Diario de Lola (20 de marzo)


LaVirtud_recortado

Una de las tareas del ACNUR es proporcionar asilo en terceros países a los refugiados

Acabo de terminar de archivar los papeles de los expedientes de asilo. Es media tarde y estoy en mi habitación, voluntariamente recluida. Aún queda un rato para la cena, así que me queda tiempo para escribir una nueva entrada de mi diario, que desde hace unos días lo tengo medio abandonado.

Y hablando de asilo, una de las tareas más delicadas que hacemos en la oficina es sacar del campamento a personas o familias que se sienten amenazadas, tramitar su estatus de refugiado político y buscarles acogida en un tercer país. Y es delicada porque en el campamento no está bien vista la gente que pide asilo fuera. Los refugiados quieren mantenerse juntos porque están empeñados en organizar más adelante un retorno masivo; así que estas salidas las ven casi como deserciones. De hecho, los que se ponen en contacto con nosotros lo hacen con mucho secreto y cautela, y hasta con temor, por lo que el trámite debe hacerse con la máxima discreción.

Los motivos que alegan quienes solicitan asilo político son principalmente dos. Unos dicen que están señalados por el ejército salvadoreño y temen regresar a su país. Y otros dicen que el problema está dentro del campamento, bien porque la organización interna los ha acusado de colaboracionistas o porque los quieren obligar a enrolarse en la guerrilla y llevárselos al otro lado de la frontera. A mí me cuesta creer algunas de estas historias y pienso si la gente no deformará los hechos, o exagerará, o mentirá abiertamente, con tal de conseguir marcharse a otro país. Pero quién sabe.

Hoy he estado tramitando la salida de una familia de seis miembros y se me ha instalado dentro una desazón que me tiene el cuerpo destemplado. Mientras hablaba con los padres me llamó la atención la tristeza que mostraba la mujer, como si no quisiera marcharse. Le pregunté y me dijo que estaba de acuerdo en salir, me lo dijo muy suavecito, como hablan ellos, con la cara agachada, y se calló. Pero al ratito alzó la cabeza y se puso a contarme que durante la “guinda”, o sea, cuando huían de los operativos del ejército para cruzar la frontera, se les había perdido uno de los hijos. Hace ocho años. Ocho años esperando que aparezca, preguntando, atenta a cualquier noticia, a cualquier rumor, pero nada, como si se lo hubiera tragado la tierra. Ocho años de incertidumbre, de dudas, de aflicción. Mientras me lo contaba se le quebraba la voz y se le escaparon algunas lágrimas silenciosas que se limpiaba con una toalla. El marido la consolaba diciéndole que ahora había que preocuparse por los otros hijos y mirar para adelante, al futuro, al nuevo país adonde irían. Pero la mujer movía la cabeza sin convencerse porque, con la marcha, también renuncia a cualquier esperanza de encontrar al hijo que perdió.

No es la primera vez que oigo hablar de niños extraviados o desparecidos a causa de la guerra y también yo me pongo mustia. No puedo evitarlo. Estas historias me parten el corazón.

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