Relatos centroamericanos: La justicia es cosa seria

Relatos centroamericanos: La justicia es cosa seria

Para todos aquellos que, como yo, sois amantes de los relatos centroamericanos, hoy quiero compartir con vosotros un nuevo relato que he titulado La justicia es cosa seria. Espero que disfrutéis leyéndolo tanto o más de lo que yo he disfrutado escribiéndolo.

 

Lo mataron a traición, cuando no se podía defender, a mi compadre Zavala. Quizá no le suene el nombre, señor letrado, ya se ve que es usted de fuera, una persona refinada, y no lo imagino entre sus amistades, que las tenía, y muchas, pues era un hombre popular. Pocos habrá en Santa Bárbara que no lo hayan conocido, y no siempre por cosas buenas, todo sea dicho. Zavala era el seudónimo que le trabaron durante la guerra, y ahora, que ha llegado la paz, la gente ha seguido llamándolo así, que su nombre verdadero, el de bautizo, nunca lo dijo; tampoco es que importe mucho, ¿verdad?, eso no va a cambiar las cosas. Zavala no era de por aquí. Alguien dijo que era panameño, o dominicano, en cualquier caso de junto al mar, pues tenía un tipo mezclado entre negro e indio, muy del Caribe, con el pelo rizado y la nariz chata. Y un corpachón enorme, macizo y fuerte como el de un toro.

Ese era Zabalón, el primero para las juergas. Por eso estábamos en el panteón ayer tarde, celebrándole el novenario. Los nueve días de muerto, me refiero, porque esa había sido su voluntad. Nos la dijo en el velorio de la Teresita, una muchacha medio loca que se tiró debajo de las ruedas de un camión sin que nadie supiera por qué. Pues nos dijo: cuando me lleve la pálida no me lloren, cheros, ni me manden a decir misas, mejor se van al panteón a correrse una buena juerga a mi salud.

Y lo decía en serio.

Así que allá nos juntamos una buena collera de amigos, que estuvo Guayito, uno que tiene orden de caza y captura, y el Chele Santos, que vive en la mera capital, y la Seca, que lo había abandonado hacía meses, y algotros mas que no le voy a mentar por no alargar el cuento. Todos nos reunimos junto a su sepultura nomás para hacerle los honores y lamentar la jodida suerte que tuvo el compañero, porque no hay derecho a que lo mataran como se murió: mi compadre Zavala estuvo en lo más recio de la guerra, no pudieron con él las balas ni las minas ni las varias libras de metralla que llevaba repartidas por el cuerpo, y se merecía, ¿cómo le diría?, una muerte más digna.

Y en el panteón nos corrimos la juerga que habría deseado Zabala, y tomamos y bailamos, recordando lo vergón que había sido en vida, y brindamos a su salud y lloramos juntos mientras le cantábamos unas rancherotas todas destempladas.

Pero para mí la celebración no estaba completa sin una pequeña ofrenda, sin un regalo para el difunto, porque, con ser su voluntad, se que­daba un poco simple la sopa, ¿no le parece? Así que yo llevé la sal. Y, cuando ya algunos decían de marcharse, saqué de mi macuto, bien envueltitas con papel y con nylon, las manos del carajo que lo mató, que trabajo me dio cortárselas, y las puse encima de la sepultura. Fue ovación la que me dieron los compañeros, oiga, y entre todos me levantaron y me pasearon en procesión, y hasta mandaron traer otras botellas para alargar la fiesta hasta la amanecida, que fue cuando llegó la policía y me detuvo por profanación y homicidio, y escándalo público y no se cuantas cosas más. Pero qué quiere que le diga, señor letrado, yo no me arrepiento de lo hecho porque la justicia es cosa seria, no vaya usted a creer.

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