Huyendo de la guerra


Huyendo de la guerra. Un texto basado en un pasaje sin desarrollar de mi última novela.

Se agotaba el siglo XVI y la guerra seguía su curso. Viejos reyes y viejas rencillas. La historia de siempre. En las Azores, unas islas se habían declarado a favor del español y otras a favor del portugués. La intolerancia crecía cada vez más, las denuncias anónimas menudeaban, se señalaba al vecino, al familiar, y se ajustaban viejas deudas. Se encarcelaba e incluso se mataba a cualquiera por la simple sospecha de simpatizar con el enemigo.

Joao había muerto durante un desembarco. O eso le habían dicho a Blanca. Su recuerdo, que no dejaba de estar presente en su conciencia, con el tiempo dejó de ser doloroso para convertirse en una cicatriz profunda y sensible que de vez en cuando le daba punzadas en el corazón. Y, sin embargo, el camino del norte, el que bordeaba la heredad de la familia de Joao, la llamaba con tanta fuerza que, en ocasiones, enjaezada un caballo y vagaba por él durante horas hasta meterse en lugares poco recomendables para pasear, sobre todo para una joven dama. 

En cierta ocasión iba tan ensimismada en sus pensamientos, deseos y frustraciones que, pasada la sierra del Viento, metida en la caldera del extinto volcán que formó la isla, extravió el rumbo entre la espesura de laureles y hayas y fue a desembocar a un claro de la arboleda lleno de gente huida. Una especie de campamento nómada con varias champas provisionales hechas con ramas, tablas y trapos. Había incluso una carreta cubierta con una lona. 

Sería cerca del meridión de un día especialmente agradable de finales del verano. Un sol tibio calentaba sin abrasar y la suave brisa que mecía las copas de los árboles refrescaba la piel sudorosa por el ejercicio. En el claro, varias mujeres preparaban el almuerzo sobre rescoldos de brasas, para evitar que el humo delatase su posición, un hombre con la barba casi blanca se dedicaba a apuntalar la estructura de una de las champas con cuerdas y trozos de madera, otro hombre, más robusto, cortaba leña de un árbol caído y un grupito de niños churretosos y casi desnudos estaban agachados, jugando con unas canicas de barro cocido. La llegada de Blanca rompió la tranquilidad casi bucólica del campamento. Todos se volvieron hacia ella y la observaron con ojos poco amistosos. El hombre que cortaba leña reaccionó antes que los demás y se le acercó con el hacha en la mano. Blanca se asustó y quiso hacer girar al caballo, pero una de las mujeres le lanzó una rama y la bestia se asustó y alzó las manos varias veces, lo que proporcionó tiempo al hombre para aferrar las riendas. Sus ojos fríos la miraban con intensidad. Blanca se asustó aún más y tiró de las bridas para hacerse, sin suerte, con el control del animal. Entonces le lanzó un fustazo al rostro, pero el hombre interpuso el hacha y el golpe descargó sobre su astil.

—Baje del caballo, señora, si no quiere que la baje yo. —Tenía una voz profunda y hablaba con educación, pese a su aspecto tan rudo.

Blanca no tuvo más remedio que soltar las riendas y echar pie a tierra. Toda la gente había hecho corro a su alrededor. Los niños la señalaban, cuchicheaban entre ellos y se reían, mientras que las mujeres la observaban con una mezcla de curiosidad y temor. 

—Me he extraviado mientras paseaba —dijo Blanca con objeto de disculpar su inesperada irrupción.

—Este no es lugar para dar un paseo a caballo —dijo con voz chillona una de las mujeres—. ¿Qué hace por aquí? ¿Acaso es una espía del gobernador?

—No, claro que no. Mi nombre es Blanca Rosales…

—Daniel, átale las manos y métela en la carreta —dijo el hombre de la barba blanca, el único que no se había acercado junto a Blanca—, así tendremos tiempo de pensar qué hacer con ella. Mientras tanto, yo llevaré el caballo al bosque.

La orden era tajante y el tal Daniel la sujetó de las manos y le pidió a una de las mujeres que le trajera una cuerda. Blanca, que había estado tratando de serenarse, reaccionó inmediatamente y dio un tirón violento con el que logró zafarse, pero alguien la abrazó por la espalda.

—Estate quieta, estúpida —dijo una voz femenina, y su dueña apretó el abrazo para inmovilizarla.

