Seis mil lunas: Incidente en Rancho Quemado


Queridos amigos y seguidores de La Otra Literatura; hoy es un día feliz pues hoy sale a la venta en Amazon mi última obra: Seis mil lunas. Una obra en la que, a través de las historias de sus protagonistas (refugiados y desplazados, mujeres de guerra, jóvenes sin infancia, abuelas siempre madres, delatores, fugitivos, hacendados y campesinos que tratan de sobrevivir sobre la línea que divide la cordura de la barbarie), trataremos de conocer quinientos años de dominación, de conquista, de saqueo, de mestizaje, de sustitución, o al menos de fusión, entre una cultura y otra han sido el caldo de cultivo en que bulle el continente, con sus lacras, sus virtudes y su interminable pelea, tantas veces perdida pero otras tantas veces recomenzada, para cambiar la historia. Todo ello en 14 relatos.

En el día de hoy quiero compartir con vosotros uno de esos relatos. Espero que os guste:

 

Seis mil lunas Julio Alejandre
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Seis mil lunas: Incidente en Rancho Quemado

—El pleito aquel de Rancho Quemado pasó cuando las elecciones del noventa y cuatro, las primeras después de que terminara la guerra. Fue una campaña perra, bien me recuerdo, que todavía estaban recientes las heridas y vivos los muertos, si es que me entiende. Nosotros andábamos volcados con la propaganda, reco- rriendo cantones que no conocíamos y caseríos que ni siquiera los habíamos oído mentar. Cuando había chance íbamos en carro y, cuando no, a pura uña, cargando al lomo los tiliches de la propa- ganda por veredas y desechos tan ingratos que hasta las cabras los despreciaban. Hace falta tener voluntad para entrarle a una tarea así. Vea usted esta pierna lisiada que tengo, que me la fregaron de un balazo en la toma del cerro Guajolote, allá por occidente, y aun así no dejé de colaborar ni un solo día, ¿es o no es?
—Talmente como lo decís, Maclovio.
—Aquella tarde iba a ser la cosa por el lado de San Matías, un puesto yuca para hacer propaganda, fíjese, que por muchos años fue territorio de paramilitares y habíamos tenido varias topadas con ellos durante la guerra. Eso fue como en el ochenta y siete, ¿no es cierto, Loncho?
—Se me hace que el ochenta y ocho, vos.
—¿Seguro?
—Como te lo digo, que aquel año se retiraron las lluvias por la canícula, se echaron a perder las milpas y nos tocó andar aguan- tando hambre: a mí la panza no me engaña.

—Yo tenía para mí que había sido el ochenta y siete pero ahorita me pones en duda. Estamos mal con esta cabeza que me falla igual a la pata. Bueno, el caso es que había que entrarle a San Matías y hacer campaña también allí, aunque hubieran sido paramilitares, que de eso se trataba la paz, verdad, de cambiar los fusiles por las ideas, y la gente de San Matías tenía tanto derecho de oírnos como cualquiera. Y qué nos iba a pasar, en peores lugares habíamos andado.
—Cabal, en peores lugares, que así decimos los que estamos vivos de puritito milagro.
—Quedamos de juntarnos todos donde mi compadre Jacinto, como siempre. También se vinieron con nosotros el profesor Neto Ramírez, que iba de candidato para alcalde, y Meregildo, que si no es por él escapan a matar al otro. Este Neto tenía un carro usado y algo hecho leña que llevaba a las actividades cuando hacía falta. En él cargamos el megáfono, la pintura, afiches para repartirle a la población y el tele con el vídeo, que a saber cómo es que aguantaron esos aparatos tanto viaje y tanto golpe sin arruinarse. Porque les dimos uso, de veras que sí. A mí, este Neto al principio no me convencía, la verdad. Los profesores nunca me han gustado, se las dan de sabios, con mucha teoría y mucho carrete, y lo miran a uno por encima del cuello. Pero después le vide unos modales de buena gente, del que sabe ponerse el último aunque vaya de primero, y es hombre que escucha atento a quien sea que le platique, y por ahí sí, oiga, por ahí sí.
—Vaya, y así es como tiene que ser.
—El cantón San Matías está lejos. No es que esté lejos de lejos, que en línea recta, lo que se dice a vuelo de pájaro, no es tanta la distancia. ¿Ve aquel cerro chuzudo que parece el copetillo de un volcán? Pues más acasito todos los caseríos que están en el valle son de San Matías. Pero la calle que hay es mala y tiene, hoy en el

verano, como una cuarta de polvo cenizoso, mire, que cuando pasan los carros lo levantan en una niebla que deja teñidas de gris las orillas, y debajo de ese polvo se esconden agujeros tan grandes que se acaban las ballestas de los camiones. Y con las lluvias es peor, porque se vuelve un lodazal como de yeso batido que no hay motorista que se atreva a cruzarlo. Son algo infelices los de San Matías, si uno lo piensa tantito: con todo lo que pelearon para los de arriba y, ya ve, hoy después no han movido un dedo para repararles la calle, ni les han puesto agua potable ni tampoco les han mejorado la escuela. Por eso es que hay que hacerle el huevo de ir a todas partes con la campaña y despertarle la conciencia a la gente, ¿verdad, Loncho?
—Seguro, vos.
—Que no digo yo que la gente cambie en dos vergazos, o no toda, porque siempre hay quienes se resienten aún de los golpes de la guerra. Y algo de eso hubo en el incidente que le quiero contar. A la gente, para el mitin, nos la habían convocado los promotores de salud, Teresa y Francisco, su marido. A ellos la población les tenía mucho reconocimiento, que para eso se dejaban los zapatos en el camino visitando casa por casa, sanando úlceras, desparasitando niños, limpiando costras y atendiendo las enfermedades de la miseria, pues, que son peores que las que lo llevan a uno al hospital. También buscaron el puesto donde hacer la actividad, lo adornaron bonito con banderines de papel de china y carteles alusivos, y encontraron algunas mujeres que cocinaran el marquesote y prepararan el fresco. Esta Teresa es una mujer bien dispuesta y animada. Aquella tarde nos estaba esperando en las Puertas Chachas, que es donde topa la calle ancha y hay que seguir a pie por el desecho que va a Las Araditas. De modo que allí nos bajamos, en las Puertas Chachas, sacamos los volados del carro y los cargamos entre todos los que íbamos a partes iguales, menos el tele, que lo llevaba Meregildo, que para eso tiene los hombros que tiene…

Si te está gustando este relato de Seis mil lunas y quieres tenerlo al completo, estaré encantado de regalártelo y enviártelo junto a otros dos relatos más, Vía crucis y La autopsia de Erundina Guevara. Para ello solo tienes que escribirme un email a:

literaturadejulio@gmail.com

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