Masacuata


Le gusta el trago y el juego, que a los dos le entra fuerte, si gana lo disfruta y si pierde lo paga con la vieja

Inevitable personaje de la América rural, prototipo de hombre pícaro y licencioso: Masacuata. Ahí lo veréis, plantoso como ninguno, aunque hace años que cumplió los cincuenta, con su sombrero de fieltro adornado con cintillo de plata vieja, la camisa remangada, al hombro un machete con funda de cuero repujada, flecos trenzados, borlas y remaches brillantes. A los pantalones vaqueros los ciñe un cinturón ancho, de hebilla de media libra, y los lleva arremangados con premeditado descuido, para que luzcan las botas de charro.

La sonrisa amplia, para enseñar una dentadura enmarcada por coronas de oro, que prodiga y no escatima, incluso a su peor enemigo le sonríe y le ofrece la mano seca, callosa, que aprieta con fuerza: “¿Qué hubo compadre, no me haga esas caras, que lo pasado, pasado? ¿va?”

Para las mujeres es rastra y no perdona ocasión, lo mismo feas que bonitas. “Ajá, niña Lupe, está usted más joven que nunca, oiga, ¿y cómo le hace para mantenerse así de rechula?” No le importa que estén casadas, porque no es celoso con la hembra ajena ─con la suya es otra cosa─ “y probar hay que probar, quién sabe si se dejará…”

Le gusta el juego y el trago, que a los dos le entra fuerte, si gana lo disfruta y si pierde…, si pierde lo paga con la vieja: un par de planazos, tres vergazos bien dados y así se descarga la mala leche. Eso sí, por la mañana la legítima lo trata a cuerpo de rey, para sosegarle el ánimo: los mejores bocados para él, y los demás que arreen. Y si no hay plata se saca de fiado, que a la mujer hasta vergüenza le da ir a pedir comida a las tiendas.

Cuando le parece duerme fuera, que para eso es macho sin dueño, y a nadie le da cuentas de a dónde va ni con quién se junta, sean negocios, jodarria o amores.. ¿Hijos tienes, Masacuata? “Siete son los legítimos; por fuera del matrimonio Dios sabrá, porque estas mujeres son mentirosas, te descuidas y te cuelgan el pollo de otro gallo.”

¿Y la milpa, Masacuata? “Mañana haré por desyerbarla, que hoy ando ocupado”. ¿Ocupado? Robando quería decir, porque cuando no tiene y necesita echa mano de las reses ajenas. Estás hecho un ladrón Masacuata. Bueno, ladronzuelo al por menor: “hoy una, al siguiente mes otra, y así andamos”. Y las trinca cerca, no crean, a los propios vecinos, porque ir lejos es más trabajoso, y arriesgado: “aquí, si te descubren se enojan contigo y ya, pero en otro puesto lo escapan a uno a matar”. De todos modos ya le da igual, porque le está enseñando el oficio a los hijos, para que vayan ellos a los potreros. A uno lo tienen preso, ¿es o no es, Masacuata? “Vaya que sí, me salió poco alentado el jodido.”

Pero lo peor de todo fue lo de su hija Rosa, ¿era bonita, verdad? “Sí, sí que lo era”. Catorce años que tenía la muchacha, y estaba aún en flor, por eso la vendió a un viejo de San Juan por cinco reses. ¿Cinco fueron, Masacuata? “Cabal, cinco”. Pero la Rosa no aguantó al desgraciado, que a reatazos la trataba, y se juntó con un jovenón que le quiere ajustar las cuentas. ¿A quién, al viejo? No, a Masacuata.

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