El riesgo valía la pena


En cierta ocasión el capitán De Jonquiere llevó a Branca a una recepción que había organizado el gobernador Fonseca para agasajar a los oficiales del navío inglés que había llegado a las Azores con armamento y hombres. Aparte de la marinería, había traído consigo sesenta arcabuceros, jóvenes de piel muy blanca que apenas conocían cuatro palabras de portugués, y aún esas cuatro, más adecuadas para denostar que para comunicarse.

La recepción, a la que acudieron medio centenar de gentilhombres y principales de la ciudad de Praia, se celebró en la casa del gobernador, que era grande y lujosa y tenía un gran patio donde se habían dispuesto sillas para comodidad de los invitados. La mayoría de ellos llegaron solos, pero a unos pocos los acompañaban sus queridas y a otros tantos sus esposas, matronas respetables que miraban a las otras con ojos envidiosos. Un capitán inglés, de nombre Maynarde, acudió solo, pero uno de sus oficiales iba acompañado de una dama de trágica belleza. Era un día caluroso de junio y al atardecer cuatro músicos subieron a una pequeña tarima y tocaron unas pavanas para que los invitados pudiesen bailar. Las mujeres, al ser pocas, estaban muy solicitadas y Branca más que ninguna. En uno de los bailes, su compañero fue el capitán inglés, y en el siguiente bailó con el oficial que acompañaba a la mujer del triste semblante, un hombre duro y taciturno, de ojos claros y llorosos, que dijo llamarse Jameson.

—¿Vuestra esposa no baila, señor Jameson? —Branca señaló hacia donde se hallaba sentada.

—Hoy tiene el día melancólico, señora. A duras penas la he sacado del barco para tratar de entretenerla, mas, como veis, no lo estoy consiguiendo.

—Tal vez necesite un poco de compañía femenina —sugirió Branca, que estaba empezando a sentir curiosidad por la bella desconocida.

—Os lo agradeceré si lo intentáis, pero no le digáis que hemos estado hablando de ella. Es muy celosa de su intimidad.

Branca notó algo en la voz del oficial que la hizo dudar de la sinceridad de sus palabras. Aun así, se acercó a la bella joven, que estaba sentada en un rincón del patio, como una flor solitaria entre piedras grises. Tenía en el regazo un tazón con fresas que iba mordisqueando con unos dientes muy blancos.

—Buenas tardes, señora Jameson. Espero que estéis disfrutando de la fiesta.

La mujer dio un pequeño respingo al oírla y en sus ojos asomó una mirada temerosa. No se esperaba que nadie se acercase a ella y se levantó tan aturdida para recibir a Branca que casi le cae el cuenco con las fresas.

—Disculpad, no pretendía importunaros —dijo Branca, y a continuación se presentó.

—No me molestáis —respondió la señora Jameson, aunque calló su nombre.

De pie, sin saber qué hacer con el cuenco y buscando a su marido entre los corrillos, inspiraba lástima. Branca acercó otra silla para que ambas pudieran sentarse y, sin esperar su invitación, se lanzó a hablarle de lo primero que se le vino a la cabeza, procurando no parecer una cotorra ni tampoco una marisabidilla. Al poco, notó que la otra se relajaba y empezaba a mostrar interés por lo que le contaba. Incluso, cuando le estaba hablando de su vida en Praia da Victoria, se atrevió a interrumpirla para preguntarle si alguna vez había salido de la isla.

—Nunca. Ya me habría gustado visitar las otras islas, y Lisboa, y Sevilla —respondió Branca con una sonrisa y, visto el interés de la señora Jameson, se animó a tenderle un puente para que hablase de sí misma—. Todo lo contrario que vos. Debe ser apasionante la vida en un navío, recorrer los siete mares y conocer tierras y puertos exóticos.

—No creáis, doña Branca. Es una vida muy difícil, en especial para una mujer. —La señora Jameson hablaba un inglés más fluido que el suyo, pero con una pobre gramática. Evidentemente, no era inglesa.

