La atracción del abismo (microrrelatos sobre adolescentes)

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Hace muchos años leí un libro titulado así: La atracción del abismo. Se trataba de una novela de aventuras del escritor estadounidense James Oliver Curwod situada, como casi todas sus obras, en los territorios salvajes del Canadá. El argumento apenas lo recuerdo, pero el título se me quedó grabado y siempre tuve la ilusión de escribir algo con el mismo nombre. Ahora se me ha presentado la ocasión y, aunque se trate de un simple post, no pienso desaprovecharla. Espero que os guste este nuevo microrrelato sobre adolescentes.

Mi amigo Míchel era un poco cleptómano. Le gustaba ir a los supermercados del barrio a robar algunas cosas, menudencias, y me incitaba para que lo acompañara. A mí esas aventuras no me gustaban nada, lo pasaba mal pensando que nos iban a coger, pero para no ser menos que él casi siempre terminaba por claudicar y lo acompañaba. Nuestra táctica era coger una canasta, ir poniendo en ella las cosas que pensábamos llevarnos y, en un punto desenfilado de miradas clientes o empleados, meterlas en los bolsillos. Para disimular, pasábamos por caja pagando una bagatela. La mayoría de las cosas que robábamos eran de comer: galletas, chocolate, zumos, caramelos, pero también caían cualesquiera otros productos que nos llamaran la atención, siempre que fueran pequeños. La única vez que rompimos esa regla, nos pillaron. Quisimos llevarnos una caja de juegos que anunciaban mucho por la tele cuando se acercaban las navidades, pero la caja era muy aparatosa y no había forma de salir sin llamar la atención. Así que se nos ocurrió desvalijarla: los cubiletes, los dados, las fichas y tarjetas los guardamos en los bolsillos, y los tableros de cartón los escondimos entre la ropa y el cuerpo. Para disimular, al pasar por caja pagamos una bolsa de pipas grande, de las que costaban un duro. Pero fuera nos estaban esperando cuatro o cinco chicos que trabajaban de mozos en el establecimiento.

Vestían todos unas batas grises, muy sucias, y yo los había visto otras veces descargando mercancías de los camiones o colocando los productos en los estantes. Uno de ellos nos había descubierto y, en lugar de señalarnos dentro, había preferido avisar a los demás. Nos empujaron hacia una esquina y formaron un semicírculo a nuestro alrededor, desplegados como los pistoleros en los duelos, de modo que desde la calle no se veía lo que allí iba a pasar, que en realidad no fue mucho: darnos unos empujones, asustarnos un poco y quitarnos el juego y las pipas.

−Sois tontos −nos dijo uno de ellos, el más alto, al tiempo que alzaba el tablero−, por esto no vale la pena arriesgarse. Hale, iros, que esta vez ha sido la primera, pero si volvemos a pillaros os vais a cagar.

Salimos a escape y bien escarmentados, que si el daño físico, por así decirlo, no fue mucho, el mal rato que pasamos fue castigo suficiente. Por aquel supermercado no me acerqué en muchos años, y cuando mi madre me enviaba a comprar en él, me las arreglaba para traer las cosas de otro sitio.
Las palabras del chico alto se me quedaron en la memoria, volando de una esquina a la otra, si es que tenemos algo así en la cabeza, hasta que más adelante hallaron un lugar donde asentarse y encajar.

 

Espero que esta serie de microrrelatos sobre adolescentes os esté gustando leerlos tanto como a mí escribirlos.

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