Camino de San Pablo


Se ven unas nubes a lo lejos, por el lado de San Pablo, pero no lloverá, aún no es tiempo de agua. Este mes es caliente. Reseco y caliente.
Ya dejé atrás el desvío del Jocote. La montaña es un puro secarral descolorido. Más adelante, en una vuelta, hay un ojo de agua con grandes palos de amate donde se está fresquito y, además, a esta hora está solo. Después de descansar unos momentos para recobrar el hálito, me baño. Me unto el cuerpo con jabón de olor y el agua me la echo a guacaladas por la cabeza, a baldes. Me gusta sentirla que me empape el pelo, la cara, el cuerpo, toda de una vez, que me refresque esta piel vieja y reseca, que de tan caliente como está se desprende vapor. Me quedaría aquí todo el día, en la poza, me da pereza irme, pero no hay tales porque en San Pablo me esperan.
Otra vez al camino. Después de estar tan limpia he de ensuciarme de nuevo. Y sudar. Se me llena la cabeza de gotitas diminutas que se van juntando entre los pelos y resbalan por la frente, por las sienes, caen por el cuello dejando una estela húmeda; gotean desde las axilas, por debajo del vestido, correteando hacia la cintura como si fueran pulgas. Y el polvo otra vez. El polvo, que se pega a la piel, al vestido. Este polvo maldito. Ojalá llueva. Aunque esas nubes parecen vanas. Se levanta un poco de brisa, pero es caliente y me quema la piel.
Después, el camino sube un poco y enfila las primeras casas de la cooperativa, que están ahí mero, aprovechando las tierras expropiadas por el gobierno en las orillas de la calle. Esas gentes sí que son pobres. Viven en casas con los techos de lámina y las paredes de bahareque, calientes como un horno, no como ésta, que es de adobes. La tercera casita, a la derecha según se va, es la de la niña Tina. Buenas tardes, niña Tina. Buenas tardes, Lorenza. A todo mundo saluda. Una viejita afable y pulcra, tiene siempre el corredor limpio, los cuches enchiquerados, detrás, para que no ensucien. Da gusto entrar en su casa. ¿Se le ofrece una tacita de café? Muchas gracias, niña Tina, en otra ocasión va a ser, que hoy llevo prisa.
En otras casas tendrán los fogones encendidos, tal vez cociendo cafecito o alistándose para echar al comal las tortillas de maicillo, que ni para maíz les alcanza la cobija. La gente estará arreglándose para el baile que organizan allí mismo, en la cooperativa. Otros años ha estado bonito, mejor que en el pueblo, sin tanto chichipate haciendo desórdenes.
Pero hay que seguir la marcha. A esta hora ingrata no hay nadie caminando, sólo yo. La calle tiene dos palmos de polvo, y cada vez que pasa un carro lo levanta como si fuera niebla, dejando las casas blancas, y los árboles y las flores y las yerbas de los bordes del camino. Entre el sol y el polvo hasta las ropas pierden el color.
Ay, este calor, ojalá se llegue pronto la noche. Pero todavía falta. Apenitas si está bajando el sol hacia poniente. En esa dirección voy, ay, a San Pablo Tacachico, que allá me esperan para matarme.

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