Seis Mil Lunas: La autopsia de Erundina Guevara


Queridos amigos y seguidores de La Otra Literatura; hoy se cumple una semana de la publicación en Amazon de mi última obra: Seis mil lunas. Una obra en la que, a través de las historias de sus protagonistas (refugiados y desplazados, mujeres de guerra, jóvenes sin infancia, abuelas siempre madres, delatores, fugitivos, hacendados y campesinos que tratan de sobrevivir sobre la línea que divide la cordura de la barbarie), trataremos de conocer quinientos años de dominación, de conquista, de saqueo, de mestizaje, de sustitución, o al menos de fusión, entre una cultura y otra han sido el caldo de cultivo en que bulle el continente, con sus lacras, sus virtudes y su interminable pelea, tantas veces perdida pero otras tantas veces recomenzada, para cambiar la historia. Todo ello en 14 relatos.

En el día de hoy quiero compartir con vosotros uno de esos relatos. Espero que os guste:

Seis mil lunas Julio Alejandre
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Seis Mil Lunas: La autopsia de Erundina Guevara

Sobre las nueve de la noche, un cadáver ingresa en la morgue del hospital departamental de Santa Bárbara. Lo han traído en la caja de un pickup dos policías acompañados por una mujer que dice ser pariente de la fallecida. Horas después, el doctor Canales, por orden del juzgado, procede a realizar la autopsia para determinar la causa de la muerte. El doctor Canales es un hombre otoñal, alto, de rasgos árabes y piel oscura que contrasta con unas canas cada vez más abundantes. Buen profesional, antes de ejercer como forense fue médico de campaña en la guerra y lleva todo un holocausto impreso en sus retinas.

Al comenzar, lee detenidamente la sucinta ficha, cumplimentada por la funcionaria encargada de anotar las entradas en la morgue y sujeta con una gomilla al antebrazo del cadáver. En ella dice que corresponde a Erundina Guevara, hembra, mestiza, de unos cuarenta años de edad, natural de Villa Dolores; que presenta contusiones visibles en varias partes del cuerpo; que tiene los labios amoratados y una cicatriz sangrante en el occipucio, pero no se indica, porque la funcionaria no puede saberlo, que la mujer nació en el caserío de El Zapote hace treinta y seis años y fue inscrita en el registro municipal con el nombre de Erundina y el apellido único de Guevara, es decir, el materno, tal como estipulaba la legislación vigente para las madres solteras, si bien Arnulfo Velásquez, según hizo constar el auxiliar que en su día realizó el apunte, reconocía su paternidad y facilitaba su propia filiación a los efectos oportunos. Ni tampoco se indicaba que pasó una buena parte de su infancia y juventud en el campamento de La Virtud, al otro lado de la frontera, adonde había llegado su familia huyendo de la guerra.

A la clara luz de la sala de autopsias, el doctor Canales observa el cuerpo delgado y lleno de moratones, los senos pequeños, las facciones aindiadas, de pómulos altos y nariz pequeña; el pelo negro, liso y abundante, que tiene una costra de sangre reseca. Inicia su labor sajando con unos cortes certeros y retirando el cuero, de un color como el del maíz reseco y un tacto cerúleo que, aunque le revela que la mujer no lleva menos de doce horas cadáver, nada le dice sobre las primeras caricias de hombre que aquella piel recibió, precisamente de las manos de Matías Zavala, joven mayor que ella con quien se acompañó, en contra de la voluntad de sus padres, cuando contaba apenas dieciséis años de edad, yéndose ambos a vivir a una champa pequeñita, de tablones y lámina acanalada, que Matías construyó para tal fin y amuebló con una tijera para dos, un par de zancudos y un cajón de madera que servía de armario, de mesa y, si era necesario, de silla adicional.

La primera noche que pasaron juntos, Erundina mantuvo a su compañero alejado del lecho por el miedo que le producía verlo desnudo, situación que se prolongó durante cinco días hasta que, por fin, ablandada por sus reiteradas súplicas y medio convencida con las prolijas explicaciones que él le había dado, accedió a con- sumar la unión. Para ella, Matías fue un amante apasionado, con un deseo intenso y persistente pero un desahogo fugaz, y Erundina pronto se acostumbró a satisfacerse con rapidez. Después de poco más de un año de vida conjunta, Matías, junto a un grupo de jóvenes que él mismo había reclutado, partió hacia la frontera para incorporarse a la guerra y ella hubo de quedarse en el campamento, embarazada de cuatro meses.

El doctor Canales pudo determinar, durante la autopsia, la temprana maternidad de la difunta, aunque no llegara a saber que

aquella única hija fue bautizada como Elizabeth y que, con apenas unos meses de edad, hubo de exponerse a la dura prueba de un retorno masivo. Los refugiados —ahora retornados— dejaron la relativa seguridad del campamento para regresar a sus lugares de origen, que seguían siendo azotados por el conflicto. Con los materiales que pudieron transportar construyeron un precario asentamiento, que bautizaron La Esperanza, y se organizaron alrededor de una cooperativa agropecuaria. Hasta que finalizó la guerra, cuatro años después, sufrieron más penalidades y privacio- nes de las que padecieran en el exilio. Durante los frecuentes enfrentamientos entre el ejército y la guerrilla, Erundina y Elizabeth, Bety, que vivían en la casa de don Porfirio, el padre de Matías, solían esconderse bajo la cama y abrazarse con fuerza para calmar los temblores que les provocaban el ruido de los disparos y el estallido de las granadas.

