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Archive for the ‘Nuestras películas’ Category

seventeen-moments-of-springA pesar del título tan poético, se trata de una serie soviética de los años 70 sobre la II Guerra Mundial, bien que dotada de una trama magnífica, una banda sonora excepcional y una originalidad que la hace única.

Dejo, en el enlace que sigue, la excelente crítica de la serie realizada por freelander.es e indicacione sobre dónde verla: 17 momentos de la primavera

 

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cartel_aliados_0Aliados, película ambientada en la SGM, nos presenta a una Marion Cotillard en todo su esplendor y un Brad Pitt desconocido, con un aire de madurez que le siente bien, no sé si conseguido por efecto del maquillaje o por alguna de esas operaciones de cirugía estética a la que tan aficionados son los famosos. Aunque en Aliados se cuenta una historia de espionaje, la película tiene algunas originalidades que le dan valor y la alejan de ese género tan manido.

A mi modo de ver, la cualidad más importante de la película es que se aleja de ese maniqueísmo que impregna todas las películas norteamericanas sobre la SGM, que nos presentan a todos los alemanes como nacis, malos e imperdonables, y que acaba haciéndolas tan monótonas y previsibles. Sin embargo, y sin que la cosa sea para tirar cohete, Aliados nos presenta al menos un personaje más complejo y lleno de claroscuros. (más…)

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la-marrana1_cartel El otro día repusieron en TVE la película de José Luis Cuerda, “La Marrana”, con la participación de Antonio Resines, de un amplio elenco de viejos conocidos del cine español, algunos más brillantes, Agustín González, Manuel Alexandre, Fernando Rey, y otros menos, Cayetana Guillén Cuervo o el Gran Wyoming, que tiene un discreto papel (mejor así). Y con la participación estelar (pido disculpas por la repetición, pero el énfasis es necesario) de Alfredo Landa.
La película trata de un par de pícaros que, a finales del siglo XV, arrean una marrana camino de Portugal. Uno de ellos es un desertor que la ha apañado en algún lugar y el otro un excautivo de Túnez que se muere por meterle el diente. Y qué bien hace esto el amigo Landa, con unas miradas, unos suspiros y unos gestos y ademanes que sólo de verlos le entra hambre a uno. En fin, una película muy en el estilo de nuestro cine de ayer y hoy, con mucha ambientación histórica made in Spain, con castillos, calles y monasterios destrozados, ruinas ruinosas, harapos, mucha vida alegre en ventas y prostíbulos, y mucho pecho al descubierto (hay uno que, aunque no venga mucho a cuento en el guión, el cámara nos muestra en estático durante un par de minutos, recreándose en los detalles de su geografía lunar).
Pero lo mejor de la película son, sin duda, los diálogos, sobre todo los que corren a cargo del personaje que interpreta Alfredo Landa (¿casualidad?). No sé si serán cosecha propia del guionista o si estarán sacados de alguna obra de la época. El caso es que no tienen desperdicio, pues consiguen amalgamar, en difícil equilibrio, la picaresca con la sabiduría popular. De muestra, rescato dos: «Los hombres somos como el plomo y el oro, que una libra de uno pesa lo mismo que una libra del otro, pero no se les tiene el mismo aprecio». Y el otro: «Convéncete, hombre, el pobre siempre está en tierra ajena».

 

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Película española, del año 2015, filmada originalmente en inglés y protagonizada, entre otros, por Tim Robbins, Benicio del Toro, Sergi López y otros tres o cuatro buenos secundarios. La película se sitúa en la guerra de la exYugoslavia y los protagonistas son miembros de una ONG que trabaja en labores de ayuda a la población afectada por el conflicto, en medio de serbios, croatas, partisanos y cascos azules.

Sobre este telón de fondo, “Un día perfecto” nos cuenta una historia cotidiana, de las que les ocurren a los cooperantes en aquella peligrosa y compleja frontera. El punto de arranque es la aparición de un cadáver en un pozo de agua potable en una región rural y montañosa, un cadáver que deben sacar para poner nuevamente en funcionamiento el pozo, pero que, por una serie de circunstancias y peripecias (como no tener una cuerda adecuada), resulta mucho más complicado de lo que al principio parecía.

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Una extraña simbiosis, digo, la de los hermanos Cohen y Spielberg, pero con un buen resultado: el de una película interesante, bien ambientada, humana, sin estridencias, y al límite de lo que la sociedad norteamericana puede permitir, gracias, tal vez, a algunos exabruptos chovinistas. La interpretación de Tom Hanks es magnífica: contenida, creíble, sin la exagerada desproporción del oscarizado Di Carpio, pero dándole al personaje la profundidad y honestidad que la película necesitaba. Pero no es sólo Tom Hanks. El resto, los “secundarios”, también están a la altura, al igual que el ritmo narrativo, el guión, la dirección de actores… Por buscarle alguna pega, diría que resulta pelín melodramática, con una ingenuidad que es, al mismo tiempo, también una virtud: cuando uno va al cine a echar el rato, agradece salir con las pilas recargadas.

el-puente-de-los-espiasEn esta curiosa y heterodoxa cinta de espías, por más objetiva que se nos quiera presentar, los soviéticos (y también los alemanes del este) representan el lado oscuro de la fuerza y los norteamericanos, evidentemente, el luminoso. Mientras los primeros torturan despiadadamente a su prisionero, con técnicas de manual de mercenario, los segundos le hacen un paripé de juicio, y se comportan con su espía, al espía ruso quiero decir, con cierta caballerosidad. Pero no es nada que le quite interés a la película, ni siquiera para los más críticos con el patriotismo norteamericano.

