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Archive for the ‘Anecdotario’ Category

La niña Luz es mujer de porte otoñal, alta y delgada, con la tez clara y el pelo negro ceniciento recogido en un moño apretado que le estira la piel de la cara, por cuyos rasgos añejos parece no haber pasado nunca una sonrisa. Vive cerca de la iglesia, en un caserón de muros gruesos y techos altos, fresco hasta en los días más calientes, que tiene detrás un amplio corredor con varias pilas para el agua, un patio empedrado y una serie de alpendes más allá de los cuales el extenso huerto arbolado se prolonga en un baldío hasta la calle que va a El Volcán, ya casi en las afueras de Santa Bárbara.

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La niña Luz empezó a interesarse por el arte y los manejos de la hechicería de la mano de una hondureña a la que apodaban la Doña. Ella le enseñó que existían unas energías invisibles y poderosas en el universo, cuyo control requería estudio, práctica, tesón y, sobre todo, cierta calidad del espíritu que no estaba al alcance de cualquiera; le enseñó primero las magias más sencillas, como las que sirven para atrapar los pensamientos ansiosos; pero luego también otras más delicadas, como la mezcla de esencias para combatir los fríos del corazón; y de todas estas artes, le decía la Doña, unas son inofensivas y otras peligrosas, y la sabiduría más importante es aquella que ayuda a vencer la tentación de hacer maleficios cuyo propósito esté animado por el rencor o la ira. (más…)

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foto libre de pixabay.com

Dónde quedó el pequeño llorón que se sentaba en la puerta de la cocina con el estómago en carne viva, esperando que su madre lo llamase para comer; y la madre, qué fue de ella, de sus tiernas manos, sus manos cariñosas que espantaban los fantasmas más pertinaces y los monstruos de pesadilla con una sola caricia, sus manos protectoras, más fuertes que una coraza y más eficaces que un chaleco antibalas, ¿dónde están? ¿Acaso se quedaron atrás, perdidas en las lagunas de la memoria, en los brazos del olvido y de la nostalgia más antigua y más angustiosa?

¿Nunca te preguntas qué fue de aquellos juegos infantiles de los días de verano, del caballo de escoba que amarrabas a los barrotes de la ventana, de la espada de palo con que matabas las malvas del corral, del belén de navidad que ponías sobre la mesa tocinera, con musgo, papel de plata y palmeras de retama, de las cartas del abuelo, de las tardes de siesta, o las otras de tormenta, en que retumbaba la casa con cada trueno, y se iba la luz, y los hermanos, refugiados tras los cristales, veían el torrente achocolatado que bajaba por el centro de la calle? (más…)

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Javier Segura es uno de los difuntos más queridos de Carmela, uno de los que con más insistencia pugnan por hacerse presente en su pensamiento, aunque no hubiese tenido con él, en vida, más que un contacto ocasional. Pero la atormenta la intervención  que tuvo en su muerte; indirecta y fortuita, ciertamente, pero lo que hizo y dijo aquel fatídico día fue, sin duda, un hilo más en la telaraña con que lo atrapó la fatalidad.

El episodio tuvo lugar durante el tiempo que pasó en el extranjero. Después de la pérdida de su padre y sin tener más motivo que la inexplicable necesidad y el apremiante deseo de perderse de todo y de todos, Carmela había pedido una excedencia en el trabajo y conseguido un puesto de voluntaria en una oenegé. Con un par de breves charlas por toda preparación, la enviaron a colaborar en un proyecto de educación rural que incluía, entre otras actividades, la construcción de varias bibliotecas. Javier Segura era el arquitecto encargado de la dirección de las obras y había una de ellas, la del caserío de Azacualpa, que le estaba dando más problemas de la cuenta, de forma que no había semana que no se diera una vuelta por el lugar para ver a pie de obra el avance del trabajo. (más…)

