Todas para el patrón (relatos centroamericanos)

Todas para el patron elatos centroamericanos

En el día de hoy os traigo un relato centroamericano cuyo protagonista es don Dagoberto, un patrón muy… Mejor no lo digo y así lo lees. Espero que te guste.

 

Era bolo el patrón. Bolo y mujerero. A todas las hembras de estos caseríos y cantones se las componía. A todas, peor si eran bonitas. Los tatas guardaban a las hijas con mucho celo y no las dejaban salir, ni ir a los bailes, ni acercarse a la hacienda por miedo a don Dagoberto, don Dagoberto Orellana. Pero y qué, el viejo era como el tigre, que de lejos olfatea a las piezas. Sementera de hijos dejó regada el patrón, usted, que más de cuarenta le conozco, y no los conozco a todos. Ya de mayor lo casaron sus hermanas, las Rucas. Estas Rucas miraban por él como si fuera un hijo. Las dos estaban solteras y sus tierras las heredarían don Dagoberto y sus hijos, los legítimos, así que le hicieron fuerza para que se casara y al final lo consiguieron, vea, con una muchacha hija de un colono, doña Paz, que le dio nomás un varoncito. Doña Pacita era muy religiosa, muy rezadora y muy bonita, viera el pelo colocho que tenía, los ojos claritos como las chalatecas, espigada y airosa la chamaca, pero de nada le sirvió. Apenas unos meses refrenó al patrón, que al nomás preñarla volvió a las andadas.

Molía parejo el don Dagoberto, lo mismo jóvenes que mayores, solteras y casadas, honestas como peperechas, a todas les hacía entrada, por las buenas o a la fuerza. ¿Y no tuvo a una cholita encerrada en el rancho de Las Cumbres? Cinco días con sus noches la tuvo, pelada del todo. Y él bolo perdido, una botella detrás de otra, disparándole a los árboles, aullándole a la luna, hasta que lo fueron a buscar las Rucas y soltaron a la chola. Una ternera le pagaron al tata, para que olvidase el asunto y lavase la vergüenza, ese fue el precio del ultraje. Pero por aquella bulla lo dejó doña Pacita, agarró a su hijo y se fue a vivir al pueblo, harta de tanta barbarie. Que se vaya en buena hora con sus mierdas y sus rezos, dicen que dijo el viejo.

Y lo mismo que hizo con la chola lo quiso hacer con la mujer de don Segundo, que era también bonita, aunque ya hubiera parido a tres criaturas. Por los ojos se le metió la Morena, por los ojos y por las entrañas, y era de seguirla y perseguirla cuando iba a por agua a la poza, al cantón, a la iglesia, al mercadillo de los domingos. Pero don Segundo no se dejaba achantar y una mañana le salió al paso yendo el patrón en su yegua baya, y le agarró la rienda y le dio un aviso: a la Morena me la deja tranquila, oyó, y el don Dagoberto quiso librar la rienda y tiró de ella y hasta le arreó un fustazo en la cara, pero ni aún así lo soltó don Segundo: avisado queda, viejo canalla, y lo miró derecho a los ojos hasta que se los hizo bajar. Eso hizo don Segundo.

Pero el patrón no era hombre al que se pudiera contrariar, y menos humillar. Mal enemigo era. Volvió rabioso a la hacienda, echando espumarajos por la boca, dándose cabezazos en los horcones, que ni las Rucas lograban aplacarlo, y así estuvo hasta que rumió su desquite y lo llevó a cabo, vaya que lo hizo, ¿y no mandó el viejo hijuepuya que le dieran fuego al ranchito de don Segundo? De noche, con la familia dentro, y en el incendio se le murió la esposa y dos de los hijos. De milagro escapó él con la otra criaturita en los brazos, envuelta en una cobija.

Don Segundo huyó del departamento y anduvo un tiempo por occidente, en las cortas de café y en los cañales de la costa, pero cuando la cosa se puso fea, cuando los compas empezaron a organizarse, regresó y también él se organizó. Un día atacaron la hacienda de don Dagoberto, que tenía sus guardias, un escuadrón bien armado, gente bragada y mala. Todo un día duró el ataque al casco de la hacienda y, cuando por fin consiguieron entrar, don Segundo pidió que al patrón se lo dejaran a él, eso dijo, y se lo dejaron porque todos sabían que tenía derecho, más que ninguno. Don Segundo se lo llevó a un conacaste grandote que había en una hondonada, él y Meregildo, que no se arruga con en esas mierdas, y lo ahorcaron y lo dejaron guindado de una rama gruesa, allá en lo alto, hasta que los zopes le pelaron los huesos. Y ahí se acabó el don Dagoberto y la casta maldita de los Orellana.

13 Comments on “Todas para el patrón (relatos centroamericanos)

  1. Excelente relato, Julio. Hay algunas palabras localistas o coloquiales, no sé, que desconozco. Algunas se deducen por el contexto; pero el término bolo me ha dejado con signo de interrogación.
    ¡Un abrazo!

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  2. El relato está bueno, pero lo que se cuenta… qué gente tan horrible, qué relaciones tan enfermas, qué psicópata el patrón.. gente como esa debería tener su “merecido” mucho antes de sembrar tanto daño… Igualmente, bien por contar cosas que pasaron.. y que pasan tomando otros ropajes… Saludos!

    Le gusta a 1 persona

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