Desgraciadamente, si hacemos una lectura de la película a la luz de la historia, el mensaje que nos deja es pesimista, pues al final ha sido el lado oscuro el que se ha impuesto: medio siglo después, en las guerras del siglo XXI, los norteamericanos maltratan a sus prisioneros, suponiendo que antes no lo hicieran, de la misma manera que, según la cinta, los soviéticos maltrataban a los suyos durante la guerra fría. Si no peor.

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Cartel de la película

Cartel de la película

Después de seis décadas de ver películas sobre la guerra del Pacífico, algunas de ellas tan memorables y reconocidas como El puente sobre el río Kwai, De aquí a la eternidad, La batalla de Midway o, más recientemente, La delgada línea roja o La batalla de Iwo Jima, en las que se da un trato menos denigrante a los combatientes japoneses, por fin me he encontrado con una película con un enfoque verdaderamente objetivo. Se trata de un paradigma de mestizaje cinematográfico: basada en la novela de un ex soldado norteamericano (Don Jones), producida en Japón y con el sonido la mitad en inglés y la mitad en japonés.

Oba, the last samurái, es una producción del año 2011, de dos horas de metraje, dirigida por un tal Hideyuki Hirayama y que parece haber pasado sin mayor pena ni gloria por nuestro país (apenas he encontrado un par de reseñas en internet). Desde luego, nada comparable al éxito, la crítica y la publicidad de las grandes producciones bélicas norteamericanas. Sin embargo, con mayor o menor escasez de medios (desde luego, si los medios fueron escasos la cinta no lo resiente en ningún momento), esta película consigue hablarnos de la guerra desde el punto de vista de ambos bandos con gran respeto y consideración y, lo que es más importante, tratando de profundizar en la idiosincrasia de los soldados de los dos países, pero sobre todo de los japoneses, quizá para entender –y matizar− algunos de los estereotipos creados por Hollywood (como el harakiri, la sumisión al emperador o el extremo sentido del honor). (más…)

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fuegoHan pasado más de treinta años desde que Jean-Jacques Annaud nos presentara su particular visión de los albores de la humanidad en la película “En busca del fuego”, o “La guerre du feu” como rezaba su título original. Una producción franco-canadiense casi olvidada en las filmotecas y en la filmografía en general, de esas que no aparecen en las tan populares como simplificadoras listas de las 100 mejores películas, pero que en su día cosechó varios premios César, fue nominada al Globo de Oro y obtuvo un Oscar menor.  Sin embargo, ¡qué gran película!, de ese cine épico, con letras mayúsculas, que tan difícil es de encontrar en las carteleras, rara avis que se produce una vez cada muchos años y que es capaz de meternos, desde la primera imagen y con mayor intensidad que cualquier entrega del parque Jurásico de Spielberg, en el corazón de la prehistoria, de un mundo atávico y temible.

La película empieza con un paisaje nocturno donde brilla un minúsculo puntito de luz que oscila y se debate por sobrevivir en medio de la tiniebla circundante. La cámara se acerca y la débil llamita crece y crece hasta convertirse en un enorme fuego encendido a la entrada en una cueva que un tosco antepasado vigila mientras el resto de la horda duerme tranquilamente en el interior. El sagrado fuego de la vida, al que alimentan constantemente porque no saben cómo se fabrica, el fuego protector que espanta a las alimañas de la espesura y hace acogedora la noche desapacible e ingrata. Junto a él viven, en él asan sus presas y a su amor se calientan. Todos lo contemplan con ojos reverentes, con devota veneración, como se idolatra a un dios poderoso y temible.

Accidentalmente, el benefactor fuego se apaga, y el clan, que se ha refugiado en una ciénaga desapacible y fría, decide enviar a una partida de tres hombres para recuperar el fuego. A través de una geografía majestuosa, de paisajes tan espléndidos como desolados, el grupito se dirige hacia el sur, siempre hacia el sur. Los tres protagonistas pasan por una serie de peripecias a veces simpáticas, a veces dramáticas, más o menos apegadas a la ortodoxia antropológica, pero siempre tratadas con una profundidad que nos mete constantemente en la pantalla.

Por fin, en un sur más o menos lejano y ubicuo, entran en contacto con un pueblo más avanzado que captura a uno de ellos, lo encierra en una jaula y lo trata como a un animal, sorprendiéndose de su aspecto y burlándose de él por su atraso y barbarie; aunque también le enseña cómo se hace el fuego. De entre las muchas diferencias culturales que hay entre ambos pueblos, Annaud pone su curiosa mirada en el comportamiento sexual y nos lo muestra en una escena tratada con sutil maestría: es de noche y los hombres del sur, en una especie de ritual de fertilidad, ofrecen a uno de los prisioneros una Eva rolliza para que la cubra y la fecunde con su semilla. La matrona entra en la jaula y se tumba boca arriba para recibirlo, pero el hombre la ignora y sigue comiendo, y ella no consigue excitarlo hasta que se pone a gatas y le muestra unas nalgas orondas.

Sin duda, el atrevimiento de Annaud magistral ya que nos cuenta esta historia sin echar mano del francés, el inglés o cualquier idioma moderno, y hace hablar a sus protagonistas en un lenguaje primitivo y escueto, una mezcla elegante y muy cuidada de monosílabos, gestos y gruñidos que no necesita de ningún subtítulo para hacerse entender. Basta con conocer una sola palabra: “ahtr”, fuego.

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