mes otra, y así andamos. Y las trinca cerca, no crean, a los propios vecinos, porque ir lejos es más trabajoso, y arriesgado: “aquí, si te descubren se enojan contigo y ya, pero en otro puesto lo escapan a uno a matar”. De todos modos ya le da igual, porque le está enseñando el oficio a los hijos, para que vayan ellos a los potreros. A uno lo tienen preso, ¿es o no es, Tamagás? “Vaya que sí, me salió poco alentado el jodido.”

Pero lo peor de todo fue lo de su hija Tencha, ¿era bonita, verdad? “Sí, sí que lo era”. Catorce años que tenía la muchacha, y estaba aún en flor, por eso la vendió a un viejo de San Juan por cinco reses. ¿Cinco fueron, Tamagás? “Cabal, cinco”. Pero la Tencha no aguantó al desgraciado, que a reatazos la trataba, y se juntó con un jovenón que le quiere ajustar las cuentas. ¿A quién, al viejo? No, a Tamagás.

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