Efecto mariposa en Madrid (2)


 

10:57 Avelino
El dueño del puesto firma el albarán de entrega y el empleado de La Serrana, s.l. lo pone en una carpeta, junto a los demás, sujetándolo con la pinza metálica. Después, sale del mercado de abastos andando a paso ligero y se dirige hacia la furgoneta, que estaba aparcada en doble fila e impedía la salida a un seat Ibiza en el que una señora toca la vocina con indignación. Ignorando los pitidos, el empleado abre la puerta, se sube a la cabina, se toma su tiempo para verificar en una lista la próxima entrega y deja la carpeta sobre el asiento del copiloto. Los pitidos arrecian y el empleado de La Serrana, s.l., arranca el motor, baja la ventanilla para gritarle a la señora: ¡que te den vejestorio!, y sale a la calle Colombia en dirección Príncipe de Vergara. Cinco, se dice, ya van cinco, y con uno más estamos en la mitad.

11:00 Mari Paz
En la séptima planta de un edifico de oficinas, en un escaso pero agradable despacho, con vistas a la Avenida de América, acaba de finalizar una reunión de trabajo. Varias personas abandonan la sala en animada conversación, portando abultados cartapacios en las manos. Sobre la mesa ovalada de color nogal queda tan sólo una pila de documentos. La mujer que está sentada frente a ellos activa su móvil y encuentra un mensaje nuevo. Sonríe levemente mientras lo lee: la propuesta de almuerzo es muy sugestiva, a las dos y media, en La Bodega. Juguetea unos momentos con el teléfono, mientras piensa la contestación y finalmente escribe un breve texto, en correcto castellano, aceptando la invitación.

11:02 don Rodrigo
Un hombre maduro sale de la sucursal de la Caja. Tiene porte de caballero decimonónico y andares majestuosos. El pelo, un poco escaso, peinado hacia detrás, la ropa bien conjuntada y un bastón elegante que apenas apoya en el suelo. Se acerca a la terraza del bar y se sienta en una ubicación policial desde donde domina una amplia panorámica. El camarero lo atiende con consideración y toma nota de la bebida que desea su cliente: un martini negro, con sifón y pelín de ginebra, London, por supuesto, acompañado de un plato de brillantes, gordas y apetitosas aceitunas. Cuando se acomoda en el sillón ve a una hermosa mujer que avanza a buen paso calle arriba.

11:09 Margaret
La mujer del maletín, al girar la cabeza para cruzar la calle Claudio Coello, ve que el caballero le hace señas para que se acerque. Viste una chaqueta esport sobre una camisa de marca y lleva un pañuelo de seda al cuello. Le devuelve el saludo con una sonrisa artificial y mira rápidamente el reloj antes de tomar la decisión de sentarse junto a él. Vuelve a salir el camarero trayéndole un maritini negro, en una copa cónica de largo pie. Al ponerla sobre la mesa, se le escurre y vuelca el líquido sobre la mesa. Parte de él se derrama por el borde de la mesa manchándole la falda a la mujer. El camarero se deshace en disculpas mientras el caballero intenta minimizar la mancha con un pañuelo blanco inmaculado que ha sacado del bolsillo. Le hace una seña al camarero para que limpie la mesa. La mancha, no obstante, permanece con terquedad en la parte delantera del pantalón y parece justo como si se hubiera orinado.

11:11 Venancio:
Ha tardado un minuto más de lo habitual en coger a Dune y ponerle la correa, así que no puede salir de casa a las once y diez en punto, como lleva haciendo todos los días desde que se jubiló. Le gusta esa hora porque a media mañana es cuando más aburrido está y además coincide con la fecha de su matrimonio: el once de octubre. Por fortuna, su esposa está fuera, haciendo la compra, o de cháchara con alguna vecina, y no podrá darse cuenta del desliz. Dune está más nervioso que otros días, por eso le ha costado sujetarlo y ponerle la correa.

11:12 Mari Paz
La mujer recoge sus documentos, abandona el despacho y sale a un pasillo largo con puertas a ambos lados. Una de ellas está abierta y se asoma a saludar a un compañero que está concentrado frente a una pantalla plana. Necesito un café. Le hace una espera para que ponga el ordenador en modo suspender y continúan ambos hacia un vestíbulo con sillones, una mesa baja y la máquina de expender café. También hay una pizarra blanca donde se informa a quien desee leerlo, con letras grandes escritas en rojo, que la reunión de las once treinta a.m. se pospone hasta las cinco p.m. El vaso de plástico blanco se oscurece a medida que se llena. Cuando se detiene el delgado chorro oscuro, ella retira la cucharilla de la ranura correspondiente, lo endulza con abundante azúcar y sorbe de él. Mientras conversa distraídamente con su compañero sobre trivialidades del día y tópicos consabidos, medita sobre las repercusiones del cambio en sus planes inmediatos y sobre cómo adaptarse a ellas.

11:13 José Luis
El taxista sale de la M-30 para entrar en la calle Costa Rica. Hasta ahora el tráfico no ha sido excesivamente denso, pero se da cuenta que de ahí en adelante va a ser otra cosa. Mientras van deteniéndose en cada semáforo, el pasajero ha roto su momentáneo mutismo y le cuenta que Costa Rica es el país de donde viene, que considera una coincidencia positiva que sea esta la primera calle propiamente dicha de la ciudad por donde transitan. La vía de acceso. El taxista lo escucha educadamente aunque su pensamiento está ahora muy lejos de allí, en el partido que perdieron contra el Betis. Payasos, murmura, ponerse a hacer chorradas, con lo que cobran. Tiene huevos. Y el Barsa que se escapa. Les cogen todos los semáforos de las calles transversales y tardan siete minutos en alcanzar la plaza de la República Dominicana y girar hacia Príncipe de Vergara. En esta calle también hay tráfico lento, pero por el carril bus se puede correr y el taxista le pisa al acelerador porque tiene ganas de soltarse un poco.

11:16 Margaret
La mujer vuelve sobre sus pasos calle Hermosilla abajo, procurando esconder tras el maletín la mancha del pantalón, tarea difícil habida cuenta que ahora anda más deprisa, con pasos amplios y decididos, aunque sin perder la calma. Lo dejó todo organizado a primera hora, la decoración, el catering para el piscolabis, los medios, en fin, ajustado cada detalle, que para eso le pagan, pero no es de recibo llegar después que el invitado. De todas formas, tiene tiempo para regresar al hotel, piensa, cambiarse y llegar al centro de exposiciones. Le fastidia el inconveniente, eso sí, porque había elegido el traje más adecuado. Y el otro conjunto disponible, aunque elegante, es demasiado oscuro para ponérselo a media mañana, y además lleva falda. Trata de imaginarse a sí misma vestida con él y tuerce la boca. Quizá otros zapatos con más tacón. Si viera una tienda de camino sería cuestión de unos minutos.

 

Y ya que hablamos de Madrid, recordad que esta tarde a las 19:00 horas en la librería Tercios Viejos de Madrid estaré presentando Las islas de poniente.

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