Treinta años después


Había acompañado a mi hija a la escuela de música, a clase de piano, la acompañé hasta la entrada y me volví a casa dando un paseo. La noche madrileña estaba fría, con ese frío pesado que acompaña a la niebla. Me abrigué bien y eché a andar. A la vuelta de la esquina me encontré con la verja metálica pintada de rojo, la entrada de piedras y la puerta acristalada de la parroquia. Estaba abierta y dentro se veía luz.

Hacía muchos, muchísimos años que había cruzado por última aquellas mismas puertas, después de haber oído una homilía de Luis, un cura prematuramente encanecido que llevaba la fe como un cilicio. La claridad de la iglesia parecía llamarme. Empujé las puertas y entré.

El altar y el crucifijo

La iglesia estaba igual: la característica forma de arco circular, las mismas paredes de ladrillo oscuro, los mismos bancos de madera clara, puestos en arcos concéntricos, las paredes apenas vestidas con las catorce cruces de los pasos, unas cruces pequeñas, de madera oscura, sencillas y humildes. Y delante, al fondo, en el vértice del arco, el altar de ladrillo oscuro, y un atril también de ladrillo, desde el que algunas veces había leído las lecturas y desde donde Luis nos largó muchas de sus homilías ingenuas y apasionadas. Entre el grupo de confirmación muchos pensábamos que a Luis lo había llevado al sacerdocio un amor contrariado. Quién sabe.

Y detrás del altar el mismo Cristo colgado de una cruz de madera clara, nórdica, una cruz casi amable que más que atormentarlo lo acogía en su regazo.

La iglesia estaba sola. Aparte de mí, sólo había un feligrés sentado en una silla. Era un hombre mayor, moreno, con facciones extranjeras, y se santiguaba con frecuencia y se llevaba un pañuelo a los ojos, ¿o era a la nariz? Después entró una mujer muy bien vestida, se arrodilló unos instantes, unió las manos en un pequeño rezo y se marchó.

Volví a fijarme en la iglesia. Miré hacia el suelo, y allí estaban las mismas baldosas de terrazo claro, al techo, y allí seguía esa estructura en listones de metal cromado, cruzando la estancia desde el vértice hasta el exterior como un manojo de radios, como los antiguos rayos del sol de la ciudad de Atón. Por primera vez me di cuenta de la sencilla sobriedad de esa iglesia que no hacía una sola concesión al lujo ni a la suntuosidad de otras iglesias, sin apenas imágenes, sin un adorno superfluo si no eran unas aspidistras junto al altar. Qué extraño me resultó. Parecía una llamada de atención silenciosa y sutil a los feligreses de un barrio tan rico.

Por Dios, la iglesia estaba como hacía treinta años: el mismo confesionario, la luz cenital, el altar muy iluminado, y la capilla lateral, en cuyos escalones nos situábamos los jóvenes para cantar los villancicos de Navidad. Era como haber entrado en el túnel del tiempo.

Yo había estado yendo varios años a aquella parroquia porque mi madre quería que me confirmase y porque me gustaba la manera de entender la religión que tenía Luis, muy cercana a los jóvenes, despejada de rituales y parafernalia y, también, claro, porque me gustaba una niña morena, muy mona y muy religiosa, que se llamaba Maribel, y que se ponía a mi lado en el coro y, a veces, me dejaba cogerle la mano.

Se me estaba haciendo tarde. Eché un vistazo alrededor, a ver si por casualidad veía a Luis. ¿Seguiría allí? ¿Qué edad tendría si es que aún estaba vivo? ¿Sesenta y cinco, setenta años?, más bien setenta. Pero no había nadie, solo un silencio recogido y el hombre extranjero que seguía rezando.

Me levanté y salí al frío y al ruido exterior. Tampoco el barrio había cambiado mucho. Allá estaba la vieja tienda de fotocopias reconvertida en librería, la farmacia de la esquina, la panadería, los mismos bloques altos, los coches eran otros, pero igual de caros, el mismo seto que orillaba la acera, los mismo árboles, tres décadas más altos y con los troncos más gruesos.

Y allí, caminando bajo la lánguida luz de las farolas, que permitía ver chorrear la niebla, pensé de repente que no habían pasado esos treinta años, ni quince ni diez, sino que era la semana pasada, hace unos días, ayer mismo cuando volvía de las reuniones de confirmación, cuando escuchaba las homilías de Luis y cuando besé por primera vez los labios en flor de Maribel.

11 Comments on “Treinta años después

  1. El tiempo pasa volando, pero los recuerdos nos permanecen siempre. Esa sensación que describes es conocida por mí, cuando visito mi antiguo barrio, comprendiendo que aunque no somos los mismos, guardamos lo vivido como un tesoro a recordar en esos momentos especiales como el que has descrito de una manera tan sencilla como sincera. Hermoso texto. Un abrazo.

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