Blanca se zarandeó con fuerza para librarse de la presa y como no lo lograba se balanceo hacia detrás, alzó las piernas e intentó alejar a patadas a Daniel, que, cansado de tanto forcejeo, se abalanzó sobre ella, le dio un golpe en la cabeza y la tiró al suelo, donde la amarró con la cuerda que le habían traído, y la llevó hacia la carreta. Blanca se dejó conducir sin oponer más resistencia, Estaba atontada. El golpe, dado con el puño cerrado, le había hecho ver las estrellas. La carreta estaba atestada de provisiones y olía a queso, a chacina, a pescado seco, a licor y a hierbas silvestres. Al cabo de un rato le pareció que todos se habían olvidado de ella. Solo los niños se entretenían, de vez en cuando, en levantar una esquina de la lona y mirarla. Desde dónde estaba oía todo lo que ocurría en el campamento, el ruido del perol, de la cazuela repartiendo la comida en los platos, el rumor de las conversaciones, las risas, los pasos de la gente y la llegada de otras personas. Igual que habían hecho los niños, oteaba por debajo de la lona para tratar de observar lo que ocurría y mantener la mente ocupada. Se trataba, seguramente, de un grupo heterogéneo de contrabandistas, perseguidos de la justicia y simpatizantes del Usurpador que, temerosos de ser encarcelados, habían decidido huir y refugiarse en las fragosidades del interior de la isla.

Sobre media tarde, oyó un rumor creciente de pasos que se acercaban a la carreta. Blanca se sentó apresuradamente sobre un barril y compuso un gesto indiferente antes de que levantaran la lona. De pie junto a la carreta se hallaban el hombre de la barba gris y otros cuatro varones que la miraban con curiosidad. Ella recorrió los rostros uno a uno hasta que, al llegar al último, el corazón le dio un brinco de alegría. 

—¿Padre Camilo? —preguntó, pues la ausencia de hábitos le resultó extraña.

El corpulento fraile alzó las cejas en señal de reconocimiento. La inesperada coincidencia pareció relajar a los demás.

—¿Que haces aquí, muchacha? —preguntó el padre Camilo, y ella le explicó lo mismo que ya había contado al hombre del hacha y otros detalles que le pareció oportuno mencionar. El fraile asintió con la cabeza y se alejó unos pasos para tratar el asunto con sus acompañantes. Después de una breve charla volvieron a su lado y el hombre de la barba blanca la desató. La atención de todo el campamento volvió a concentrarse en ella. 

—Yo te acompañaré a la villa —dijo el padre Camilo—, pero debes jurar por Dios que no dirás a nadie lo que has visto.

Blanca se llevó la mano al corazón e hizo lo que le pedía. Intuyó que el padre Camilo le exigía ese juramento más por tranquilizar a los nómadas que por desconfianza hacia ella. Al momento Daniel llegó con el caballo y le ofreció sus manos con los dedos entrelazados para que pusiera el pie y montase a mujeriegas. 

—Vamos —dijo el padre Camilo y cogió de la brida al caballo y echó a andar delante de ella. Blanca no sabía cómo despedirse del grupo que quedaba a sus espaldas, así que solo alzó el brazo e hizo un tímido saludo.

La melena blanca del fraile estaba más larga y encrespada que nunca, a juego con su barba. El rubicundo rostro y el cuerpo que se marcaba bajo la saya parda parecían más delgados que la última vez que lo había visto. Al cabo de un rato de avanzar en silencio, se animó a preguntarle qué hacía allí. 

—También estos pobres diablos son hijos del Señor y necesitan atención espiritual. Sobre todo después de la última batalla.

—Pero el Colegio jesuita está tapiado. ¿Es que se ha escapado? ¿No va a regresar?

El fraile tardó en responder.

—Hasta ahora he conseguido entrar y salir del Colegio gracias a un pasadizo que lo une con una casa que hay al otro lado de la muralla. 

—No tenía idea de que existiera — dijo Blanca con ligereza.

—De eso se trata, hija mía. Y cuanta menos gente lo sepa, más seguro será. 

Llegaron a la villa antes de vísperas, por un camino diferente al que había seguido Blanca. El sacerdote se separó de ella frente a Colegio, pero antes de marcharse le preguntó por Joao.

—¿Qué sabes de él?

Blanca parpadeó varias veces y se frotó uno de los ojos, como si una mota de polvo se le hubiera metido dentro. —Hace tiempo que no recibo noticias suyas —respondió, y sin decir nada más, tiró del caballo y se dirigió a su casa. Tenía miedo de que al hablar de Joao se le abriese la herida que ya cicatrizaba.

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