Varios meses después de haber retornado, Erundina recibió un

papelito muy bien doblado y sellado con varias vueltas de papel adhesivo, donde le comunicaban la noticia de la muerte de Matías en una acción armada. La niña, que ya tenía un año cumplido, se quedaba huérfana sin llegar a conocer a su padre. De él no le que- darían más recuerdos que la instantánea que le tomó un brigadista y las esporádicas cartas que enviara a la familia a través de correos clandestinos. Esta muerte dejó en el corazón de Erundina una pesadumbre que habría de acompañarla durante muchos años, pero el doctor Canales anotó en el informe que no había encontrado en dicho órgano ninguna señal relevante sobre la causa del fallecimiento.

Como Erundina sabía leer y tenía soltura con los números, le encargaron que llevase la somera contabilidad que necesitaba la cooperativa. En aquel trabajo conoció a Samuel, el tesorero de la junta directiva, que había sido compañero de armas de Matías y

estaba lisiado por un balazo en la rodilla. Era un hombre joven y despierto, tenía dos hijos pequeños y vivía con la Odilia, su mujer, lo que no le impidió pretender a Erundina. Ella, al principio, lo rechazó. Estaba demasiado reciente la muerte de Matías y dema- siado vivo el dolor. Sabía, además, que la mayoría de los hombres no se tomaban muy en serio a las viudas jóvenes y las buscaban, si acaso, para alguna aventura pasajera. Pero la insistencia de Samuel, sostenida a lo largo de los meses, el contacto cotidiano en el trabajo, la simpatía que surge entre quienes afrontan juntos problemas y dificultades, el futuro incierto y sobre todo la soledad, la terrible soledad de horas vacías y noches insomnes, vencieron su resistencia y acabó convirtiéndose en su amante.

Se veían cuando tenían oportunidad, siempre a horas intempes-

tivas, en los locales de la cooperativa o en algún otro lugar solitario y escondido. Samuel, como amante, era muy distinto de Matías: procedía con lentitud, a pesar de la ventura de los encuentros, haciéndola inflamarse poco a poco hasta estallar en un estre- mecimiento redentor. Al finalizar, como si se tratase de simple comercio carnal, se vestían con rapidez y cada cual se marchaba por su lado. Erundina, aunque cautivada por la emoción y clan- destinidad de aquellas citas, nunca se sintió enamorada de Samuel, ni aquella relación cumplía sus expectativas de formar un hogar estable en el que su hija pudiera crecer y educarse, pero la ayudaba a olvidar las desdichas pasadas, aunque fuera fugazmente, y a sobrellevar el difícil presente.

La aventura con Samuel se terminó el día en que su mujer descu- brió el asunto y fue a buscarla a buena mañanita, cuando se estaba bañando en la poza de las mujeres; allí, sin cuidarse de las espectadoras, le gritó toda clase de insultos, enzarzándose con ella en una pelea que la dejó maltrecha, contusionada y, sobre todo, humillada.

Al finalizar la guerra, el asentamiento se vio beneficiado por la ayuda que se destinó a las zonas más devastadas. La cooperación internacional donó fondos para numerosos proyectos, entre ellos uno destinado a la construcción de viviendas permanentes, con bloques de cemento, estructura de hierro y teja doble. Para dirigirlo llegó un ingeniero italiano llamado Terencio, hombre rellenito, de pelo rubio y ojos azules. Una tarde de tormenta, viajando hacia La Esperanza en su vehículo, se encontró en el camino a una empapada Erundina que volvía de hacer unas compras en El Alto, el municipio más cercano, y le dio jalón. A Terencio le gustó la belleza trágica de aquella mujer y le sorprendió la desenvoltura con que le hablaba, tan diferente del obstinado silencio de las otras jóvenes que había conocido. A Erundina también le gustó aquel extranjero de cara amable que hablaba el español con acento musical y que pronto mostró por ella un interés sin disimulos: la esperaba cuando salía del trabajo, la invitaba a almorzar en los quioscos de la plaza o la llevaba en su vehículo cuando iba a com- prar. Tales atenciones levantaron la envidia de otras mujeres, que murmuraban a sus espaldas y le dejaban caer indirectas cargadas de malicia, por lo que Erundina no se decidía a aceptarlo como compañero. Pero en las navidades de aquel año, Terencio se marchó unas semanas a su país y durante su ausencia ella se sintió invadida por una melancolía inexplicable, algo que nunca antes le había sucedido, ni siquiera con Matías, así que cuando regresó el italiano y le pidió que se fuera a vivir con él, ella accedió.

En Terencio encontró a un buen compañero, hablador y entretenido, que la ayudaba cuando podía con las tareas domésticas y trataba a Bety como a una hija. Pero sus atenciones como amante, que se cuidaba más del placer de ella que del propio, la inhibían más que encenderla, resultando a veces en que, al cabo de una larga sesión amorosa, no consiguiera alcanzar el éxtasis definitivo.

Si te está gustando este relato de Seis mil lunas y quieres tenerlo al completo, estaré encantado de regalártelo y enviártelo junto a otros dos relatos más. Para ello solo tienes que escribirme un email a:

literaturadejulio@gmail.com