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Archive for the ‘Anecdotario’ Category

Yo hacía de partera allá, antes de venirnos. Iba a las casas y ayudaba a las mujeres en el trance. Me estaba unos días en las casas, dos, tres, y me daban algo de pistillo. Las que lo tenían. Poco, pero algo era. Cuando entraron los primeros operativos y la cosa se puso fea, nos fuimos a vivir varias familias a unas cuevas de un puesto que le decían la Peña Blanca, cuevas grandes, en unos barrancos enormes que allí había, entre cerros filudos. Tan escarpados eran que un chino se desgració saltando entre las peñas, un chino travieso, vea, pero dispuesto, el hijo de la María, se desbarrancó y se quebró la mollera. Como animales vivíamos en aquellas cuevas, con miedo de hacer fuego, de que los chuchos latieran duro, de que nos vieran, de que nos hallaran, con miedo del miedo, usted. Tapadas habíamos hecho las bocas de las cuevas, con matojos secos, con chirivisco, con ramas de árboles, de modo que no se vieran desde lejos. De noche, los hombres salían a recorrer la tierra para cazar un garrobo, un cusuco, lo que fuera, cualquier fruta, zapotes, anonas, guayabas, cualquier raíz. Hasta se llegaban a las casas abandonadas, a las que estaban destruidas, para ver si había quedado en ellas algo que sirviese, una cabuya, un candil, una gallina, piñas de piñal. Y las mujeres de noche bajábamos a la quebrada para traer agua, para traer leña seca, seca, seca, de la que no levanta humo. (más…)

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refugiados colorLa comunidad Santa Marta (municipio de Victoria, Cabañas, El Salvador), tuvo la iniciativa de establecer,  a principios de los años noventa, una guardería para que las madres trabajadoras pudieran dejar en ella a sus niños y decidarse a otras tareas, como enfermeras en el centro de salud, maestas en la escuela, microempresarias o aprendices en los talleres de cerámica, cestería, etc.

Ahora, vista en retrospectiva, la “guardería”, con la simplicidad de la contrucción, los niños churretosos y pobremente vestidos y la valla de alambre porvisional para evitar el paso de animales, parece casi un campo de concentración. Pero no, era una guardería: la guardería.

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Viajando por las sierras del interior de Nicaragua, el carro se me quedó tirado en un camino de cabras, lejos de cualquier lugar civilizado. Un campesino me indicó que más adelante vivía don Moisés, un señor que sabía de mecánica, y fui a buscarlo. Encontré su casa en un claro en la espesura, en medio de los cerros, una casa grande, desangelada, de ladrillo rojo. Don Moisés era un hombre alto y delgado, de pelo escaso, largo y algo colocho, que le daba aspecto de demiurgo. Le conté mi problema y accedió a ayudarme. (más…)

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Se me olvidaron las flores. Era el día tres de mayo, el día de la cruz, y había ido al pueblo a traer gas para los candiles, baterías para el foco, otros volados para el parto. Y unas flores para adornar la cruz. Yo me fui con el hijo mayor, Chambita, que tenía once años, atenida a que estaba embarazada, que me dejarían pasar. Cuando venía de regreso me salió el escuadrón, en una casa que hay al final del pueblo, algo apartada, allí se habían puesto.
─A ver, la documentación. Qué llevás ahí, vos, enseña esa pichinga. Estas baterías son para la guerrilla.
─Para el parto son, por si me toca en la noche.
─Vos sos subversiva, un correo que lleva intendencia.
─No me digan eso, que yo ni sé lo que es.
─No te hagás la desentendida. Mirá, ayer capturamos a un baboso y lo guindamos de aquel palo de ceibo. Y hoy te toca a vos. (más…)

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Una-velaCasi a oscuras queda la habitación, sólo el resto de la candela que aún da su puchito de luz parece que quiere pelearle el terreno a las sombras. Galán se está con esta mujer que me ha encontrado sin yo buscarla. La piel le luce de un trigueño intenso con la claridad de la vela. Voy a apagarla, porque los de la vigilancia no tardan y a ella no le gustaría que nos hallaran. Ni a mi tampoco. No es fácil que vayan a encontrar este nido tan clandestino, en el almacén viejo. Está a trasmano de todo y nos podemos quedar hasta la amanecida casi, a pesar del olor raro que se respira aquí, con tantos venenos y abonos y herbicidas. Ella duerme ahorita, pero hace un momento me quería descuajeringar del todo. Es chocante que una campesina de una aldea perdida del todo, refundida en la mera frontera, sea tan sensual y desinhibida. Y exigente, que quiere que uno le cumpla bien cumplidito, pero en eso no va tener queja. (más…)

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Entre trago y charla se iba deslizando la noche. Hablaban de mujeres, de zumbas y pillerías, y de corazones heridos. De pronto, se agotaron los temas y se hizo el silencio. El Chele Mauricio clavaba la mirada en uno de los farolitos amarillos que alumbraban el corredor, donde se estrellaban los escarabajos que había sacado la lluvia; Tito Alfaro daba unas chupadas de un puro recién liado y dejaba salir el humo con pereza, retorciéndose en el aire de la noche; y Mincho Uribe se mojaba los labios en el trago. Les voy a contar una pasada, cheros, dijo Tito Alfaro, que era el más entero de los tres:

El otro día, a buena mañana, viajamos Santos y yo a San Vicente para cerrar el trato con la orquesta que iba a amenizar su boda. El mánager del conjunto nos invitó a unos tragos para sellar el acuerdo y ahí nos demoramos un rato, que no serían menos de las doce cuando por fin nos dejó marchar. Camino de la terminal de buses si más nos atropella el camioncito de don Chungo Bejarano, el del Minisúper Marita, que viaja todos los viernes para reponer mercancías. Yo tuve que darme una devanada para esquivarlo y lo estuve puteando hasta que me di cuenta de quién era. A la puta, don, póngale cuidado a lo que hace, le dije, pero don Chungo no se ofendió y nos ofreció aventón para Sensunte: yo los llevo, súbanse.  (más…)

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