Yo no debería estar aquí


soldado nieve_2
Cuadro de Ernest Descals

De nuevo escuchó la voz, más suspiro que grito. Montalvo se giró rápidamente y vio a unos metros a un soldado recostado sobre un tronco. Parecía español: el pelo negro, la barba recia y escarchada y en el uniforme un pequeño escudo con la bandera. Tenía una bufanda enrollada en la cabeza, a modo de turbante, se había echado por encima los abrigos de dos cadáveres cercanos y con una mano aferraba el fusil por el cañón.

—Eh, amigo −lo llamó Montalvo.

El hombre no hizo movimiento alguno, salvo abrir los ojos y alzarlos hacia él, unos ojos oscuros, enormemente grandes, con la muerte escrita en ellos. Montalvo se acercó al compañero, se arrodilló a su lado. No le sonaba su cara ni creía haberlo visto antes, aunque en el estado en el que se hallaba era difícil reconocer a nadie. Debajo del cuerpo, congelada sobre la nieve, había una mancha oscura de sangre vieja. Se quitó una manopla y le tocó la cara. El soldado movió los labios pero no le salió palabra ninguna, como si hubiera gastado su último aliento en pedir auxilio. Montalvo probó a moverlo y el hombre hizo un gesto de dolor. De nuevo intentó hablar: “los lobos”, dijo muy bajito, y meneó ligeramente la mano que sujetaba el fusil como si hubiera sido un leño.

—Lobos, repitió.

—Ánimo, amigo, te sacaré de aquí, le dijo él, pero el hombre negó con la cabeza y miró hacia su pecho.

No, definitivamente no lo conocía, pensó Montalvo. Retiró con cuidado los capotes que lo cubrían, le desabotonó el abrigo y lo apartó. Había una herida muy fea en el costado, a la altura del riñón, más de granada que de bala, que manchaba de rojo el uniforme gris. Parecía una herida sin esperanza. De hecho, lo extraño era que el hombre hubiera aguantado tanto tiempo vivo. Lo cubrió rápidamente y se sentó junto a él, apoyando la espalda contra el mismo tronco blancuzco, respirando con fuerza. No podía abandonarlo, pero tampoco quedarse allí esperando a que muriese. Volvió a oír su voz, esta vez un poco más entera: “Me llamo Paco Grueso, soy extremeño”.

—Entonces somos paisanos.

—¿De qué unidad eres? —le preguntó.

Pero Montalvo se levantó sin contestar, pensando en cómo enderezar al hombre y hacerlo marchar.

—Ahora vamos a movernos, Paco. Mi compañía es del primer batallón y está muy cerca. Te voy a llevar hasta allí.

Sin hacer caso de su mirada de escepticismo, Montalvo se situó frente a él, le metió los brazos bajo sus axilas y tiró para arriba. Paco soltó un pujido de dolor pero aun así hizo un débil esfuerzo para levantarse. La operación no fue complicada porque el hombre pesaba como una pluma. Una vez de pie y apoyado contra el tronco, Montalvo aprovechó para terciarse su fusil y arreglarle a él el capote, después colocó el brazo del herido sobre sus hombros y le rodeó la cintura. Y así, el uno contra el otro, empezaron a moverse. Paco estaba acalambrado y casi sin fuerzas, tenía las piernas rígidas y a duras penas se mantenía erguido. Todo el trabajo debía hacerlo Montalvo, cuya respiración acelerada producía chorros de vaho en el aire glacial. Tiraba del compañero metiéndole un poco la cadera para facilitarle la tarea, pero no pudo evitar que se derrumbara un par de veces. Tardaron quince minutos en adelantar un centenar de metros. Aunque no se quejaba, Paco llevaba el rostro contraído por el dolor.

Mientras avanzaban trabajosamente por la nieve, siguiendo el rastro que dejara Montalvo, no cruzaron palabra alguna, cada uno sumido en su propia congoja. La tarde había ido cerrándose, volviéndose oscura y amenazadora. Soplaba un viento fuerte, terriblemente gélido, y comenzaron a caer unos copos ralos que aumentaron la inquietud de Montalvo. Notaba la debilidad del herido con cada paso, en cada resuello. Progresaron otro trecho y Paco Grueso volvió a caerse. «No puedo más», dijo. Había quedado a cuatro patas, con las rodillas y las manos apoyadas en la nieve y la cara rozando su superficie.

—No puedo más, repitió, déjame aquí.

Se arrastró unos metros, se recostó contra el tronco de otro árbol y, sin dejar replicar a Montalvo, prosiguió: «Recuerda lo que te voy a decir y escribe a mi familia». A pesar de la debilidad y de la nieve que golpeaba su rostro, el hombre no quiso interrumpir su testamento. «Viven en Badajoz, en la plaza Alta. Mi madre… se llama Trinidad López, viuda». Hablaba con la voz entrecortada, mezclando palabras audibles e inaudibles. «Mi mujer es María Ro… Rosales. Tengo un hijo de dos añitos, dos, Manuel». Hizo una mueca que quiso ser sonrisa y una pausa larga, para llenar de aire los pulmones, antes de continuar. «Diles que los quiero a todos y que,.. eso, que los quiero con toda mi alma», terminó con un susurro apagado, más soplo que voz, «que recen por mí».

Montalvo había sacado una libretilla que llevaba siempre encima y un lápiz escaso. Se había quitado la manopla derecha y fue tomando nota para no olvidar un detalle. Le temblaba la mano y apenas podía escribir del frío tan intenso. La punta del lápiz parecía atascada sobre el papel y necesitó soplar varias veces sobre los dedos para que avanzara.

—Yo no debía estar aquí, dijo Paco.

—Ninguno deberíamos estar aquí —contestó Montalvo.

—No me refiero a eso, replicó Paco. —Montalvo levantó los ojos del reducido papel, pendiente de las palabras del moribundo, pero nada más añadió.

Al terminar, guardó la libretilla, se enfundó la manopla y se quedó un instante pensando en su propia familia. También él tenía una madre, y un padre, que vivían en Azuaga; y una novia, no en Azuaga, sino en Madrid. No estaba casado ni tenía hijos ni, de seguir así las cosas, llegaría a tenerlos nunca. Aún con las imágenes de los suyos en la cabeza se agachó y trató nuevamente de alzar al compañero, que ya no ponía nada de su parte. Luchó un minuto contra aquel cuerpo vencido hasta que logró enderezarlo y hacerlo caminar, pero a los tres pasos se le derrumbó como si fuera un muñeco de trapo, arrastrándolo en la caída. Montalvo se levantó con la idea, esta vez, de echárselo a los hombros y cargarlo hasta donde sus fuerzas se lo permitieran, así que lo sujetó por las solapas del capote y entonces vio sus ojos, que parecían mirar más allá de él, al cielo de panza de burro, a los árboles, a la nevada, y se dio cuenta de que estaba muerto.

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