—Tengo entendido que muy pocas se embarcan en un navío corsario.

La reacción de la señora Jameson fue instantánea. El espanto apareció en su rostro y los ojos se le humedecieron.

—No debería hacerlo ninguna —alcanzó a responder.

Branca la vio tan desvalida que le pasó un brazo por los hombros. Notó cómo se estremecía y pensó que aquella mujer necesitaba descargar lo que quiera que llevase dentro con una amiga.

—¿Os gustaría pasear? Tengo entendido que junto al patio hay un pequeño jardín con vistas a la bahía.

La señora Jameson accedió con la cabeza. Se levantaron y Branca la tomó del brazo para encaminarse hacia el jardín donde ya paseaban otras dos mujeres.

—No creo que a vuestro esposo le importe que os secuestre un ratito —bromeó Branca.

—El señor Jameson no es mi esposo —dijo la mujer con tono dramático. Parecía, a la vez, avergonzada y aliviada por la confesión, y sus hermosos ojos violeta la miraban directamente a la cara—. Pero se ha portado bien conmigo y quiere llevarme a Inglaterra para que conozca a los suyos.

¿Quién será esta mujer?, se dijo Branca. No le parecía una buscona, como las que llenaban los alrededores del puerto al anochecer, ni una salvaje recogida en algún territorio inhóspito, sino alguien con cierta educación y refinamiento. Estaba deseando preguntarle sobre su vida, pero el señor Jameson las alcanzó cuando apenas se habían alejado unos pasos.

—Margaret, querida, ¿tendrías el honor de concederme este baile? —La solicitud que traslucía su voz no casaba con la intensa mirada que le dirigió.

—Claro John. Íbamos a estirar los pies y bailar me servirá lo mismo —respondió Margaret sin traslucir ninguna emoción—. Os ruego que me disculpéis, doña Branca —añadió.

Los músicos habían atacado una pavana y una docena de bailarines se alineaban en el centro del patio. Branca vio alejarse a la pareja. El vestido rojo de la joven, con trencilla y adornos en negro, a juego con su pelo, era tan hermoso y llamativo que parecía diseñado para destacar. ¿Querrá lucirla el señor Jameson? Los barruntos de Branca sobre la extraña naturaleza de aquella pareja se confirmaron, pues Jameson, ejercienciendo más de custodio que de galán, no abandonó a su acompañante durante el resto de la velada.

Pero Branca había asistido a la recepción con intención de entretenerse. Buscó a De Jonquiere y se sumó al círculo donde estaba en aquel momento. Las conversaciones de los hombres giraban todas alrededor de la guerra, de los invasores españoles y de la ayuda que ingleses y franceses prometían prestar. Y eran, para Branca, mucho más interesantes que los cotilleos de los que hablaban las mujeres, por lo que, mientras no bailaba, hacía lo posible por no separarse el capitán De Jonquiere y acercarse a los varios corrillos que se formaban. Más de una vez estuvo tentada de dar su opinión, pero se contuvo a tiempo, pues hacerlo habría sido un atrevimiento excesivo. Aquella tarde aprendió más sobre las cosas de las Azores que en el resto de los días de su vida. Pudo escuchar al gobernador Fonseca, al alcalde Ruy Lopes y a otros muchos capitanes y notables de la ciudad. Tan distraída estaba que apenas le preocupó ver a su antiguo pretendiente, el señor Viana, que no dejaba de observarla desde lejos con ojos de cordero degollado y mirada de lobo hambriento.

