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Archive for the ‘EL SALVADOR’ Category

Viajando por las sierras del interior de Nicaragua, el carro se me quedó tirado en un camino de cabras, lejos de cualquier lugar civilizado. Un campesino me indicó que más adelante vivía don Moisés, un señor que sabía de mecánica, y fui a buscarlo. Encontré su casa en un claro en la espesura, en medio de los cerros, una casa grande, desangelada, de ladrillo rojo. Don Moisés era un hombre alto y delgado, de pelo escaso, largo y algo colocho, que le daba aspecto de demiurgo. Le conté mi problema y accedió a ayudarme. (más…)

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viejos mesa grande_cortadoSalvamos la vida y allá nos parqueron, en el campamento. Pero el campamento no es para nosotros, los viejos, nos pasamos los días mano sobre mano, contando historias de aquí, recordando, mirando para la frontera, con esa tristeza que le anida a uno adentro, que no lo deja dormir, ni descansar. ¿Qué va a hacer uno lejos de la tierra? Un campesino sin tierra no es nada. De pensar en morirme en el exilio se me va la alegría. Así que mejor me regreso, les dije. No se vaya usted, Misael, me dijeron, que al otro lado matan. Pero no les hice caso y mejor me vine. (más…)

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Se me olvidaron las flores. Era el día tres de mayo, el día de la cruz, y había ido al pueblo a traer gas para los candiles, baterías para el foco, otros volados para el parto. Y unas flores para adornar la cruz. Yo me fui con el hijo mayor, Chambita, que tenía once años, atenida a que estaba embarazada, que me dejarían pasar. Cuando venía de regreso me salió el escuadrón, en una casa que hay al final del pueblo, algo apartada, allí se habían puesto.
─A ver, la documentación. Qué llevás ahí, vos, enseña esa pichinga. Estas baterías son para la guerrilla.
─Para el parto son, por si me toca en la noche.
─Vos sos subversiva, un correo que lleva intendencia.
─No me digan eso, que yo ni sé lo que es.
─No te hagás la desentendida. Mirá, ayer capturamos a un baboso y lo guindamos de aquel palo de ceibo. Y hoy te toca a vos. (más…)

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No es fácil escribir esta carta. Le brincan a uno las ideas por la sesera y no hay como ordenarlas con criterio. Me he refugiado en la terraza, que a esta hora de la noche está tranquila y en silencio, a ver si aquí logro concentrarme. Ya van dos días que llevo demorando la tarea y de hoy no puede pasar, aunque me dé la madrugada o se le agote el gas a la lámpara. Aún está el papel en blanco, ni el bolígrafo he agarrado, sólo la cabeza apoyada en las manos y los ojos cerrados buscando la inspiración. Sí que es difícil escribir a alguien que ni siquiera conoces. Que no sabes quién es, qué relación tiene con ella ni por qué clase de lazos afectivos están unidos. Este hombre puede ser nomás un amigo suyo, su novio, su marido, su padre, bueno, su padre no porque tiene los apellidos diferentes. Y, joder –que Dios me perdone–, todavía es peor hacerlo en español. Pero no saber qué voy a decir, eso, eso es lo más difícil de todo.

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En la mañana neblinosa vaga una mujer, atraviesa el potrero y sale a la calle casi a la altura del puente. En la garita, dos soldados se frotan las manos, fuman y se ríen por lo bajito, sin ponerle cuidado a la mujer que chinea un tiernito. Cruza el puente sin que nadie le haga caso, y sube la calle y se aleja del río. Hace frío aún, y la neblina persiste hasta que sube la ladera y queda abajo la nube. Alguna gente en el camino la mira raro, sucia y desgreñada como va, desharrapada, churretosa, con la mirada perdida, y ella deja la calle y busca las veredas, el amparo de la montaña más frondosa. Cuando está sola le canturrea a la criatura que arropa bajo la camisa, la carita contra su cuello, la nuca hacia fuera. A veces le mete el pezón en la boquita, a la fuerza se lo mete, pero es que le duelen las chiches. No sabe dónde está, no sabe adónde va, no sabe quién es, pero no quiere que la gente la vea, prefiere esconderse, volverse furtiva. (más…)

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