Los dados mágicos


dados magicos

La pastorcilla dejó atrás a los demás y recibió inesperadamente unos dados de colores

La pastorcilla dejó atrás a los demás. Tenía la decisión grabada en el rostro. Tenía un destino aleteando en el corazón. Si nadie la rescataba, ella lo haría. Ella sola. Se calzó sus botas de caminar los páramos, se echó a la espalda su morral de los caminos y dejó atrás su tierra y su gente, y otras tierras y otras gentes, y dejó la montaña por el bosque y el bosque por el prado.

La pastora avanzaba con paso ligero y decidido pues se dirigía a rescatar a la princesa prisionera. El cielo estaba alto y hacía calor. En medio del prado le pareció escuchar un grito ahogado. Miró al frente pero no vio nada. Miró hacia los lados y tampoco. Miró hacia abajo y allí estaba, la ranita roja y dorada. A pesar de que las ranas de colores brillantes son siempre venenosas, la joven pastora la recogió y la observó detenidamente en la palma de la mano: era pequeñita y estaba completamente inmóvil, como muerta. Sin embargo, tenía un ojo abierto, un ojo oscuro con un destello casi apagado en el fondo. Sin perder un segundo, vertió un poco de agua de su cantimplora en el cuenco de la mano y siguió su camino hasta encontrarse con un río, buscó un remanso y lanzó la ranita al agua.

Adiós ranita, le susurró, espero que vivas. Y observó cómo caía sin apenas salpicar entre algas y hojas caídas, y cómo se hundía. Aguardó unos momentos para ver si salía, pero lo que emergió ante su atónita mirada no fue la ranita sino una hermosa ninfa de cabellos largos y dorados. La muchacha quedó muda, observando la aparición cuyos ojos lo miraban con un fulgor especial y le transmitían las palabras de agradecimiento que su boca cerrada no decía, y extendió el brazo y le mostró, en la palma de la mano, tres hermosos dados de colores tallados con primorosos relieves. «El dado azul ―decían sus ojos― simboliza la levedad y sutileza de lo etéreo. Cuando necesites elevarte hacia los cielos, apriétalo fuerte en el puño y volarás. El dado verde ―proseguían aquellos ojos― representa la ductilidad de lo que se adapta, el poder de lo que cambia pero permanece. Apriétalo cuando necesites el don del mimetismo. El amarillo, sin embargo, encierra el valor de lo pequeño, la fuerza de lo insignificante. Apriétalo cuando todo lo demás te falle». La pastora estaba tan absorta que tardó un buen rato en reaccionar y alargar la mano hacia las piedrecillas que le ofrecían. Y cuando finalmente lo hizo y las tomó, la ninfa desapareció entre las aguas sin dejar tras de sí otro rastro que unas diminutas burbujas de espuma en la superficie del remanso.

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