Qué tiempos aquellos: un relato de añoranza

Qué tiempos aquellos

Esta tarde comparto con vosotros  Qué tiempos aquellos, un relato de añoranza que me contó “el Jose”, sobre aquella época en la que aún te paraban cuando hacías autoestop y el agradecimiento era la norma y no la excepción.

El Jose ya tiene sus años. Es alto, deslavazado de cuerpo y quemado por el sol. Es un ganadero en pequeño, que para salir adelante en estos tiempos de crisis anda con sus trapicheos, vendiendo leche cruda de casa en casa, quesos sin envasar, requesón casero, de casa en casa con su coche que huele a majada. El día que me trinquen se me cae el pelo, ¡chacho!, suele decir con cierto gracejo y esa voz chillona del que está acostumbrado a vender en la calle.

Tiene gracia contando historias, y los viernes a mediodía, cuando termina su recorrido callejero de venta al por menor, se acerca al bar de la esquina a echarse unos vinos con los amigos y nos entretiene con sus anécdotas.

La semana pasada la cosa iba de la mili. Y el Jose contó que le había tocado un cuartel en Móstoles donde «hice más guardias que un tonto, ¡chacho!». Te voy a ascender a cabo primero, le dijo el sargento, pero no, contestaba el Jose, si lo que yo quiero es que me quiten estos galones de cabo para no hacer tantas guardias. Cuando conseguía librar un fin de semana, o le daban un permiso de unos días, se venía haciendo dedo desde Móstoles hasta aquí. Menos mal que en aquella época la gente no era tan desconfiada y cogían a los que hacían autoestop, y más si eras quinto, ¡chacho! Pero aun así, algunas noches le tocó pasarlas al raso, tirado debajo de una encina con el petate de soldado.

Una tarde, cuando ya se iba a poner a buscar una buena encina para pasar la noche, lo recogió un matrimonio a la salida de Talavera de la Reina y lo llevaron hasta una finquita antes de Navalmoral de la Mata, que era donde vivían.

Como ya había anochecido, el matrimonio le ofreció que se quedara en la casa y continuara por la mañana. No, hombre, cómo me voy a quedar aquí, les dijo el Jose, si ustedes ni me conocen, podría ser un maleante y desvalijarles la casa. Pero la pareja no le vio pinta de maleante e insistieron en que se quedase. Déjenme que me quede fuera, en el establo, que allí me apaño bien. Pero la pareja que no, que se quedara en la casa, y le arreglaron una cama en una habitación «y dormí como los ángeles, ¡chacho!».

Desde entonces, cada vez que pasaba por allí, se acercaba a visitar al matrimonio y le llevaba chorizos de matanza, quesos de oveja y cosillas por el estilo. Incluso sus padres fueron a ver al matrimonio para agradecerles que le hubieran dado posada a su hijo.

Después cambió el terció de la charla y otro cogió el testigo y se puso a contar otra batallita de la mili, el caso es que yo me quedé absorto, meditando sobre lo que había contado el Jose: el paso del tiempo, el cambio de la gente y de las costumbres, tan radical, en tan pocos años.

¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué educación! Que sus padres hubieran ido hasta Navalmoral nada más que para agradecer un favor. ¡Quién nos ha visto y quién nos ve!

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