Triángulo mortal (2)


triángulo mortal II

El médico dormía junto al capitán, en su mismo barracón, y pasaba el tiempo al pie de su cama, enjuagando su sudor y escuchando su delirio mientras pensaba cómo salvar a la mujer. La herida del capitán estaba infectada y la fiebre se resistía a remitir.
Durante varios días la vida del capitán estuvo bailando en el filo de la navaja. El médico pensaba que cada noche sería la última y por la mañana se lo encontraba con la boca muy abierta, respirando como un lagarto, empapado en sudor y estremecido por los escalofríos, pero vivo. Hasta que el quinto día le notó una leve mejoría: en sus ojos, aunque agotados y febriles, brillaba una lucecita de entendimiento, su respiración se volvió más regular y su semblante recuperó la serenidad.
Sin embargo, el médico no podía alegrarse, porque su salvación sin duda supondría la condena de la mujer. Si alguna plegaria salió de sus labios fue para pedir que el capitán le concediese la gracia del perdón. Mas en vano fueron los ruegos, porque apenas recuperó el aliento ordenó al sargento que formase un tribunal para juzgarla.
―¿Todavía quiere usted matarla? ―preguntó el médico.
―¿Y tú no? ―respondió el capitán.
―Los médicos salvamos vidas, no las quitamos.
―Pues yo voy a quitar la suya con mucho gusto ―dijo antes de caer en un pesado sueño.
Entre la vida y la muerte de aquella mujer no mediaba más que la voluntad de un hombre poseído por el deseo de venganza. Con gusto se habría cambiado por ella, el médico. Le bastaba cerrar los ojos para sentir en su pecho la delgadez de su cuerpo, el deleite de sus caricias y la luz de sus ojos, que brillaba con el resplandor de cien soles. Las horas de la noche se sucedieron raudas pensando cómo resolver el entuerto, pero hasta que no clareó el alba a través de la ventana no tomó una resolución.
Aquella misma mañana el capitán se levantó sin calentura y con el ánimo más resuelto. Renqueando, abandonó el lecho y salió al fuerte, habló con unos y otros, tomó la brisa acodado sobre el pretil e hizo ademán de comer un bocado de algo sólido; y, aunque antes del mediodía perdió fuelle y retornó a la habitación, era evidente que no se podía demorar el asunto.
Después del rancho de mediodía, el médico se dirigió en la enfermería. Entre los numerosos frascos que ocupaban los estantes de un pequeño armario, había uno hermoso, de color caramelo y tacto suave, con las cuatro caras rectas, el cuello cilíndrico y el tapón de vidrio. La tenue claridad de la estancia no dejaba entrever su contenido si no era alzándolos ante los ojos y poniéndolo a contraluz. Una etiqueta escrita con elegante caligrafía indicaba el nombre de la sustancia que contenían: belladona.
Empezaría por una dosis pequeña, porque no deseaba matarlo a menos que fuera imprescindible. Así, cuando llegó el momento de atender al capitán, vertió los polvos de color amarillento en una cucharita de metal, los disolvió en el tazón de caldo caliente, para ocultar el sabor amargo de la belladona, y se lo ofreció:
―Toméselo, capitán, pues este tónico le calmará el dolor y le hará dormir mejor.
El capitán sostuvo el tazón en la mano mientras le dirigía una mirada escrutadora. Al momento alzó el recipiente, tomó un sorbo, lo paladeó con cierta aprensión y finalmente tragó.
―¿Por qué no me lo has dado antes, matasanos?
―Ah, capitán, la medicina es una ciencia compleja, y lo que es recomendable hoy puede ser peligroso mañana.
―Vete al diablo con tus monsergas.

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