Diario de Lola (2 de marzo)


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Lola, una cooperante del ACNUR, decide llevar un diario de su experiencia en el campamento de Resurrección. Esta es su primera entrada

Hoy hace un mes que me incorporé a mi puesto en la oficina para Resurrección. Aprovecho la efeméride para estrenar esta libreta nueva que, si mantengo la constancia, se convertirá algún día en diario. Mi primer diario. Nunca antes había sentido la necesidad, o más bien el impulso, de escribirlo. Por qué ahora: ¿para rellenar los ratos perdidos?, ¿para dejar constancia de detalles y anécdotas que no caben en las fotografías?, ¿para hacer introspección?, ¿para no olvidar las vivencias de esta aventura? No lo sé. Un mes. Un mes que se ha pasado en un suspiro. Parece que fue ayer cuando vine desde Tegucigalpa en esa avioneta que debería ser calificada como cometa más que como avión.

Oficina y vivienda, dos en una. La casona, que al principio se me hizo tan ingrata, ahora me parece hasta acogedora. Me he acostumbrado pasablemente a la letrina de fosa, a que el agua caiga un día sí y dos no, al baño compartido, a las duchas de agua fría, a los insectos, al calor y al polvo, omnipresente en esta estación. Curiosamente, lo que más me está costando es acostumbrarme a la gente, sobre todo a mis compañeros, los otros “oficiales” que trabajan en la oficina. Está Lukas, un suizo que lleva casi dos años aquí y que es, de facto, el coordinador del grupo. Él es quien negocia con los refugiados, con las autoridades hondureñas, con los militares, quien negocia los acuerdos, etc. Le preocupa sobremanera demostrar su neutralidad y el afán que pone en ello es tan grande que con frecuencia se olvida de que somos el Acnur, el ACNUR, joder, y que nuestra misión es velar por los refugiados, no contentar a todo el mundo. Los primeros días pensé que, por ser europeo, me llevaría mejor con él, pero no: siempre tengo la impresión de que, detrás de su sonrisa, hay un reproche escondido. Después está Esperanza, una colombiana que se enoja con (y corrige a) quienes no la llaman “licenciada”, aunque conmigo lo lleva claro. Además, es floja, descuidada y todo le parece mal: sucio, atrasado, vulgar, sin distinción. Venga ya, chica, ni que esto fuera una legación diplomática. Y dejo para el final a Eduardo, el peruano, que es, con diferencia, el que peor me cae. En lo físico no hay tacha, alto, fornido y bien barbado, estilo geyperman, pero en lo demás no le encuentro una sola virtud. Va de ligón con las mujeres, es altanero con la gente humilde, en especial con los refugiados, a los que trata como basura, y su ideología es casi paramilitar. Me pregunto qué hace en el Acnur. Bueno, sí que lo sé, porque no se recata de decirlo: ganar un buen salario, mucho más del que ganaba en su país. Las Naciones Unidas deberían revisar sus métodos de selección de personal. ¿O seré yo la que no encaja en el perfil?

Aparte de los cuatro “oficiales” del Acnur, en la oficina trabajan varios hondureños. Hay una jovencita muy delgada y pálida que se llama Patricia, Pati, que está en la recepción y ha hecho el bachillerato. Reseño este detalle porque aquí los estudios distinguen a la gente. Pati, por ejemplo, mira por encima del hombro a quienes han estudiado primaria o no han estudiado nada, pero es muy pelota con quienes hemos ido a la universidad. Conmigo no se le cae el “doctora” de la boca. Doctora esto, doctora aquello. Y aunque le he dicho que me llame Lola, a secas, ella sigue igual. Además de Pati están el encargado de la radio, la cocinera y su ayudante, la señora de la limpieza y dos motoristas. También a ellos me está costando adaptarme, a su manera de hablar, tan llena de rodeos, y a la susceptibilidad que demuestran por cualquier detalle. Es que ustedes los españoles son muy bruscos, me dicen a veces, y yo miro y remiro mis palabras y no encuentro la brusquedad por ninguna parte. Sin embargo, con la gente humilde del pueblo y con los refugiados, las cosas son mucho más fáciles, tienen una llaneza y sencillez de la que carecen los otros. Pero vaya, no está bien que yo los critique, al fin y al cabo soy extranjera en esta tierra.

También está la gente de las otras agencias, en las que trabajan hondureños y extranjeros. Los primeros se parecen mucho a los que trabajan en nuestra oficina y forman, todos ellos, una gran familia, jovial y bulliciosa; pero los segundos son muy diferentes a nosotros: apenas pasan por el pueblo, llevan aires muy hippies (en eso no se diferencian mucho de mí) y colaboran con los refugiados mucho más estrechamente que nosotros. A veces los envidio.

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