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Era el día tres de mayo, el día de la cruz, y había ido al pueblo a traer gas para los candiles, baterías para el foco, otras cuestiones para el parto y unas flores para adornar la cruz. Yo me fui con el hijo mayor, Saúl, que tenía nueve añitos, atenida a que estaba embarazada y que me dejarían pasar. Cuando venía de regreso me salió el escuadrón, en una casa que hay al final del pueblo, algo apartada, allí se habían puesto.
─A ver, la documentación. Qué llevas ahí, tú, enseña esa garrafa. Estas baterías son para los revoltosos.
─Para el parto son, por si me toca en la noche.
─Tú eres subversiva, un correo que lleva intendencia.
─No me digan eso, que yo ni sé lo que es.
─No te hagas la desentendida. Mira, ayer capturamos a un guerrillero y lo colgamos de aquel árbol de ceibo. Y hoy te toca a vos.
─Yo no debo nada. Es verdad que necesito las cosas, no ven que estoy preñada, pues.
─Ya vamos a ver las listas.
Y sacaron una libreta con muchos nombres escritos y pasaron varias páginas.
─Aquí estás, ¿ves que eres revoltosa? Te vamos a sacar el niño que tienes en la panza, que también él va ser guerrillero.
Pues yo ya estaba resignada a que me iba a morir. Entonces mi hijo se puso a hablar sin que le preguntara nadie.
─Mi mamá no es guerrillera. En casa no hay guerrilleros.
─Cómo no, y tú vas a ser el primero que vamos a matar.
─Ustedes no creen en Dios ─les dijo el niño─, porque ustedes matan y Dios dice que no matarás.
─Ah, ya te estás delatando chino, ¿quién te ha enseñado esas babosadas? Un cura comunista, ¿verdad?
─Los diez mandamientos lo dicen.
─Tu madre te lo ha de haber enseñado.
─Ustedes es que no creen en Dios y no cumplen los mandamientos.
Yo me estaba poniendo muy nerviosa porque también al niño me lo iban a matar, pensaba, o a llevárselo con ellos o a saber qué. Pero no, quizá lo que les dijo los rebajó un poco y nos dejaron ir.
─Te tenemos fichada, eh. A la próxima vez que te veamos no te vas a escapar.
No se me olvida, un tres de mayo. ¿Y las flores?, me dijeron al llegar.

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Era noche cerrada. La vela que había encendido sobre la tapa del baúl, a la cabecera de la cama, se había consumido por completo y el pábilo había naufragado en un charco de cera reseca. Aguzó el oído y percibió múltiples ruidos. El contraerse de la chapa, el canto de un batallón de grillos, el croar de las ranas y el sonido del viento eran como un rumor de fondo. Pero había otros ruidos más cercanos, inquietantes, goterones gruesos, pesados, que caían sobre el techo, el removerse de algún animal, unos resoplidos, un chillido, patitas que se movían nerviosas, que sonaban dentro de la estancia, junto a su camastro. El hombre buscó la lámpara que había dejado bajo la almohada y alumbró las paredes. El débil haz de luz, el círculo amarillento, apenas descubría las sombras grotescas de los objetos, los tablones, la estantería, la cómoda, el suelo. No había nada. Alumbró hacia el techo y vio dos grandes ratas oscuras que se movían por las costaneras que lo sostenían, las mantuvo iluminadas un rato, pero no hicieron caso, les chistó y tampoco, así que apagó el foco, se arropó con la cobija y trató de olvidar sus movimientos, sus patitas rascando la madera, y dormir.

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Yo hacía de partera allá, antes de venirnos. Iba a las casas y ayudaba a las mujeres en el trance. Me estaba unos días en las casas, dos, tres, y me daban algo de pistillo. Las que lo tenían. Poco, pero algo era. Cuando entraron los primeros operativos y la cosa se puso fea, nos fuimos a vivir varias familias a unas cuevas de un puesto que le decían la Peña Blanca, cuevas grandes, en unos barrancos enormes que allí había, entre cerros filudos. Tan escarpados eran que un chino se desgració saltando entre las peñas, un chino travieso, vea, pero dispuesto, el hijo de la María, se desbarrancó y se quebró la mollera. Como animales vivíamos en aquellas cuevas, con miedo de hacer fuego, de que los chuchos latieran duro, de que nos vieran, de que nos hallaran, con miedo del miedo, usted. Tapadas habíamos hecho las bocas de las cuevas, con matojos secos, con chirivisco, con ramas de árboles, de modo que no se vieran desde lejos. De noche, los hombres salían a recorrer la tierra para cazar un garrobo, un cusuco, lo que fuera, cualquier fruta, zapotes, anonas, guayabas, cualquier raíz. Hasta se llegaban a las casas abandonadas, a las que estaban destruidas, para ver si había quedado en ellas algo que sirviese, una cabuya, un candil, una gallina, piñas de piñal. Y las mujeres de noche bajábamos a la quebrada para traer agua, para traer leña seca, seca, seca, de la que no levanta humo. (más…)

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refugiados colorLa comunidad Santa Marta (municipio de Victoria, Cabañas, El Salvador), tuvo la iniciativa de establecer,  a principios de los años noventa, una guardería para que las madres trabajadoras pudieran dejar en ella a sus niños y decidarse a otras tareas, como enfermeras en el centro de salud, maestas en la escuela, microempresarias o aprendices en los talleres de cerámica, cestería, etc.

Ahora, vista en retrospectiva, la “guardería”, con la simplicidad de la contrucción, los niños churretosos y pobremente vestidos y la valla de alambre porvisional para evitar el paso de animales, parece casi un campo de concentración. Pero no, era una guardería: la guardería.

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