El lucero de la tarde adornaba como una perla solitaria a un cielo teñido de añil. Branca se había sentado en un diván para descansar las piernas y al punto el señor Viana se le acercó y la absorbió con su aburrida charla. Para capear el temporal, ella plegó los labios en una sonrisa de simulado interés mientras sus ojos vagaban por la sala en busca de distracción. Unos cuantos oficiales, bastante bebidos, hablaban a grandes voces y se reían escandalosamente. Jameson se había acercado a donde estaba su capitán y al momento abandonaba la velada con su hermosa pareja. Poco después, De Jonquiere y el capitán inglés se apartaron de su corrillo y entablaron, cerca de ellos, una animada conversación. Por encima de los hombros de su interlocutor podía ver el rápido intercambio de frases y los efusivos ademanes con que las acompañaban. El interés de Branca despertó e hizo lo posible por enterarse de lo que decían. Aunque se hallaban a unos cinco pasos, el rumor general de las conversaciones y la voz del señor Viana solo le permitían escuchar palabras sueltas o trozos de alguna frase. Sin embargo, para no llamar la atención de los dos hombres, necesitaba que su galán no se callase. Posó, pues, sus ojos en él y asentía con la cabeza a todo lo que le decía, animándolo a proseguir.

De Jonquiere y Maynarde hablaban tierras y naciones, pero lo que más llamó la atención de Branca fue la alusión a las Azores. La frase, salida de los labios de De Jonquiere, la oyó con claridad: «pero la reina quiere las Azores». Dos preguntas acudieron raudas a su mente: qué quiere exactamente la reina y qué reina lo quiere, e intentó afinar aún más el oído a costa de distraer su atención del señor Viana.

—¿Os ocurre algo, doña Branca? ¡Se os ha ido el santo al cielo! —exclamó su acompañante, que se levantó y se inclinó solícito hacia ella.

Cesó de pronto el murmullo de las conversaciones y la atención de todos se volvió hacia ella, en especial la de los dos marinos. Branca se lamentó de la interrupción tan inoportuna y se avergonzó de la embarazosa situación en que la había puesto el señor Viana, de modo que no le pesó mucho volcar sobre él las culpas para salir airosa del brete y no levantar sospechas sobre su escucha subrepticia.

—El problema es que me aburrís soberanamente, caballero —le dijo con firmeza y, levantándose ofendida, huyó en busca de otra compañía.

El corrillo que le quedaba más cerca era el del gobernador, donde un fray Bernardo, superintendente de los agustinos, insistía en la necesidad de encarcelar y hacer juicios sumarísimos a todos los desafectos y enemigos de la causa de los enemigos de España, y lo decía con tan gran vehemencia y convencimiento que nadie se atrevía a llevarle la contraria. A Branca le indignaron mucho sus palabras, en especial proviniendo de un sacerdote, y no pudo morderse la lengua.

—¿A vuesa merced le parecería bien que trataran de igual manera en las otras islas a los leales al rey don Antonio?

El religioso, que hablaba con la misma autoridad con que se predica desde un púlpito, reaccionó con un respingo automático y volvió hacia ella unos ojos saltones de mirada iracunda, que Branca sostuvo, pero al punto se apaciguó.

—Señora —le dijo con una sonrisa desdeñosa—, excuso deciros que toda causa sagrada siempre tiene sus mártires.

—Y seguramente vos os trasladaréis a San Miguel para darles ánimo y consuelo.

—Os conozco bien, jovencita. Sois la hija de don Manuel, que Dios tenga en su gloria, y conozco vuestra vida desordenada y vuestra afición por los jesuitas. —El sacerdote la señaló con el dedo. La sotana negra le quedaba corta y desprendía un olor tan penetrante que todos hacían un esfuerzo por no torcer la nariz—. Os advierto que no son buenas compañías.

—Por fortuna no tengo que pediros permiso para elegir mis amistades, fray Bernardo. Lo que me sorprende es que ataquéis con tanta fiereza a vuestros hermanos en la fe, como si no estuvierais todos sirviendo al mismo Dios.

Muchos de los presentes torcieron la cara, molestos por sus palabras, pero en el rostro del gobernador y de otros dos señores vio una sonrisa disimulada.

