La partera


Yo hacía de partera allá, antes de venirnos. Iba a las casas y ayudaba a las mujeres en el trance. Me estaba unos días en las casas, dos, tres, y me daban algo de pistillo. Las que lo tenían. Poco, pero algo era. Cuando entraron los primeros operativos y la cosa se puso fea, nos fuimos a vivir varias familias a unas cuevas de un puesto que le decían la Peña Blanca, cuevas grandes, en unos barrancos enormes que allí había, entre cerros filudos. Tan escarpados eran que un chino se desgració saltando entre las peñas, un chino travieso, vea, pero dispuesto, el hijo de la María, se desbarrancó y se quebró la mollera. Como animales vivíamos en aquellas cuevas, con miedo de hacer fuego, de que los chuchos latieran duro, de que nos vieran, de que nos hallaran, con miedo del miedo, usted. Tapadas habíamos hecho las bocas de las cuevas, con matojos secos, con chirivisco, con ramas de árboles, de modo que no se vieran desde lejos. De noche, los hombres salían a recorrer la tierra para cazar un garrobo, un cusuco, lo que fuera, cualquier fruta, zapotes, anonas, guayabas, cualquier raíz. Hasta se llegaban a las casas abandonadas, a las que estaban destruidas, para ver si había quedado en ellas algo que sirviese, una cabuya, un candil, una gallina, piñas de piñal. Y las mujeres de noche bajábamos a la quebrada para traer agua, para traer leña seca, seca, seca, de la que no levanta humo.

Por ratos se oían disparos, morteros, ruido de gente, y nosotros nos recogíamos adentro de la cueva, a lo más profundo, a lo más oscuro, que ni el candil prendíamos por miedo a que se viera desde fuera. Y esperábamos, esperábamos, a que la bulla se calmara, que el operativo saliera. A veces unas horas, a veces unos días, sin comer, sin beber casi, haciendo de cuerpo allí mismo. En una de aquellas alarmas, una de las mujeres se puso de parto. Había otras preñadas, pero aquella la que más, y de ajuste primeriza. Ay, ay, ay, se quejaba, ay, niña Rosa, que ya, ya, que viene la creatura. Y yo a ayudarla, pues, a que pariese allí, en aquella oscuridad. Calle, fulana, le decía, no haga bulla, le decía, que yo la ayudo. Y la muchacha se aguantaba los pujidos, se mordía la lengua, los labios se mordía, pero la creatura no quería salir. Para qué iba a nacer, usted. Si yo fuera él tampoco quisiera salir. Pero al fin alumbró la muchacha, alumbró sin luz, y el cordón se lo tuve que cortar con una navaja mohosa y sin filo, con eso mismo. Un varoncito arrugado fue, un redrojo esmirriado, puro chipuste, pero vivo, vea, vivo.

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