El sonido del silencio


Cada noche oía el sonido del tiempo, lo oía escurrirse segundo a segundo, tan despaciosos ellos, aferrados cada uno a su efímera existencia. En la oscuridad de mi cuarto escuchaba los sonidos que anunciaban el sueño. Los pasos firmes de mi padre, mi madre colocando los trastes en los tabancos de la cocina. Voces susurradas, una silla que cruje, la hamaca que se mece en el corredor. Casi podía escuchar las chupadas que mi padre le estaba dando a su cigarro, oír la brasa encenderse e inflamarse, el humo entrar y salir de los pulmones con un silbido ronco y áspero. La tos de mi hermano pequeño. Y yo acurrucada en mi cama, como un animal al acecho del silencio absoluto. Entonces abría el ventanuco pulgada a pulgada, suavemente, disolviendo con paciencia cada chirrido, y a través de él me deslizaba hacia la noche. Le chistaba quedito a los chuchos y caminaba con pasos cautelosos para no hacer ruido hasta que estaba lejos. Entonces volaba hasta ti y no le tenía miedo a la oscuridad, ni a las fieras, ni a las ánimas ni a la muerte.

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