Vassily I (relato de supervivencia)

Vassily I

Si te gustan los relatos de supervivencia, en los próximos días, comenzando por hoy, te traigo la historia de Vassily Tashkin, un hombre maduro y tenaz movido por la imperiosa necesidad de obtener dinero. Espero que te guste. Te dejo con la primera parte:

 

Vassily Tashkin se quedó el último, siguiendo las huellas de un alce que vio por la mañana. Un alce grande vale mucho dinero en Murmansk. Así que se marcharon todos con las máquinas y los demás camiones y se quedó Vassily con el suyo, cargado con enormes troncos de abeto, aparcado junto a la pista forestal que se adentraba cientos de kilómetros en aquella taiga inmensa y descorazonadora. Estuvo aguardando al animal junto a las ruinas de un antiguo aserradero, justo donde había visto sus huellas la tarde anterior. A pesar de que iba bien equipado para combatir el intenso frío con un grueso anorak, mono, botas térmicas y los inevitables mitones necesitaba, cada cierto tiempo, levantarse y realizar violentos ejercicios para no quedarse congelado. El fusil estaba protegido por una funda de piel para evitar que el frío atascase cualesquiera de sus mecanismos móviles.

Vassily era un hombre maduro que sobrepasaba la cuarentena, aunque fuera difícil verlo en aquel rostro protegido por el grueso capuchón y las gafas para la nieve. Era también un hombre tenaz movido por la imperiosa necesidad de obtener dinero. La mañana había amanecido calmada y triste, con unas nubes grisáceas que cubrían el horizonte de lado a lado, pero ahora se estaba levantando una ventisca desagradable, acompañada de copos diminutos como arenilla blanca y dura que limitaban la visibilidad y distorsionaban las distancias.

La temperatura había bajado mucho, más de lo esperado, y con el frío no hay que jugar. Cero grados es la temperatura de congelación del agua y en determinados lugares significa mucho frío. Entre diez y veinte grados bajo cero la sensación de frío es intensa, la piel expuesta al aire se enrojece rápidamente y pierde sensibilidad. A treinta bajo cero se solidifica el aliento en la propia cara y se congelan los lacrimales en el ojo por lo que es preciso frotarlos con frecuencia para que no dañen la córnea. Existe riesgo de hipotermia si no se permanece activo. Pero ahora hacía más frío, mucho más, quizá cuarenta y cinco o cincuenta bajo cero. A esa temperatura cualquier parte del cuerpo expuesta al frío tardaría apenas unos minutos en congelarse. Y con viento, el riesgo era aún mayor. Con cincuenta bajo cero no se puede cometer ningún error. Y Vassily no estaba dispuesto a cometerlo: un descuido equivaldría a una muerte segura. Le gustaba decir a los novatos en el oficio que dar un paso en el invierno siberiano era más peligroso que todos los rallyes del mundo juntos. Esta tierra no será para los valientes, sino para los precavidos.

Finalmente, haciendo honor a sus consejos, Vassily desistió de cazar el alce y decidió regresar. Se dirigió al camión andando pesadamente y con gran esfuerzo por la nieve granulada que había caído durante la mañana, intentando orientarse correctamente en el bosque igual de abetos blancos como árboles de navidad mientras pensaba con preocupación que debía haber dejado encendido el motor del camión. Con esta temperatura podía haberse congelado el aceite del motor y necesitaría calentarlo para poder arrancar. Pero quién iba a pensar esta mañana que la temperatura podría bajar tan deprisa.

 

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