El reto de la razón


Nos movemos como muñecos bajo un cielo plomizo, con el agua hasta las rodillas y soportando una lluvia intensa. La llanura que atravesamos está anegada por la nieve del deshielo que la tierra, aún congelada, no es capaz de absorber. Los campos se han convertido en un estero lodoso y marrón jalonado por los montículos sombríos que forman los cadáveres liberados del hielo. Pasamos junto a ellos con una insensibilidad producto de la convivencia cotidiana con la muerte y la barbarie. Sus uniformes rebozados en barro y sus cuerpos entrelazados hacen difícil adivinar si se trata de compañeros o enemigos: son nada más que restos deformes.

El combate se ha trasladado hacia el este y ahora sólo nos inquieta la artillería enemiga, que bate la zona por donde avanzamos. Las granadas levantan columnas de barro como pequeños y breves géiseres oscuros, pero nadie se cuida de protegerse. Para qué. Es preferible reventar de una vez que continuar con esta pesadilla que amenaza con la destrucción del alma, con la anulación de todo juicio y entendimiento.

Llevamos combatiendo tanto tiempo que la memoria no me alcanza para contar los días, semanas y meses de desdichas y penalidades. Primero fue el invierno feroz, fríos extremos que convertían en estatuas de hielo a compañías enteras, hombres congelados que sonaban como porcelana, el miedo, el cansancio y el hambre inclemente; y después lo ha seguido esta primavera raquítica y desolada. Hemos luchado en las circunstancias más espantosas que puedan imaginarse mientras el alto mando insistía en sacar de nuestros cuerpos el último gramo de energía y patriotismo.

Más que un ejército, parecemos una muchedumbre desordenada y caótica: las tropas de infantería se han mezclado con unidades motorizadas, la artillería junto a los pertrechos, se ven grupos de rezagados en los márgenes de las carreteras y vehículos abandonados de cualquier forma, compañías diezmadas y vueltas a fusionar. El único denominador común es el agotamiento extremo. Hay quienes arrastran los fusiles o se apoyan en bastones, los heridos se amontonan en carretas tiradas por mulas. Nos movemos por la delgada línea que separa la razón del desvarío. La confianza se confunde con el desánimo, las lágrimas con las risas, el abatimiento camina entre nosotros y ya no existe nada que pueda considerarse racional.

Un convoy militar pasa junto a la columna. Sus ruedas levantan pequeñas olas achocolatadas que vienen a estrellarse contra el bosque de nuestras piernas. El último vehículo se detiene a nuestro lado y un oficial se asoma por la ventanilla y observa sorprendido, tal vez de vernos vivos, la insignia de nuestra unidad. Pregunta de qué regimiento somos. Me adelanto y le contesto.

–¿Han estado ustedes en Obninsk, en Kozelsk, en Bolhov? —vuelve a preguntarme—. ¿Han luchado en todos esos lugares?

–Sin tregua ni descanso: apenas quedamos veinte combatientes de toda una compañía. Ahora nos han adscrito a este grupo operativo.

El oficial hace un saludo breve y desinflado, se sienta y el vehículo se marcha, dejando tras de sí una estela más de lancha que de coche.

Alcanzamos un pueblo devastado. La mayoría de las casas han ardido y muchos civiles acampan en la calle con los bultos, muebles e iconos rescatados del fuego. Contemplan nuestra llegada mujeres envueltas en ropones oscuros, niños de ojos inflamados y viejos secos y consumidos. Junto al cráter oscuro de un obús hay un amasijo de cadáveres calcinados con los miembros rígidos y las manos crispadas.

La columna se rompe y nos asignan sectores donde apostarnos, defensas que preparar. Las voces de mando vienen acompañadas de empujones, de juramentos y ceños fruncidos que hacen aumentar nuestro malhumor. El cansancio extremo y el desaliento son un caldo de cultivo para la irritación, para la brutalidad más arbitraria.

Localizamos una casucha donde resguardarnos. Estamos sucios de barro, empapados y hambrientos; tenemos un aspecto horrible, llenos de piojos y comidos por las pulgas, pero se agradece un techo y un amparo; y la sopa caliente, aunque no sea más que agua con pan migado. Nos acomodamos en la estancia de cualquier forma, arrimados a las paredes, tirados en petates o abatidos en el mismo suelo. Con lo que sea encendemos una hoguera para secar la ropa y desquitarnos del frío acumulado que cargamos. Mientras comemos el rancho miserable, la noche se nos echa encima y la oscuridad oculta por unas horas el espeluznante panorama.

Pero el horror no descansa.

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