Que no se desate el pánico


Cuando Alexei Kolodin iba a encender una hoguera bajo el motor de su camión, para descongelarlo, la mano izquierda se le quedó adherida, por efecto del intenso frío, a una barra del chasis. Ha perdido un tiempo precioso renegando y recriminándose por el nefasto descuido, hasta que la cruda realidad se ha abierto camino en su conciencia: si no consigue prender la madera de inmediato, tendrá que arrancarse la mano. Literalmente.

Saca la caja de cerillas del bolsillo del anorak, se incorpora todo lo que la estrechez del espacio le permite y se la lleva a la boca. Con la lengua empuja el cajetín deslizante hasta medio recorrido. Los ojos apenas logran enfocar los fósforos y dirigir su mano derecha para coger uno; pero enfundada como está en la manopla, carece de la precisión necesaria para conseguirlo. Tiene que desprenderse de ella y descubrir también esta mano (la otra hace rato que la ha dado por perdida). Así logra coger un fósforo y, mordiendo firmemente la cajetilla, rascarlo en el costado. Los dos primeros los rompe. El tercero consigue prenderlo, pero se le apaga antes de acercarlo a la madera. Está demasiado lejos. Lo intenta varias veces, pero una brisa inestable le impide mantener encendidas las cerillas. Ha gastado la mitad de los fósforos sin conseguir acercar la llama ni siquiera a la mitad del recorrido.

Resopla con cuidado por la nariz y siente un picor repentino en toda la cabeza. Se desespera. La temperatura sigue descendiendo, piensa Alexei. A treinta grados bajo cero se solidifica el aliento en la propia cara, se escarchan los lacrimales del ojo y existe riesgo de hipotermia. A cuarenta, cualquier parte del cuerpo expuesta al aire tardará apenas unos minutos en congelarse. Pero ahora hace más frío, piensa, mucho más, quizá cincuenta bajo cero. A esta temperatura no se puede cometer ningún error, y el pensamiento lo intranquiliza aún más.

Se le ocurre una idea. Se trata de encender la propia cajetilla mientras la sujeta con la boca y, una vez prendida, con todos los fósforos dentro, lanzarla a la madera. Pero sería como cruzar el Rubicón: no habría vuelta atrás. Decide, antes de poner en práctica esta opción desesperada, intentarlo otras veces. Cinco. Cinco es un número que le gusta. Aparta las cerillas precisas, dejándolas sobre su regazo. Prueba con la primera. Deja que el pequeño astil blanco de madera prenda bien, haciendo una llama en forma de corazón, azul, amarilla y anaranjada; la baja suavemente, alentándola a arder con la mirada; pero, antes de alcanzar la mitad del recorrido, tiembla y se le apaga. Lo intenta sin éxito con otras tres cerillas.

Vamos con la quinta, se dice. Aún apagada, la sostiene entre las yemas de los dedos, se la acerca a los ojos y la hace girar ante ellos, observándola, queriendo penetrar su esencia. Pero sólo ve la piel morena de su mano y las líneas que la suciedad marca entre las huellas digitales. La prende con un chasquido seco y su nariz siente al instante el olor acre y espeso del fósforo al arder. Contiene la respiración para no turbar la llama, de la que percibe el exiguo calorcillo. Inclina la cabeza de la cerilla hacia abajo, hasta que la lengua de fuego crece y casi le lame la piel de los dedos. La protege de la brisa con la palma de la mano y la baja con lentitud pero sin pausa. Cuando llega a la altura de la cadera tiene una llama aún potente. La mano prosigue el viaje hacia la pila de leña. Está cerca de ella, pero la blanca astilla se consume rápidamente, tornándose negra y raquítica. La llama mengua, cabalgando la astilla quemada, se fracciona en dos, en tres sectores, y finalmente se extingue.

