Amado, el chaval que vino de ninguna parte

Amado el chaval que vino de ninguna parte

Amado, el chaval que vino de ninguna parte, un relato sobre adolescentes publicado originalmente en la web participativa Salto al reverso.

Por aquel entonces vivía en el barrio de Manoteras, en Madrid. Habíamos formado una pandilla grande y revoltosa y nos pasábamos en la calle todo el tiempo que podíamos, jugando, corriendo y yendo de acá para allá como gatos de arrabal.

De vez en cuando se sumaban a la pandilla chavales de fuera del barrio: venían de repente, generalmente traídos por alguno de nosotros, se integraban durante una temporada y al cabo de un tiempo se largaban. Con algunos simpatizábamos más y con otros menos, pero siempre los acogíamos. Como a Amado, un tipo inquietante que vino de ninguna parte.

Amado llegó al barrio una mañana de primavera, quizá en Semana Santa, porque recuerdo que eran días de vacaciones. Lo descubrimos rondando por el descampado y se lo presentamos a los demás, que estaban organizando los equipos para un torneo de minifútbol. Era mayor que nosotros y se veía que andaba errante, huyendo de algo, quizá de sus padres, quizá de la policía o de otros colegas peores que él. Vestía con un estilo muy macarra: botas camperas, pantalones de campana, camisa con cuello de pico y cazadora de cuero, todo ello muy ajado. Llevaba el pelo largo y sucio y en la cara tenía constelaciones de espinillas que se reventaba cuando estaba aburrido. Leer Más

Madre desesperada abrazando su bebé

Madre desesperada abrazando su bebé

En la mañana neblinosa una madre desesperada abrazando su bebé, atraviesa el potrero y sale a la calle casi a la altura del puente. En la garita, dos soldados se frotan las manos, fuman y se ríen por lo bajito, sin ponerle cuidado a la mujer. Cruza el puente sin que nadie le haga caso, y sube la calle y se aleja del río. Hace frío aún, y la neblina persiste hasta que sube la ladera y queda abajo la nube. Alguna gente en el camino la mira raro, sucia y desgreñada como va, desharrapada, churretosa, con la mirada perdida, y ella deja la calle y busca las veredas, el amparo de la montaña más frondosa. Cuando está sola le canturrea a la criatura que arropa bajo la camisa, la carita contra su cuello, la nuca hacia fuera. A veces le mete el pezón en la boquita, a la fuerza se lo mete aunque le duelan las chiches. No sabe dónde está, no sabe adónde va, no sabe quién es, pero no quiere que la gente la vea, prefiere esconderse, volverse furtiva. Leer Más

Servicios literarios para escritores noveles: ¿Un nido de aves rapaces?

Servicios literarios para escritores noveles

A lo largo de este y futuros artículos trataremos de analizar más en profundidad el abanico de servicios literarios para escritores noveles que han proliferado en los últimos tiempos. Trataremos de separar el grano de la paja con el objetivo de servir, en la medida de lo posible, de faro a escritores noveles como tú que quieren publicar su primera obra y se encuentran perdidos entre tantos servicios e información que se puede encontrar en internet.

 

“Planta un árbol, escribe un libro y ten un hijo”: el popular dicho de origen árabe forma, hoy en día, parte consustancial de nuestra sociedad y nuestra filosofía de vida. A medida que ha aumentado el tiempo libre y de ocio, la educación se ha hecho un bien universal y, sobre todo, se ha extendido el uso de las nuevas tecnologías y de las redes sociales, hay cada vez más gente aficionada a la escritura, más gente que ha convertido la escritura en una parte importante de su vida y que siente el legítimo deseo de publicar. Leer Más

La refugiada y el extranjero

 

Casi a oscuras queda la habitación, sólo el resto de la candela que aún da su puchito de luz parece que quiere pelearle el terreno a las sombras. Galán se está con esta mujer que me ha encontrado sin yo buscarla. La piel le luce de un trigueño intenso con la claridad de la vela. Voy a apagarla, porque los de la vigilancia no tardan y a ella no le gustaría que nos hallaran. Ni a mi tampoco. No es fácil que vayan a encontrar este nido tan clandestino, en el almacén viejo. Está a trasmano de todo y nos podemos quedar hasta la amanecida casi, a pesar del olor raro que se respira aquí, con tantos venenos y abonos y herbicidas. Ella duerme ahorita, pero hace un momento me quería descuajaringar del todo. Es chocante que una campesina de una aldea perdida del todo, refundida en la mera frontera, sea tan sensual y desinhibida. Y exigente, que quiere que uno le cumpla bien cumplidito, pero en eso no va tener queja. Leer Más

MINI-ENCUESTA: ¿Qué literatura lees?

 

La atracción del abismo (microrrelatos sobre adolescentes)

microrrelatos sobre adolescentes la atraccion del abismo

Hace muchos años leí un libro titulado así: La atracción del abismo. Se trataba de una novela de aventuras del escritor estadounidense James Oliver Curwod situada, como casi todas sus obras, en los territorios salvajes del Canadá. El argumento apenas lo recuerdo, pero el título se me quedó grabado y siempre tuve la ilusión de escribir algo con el mismo nombre. Ahora se me ha presentado la ocasión y, aunque se trate de un simple post, no pienso desaprovecharla. Espero que os guste este nuevo microrrelato sobre adolescentes.

Mi amigo Míchel era un poco cleptómano. Le gustaba ir a los supermercados del barrio a robar algunas cosas, menudencias, y me incitaba para que lo acompañara. A mí esas aventuras no me gustaban nada, lo pasaba mal pensando que nos iban a coger, pero para no ser menos que él casi siempre terminaba por claudicar y lo acompañaba. Nuestra táctica era coger una canasta, ir poniendo en ella las cosas que pensábamos llevarnos y, en un punto desenfilado de miradas clientes o empleados, meterlas en los bolsillos. Para disimular, pasábamos por caja pagando una bagatela. La mayoría de las cosas que robábamos eran de comer: galletas, chocolate, zumos, caramelos, pero también caían cualesquiera otros productos que nos llamaran la atención, siempre que fueran pequeños. La única vez que rompimos esa regla, nos pillaron. Quisimos llevarnos una caja de juegos que anunciaban mucho por la tele cuando se acercaban las navidades, pero la caja era muy aparatosa y no había forma de salir sin llamar la atención. Así que se nos ocurrió desvalijarla: los cubiletes, los dados, las fichas y tarjetas los guardamos en los bolsillos, y los tableros de cartón los escondimos entre la ropa y el cuerpo. Para disimular, al pasar por caja pagamos una bolsa de pipas grande, de las que costaban un duro. Pero fuera nos estaban esperando cuatro o cinco chicos que trabajaban de mozos en el establecimiento. Leer Más

Mistery Blogger Award

¿QUÉ ES EL “MISTERY BLOGGER AWARD”?

El “Mystery Blogger Award” es un premio para  bloggers singulares cuyo blog no solo cautiva sino inspira y motiva. Son blogs destacados y se merecen todos los reconocimientos que obtienen. Este premio también es para bloggers que se divierten e inspiran en sus  blogs  y lo hacen con amor y pasión. 

Okoto Enigma, creador de este premio, decidió llamarlo “Mystery Blogger Award” porque el significado de su nombre, “Enigma”, es “misterio”. Así que lleva el nombre de su creador. Además, es un nombre muy apropiado porque hay muchos blogs que aún son un misterio para todos nosotros  y cuando los conocemos resultan ser extraordinarios.

Link: https://www.okotoenigmasblog.com/my-greatest-creation-yet/

Agradecimiento:

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Agencias editoriales: una alternativa para publicar

agencia editorial

La agencia editorial representa una alternativa dentro del complejísimo mundo de la publicación. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y hay agencias y agencias. Este post pretende ser el primero de una serie de ellos dirigidos a profundizar sobre las dificultades y alternativas, a veces engañosas, con las que se encuentra el autor novel. En él analizaremos brevemente el mundo de las agencias y daremos algunas pistas que podrán ser útiles a todos aquellos escritores que estén pensando en publicar.

Una agencia editorial o literaria es un intermediario entre el autor y la editorial. Su trabajo es semejante al que realizan los representantes de los deportistas… pero con escritores: se dedican a recomendar obras literarias a editoriales que consideran adecuadas y también a asesorar al autor o autora en aspectos como consejos literarios, tendencias del mercado editorial, venta de los derechos y propiedad intelectual o seguimiento de la obra con la editorial.

Hay muchas agencias editoriales, y muchas páginas web (como por ejemplo escritores.org) que dan información sobre ellas; pero el mundo de las agencias editoriales es muy cambiante y la mayoría de los directorios suelen estar bastante desactualizados. Así que dejo AQUÍ un directorio de elaboración propia, con sus direcciones web, sus correos de recepción de manuscritos y también algunos comentarios que os podrían resultar útiles (aún así, algunas podrían estar ya desactualizadas). Leer Más

Microrrelatos del taller de relato corto

asociación de escritores Entre Pueblos

Entre las actividades de las II Jornadas literarias de Azuaga, se desarrolló un taller de escritura de relatos a cargo de Rocío de Juan. Como colofón de una tarde de llena de actividades, Rocío propuso a los participantes en el taller que inventasen un relato partiendo de una frase escrita por otro participante.

En un tiempo muy limitado, todos los participantes escribieron sus relatos pero, por desgracia, sólo 4 nos han remitido sus realizaciones al correo de la Asociación Entre Pueblos, que se comprometió a publicarlos en el blog.

Y como lo prometido es deuda (aunque sea con retraso), la Asociación publica en este post los microrrelatos recibidos. Para leerlos, sólo hay que pinchar sobre el título.

Cadena perpetua, de Gabriel Gil

La magia interior, de Ludy Mansilla

Pin, la titiritera en Perú, de Lidia Martínez

El olor, de Julio Alejandre

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La guardería

La comunidad Santa Marta (Villa Victoria, El Salvador) se fundó en 1987 por un grupo de refugiados que, provenientes del campamento de Mesa Grande (Honduras), retornaban a su país cuando la guerra estaba aún en plena efervescencia.
Llegaron otros grupos de retornados, la guerra finalizó y la población aumentó considerablemente, sobre todo los niños.
La comunidad Santa Marta tuvo entonces la iniciativa de establecer,  a principios de los años noventa, una guardería en la que las madres trabajadoras pudieran dejar a sus niños para poder dedicarse ellas a otras tareas, como enfermeras en el centro de salud, maestas en la escuela, microempresarias o aprendices en los talleres de cerámica, cestería, etc.
Ahora, veinticinco años después, la “guardería”, con la simplicidad de la construcción, los niños churretosos y pobremente vestidos y la valla de alambre para evitar que los animales ensuciasen el corredor, parece casi un campo de concentración. Pero no, era una guardería: la guardería de Santa Marta.

Extraña manera de hacer justicia (microrrelatos sobre adolescentes)

microrrelatos sobre adolescentes

Si hace unos días compartí con vosotros alguno de mis microrrelatos sobre playas, hoy os traigo un microrrelato sobre adolescentes. Está ambientado en Madrid y su protagonista es un adolescente al que conocíamos como Furia. Espero que os guste leer esta serie de microrrelatos sobre adolescentes casi tanto como a mí escribirlos. Os dejo con él.

Extraña manera de hacer justicia: un microrrelato sobre adolescentes y lo que le tenía deparado el destino a nuestro abusón particular

Yo me crié en un barrio de Madrid, por la zona de Ciudad Lineal, en unos bloques de pisos a los que les decíamos así: los Bloques. En aquella época, a principios de los setenta, las calles, parques y descampados de la ciudad estaban llenos de niños y jóvenes que iban de un lado para otro como bandadas de gorriones; no como ahora, que parecen vetustas y vacías.

En los Bloques no era diferente y teníamos tres pandillas: la de los pequeñajos, la nuestra y la de los mayores. Los mayores nos llevaban casi todos un par de años, aunque algunos rondarían ya los diecisiete o los dieciocho. Unos pocos estudiaban y la mayoría trabajaba. Cuando se juntaban solían sentarse en algún portal o en alguna esquina a charlar, a pegar voces, organizar pequeñas escaramuzas de golpes y empujones o echarse unos pitillos. También hacían guateques los sábados por la tarde e invitaban a las chicas más guapas del barrio. Los envidiábamos por ello. Aunque les gustaba el fútbol, y algunos lo jugaban muy bien, nunca organizaban partidos y si se les antojaba dar unas patadas al balón, se metían en el nuestro sin pedir permiso. A mí no me gustaba jugar con ellos porque chutaban muy fuerte, arrollaban a los más pequeños y rompían el delicado equilibrio que, de tanto jugar juntos y conocernos, solíamos lograr. Con ellos, los partidos se volvían desordenados, duros y pronto se terminaban. Pero claro, era difícil evitarlo; que se metieran, me refiero. Si les decías que no, te arriesgabas a que te dieran un par de leches o que te la guardaran para más adelante.

A veces, cuando se aburrían o cuando no tenían nada mejor que hacer, nos perseguían para pegarnos o hacernos alguna perrería porque, argumentaban, nosotros éramos del Atleti y ellos del Madrid. La mayoría de las veces escapábamos con un empujón, un brazo retorcido o con alguna llave de judo, pero no siempre. Otras veces las cosas se ponían más complicadas. Sobre todo cuando estaba Furia, que era un chaval no muy alto, pero fuerte, con la tez rubicunda y sin rastro de barba. En aquella época en la que las melenas estaban de moda y cada cual hacía de la suya una seña de identidad, resultaba chocante el pelo corto de Furia, no sé si por decisión propia o por imposición paterna. Su padre, don Felipe, era un sargento de infantería de marina, ya retirado, que tocaba el trombón en la banda del cuartel, y su madre era una señora muy encopetada, rubia oxigenada, vestida de forma muy llamativa y con la cara muy maquillada, para disimular las arrugas. Furia era el hijo pequeño de una patrulla de hermanos que no vivían ya en los Bloques. De estos detalles me había enterado yo a través de mi madre, que hablaba mucho con la suya cuando se la encontraba por la calle.

Como decía, Furia era el más temible del grupo de los mayores, un capullo alocado con una vena de barbarie que asustaba. No se conformaba, como los otros, con hacernos pasar un mal rato; no, a él le gustaba humillar, ensañarse con quien fuera hasta conseguir que llorase a moco tendido. Y no era fácil eludirlo, porque atacaba casi siempre a traición: salía del portal con el cigarrito recién encendido, para que no lo viera el padre, andando con la cabeza gacha, sin fijarse en nosotros, como si estuviera ensimismado en cualquier pensamiento, y de repente, cuando más confiados estábamos, zas, daba una carrera y pillaba a alguno. A la fuerza, retorciéndole el brazo hacia atrás, se lo llevaba de allí a un lugar más desenfilado, igual que los depredadores cuando capturan a una presa, para maltratarlo a su gusto: darle unos capones de los que más duelen, una quemadura con la brasa del cigarro, levantar a la desafortunada víctima tirándole de las patillas o cualquier tormento que se le ocurriese.

Uno de sus pasatiempos favoritos consistía en apostarse en las escaleras de su portal con una escopeta de aire comprimido. Desde allí dominaba a placer el parque donde nosotros solíamos jugar y con ella nos pegaba plomazos en las piernas. Gracias a los pantalones largos, sólo nos dejaba un moratón, sin abrir herida, pero el dolor era muy fuerte, peor que si te hubiesen pegado una patada. Cuando lo veía aparecer, yo me ponía ojo avizor, listo para echar a correr a la menor señal de peligro; pero aún así consiguió atraparme una vez y me hizo que le limpiara los zapatos con la lengua, unos zapatos viejos de color negro, con cordones, una costura de adorno en la puntera y llenos de polvo. Lo hizo delante de todos los presentes, chicos y chicas. Vaya, vaya con el listillo de Julio, me decía, creías que te ibas a escapar de Furia, ¿eh? Durante unos años Furia fue nuestra pesadilla, y aunque pronto se marchó a la mili, no pudimos respirar aliviados porque, en los permisos que le daban, venía con la mala leche acumulada en el cuartel y deseando desquitarse. Con el uniforme de marinero, el lepanto y el pelo rapado tenía un aspecto más infame de lo usual.

En uno de aquellos permisos fue cuando le hizo a Vicente, el Tonel, una atrocidad que estuvo a punto de convertirse en tragedia. Estábamos todos jugando en el monte, como le decíamos a un descampado que había junto a los Bloques, haciendo cortafuegos entre la hierba seca para después quemarla. Los cortafuegos no los hacíamos por prudencia o civismo, sino porque lo habíamos visto en un documental en la tele y nos dio por intentar aplicarlo. Tan entretenidos estábamos con la diversión que no nos percatamos de Furia hasta que no lo tuvimos encima. Iban con él otros dos colegas, seguramente reclutas, porque tenían el pelo casi al cero. No recuerdo quién dio la alarma, pero en un instante salimos todos en desbandada, corriendo hacia la vía de escape más cercana. Detrás de mí se vino el Bolo. Los dos saltamos la valla que nos separaba de un chalet próximo y nos quedamos agazapados detrás de un seto, viendo a través de sus ramas lo que pasaba en el monte. Vicente no era buen corredor y tuvo peor suerte: tropezó y cayó, haciéndose una herida en las rodillas. Furia y sus amigos lo cogieron y empezaron a aplicarle sus habituales métodos de abuso. Tal vez todo se habría quedado en un par de apretones si no hubiera sido por el sorprendente coraje que sacó a relucir Vicente y que a Furia, como el matón que era, lo cabreó más que cualquier otra cosa.

Supongo que fue para doblegarle el orgullo que se le ocurrió la idea de quemarlo. Primero lo arrastraron hasta un poste de la luz y lo amarraron a él; después, apilaron a sus pies el pasto que habíamos sacado de los cortafuegos y le acercaron el mechero. Vicente se había puesto pálido y les gritaba, llorando, con la voz quebrada, que no lo hicieran, pero Furia, con sádica insensibilidad encendió la broza y se fue tranquilamente, andando con chulería, mientras Vicente intentaba apartar desesperadamente con los pies el pasto inflamado. Entonces saltamos la valla y corrimos hacia él. Apagamos el fuego y lo desatamos. Se le habían chamuscado los zapatos y los pantalones y tenía algunas quemaduras en las piernas, además de la herida en la rodilla, la que se hizo al caer. Estaba casi desmayado y lo llevamos a su casa en volandas, entre el Bolo y yo. De camino se nos fueron acercando los demás, saliendo de sus escondrijos. Miguel, la Rata, cuando nos vio aparecer, quiso hacer el chiste de que Vicente, el Tonel, nos aplastaría con su peso, pero no tuvo mucho éxito.

Al final no se armó ninguna pelotera, como habíamos imaginado, ni vino la policía, ni mucho menos salió la noticia en los periódicos. La madre de Vicente fue a hablar con don Felipe, el padre de Furia, y ahí se quedó todo. No sé si don Felipe le daría a su hijo el escarmiento que se merecía; en todo caso, si fue así de poco sirvió, porque al poco tiempo ya estaba de nuevo haciendo de las suyas.

Tardamos varios años en librarnos de Furia, uno porque nos fuimos haciendo mayores y ya no se atrevía con nosotros, y dos porque se fue de los Bloques y no volví a saber de él en mucho tiempo. No obstante, hace poco que un antiguo conocido me dijo que había muerto en un accidente. “Cómo fue la cosa”, le pregunté. “Se estrelló contra un poste, el coche se incendió y no pudo salir”. La vida, pensé, tiene extrañas maneras de hacer justicia.

 

Reseña sobre “Seis mil lunas”

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Paco Collado, poeta, periodista, crítico literario, guionista y miembro de la Asociación de Escritores Extremeños, ha reseñado en su blog El Gabinete de Kaligari, el libro de relatos “Seis mil lunas”. Su opinión tal vez ayude al lector indeciso.

Comencé a leer “Seis Mil Lunas” sin acceder previamente a la biografía del autor. El resultado fue que al cabo de tres cuentos, llamó mi atención el dominio del habla salvadoreña, la fluidez en las construcciones, la naturalidad en la estructura, hasta el punto de que me quede asombrado cuando leí que se trataba de un madrileño que había trabajado como cooperante (Colomoncagua, Mesa Grande, Morazán, etc), que actualmente, se encuentra afincado en la Baja Extremadura, dedicado a la enseñanza. Quien haya  tratado de pergeñar una historia corta, utilizando cualquiera de las características léxicas de los países hispanoamericanos, se ha topado con la dificultad de estructurar las frases de modo natural. No se trata de colocar palabras al libre albedrío o de sustituir las utilizadas en el castellano de acá con las del castellano de allá, como un sanitario colocando apósitos. La realidad es mucho más compleja.

El resto de la reseña se puede leer aquí.

Más allá del horizonte (microrrelatos sobre playas)

Más allá del horizonte (microrrelatos sobre playas)

En una época estival como la que nos encontramos (al menos para los que vivimos en España) en la que el Sol aprieta y las ganas de estar en una buena playa cada vez se hace más patente, y como buen amante de los microrrelatos, no se me ha ocurrido mejor idea que escribir un microrrelato sobre playas; bueno, en la que la playa es el lugar en el que se desarrolla. He dudado entre titularlo La última playa o Más allá del horizonte; finalmente me he decantado por este último. Sea como fuere, estéis en la playa o en el lugar que sea, espero que disfrutéis con la lectura de este microrrelato tanto como yo he disfrutado escribiéndolo. Os dejo con él:

Más allá del horizonte: un microrrelato para los amantes de la playa

He conseguido alquilar un vehículo y en él he viajado a través de un paisaje árido y caluroso, a intervalos cruzado por una selva tentacular y esquiva, marcada por la huella de la deforestación, hasta alcanzar una península por la que me adentré. Su geografía está modelada por una marisma selvática o bien una selva pantanosa, no sabría decir, poco saludable, pero cuya costa, en el lado más abierto al océano, está formada por preciosas playas salpicadas de dunas de una arena blanca y finísima y es asentamiento de algunas aldeas que viven de la pesca, tanto más distantes y pequeñas cuanto más avanzaba, hasta llegar a la última, donde actualmente me encuentro, y que no es última porque yo me encuentre ella, sino porque más allá, hasta llegar al cabo en que la costa gira, ya no hay nada, nada que merezca la pena verse, se entiende, sólo playa, dunas y más selva.

La aldea es pequeña y sus casas están todas construidas con tierra apisonada y palma entretejida. Me gusta el lugar, y no sólo por las playas, o porque los naturales sean gente amigable y confiada, buenos negociantes y pacientes con quien no conoce el idioma, como es mi caso, sino sobre todo porque tiene ese aire especial de todo aquello situado a trasmano, escamoteado a los mapas, y donde la realidad y el sueño se amalgaman de tal forma que es difícil decir en qué punto termina una y comienzan los otros.

Me alojo en una casa cuyo propietario la abandonó hace un tiempo y la dejó al cuidado de su hermano, mi casero, un hombre de agradable sonrisa y ojos astutos con un complicado nombre que no he aprendido aún a pronunciar y menos a escribir. Además de alojamiento me proporciona alimentación; y todo ello, alojamiento y comida, por una suma ridícula, aunque la facilidad con que llegamos a un trato me la haga sospechosa.

Con las necesidades básicas cubiertas, es decir, estas dos, porque la otra, la de mujer, que no falta quien le otorgue tal consideración, no está atendida. Y no es que no se pueda arreglar, porque mi casero es hombre para todo y me ha parecido entender que hasta en ese asunto podría hallar soluciones a mis carencias, sino que he terminado por creer que en estos días de vida en cierto sentido eremítica, propicios para la limpieza interior, debo mantenerme puro y alejado de placeres, como lo hacían los aspirantes a caballero en los oscuros días del Medioevo, y no mezclar la liturgia con la carne, si es que consigo explicarme. Pues una vez atendidas mis necesidades, decía, los días transcurren con la desordenada simpleza propia de la vida contemplativa y se me van en bañarme en las aguas medianamente cálidas que rompen aquí con estrepitoso oleaje, sentarme a escribir en el sombrajo que hay a la entrada de la casa y contemplar desde allí las tormentas que rolan a la deriva por el horizonte, descargando diluvios allá donde caen; en pegar la hebra con los vecinos, dispuestos a intentar dialogar conmigo por el universal lenguaje de las señas, o en haraganear entre las casas escoltado continuamente por el chiquillerío de la aldea.

La única actividad para la que me dejan tranquilo es la de pasear por la playa, lo que hago por las mañanas, cuando sopla una brisa suave que me da la vida. Sin embargo, por las tardes se acumula una calima espesa que apaga los contornos de los objetos, nos envuelve en un bochorno pegajoso e incómodo y es caldo de cultivo donde aparecen, quizá por generación espontánea, como pregonaban los antiguos alquimistas, unas nubes de insectos diminutos y atosigantes que me obligan a refugiarme en el interior de la casa, bajo la remendada mosquitera, privándome de los atardeceres. Dice mi casero que es normal en esta época que vengan días así, que pronto pasarán, o al menos eso creo entender que me dice, porque el extraño acento con que habla su idioma unido a mi imperdonable desconocimiento de otra lengua que no sea la mía, me sitúan constantemente en la periferia de la comunicación.

Y por las noches me tumbo en la hamaca que hay en el corredor, a oscuras, para observar la mar en busca de algún mercante extraviado, y me impresiono al divisar desde aquí el diminuto fanal que indica su posición antes de que desaparezca por el proceloso océano, más allá del horizonte.

Relatos centroamericanos: La justicia es cosa seria

Relatos centroamericanos: La justicia es cosa seria

Para todos aquellos que, como yo, sois amantes de los relatos centroamericanos, hoy quiero compartir con vosotros un nuevo relato que he titulado La justicia es cosa seria. Espero que disfrutéis leyéndolo tanto o más de lo que yo he disfrutado escribiéndolo.

 

Lo mataron a traición, cuando no se podía defender, a mi compadre Zavala. Quizá no le suene el nombre, señor letrado, ya se ve que es usted de fuera, una persona refinada, y no lo imagino entre sus amistades, que las tenía, y muchas, pues era un hombre popular. Pocos habrá en Santa Bárbara que no lo hayan conocido, y no siempre por cosas buenas, todo sea dicho. Zavala era el seudónimo que le trabaron durante la guerra, y ahora, que ha llegado la paz, la gente ha seguido llamándolo así, que su nombre verdadero, el de bautizo, nunca lo dijo; tampoco es que importe mucho, ¿verdad?, eso no va a cambiar las cosas. Zavala no era de por aquí. Alguien dijo que era panameño, o dominicano, en cualquier caso de junto al mar, pues tenía un tipo mezclado entre negro e indio, muy del Caribe, con el pelo rizado y la nariz chata. Y un corpachón enorme, macizo y fuerte como el de un toro.

Ese era Zabalón, el primero para las juergas. Por eso estábamos en el panteón ayer tarde, celebrándole el novenario. Los nueve días de muerto, me refiero, porque esa había sido su voluntad. Nos la dijo en el velorio de la Teresita, una muchacha medio loca que se tiró debajo de las ruedas de un camión sin que nadie supiera por qué. Pues nos dijo: cuando me lleve la pálida no me lloren, cheros, ni me manden a decir misas, mejor se van al panteón a correrse una buena juerga a mi salud.

Y lo decía en serio.

Así que allá nos juntamos una buena collera de amigos, que estuvo Guayito, uno que tiene orden de caza y captura, y el Chele Santos, que vive en la mera capital, y la Seca, que lo había abandonado hacía meses, y algotros mas que no le voy a mentar por no alargar el cuento. Todos nos reunimos junto a su sepultura nomás para hacerle los honores y lamentar la jodida suerte que tuvo el compañero, porque no hay derecho a que lo mataran como se murió: mi compadre Zavala estuvo en lo más recio de la guerra, no pudieron con él las balas ni las minas ni las varias libras de metralla que llevaba repartidas por el cuerpo, y se merecía, ¿cómo le diría?, una muerte más digna.

Y en el panteón nos corrimos la juerga que habría deseado Zabala, y tomamos y bailamos, recordando lo vergón que había sido en vida, y brindamos a su salud y lloramos juntos mientras le cantábamos unas rancherotas todas destempladas.

Pero para mí la celebración no estaba completa sin una pequeña ofrenda, sin un regalo para el difunto, porque, con ser su voluntad, se que­daba un poco simple la sopa, ¿no le parece? Así que yo llevé la sal. Y, cuando ya algunos decían de marcharse, saqué de mi macuto, bien envueltitas con papel y con nylon, las manos del carajo que lo mató, que trabajo me dio cortárselas, y las puse encima de la sepultura. Fue ovación la que me dieron los compañeros, oiga, y entre todos me levantaron y me pasearon en procesión, y hasta mandaron traer otras botellas para alargar la fiesta hasta la amanecida, que fue cuando llegó la policía y me detuvo por profanación y homicidio, y escándalo público y no se cuantas cosas más. Pero qué quiere que le diga, señor letrado, yo no me arrepiento de lo hecho porque la justicia es cosa seria, no vaya usted a creer.

Masacuata

Le gusta el trago y el juego, que a los dos le entra fuerte, si gana lo disfruta y si pierde lo paga con la vieja

Inevitable personaje de la América rural, prototipo de hombre pícaro y licencioso: Masacuata. Ahí lo veréis, plantoso como ninguno, aunque hace años que cumplió los cincuenta, con su sombrero de fieltro adornado con cintillo de plata vieja, la camisa remangada, al hombro un machete con funda de cuero repujada, flecos trenzados, borlas y remaches brillantes. A los pantalones vaqueros los ciñe un cinturón ancho, de hebilla de media libra, y los lleva arremangados con premeditado descuido, para que luzcan las botas de charro. Leer Más

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