Más allá del horizonte (microrrelatos sobre playas)

Más allá del horizonte (microrrelatos sobre playas)

En una época estival como la que nos encontramos (al menos para los que vivimos en España) en la que el Sol aprieta y las ganas de estar en una buena playa cada vez se hace más patente, y como buen amante de los microrrelatos, no se me ha ocurrido mejor idea que escribir un microrrelato sobre playas; bueno, en la que la playa es el lugar en el que se desarrolla. He dudado entre titularlo La última playa o Más allá del horizonte; finalmente me he decantado por este último. Sea como fuere, estéis en la playa o en el lugar que sea, espero que disfrutéis con la lectura de este microrrelato tanto como yo he disfrutado escribiéndolo. Os dejo con él:

Más allá del horizonte: un microrrelato para los amantes de la playa

He conseguido alquilar un vehículo y en él he viajado a través de un paisaje árido y caluroso, a intervalos cruzado por una selva tentacular y esquiva, marcada por la huella de la deforestación, hasta alcanzar una península por la que me adentré. Su geografía está modelada por una marisma selvática o bien una selva pantanosa, no sabría decir, poco saludable, pero cuya costa, en el lado más abierto al océano, está formada por preciosas playas salpicadas de dunas de una arena blanca y finísima y es asentamiento de algunas aldeas que viven de la pesca, tanto más distantes y pequeñas cuanto más avanzaba, hasta llegar a la última, donde actualmente me encuentro, y que no es última porque yo me encuentre ella, sino porque más allá, hasta llegar al cabo en que la costa gira, ya no hay nada, nada que merezca la pena verse, se entiende, sólo playa, dunas y más selva.

La aldea es pequeña y sus casas están todas construidas con tierra apisonada y palma entretejida. Me gusta el lugar, y no sólo por las playas, o porque los naturales sean gente amigable y confiada, buenos negociantes y pacientes con quien no conoce el idioma, como es mi caso, sino sobre todo porque tiene ese aire especial de todo aquello situado a trasmano, escamoteado a los mapas, y donde la realidad y el sueño se amalgaman de tal forma que es difícil decir en qué punto termina una y comienzan los otros.

Me alojo en una casa cuyo propietario la abandonó hace un tiempo y la dejó al cuidado de su hermano, mi casero, un hombre de agradable sonrisa y ojos astutos con un complicado nombre que no he aprendido aún a pronunciar y menos a escribir. Además de alojamiento me proporciona alimentación; y todo ello, alojamiento y comida, por una suma ridícula, aunque la facilidad con que llegamos a un trato me la haga sospechosa.

Con las necesidades básicas cubiertas, es decir, estas dos, porque la otra, la de mujer, que no falta quien le otorgue tal consideración, no está atendida. Y no es que no se pueda arreglar, porque mi casero es hombre para todo y me ha parecido entender que hasta en ese asunto podría hallar soluciones a mis carencias, sino que he terminado por creer que en estos días de vida en cierto sentido eremítica, propicios para la limpieza interior, debo mantenerme puro y alejado de placeres, como lo hacían los aspirantes a caballero en los oscuros días del Medioevo, y no mezclar la liturgia con la carne, si es que consigo explicarme. Pues una vez atendidas mis necesidades, decía, los días transcurren con la desordenada simpleza propia de la vida contemplativa y se me van en bañarme en las aguas medianamente cálidas que rompen aquí con estrepitoso oleaje, sentarme a escribir en el sombrajo que hay a la entrada de la casa y contemplar desde allí las tormentas que rolan a la deriva por el horizonte, descargando diluvios allá donde caen; en pegar la hebra con los vecinos, dispuestos a intentar dialogar conmigo por el universal lenguaje de las señas, o en haraganear entre las casas escoltado continuamente por el chiquillerío de la aldea.

La única actividad para la que me dejan tranquilo es la de pasear por la playa, lo que hago por las mañanas, cuando sopla una brisa suave que me da la vida. Sin embargo, por las tardes se acumula una calima espesa que apaga los contornos de los objetos, nos envuelve en un bochorno pegajoso e incómodo y es caldo de cultivo donde aparecen, quizá por generación espontánea, como pregonaban los antiguos alquimistas, unas nubes de insectos diminutos y atosigantes que me obligan a refugiarme en el interior de la casa, bajo la remendada mosquitera, privándome de los atardeceres. Dice mi casero que es normal en esta época que vengan días así, que pronto pasarán, o al menos eso creo entender que me dice, porque el extraño acento con que habla su idioma unido a mi imperdonable desconocimiento de otra lengua que no sea la mía, me sitúan constantemente en la periferia de la comunicación.

Y por las noches me tumbo en la hamaca que hay en el corredor, a oscuras, para observar la mar en busca de algún mercante extraviado, y me impresiono al divisar desde aquí el diminuto fanal que indica su posición antes de que desaparezca por el proceloso océano, más allá del horizonte.

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