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Archive for the ‘EL SALVADOR’ Category

Era noche cerrada. La vela que había encendido sobre la tapa del baúl, a la cabecera de la cama, se había consumido por completo y el pábilo había naufragado en un charco de cera reseca. Aguzó el oído y percibió múltiples ruidos. El contraerse de la chapa, el canto de un batallón de grillos, el croar de las ranas y el sonido del viento eran como un rumor de fondo. Pero había otros ruidos más cercanos, inquietantes, goterones gruesos, pesados, que caían sobre el techo, el removerse de algún animal, unos resoplidos, un chillido, patitas que se movían nerviosas, que sonaban dentro de la estancia, junto a su camastro. El hombre buscó la lámpara que había dejado bajo la almohada y alumbró las paredes. El débil haz de luz, el círculo amarillento, apenas descubría las sombras grotescas de los objetos, los tablones, la estantería, la cómoda, el suelo. No había nada. Alumbró hacia el techo y vio dos grandes ratas oscuras que se movían por las costaneras que lo sostenían, las mantuvo iluminadas un rato, pero no hicieron caso, les chistó y tampoco, así que apagó el foco, se arropó con la cobija y trató de olvidar sus movimientos, sus patitas rascando la madera, y dormir.

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Yo hacía de partera allá, antes de venirnos. Iba a las casas y ayudaba a las mujeres en el trance. Me estaba unos días en las casas, dos, tres, y me daban algo de pistillo. Las que lo tenían. Poco, pero algo era. Cuando entraron los primeros operativos y la cosa se puso fea, nos fuimos a vivir varias familias a unas cuevas de un puesto que le decían la Peña Blanca, cuevas grandes, en unos barrancos enormes que allí había, entre cerros filudos. Tan escarpados eran que un chino se desgració saltando entre las peñas, un chino travieso, vea, pero dispuesto, el hijo de la María, se desbarrancó y se quebró la mollera. Como animales vivíamos en aquellas cuevas, con miedo de hacer fuego, de que los chuchos latieran duro, de que nos vieran, de que nos hallaran, con miedo del miedo, usted. Tapadas habíamos hecho las bocas de las cuevas, con matojos secos, con chirivisco, con ramas de árboles, de modo que no se vieran desde lejos. De noche, los hombres salían a recorrer la tierra para cazar un garrobo, un cusuco, lo que fuera, cualquier fruta, zapotes, anonas, guayabas, cualquier raíz. Hasta se llegaban a las casas abandonadas, a las que estaban destruidas, para ver si había quedado en ellas algo que sirviese, una cabuya, un candil, una gallina, piñas de piñal. Y las mujeres de noche bajábamos a la quebrada para traer agua, para traer leña seca, seca, seca, de la que no levanta humo. (más…)

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Dejó el enlace de un vídeo sobre el primer retorno de Mesa (o el 2º) y una misa de despedida. Espero que les guste porque es un documento histórico.

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niña refugiada en el campamento de Mesa Grande, Honduras

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta. (más…)

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CUBIERTA_SEIS MIL LUNAS_2_CubierrtaSobre el telón de fondo de la revolución salvadoreña, ya pasada pero tan presente y pesada como una losa, Seis mil lunas nos muestra la particular memoria histórica, remota y reciente, de unos personajes estoicos y sufridos pero vitales que nos transmiten su indignación y su amargura sin renunciar a la esperanza, a la alegría ni al humor.
La atmósfera psicológica recreada, el paisaje humano y social, el protagonismo colectivo, la guerra, la pobreza crónica o la violencia contra las mujeres «permiten situar a Julio Alejandre en el ámbito literario del “realismo trágico”, que es la expresión que con menos palabras y mejor –dice Pedro Escobar en el prólogo– explica este libro».
Los catorce relatos que lo componen, premiados todos de ellos en diferentes certámenes nacionales e internacionales, están narrados con un lenguaje mestizo, fluido y llano, un castellano metamorfoseado que funde elementos literarios de ambas orillas del Atlántico.

Diisponible aquí

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Entre tanta tarea como tengo, me ha salido una nueva ocupación que me llena más que otras: colaborar con un grupo de mujeres para documentar casos de niños perdidos durante la huida de su país. El asunto surgió espontáneamente, como surge casi todo por aquí, y como es un tema que, desde que supe de él, me ha interesado y me ha tocado el corazón, no me ha costado echar una mano.

Y en eso llevo trabajando desde hace unas semanas, aunque sea a ratos perdidos. Ya hemos documentado al menos once casos de desapariciones de niños, aunque algunos de ellos en realidad no fueran niños perdidos, sino “regalados”; es decir, que durante las largas huidas de la zona de conflicto la situación llegaba a ser tan dramática que hubo madres que dejaron a sus hijos en las casas que encontraron por el camino, con cualquier persona, porque de seguir con ellos seguramente morirían. De hecho, según me cuenta la gente, no es raro entre los campesinos la costumbre de “regalar” niños. Por ejemplo, si una mujer tiene muchos hijos y por el motivo que sea no puede cuidarlos a todos, “regala” uno a quien pueda hacerlo mejor que ella: a su hermana, su comadre, su tía o incluso a su propia madre, y a partir de ese momento el hijo es adoptado por esta madre de acogida, la llama mamá y actúa en todo momento como si de verdad lo fuera.

Pero como digo, eso son sólo unos pocos casos. En los demás, los niños se perdieron de verdad. De todos los que hemos documentado, hay uno que me ha llamado la atención, no porque fuese más terrible que los demás, sino porque la mujer hablaba de la pérdida de su chiquitín con un desconsuelo tal, mostraba una tristeza tan desoladora, que también a mí me dieron ganas de llorar. Dijo que se le perdió cuando cruzaban la frontera, hasta donde una tropa los había estado siguiendo y hostigando. Fue de repente: se le zafó un momento mientras corrían y ya no lo vio más. Y aunque examinó uno a uno los muertos por el ataque, y lo estuvo buscando durante más de una semana, arriesgándose incluso a separarse del grupo, no logró dar con él. Dijo también que un periodista que cubría la llegada de los refugiados le sacó una foto al niño antes de perderlo, que tal vez él tenga alguna información, pero que no sabe como contactarlo. En todo caso, le gustaría conseguir la foto.

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En este reportaje norteamericano se muestran imágenes de la huida y del cruce de la frontera de refugiados salvadoreños en los años 80 del siglo pasado. Tres décadas después, ¿qué ha cambiado en el mundo?

Dejo el vídeo:

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