De regreso hacia su casa, el capitán De Jonquiere parecía contento y dicharachero. También Branca estaba satisfecha con la velada. Había resultado mucho más emocionante y llena de acontecimientos de lo que habría imaginado.

—Si estos señores no se andan con ojo, seréis la próxima gobernadora de Praia —le dijo De Jonquiere, divertido—. El gobernador Fonseca parecerá un corderito a vuestro lado.

—No os burléis de mí solo por ser una mujer. Por cierto, capitán, ¿se quedará mucho tiempo el navío inglés?

—No lo creo. Unos días para reponer víveres y hacer aguada antes de zarpar.

—¿Hacia Francia?

—Más bien al Caribe. O puede que a Inglaterra. Al parecer, Maynarde y Jameson son de opinión contraria.

A Branca le costaba creer que De Jonquiere no supiese con seguridad el próximo destino de aquel barco, pero prefirió obviar el asunto y cambiar de tema.

—Ya que mencionáis Francia, capitán, he oído decir que vuestra reina pretende las Azores. ¿Deberíamos preocuparnos por eso?

De Jonquiere se puso repentinamente serio. Branca había hecho un disparo al azar, envuelto en broma, pero la expresión del francés le confirmó que había tocado carne.

—No entiendo bien a qué os referís, mi señora —respondió De Jonquiere con una sonrisa que quiso ser espontánea—, pues el único deseo que la reina tiene para estas islas es preservarlas del dominio español.

—Vos conocéis en persona a la reina Catalina de Médicis, ¿no es cierto? —La intención de Branca era acorralarlo un poco más, pero en esta ocasión su amigo hizo gala de su elocuencia y evadió con habilidad el cerco.

—¿Yo? Oh, no. Me halaga que lo penséis, mi señora, pero sobreestimáis mi importancia —dijo De Jonquiere con una franca sonrisa—. El círculo de la reina madre es muy exclusivo y está muy por encima de mis posibilidades. La corte francesa no es diferente de las otras cortes europeas, y el linaje y la nobleza de la sangre son las cualidades que determinan el destino y los privilegios de cada súbdito.

El capitán aprovechó la excusa que ella le había proporcionado para explayarse durante el breve trayecto hasta la quinta familiar donde, justo en la entrada, hizo un intento por besarla. Pese a lo inesperado de su acción, Branca escabulló el rostro y detuvo su avance con la palma de la mano.

—Capitán, contened vuestro ardor si queréis que nos sigamos llevando bien —dijo ella con una sonrisa enigmática, a medio camino entre el enojo y el disimulo.

—No sois consciente de vuestro poder, mi señora. Creedme —respondió Jean de Jonquiere, que se despidió con mucha galantería y un brillo malicioso en los ojos.

A Branca le extrañó el repentino intento del francés. Estaba segura de que, más allá de las distracciones galantes y los lances dialécticos, De Jonquiere pretendía colarse en su alcoba; sin embargo, había gozado de mejores ocasiones para intentar besarla. Quizá el vino se le había subido a la cabeza esa noche o simplemente quiso despistar su atención de la pregunta que ella le había hecho. Pero a pesar de la respuesta tan cautelosa que recibió, Branca había conseguido burlar sus defensas y obtener un dato que no tenía: que la reina de la que hablaban era Catalina de Médicis, la que quería las Azores. El dato, por sí solo no valía mucho. No había oído el resto de la frase y podía referirse a muchas cosas, desde una broma tonta hasta una traición. Pero, uniéndolo con otras informaciones que había recogido de aquí y de allá, el mosaico empezaba a tomar forma. Branca se conocía: era curiosa por naturaleza y le estaba tomando gusto a la aventura. Sabía que, si se le presentaba una ocasión para profundizar en este asunto, no la desaprovecharía.

En cuanto a De Jonquiere, de momento lo estaba consiguiendo mantener a raya. Si él quería conseguir sus favores, ella quería empaparse de sus conocimientos y emanciparse de su hermano. Y el riesgo valía la pena.

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