Amado, el chaval que vino de ninguna parte

Amado el chaval que vino de ninguna parte

Amado, el chaval que vino de ninguna parte, un relato sobre adolescentes publicado originalmente en la web participativa Salto al reverso.

Por aquel entonces vivía en el barrio de Manoteras, en Madrid. Habíamos formado una pandilla grande y revoltosa y nos pasábamos en la calle todo el tiempo que podíamos, jugando, corriendo y yendo de acá para allá como gatos de arrabal.

De vez en cuando se sumaban a la pandilla chavales de fuera del barrio: venían de repente, generalmente traídos por alguno de nosotros, se integraban durante una temporada y al cabo de un tiempo se largaban. Con algunos simpatizábamos más y con otros menos, pero siempre los acogíamos. Como a Amado, un tipo inquietante que vino de ninguna parte.

Amado llegó al barrio una mañana de primavera, quizá en Semana Santa, porque recuerdo que eran días de vacaciones. Lo descubrimos rondando por el descampado y se lo presentamos a los demás, que estaban organizando los equipos para un torneo de minifútbol. Era mayor que nosotros y se veía que andaba errante, huyendo de algo, quizá de sus padres, quizá de la policía o de otros colegas peores que él. Vestía con un estilo muy macarra: botas camperas, pantalones de campana, camisa con cuello de pico y cazadora de cuero, todo ello muy ajado. Llevaba el pelo largo y sucio y en la cara tenía constelaciones de espinillas que se reventaba cuando estaba aburrido.

En el bolsillo de la cazadora guardaba una enorme navaja de siete seguros, de esas que hacen varias veces rac cuando se abren. Nos la enseñó a los que quisimos verla y nos hizo demostraciones de cómo se abría, de lo cortante que era su filo, que sajaba las hojas sólo con la fuerza de su peso, y de cómo debía manejarse al atacar a otro o al defenderse, dejando claro qué clase de tío chungo teníamos enfrente. Un detalle que nos llamó la atención a todos fue que andaba permanentemente empalmado, como si llevara otra navaja guardada en la bragueta del pantalón, que, además, como era tan ajustado, no le permitía disimularlo, ni tampoco a él parecía importarle.

No nos dijo de dónde era ni qué hacía por allí, ni nadie se lo preguntó. Nos veía jugar los partidillos sin interesarse por ellos, sentado con los que esperaban turno, charlando con una mesura inesperada de alguien con su apariencia, sin exaltarse, sin amenazar, contando mil aventuras imposibles en un pretérito indefinido que no arrojaba mayor luz sobre él. A mediodía nos preguntó si le podíamos conseguir algo de comida y cada cual le trajo lo que pudo: un trozo de tortilla, unas lonchas de mortadela, un plátano. Al atardecer refrescó y fuimos tirando para nuestras casas, cansados al final de la jornada, hasta que el último se despidió de Amado. Y a la mañana siguiente, el primero en bajar a comprar el pan o a traer el periódico, lo halló sentado en un banco de la calle, con la ropa un poco más sucia y percudida, que debió pasar la noche en el parque o en algún soportal, en todo caso a la intemperie.

La dudosamente edificante compañía de Amado duró tres días, cuatro a lo sumo, hasta que una mañana ya no estaba. Y eso fue todo: jamás volvió por el barrio ni supimos nada de él. Surgió de la niebla y se perdió en ella, sin dejar otro rastro que un trazo desdibujado en la memoria.

¡Ah, Amado! ¡Qué recuerdos de juventud, tan lejanos! Lejanísimos. El chaval de la navaja de siete seguros que simplemente nos pidió comida. Por muy peligroso que fuera –y posiblemente lo era– tuvo la decencia de no hacer ningún mal a quienes nos portamos bien con él.

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