Despedida en el puerto

Despedida en el puerto - Relato histórico

Después de una noche de celebraciones, de mucho vino trasegado y de los excesos de una tripulación alborotada por el último día en tierra, llegó el momento de la partida.

Antes de que el navío levase anclas, pude despedirme de mi padre y hermanos, que me entregaron un baúl pequeño con algunas pertenencias: un par de camisas de lienzo, dos jubones, tres calzas de paño, una ropilla, una manta y un capote para la lluvia. Nos abrazamos brevemente en la playa, que no es costumbre en mi familia ser muy efusivo ni demostrar los sentimientos. Así es la naturaleza de mi padre y así nos ha educado a los hijos, pues ni siquiera cuando murió mi madre, con ser mucho lo que la quería, dejó escapar lágrima alguna, ni mostró la voz quebrada ni el pulso tembloroso.

–Adiós hijo. No te censuraré por tus actos recientes, aunque no hayan sido de mi agrado, que es necio pretender cambiar los hechos pasados −me dijo, mirándome a la cara con franqueza y poniendo sus manos sobre mis hombros−. Lamento, eso sí, no haberte podido dejar una hacienda más grande u ofrecerte una vida mejor, pero sí puedo entregarte algunos sabios consejos que me ha costado una vida entera aprender. Ya eres un hombre, me consta que recto y valiente, pese a todos tus defectos, y poseedor de otras virtudes que valen mucho, aunque ni tú mismo las sepas, por eso te digo que enfrentes las cosas cara a cara, que no hagas a nadie mal sin motivo y que aguantes firme en los momentos difíciles, pues es en ellos cuando más se conoce nuestra valía; debes ser amigo de tus amigos e inclemente con tus enemigos, mostrarte piadoso con los humildes y reservar el orgulloso para los poderosos, y no te apartes del camino de la salvación. Recuerda que tú serás el único responsable de tus actos cuando te presentes ante el Altísimo. De buen corazón te digo estas máximas y deseo que no veas en ellas reprensión ni censura. Quizá no volvamos a vernos nunca, así que, hale, démonos un abrazo y esto habrá sido todo.

Consejos que he procurado tener por norte en la vida, no sólo porque mi padre me los hubiera dado, sino porque, en lo esencial, los comparto. Nunca había oído a mi padre hablarme de aquella manera y fue a mí a quien costó contener la emoción, que me hormigueaban los ojos bajo los párpados y hube de volverme rápidamente para que no viera cómo se me escapaba una lágrima y corría por la mejilla.

A fuerza de gritos y pitidos, y estimulados por los golpes de rebenque que el contramaestre y el guardián repartían sin rastro de cristiana caridad, el navío fue lentamente desperezándose del letargo de varios días anclado en la bahía peruana.

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