El instinto de vivir (1): un relato de superviviencia

El instinto de vivir

No pudo dejarlo a la intemperie: había visto demasiados cadáveres jalonando la llanura, anónimos bultos oscuros petrificados por el frío, y no quería que el de su compañero fuera uno más. Así que se tomó su tiempo para cubrir el cuerpo con una capa de nieve, siquiera fuese someramente, y unas ramas secas: ya se encargará la borrasca de rematar el trabajo, pensó. Mientras se aplicaba en la faena se percató de que el frío aumentaba y se apropió de la bufanda y del capote del fallecido. Finalizado el enterramiento clavó una estaca vertical, colocó el casco sobre ella, en solitaria señal de su paso por el mundo, y echó a andar sin volver la cabeza, alejándose del túmulo blanco en la inmensidad igual.

Pudo guiarse durante un trecho por las marcas de sus propias huellas, hasta que la nevada cada vez más copiosa las ocultó por completo. Se detuvo. Miró hacia atrás y hacia delante calculando la hipotética línea que estaba siguiendo y tomó la referencia de un árbol, pero a los veinte pasos ya la había perdido. Todos los troncos eran semejantes y la nieve se había convertido en una espesa cortina blanca que cerraba su horizonte más allá de unos pocos metros.

Comenzó a sudar y sintió cómo un cosquilleo nervioso se extendía por su piel. Respiró profundamente el aire helado, tan helado que hacía daño, una, dos, tres veces. Necesitaba tranquilizarse, expulsar de su cabeza cualquier pensamiento inútil y calibrar la situación con objetividad: debía estar más o menos donde se había separado de su compañía. Buscó en el suelo alguna huella delatora del paso de las tropas, pero la nieve había borrado cualquier indicio revelador. En todo caso, tenía que avanzar hacia el este, intentando encontrar el límite del bosque.

El este. ¿Cuál era el este? En todo caso, el hombre tenía la certeza de estar cerca del límite del bosque y echó a andar con determinación. Se fijaba en un tronco cercano, mirándolo casi sin pestañear, para no perderlo de vista, hasta que le rabiaban los ojos, y caminaba hacia él. Después elegía otro que estuviera justo al frente y repetía la operación. Era consciente de la escasa fiabilidad de su sistema, pero no tenía otro. Tampoco necesitaba alcanzar un punto exacto, ni recorrer una distancia enorme, sino salvar unos cientos de metros hasta salir del bosque, una vez allí no sería tan difícil orientarse con las casas. Las recordaba de los días pasados, formaban un conjunto de cuatro o cinco edificaciones casi destruidas por el intenso fuego artillero, con el techo quemado, las paredes agujereadas y las ventanas sin marcos ni postigos.

Un escalofrío le hizo caer en la cuenta de que la temperatura seguía descendiendo. ¿Cuánto haría, treinta bajo cero? ¿Cuarenta? Desde que empezó el invierno no recordaba haber sentido un helor semejante. Cierto que les había hecho pasar penalidades enormes, sobre todo al principio, cuando aún no les habían proporcionado los pertrechos apropiados: la ropa interior de lana, las botas forradas y los gruesos capotes con sus capuchones. Habían pasado lo suyo y a muchos compañeros tuvieron que amputarles manos y pies congelados.

Llevaba un buen rato marchando sin lograr salir del bosque: demasiado tiempo para la distancia que debía recorrer. Se detuvo y miró a su alrededor. La oscuridad ártica era grande y pronto sería completa. La nieve continuaba cayendo abundantemente, no los copos grandes y suaves, plácidos, de los primeros temporales del otoño, sino unos granos duros, congelados, que mordían las piel y se amontonaban en el suelo como gravilla. El viento arremolinado lo azotaba con fuerza y no había forma de atinar desde donde soplaba. Así que se desvió hacia su derecha medio cuadrante y continuó caminando. Las piernas se le hundían hasta los calcañares y cada vez le costaba más avanzar. Al cabo de un rato volvió a cambiar de rumbo, esta vez desviándose hacia su izquierda. De todas formas apenas importaba: ya había perdido cualquier referencia y estaba en la más absoluta desorientación, sólo troncos iguales en un universo blanco.

Descolgó su máuser del hombro, tiró del cerrojo y disparó al aire. Una, dos, tres y hasta cinco veces, a intervalos regulares de quince segundos. Si estaba cerca del límite del bosque tal vez lo oyeran. Esperó inmóvil, pasmado por el frío, alguna respuesta, pero sólo se oía el sonido del viento y el golpeteo de los duros copos sobre su capote. No le quedaba otra que andar, andar sin pausa hacia cualquier rumbo. Cargó la petaca con otros cinco cartuchos y reanudó la marcha. Intentaba hacerlo a pasos regulares, siguiendo la misma técnica de antes: elegía un tronco al frente, lo más lejos que le permitiera la visibilidad, se dirigía hacia él y al llegar a su altura buscaba otro y repetía la operación, una y otra vez. Lo importante era no quedarse quieto, no dejar que el frío lo agarrotase ni que lo venciera el desaliento.

No quedaba más luz que el resto de claridad que recogía la nieve. Avanzaba casi a tientas para no golpearse con ningún tronco. Ya no le valía truco alguno de orientación y la única alternativa si no quería congelarse era avanzar con el viento en la espalda. A pesar de la bufanda y la gorra orejera, de los dos capotes, el abrigo, el uniforme y la ropa interior de lana, sentía un frío infame en la piel, como si cada granito de nieve le cayese directamente en ella; y a pesar de las botas altas y los dos pares de calcetines, tenía los pies completamente insensible, como si se moviera sobre zancos de madera.

Se acordaba ahora del último invierno que pasó en Madrid, viviendo en el cuarto de una corrala, sin una estufa, sin dinero para comprar carbón, sin siquiera una hornilla donde preparar el café. Para calentarse sólo tenía una manta de arriero y muchas noches se las pasó en un duermevela penoso, tiritando por el frío. En el cuarto contiguo habitaba una familia manchega: los padres y cinco o seis hijos que vivían y dormían hacinados, pasando muchas penalidades, sí, pero dándose entre ellos calor humano, y él los envidiaba. También pasó mucho frío en su pueblo, de pequeño, a pesar de la fama de tierra caliente que tiene Extremadura. Recuerda cómo, en las heladas mañanas de enero, se le quedaban las manos agarrotadas de recoger aceitunas envueltas en escarcha; y del frío que hacía en el internado de Don Benito, cuando estudiaba el bachillerato. Había pasado mucho frío, pensó, pero ninguno comparable a este helor estepario que entumece hasta el pensamiento.

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