Alexei expulsa el aire retenido y le parece que con él se desinflan sus esperanzas. Deja vagar la mirada más allá del marco del camión, por el campo blanco, siguiendo sus huellas aún impresas en la nieve, grandes y profundas, hasta perderlas tras la primera irregularidad del terreno. Ya no le duele la mano izquierda. Las uñas se han vuelto negras, como si se las hubieran golpeado con un martillo, y la carne de los dedos se amorcilla y oscurece. También la mano derecha empieza a sufrir los efectos del tremendo frío y debe introducirla nuevamente en la manopla para que recupere, al menos, la sensibilidad.

El hombre cierra los ojos para convocar en su interior las fuerzas y la voluntad que le van a hacer falta. Sabe que tendrá que arriesgarse quemando la cajetilla, sabe que está jugando a algo más peligroso que la ruleta rusa, aunque no tenga ningún arma en las manos. Abre los párpados y respira profundamente el aire seco y gélido hasta conseguir acompasar los latidos del corazón. Vamos allá, viejo tonto, se dice, concéntrate en la tarea.

Alexei muerde con fuerza el exterior de la cajetilla, desenfunda su mano de la manopla y rasca el fósforo, que aplica a la cajetilla de cartón por la esquina más alejada de su boca. Se levanta una llama que sus ojos miran hipnóticamente durante una fracción de segundo. Siente un calor reconfortante en la mejilla, en la nariz casi congelada y, justamente cuando estallan con un remedo de pirotecnia las cabezas de los fósforos, Alexei la coge y la lleva, esta vez sí, hasta la pila de leña. Se ha quemado las yemas de los dedos, pero ese dolor apenas lo inquieta. La primera astilla se enciende y una lengua de fuego danzarina la recorre y salta a la astilla contigua y a la siguiente. Las más pequeñas son apenas virutillas que se convierten en pavesas en un suspiro. Ahora son varias llamitas que se funden en una mayor y van abriendo un pequeño cerco irregular en un costado de la pila de madera, como la chimenea lateral en un volcán diminuto. En su centro van formándose las primeras brasas, de color rojo pálido y ceniciento. Alexei siente crecer su esperanza. Ya no se acuerda de la mano que se le está helando, ni de la otra que se ha chamuscado.

No quiere soplar desde tan lejos para no desbaratar el fuego. Sólo con los ojos y con la voluntad parece querer alimentarlo, pero las llamas se topan con algunas ramas húmedas y menguan. Alarmado, Alexei busca una astilla más seca, la retira cuidadosamente del otro extremo de la pila y la acerca a la llama. Cuando prende, la apoya suavemente junto a las otras. Repite la operación, pero la pila, hecha con precipitación, no está bien armada. Las ramitas secas se consumen rápidamente y las que están húmedas tardan en prender. Al intentar coger una astilla mayor, el montón se desmorona y las llamas se dispersan y disminuyen rápidamente. Alexei agrupa nuevamente la pila con la palma de la mano, pero ahora es una amalgama desordenada de astillas carbonizadas y brasas dispersas en un mar de madera virgen. Ha desaparecido la sinergia necesaria para generar el fuego. En un intento desesperado por evitar el desastre, coge las pequeñas y volátiles brasas con las yemas de los dedos y las acerca unas a otras. Se inclina sobre ellas todo lo que la mano prisionera le permite y sopla para avivar el fuego, pero la distancia es demasiado grande para aplicar el aire con eficacia. Una tímida espiral de humo gris es la desoladora divisa que campea sobre el revoltijo de astillas carbonizadas, ceniza y madera húmeda.

Alexei necesita unos momentos para revestir de valor la angustia y enfrentarse al áspero páramo de la supervivencia. Conservar la vida pasa ahora por arrancar la mano de la barra, aplicando el tipo de lógica que emplearía un oso atrapado en un cepo. No habría vida sin tormento, lo cual, al fin y al cabo, si se reflexionaba sobre ello, es la misma vida en estado puro, ¿no? Y sin más digresiones se enfunda la mano derecha en la manopla y busca a su alrededor algo con que ayudarse en la amarga tarea; es decir, en la tarea. Es mejor no pensar en adjetivos que desaten el pánico.

Lo único que tiene es su cuchillo.

3 Comments on “Que no se desate el pánico

A %d blogueros les gusta esto: